El plagio, crimen
capital de la
comunidad académica,
mina el desarrollo y la transmisión del
conocimiento,
que es la razón de ser de la Academia.
EDWARD WHITE
Si partimos de la idea básica de que aprender implica, ante
todo, cambiar lo que ya se sabe, y que una actitud educadora bien puede
tratar de desarrollar al máximo las capacidades del alumnado en
un ambiente que le permita alcanzar las condiciones para elegir con
conocimiento de causa entre varias opciones, entonces tenemos que es
imprescindible compartir y justificar la construcción de valores
que normen la actividad académica de los futuros profesionales.
A fin de cuentas, los valores son los lentes a través de los
cuales conocemos el mundo y habitamos en él. Por tanto:
además de no existir una sociedad sin valores, lo importante es
preguntarnos qué tipo de valores existen en cada sociedad y
qué función cumplen; es decir, promover la
reflexión ética respecto a comportamientos
específicos en los alumnos, tales como distinguir entre las
producciones académicas propias y ajenas, y trascender sobre las
consecuencias e implicaciones del plagio académico en la vida
estudiantil y profesional. Para efectos de este escrito,
considérese al plagio como la acción de hacer pasar como
nuestros, ideas o textos que pensaron otros y que nos fueron
transmitidos por ellos, bien por escrito, bien oralmente o por
algún otro mecanismo de comunicación. El plagio se
consuma en dos circunstancias particulares, éstas son: cuando
usamos las ideas textuales de otro y no las colocamos entre comillas, o
cuando no damos a quien nos lee o nos escucha, la indicación
suficiente como para que sepa de qué autor, libro, documento o
circunstancia fue tomada la idea ajena. Para ser completamente claros:
el plagio se considera como el hurto del trabajo intelectual de otra
persona. Entre las múltiples causas por las cuales los
estudiantes cometen este error puede identificarse el creer que las
ideas “son de todo el mundo” así como una inadecuada
y pobre metodología para saber citar.
Un perfil académico y laboral para el siglo
XXI
no se concibe sin un pleno dominio de la lectoescritura en lengua
nativa y en una segunda lengua. Pero, además, leer y escribir
bien, respetando lo propio y lo ajeno, constituyen un requisito
esencial para el ejercicio de una ciudadanía crítica. Es
ya lamentable observar las formas de comunicación en el trato
diario empleadas por muchos estudiantes universitarios, mismas que se
han convertido en una jerga plagada de incorrecciones
idiomáticas: vulgarismos, barbarismos, muletillas, pleonasmos o
comodines, como para todavía combatir intensamente el manejo
incorrecto de la información académica. Este hecho me
hace recordar que entre los griegos se consideraba al valor como
aquello digno de ser seguido o imitado. La fuerza, la honestidad, la
valentía o la sabiduría fueron modelos de lo que el
hombre debería ser. En este sentido, cada época tiene sus
propias problemáticas y sus retos específicos. Algunos
considerarán que este tipo de dificultades académicas no
se presentaba antes y quizás hasta se sientan tentados a
parafrasear la historia como “todo tiempo pasado fue
mejor”, mientras que por el contrario otros lo explicarán
simplemente como cambios de un tipo de estudiante a otro; cambios a los
que debemos acostumbrarnos los docentes. Mi parecer es otro, si bien no
todo tiempo pasado fue mejor, aunque el escritor y cineasta Fernando
Vallejo dice que así es porque “él antes era
más joven y había menos ríos convertidos en
alcantarillas”, también es cierto que ser indiferentes a
problemas tan palpables y comunes como el que nos ocupa, puede ser una
fuente de insatisfacción para los involucrados, sean
éstos maestros, alumnos o investigadores. No todo tiempo fue
mejor; pero sí cada época y cada sociedad tiene sus
propios problemas. Esta situación no es ajena al campo
educativo, particularmente a la necesidad de desarrollar en los
estudiantes las habilidades de búsqueda y análisis de
información, redacción avanzada así como
difusión y divulgación científica. Valga como
ejemplo la situación descrita por McCabe,
1
de la Rutgers University de New Jersey, quien reportó un estudio
llevado a cabo en veintitrés facultades de los Estados Unidos,
en el que concluyó que al menos cuatro de cada diez
universitarios plagiaron trabajos de la red en el último
año. Estos mismos estudiantes universitarios admitieron haber
plagiado durante el último año en al menos una
ocasión algún tipo de información procedente de
Internet. Así, 38% de los estudiantes encuestados reconocieron
haber realizado algún tipo de actividad de “copiar y
pegar” en la red, ya sea parafraseando, copiando algunas frases
o, incluso, párrafos enteros, sin citar nunca la fuente. Uno de
los hechos más relevantes del estudio de campo radica en que
casi la mitad de los estudiantes consideró dicho proceder
habitual o, por lo menos, banal, y no lo equiparó de modo alguno
con algún comportamiento de deshonestidad académica.
Esta problemática del plagio académico en los estudiantes
exhibe como núcleo central la inhabilidad en el manejo
ético de la información e ignorar la necesidad de la
presentación exacta de los hechos y las ideas. La ética
en la investigación científica y más
específicamente en la producción académica de los
futuros profesionales requiere que, con el acceso a la misma
información y conocimiento, otros puedan alcanzar razonablemente
las mismas conclusiones que el escritor del texto sin necesidad de
minar el núcleo de la academia. El autor o autores de un
trabajo, por modesto que éste sea, debemos estar también
conscientes de que nuestro papel de alguna manera también
compromete a una institución. Por lo tanto, la conducta en la
búsqueda de información debe estar regida por normas
éticas que nos permitan mantener en todo momento el respeto a
los demás, la congruencia en nuestras acciones y la rigurosidad
en la honestidad de la investigación científica.
