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Elementos No. 61, Vol. 13, Enero - Marzo, 2006, Página 31
Aspectos éticos del plagio académico de los estudiantes universitarios

Héctor Cerezo Huerta                 Descargar versión PDF


El plagio, crimen capital de la comunidad académica,
mina el desarrollo y la transmisión del conocimiento,
que es la razón de ser de la Academia.
EDWARD WHITE

Si partimos de la idea básica de que aprender implica, ante todo, cambiar lo que ya se sabe, y que una actitud educadora bien puede tratar de desarrollar al máximo las capacidades del alumnado en un ambiente que le permita alcanzar las condiciones para elegir con conocimiento de causa entre varias opciones, entonces tenemos que es imprescindible compartir y justificar la construcción de valores que normen la actividad académica de los futuros profesionales. A fin de cuentas, los valores son los lentes a través de los cuales conocemos el mundo y habitamos en él. Por tanto: además de no existir una sociedad sin valores, lo importante es preguntarnos qué tipo de valores existen en cada sociedad y qué función cumplen; es decir, promover la reflexión ética respecto a comportamientos específicos en los alumnos, tales como distinguir entre las producciones académicas propias y ajenas, y trascender sobre las consecuencias e implicaciones del plagio académico en la vida estudiantil y profesional. Para efectos de este escrito, considérese al plagio como la acción de hacer pasar como nuestros, ideas o textos que pensaron otros y que nos fueron transmitidos por ellos, bien por escrito, bien oralmente o por algún otro mecanismo de comunicación. El plagio se consuma en dos circunstancias particulares, éstas son: cuando usamos las ideas textuales de otro y no las colocamos entre comillas, o cuando no damos a quien nos lee o nos escucha, la indicación suficiente como para que sepa de qué autor, libro, documento o circunstancia fue tomada la idea ajena. Para ser completamente claros: el plagio se considera como el hurto del trabajo intelectual de otra persona. Entre las múltiples causas por las cuales los estudiantes cometen este error puede identificarse el creer que las ideas “son de todo el mundo” así como una inadecuada y pobre metodología para saber citar.
Un perfil académico y laboral para el siglo XXI no se concibe sin un pleno dominio de la lectoescritura en lengua nativa y en una segunda lengua. Pero, además, leer y escribir bien, respetando lo propio y lo ajeno, constituyen un requisito esencial para el ejercicio de una ciudadanía crítica. Es ya lamentable observar las formas de comunicación en el trato diario empleadas por muchos estudiantes universitarios, mismas que se han convertido en una jerga plagada de incorrecciones idiomáticas: vulgarismos, barbarismos, muletillas, pleonasmos o comodines, como para todavía combatir intensamente el manejo incorrecto de la información académica. Este hecho me hace recordar que entre los griegos se consideraba al valor como aquello digno de ser seguido o imitado. La fuerza, la honestidad, la valentía o la sabiduría fueron modelos de lo que el hombre debería ser. En este sentido, cada época tiene sus propias problemáticas y sus retos específicos. Algunos considerarán que este tipo de dificultades académicas no se presentaba antes y quizás hasta se sientan tentados a parafrasear la historia como “todo tiempo pasado fue mejor”, mientras que por el contrario otros lo explicarán simplemente como cambios de un tipo de estudiante a otro; cambios a los que debemos acostumbrarnos los docentes. Mi parecer es otro, si bien no todo tiempo pasado fue mejor, aunque el escritor y cineasta Fernando Vallejo dice que así es porque “él antes era más joven y había menos ríos convertidos en alcantarillas”, también es cierto que ser indiferentes a problemas tan palpables y comunes como el que nos ocupa, puede ser una fuente de insatisfacción para los involucrados, sean éstos maestros, alumnos o investigadores. No todo tiempo fue mejor; pero sí cada época y cada sociedad tiene sus propios problemas. Esta situación no es ajena al campo educativo, particularmente a la necesidad de desarrollar en los estudiantes las habilidades de búsqueda y análisis de información, redacción avanzada así como difusión y divulgación científica. Valga como ejemplo la situación descrita por McCabe,1 de la Rutgers University de New Jersey, quien reportó un estudio llevado a cabo en veintitrés facultades de los Estados Unidos, en el que concluyó que al menos cuatro de cada diez universitarios plagiaron trabajos de la red en el último año. Estos mismos estudiantes universitarios admitieron haber plagiado durante el último año en al menos una ocasión algún tipo de información procedente de Internet. Así, 38% de los estudiantes encuestados reconocieron haber realizado algún tipo de actividad de “copiar y pegar” en la red, ya sea parafraseando, copiando algunas frases o, incluso, párrafos enteros, sin citar nunca la fuente. Uno de los hechos más relevantes del estudio de campo radica en que casi la mitad de los estudiantes consideró dicho proceder habitual o, por lo menos, banal, y no lo equiparó de modo alguno con algún comportamiento de deshonestidad académica.