¿Por qué buscar e insistir en la honestidad
académica en los estudiantes? La respuesta a la pregunta es
bastante obvia. Si no hay honestidad académica, el alumno
está proyectando una imagen de conocimiento que en general no
corresponde a la realidad de lo que auténticamente está
en su estructura cognitiva. La deshonestidad académica es una
forma de engaño y, sobre todo, una forma de autoengaño.
El comportamiento deshonesto erosiona, desde la base, el
propósito educativo de nuestra actividad. El concepto de
honestidad por su carácter ético podríamos suponer
que se encuentre sobreentendido en nuestros alumnos, sin embargo
algunos años de experiencia como facilitador me han convencido
de que esta suposición no es del todo acertada. Existe
deshonestidad académica obvia y grave por fortuna sólo en
pocos casos observada, y existe también deshonestidad
académica incidental o inconsciente en muchos casos. Para
mí como profesor, la gran pregunta es: ¿cómo les
hablo de honestidad académica a mis alumnos? Los maestros
moralistas nunca me han impresionado, no obstante la brillantez de sus
ideas. En mi experiencia sólo aquellos maestros que mostraron un
compromiso y congruencia profesionales y crearon una atmósfera
intelectual así como pedagógica de alto nivel, lograron
eliminar o disminuir la deshonestidad académica. En el nivel
superior de educación queda claro, entonces, que existen grandes
posibilidades de aprendizaje y al mismo tiempo grandes posibilidades de
fraude. En cierta manera confiamos en que la mayoría de los
estudiantes están conscientes de su obligación de
aprender además de la necesidad de obtener un título.
Nuestra función educativa no puede ser limitada con
diseños policiaco-educativos que, más que enseñar,
aseguren que ningún alumno actúe fraudulentamente.
Siempre confiamos en que la conducta ética de los estudiantes
esté basada en la libre aceptación de reglas de
comportamiento que no se pueden imponer por la fuerza de una autoridad.
Es importante consolidar nuestra labor de difusión y
divulgación científica a través del cultivo de
ideas en los alumnos, ya que el aspecto principal para realizar la
redacción de un escrito es, precisamente, la existencia de una
idea y la motivación de expresar un interés personal,
académico o profesional. Conforme se va analizando la idea y
estableciendo los puntos a analizar se puede definir un esquema general
en el cual se determine la idea principal y las ideas complementarias
que faciliten la estructuración de un desarrollo coherente de lo
que se quiere expresar. Esta actividad puede resultar muy
difícil para aquellas personas que no han desarrollado lo
suficiente la capacidad de expresarse por escrito, o peor aún,
que no tienen la posibilidad de acceder a servicios educativos. Esta
dramática situación puede ejemplificarse de manera
más clara si acudimos a datos reportados por el
INEGI2
a propósito del
XII Censo General de
Población y Vivienda en los cuales encontramos que en un
país como el nuestro, en donde se presentan grandes
desigualdades económicas, y uno de los mayores índices de
analfabetismo a nivel mundial, más de 2.4 millones de
niños entre 6 y 14 años y casi 6 millones de mexicanos
adultos no saben leer ni escribir. También es uno de los
países con el índice más bajo de libros
leídos al año, sólo entre 1 y 2 libros per
cápita, además de contar con pocas bibliotecas, las
cuales por lo general son de baja calidad (pocos libros, libros viejos
y mutilados). Por otra parte, puede ser muy difícil para
nosotros los maestros detectar si un alumno está escribiendo
brillantemente o sólo está copiando textualmente ideas de
un autor que pudiéramos no conocer o del que simplemente no
recordamos sus palabras con precisión. Es arduo determinar si el
alumno está copiando el trabajo de un compañero. Es
imposible identificar cabalmente si en un examen el alumno fue ayudado
por otra persona o si lo realizó con sus propios recursos. Si el
alumno escribe brillantemente no vamos a dudar de la originalidad de su
lenguaje o entrar en sospechas de autenticidad. Si el alumno muestra
desarrollos impecables en su lógica y en su notación
será para nosotros los tutores más motivo de
alegría que de duda. Si el alumno por su parte se frota las
manos porque ha logrado pasar por alumno ejemplar sin ser descubierto
pensemos: “peor para él”. Desprenderse de la
necesidad de reconocimiento social no es fácil. Este esfuerzo es
perenne para estudiantes y maestros por igual. Cuando el ego no gasta
la energía psicológica en proteger su imagen e invierte
esa energía en actos de aprendizaje, entonces conocimiento
sólidamente integrado, permanente y verdadero sigue como
consecuencia.
REFERENCIAS
1
McCabe DE. Faculty and Academic Integrity: The
Influence of Current Honor Codes and Past Honor Code Experiences, Research in Higher Education 3
(2003) 367-385.
2 INEGI,
XII Censo General de Población y
Vivienda, 2000. Tercer Informe de Gobierno, 2003.
Héctor Cerezo
Huerta, Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad Juárez.
hector.cerezo@itesm.mx