Esta problemática del plagio académico en los estudiantes exhibe como núcleo central la inhabilidad en el manejo ético de la información e ignorar la necesidad de la presentación exacta de los hechos y las ideas. La ética en la investigación científica y más específicamente en la producción académica de los futuros profesionales requiere que, con el acceso a la misma información y conocimiento, otros puedan alcanzar razonablemente las mismas conclusiones que el escritor del texto sin necesidad de minar el núcleo de la academia. El autor o autores de un trabajo, por modesto que éste sea, debemos estar también conscientes de que nuestro papel de alguna manera también compromete a una institución. Por lo tanto, la conducta en la búsqueda de información debe estar regida por normas éticas que nos permitan mantener en todo momento el respeto a los demás, la congruencia en nuestras acciones y la rigurosidad en la honestidad de la investigación científica.
¿Por qué buscar e insistir en la honestidad académica en los estudiantes? La respuesta a la pregunta es bastante obvia. Si no hay honestidad académica, el alumno está proyectando una imagen de conocimiento que en general no corresponde a la realidad de lo que auténticamente está en su estructura cognitiva. La deshonestidad académica es una forma de engaño y, sobre todo, una forma de autoengaño. El comportamiento deshonesto erosiona, desde la base, el propósito educativo de nuestra actividad. El concepto de honestidad por su carácter ético podríamos suponer que se encuentre sobreentendido en nuestros alumnos, sin embargo algunos años de experiencia como facilitador me han convencido de que esta suposición no es del todo acertada. Existe deshonestidad académica obvia y grave por fortuna sólo en pocos casos observada, y existe también deshonestidad académica incidental o inconsciente en muchos casos. Para mí como profesor, la gran pregunta es: ¿cómo les hablo de honestidad académica a mis alumnos? Los maestros moralistas nunca me han impresionado, no obstante la brillantez de sus ideas. En mi experiencia sólo aquellos maestros que mostraron un compromiso y congruencia profesionales y crearon una atmósfera intelectual así como pedagógica de alto nivel, lograron eliminar o disminuir la deshonestidad académica. En el nivel superior de educación queda claro, entonces, que existen grandes posibilidades de aprendizaje y al mismo tiempo grandes posibilidades de fraude. En cierta manera confiamos en que la mayoría de los estudiantes están conscientes de su obligación de aprender además de la necesidad de obtener un título. Nuestra función educativa no puede ser limitada con diseños policiaco-educativos que, más que enseñar, aseguren que ningún alumno actúe fraudulentamente. Siempre confiamos en que la conducta ética de los estudiantes esté basada en la libre aceptación de reglas de comportamiento que no se pueden imponer por la fuerza de una autoridad.
Es importante consolidar nuestra labor de difusión y divulgación científica a través del cultivo de ideas en los alumnos, ya que el aspecto principal para realizar la redacción de un escrito es, precisamente, la existencia de una idea y la motivación de expresar un interés personal, académico o profesional. Conforme se va analizando la idea y estableciendo los puntos a analizar se puede definir un esquema general en el cual se determine la idea principal y las ideas complementarias que faciliten la estructuración de un desarrollo coherente de lo que se quiere expresar. Esta actividad puede resultar muy difícil para aquellas personas que no han desarrollado lo suficiente la capacidad de expresarse por escrito, o peor aún, que no tienen la posibilidad de acceder a servicios educativos. Esta dramática situación puede ejemplificarse de manera más clara si acudimos a datos reportados por el INEGI2 a propósito del XII Censo General de Población y Vivienda en los cuales encontramos que en un país como el nuestro, en donde se presentan grandes desigualdades económicas, y uno de los mayores índices de analfabetismo a nivel mundial, más de 2.4 millones de niños entre 6 y 14 años y casi 6 millones de mexicanos adultos no saben leer ni escribir. También es uno de los países con el índice más bajo de libros leídos al año, sólo entre 1 y 2 libros per cápita, además de contar con pocas bibliotecas, las cuales por lo general son de baja calidad (pocos libros, libros viejos y mutilados). Por otra parte, puede ser muy difícil para nosotros los maestros detectar si un alumno está escribiendo brillantemente o sólo está copiando textualmente ideas de un autor que pudiéramos no conocer o del que simplemente no recordamos sus palabras con precisión. Es arduo determinar si el alumno está copiando el trabajo de un compañero. Es imposible identificar cabalmente si en un examen el alumno fue ayudado por otra persona o si lo realizó con sus propios recursos. Si el alumno escribe brillantemente no vamos a dudar de la originalidad de su lenguaje o entrar en sospechas de autenticidad. Si el alumno muestra desarrollos impecables en su lógica y en su notación será para nosotros los tutores más motivo de alegría que de duda. Si el alumno por su parte se frota las manos porque ha logrado pasar por alumno ejemplar sin ser descubierto pensemos: “peor para él”. Desprenderse de la necesidad de reconocimiento social no es fácil. Este esfuerzo es perenne para estudiantes y maestros por igual. Cuando el ego no gasta la energía psicológica en proteger su imagen e invierte esa energía en actos de aprendizaje, entonces conocimiento sólidamente integrado, permanente y verdadero sigue como consecuencia.

REFERENCIAS

1 McCabe DE. Faculty and Academic Integrity: The Influence of Current Honor Codes and Past Honor Code Experiences, Research in Higher Education 3 (2003) 367-385.
2 INEGI, XII Censo General de Población y Vivienda, 2000. Tercer Informe de Gobierno, 2003.

Héctor Cerezo Huerta, Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad Juárez. hector.cerezo@itesm.mx



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