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Elementos No. 57, Vol. 12, Enero - Marzo, 2005, Página 35
Las horas negras

Patricia Aridjis                 Descargar versión PDF


—¿Qué harías si te robara? —me preguntó Natalia con cierta malicia.
—No lo harías —le respondí.
Al escuchar nuestra conversación, Juan Carlos, el hijo de cinco años de la interna gritó:
—¡No, mamá, no lo hagas porque te meten a la cárcel!
—La cárcel no existe —aseguró la mujer después de un breve silencio.
—¿En dónde está la cárcel? —le pregunté al niño en la celda de su madre.
—Allá fuera, donde están los policías —respondió señalando a la ventana.


CONVERSACIÓN CON NATALIA Y JUAN CARLOS EN LA PRISIÓN DE MUJERES.TEPEPAN, CIUDAD DE MÉXICO, 2002.

Para realizar este trabajo fotográfico decidí permanecer por largas horas en el interior de algunos reclusorios para mujeres, principalmente en el Distrito Federal. Pensé que sólo así podría captar los sentimientos que rondan las celdas y los pasillos en esos lugares. La soledad, el lesbianismo (como paliativo para las necesidades afectivas), la autoflagelación y el intento de suicidio, son heridas que, como bocas abiertas en las muñecas de las manos, piden atención. Las drogas para evadirse, la maternidad e incluso la solidaridad, son habituales. En la prisión, la vida está siempre limitada por torres, por celadoras, por puertas, y por horarios que definen las horas negras. Mi compromiso encontró las palabras precisas para ser descrito mientras retrataba a una mujer en su celda. Ella me pidió que la fotografiara porque era la única forma de salir de ahí.La cárcel de mujeres encierra cientos de historias tristes, historias de abandono, de maltrato, de amores incondicionales; son historias contadas una y otra vez como una letanía dolorosa que no se puede olvidar. Al entrar en la prisión, se recorre un largo túnel que conduce hacia un mundo casi en su totalidad femenino, un mundo sin colores vivos, sólo el beige y el azul marino de los uniformes. Un sello invisible sobre el antebrazo marca la diferencia entre los que van de visita por unas horas y las que se quedan por años, o las que simplemente nunca salen. “Llevo siete años, cuatro meses y dos semanas”; cuentas exactas, interminables. El tiempo transcurre lento y de pronto se convierte en años. Horas negras.

Hay niños que ahí nacieron y cuyos ojos nunca han visto otra luz más que aquella que atraviesa las rejas. Viven en el reclusorio pues no tienen quién se encargue de ellos fuera del penal. En ese caso, quedan bajo la custodia de las instituciones gubernamentales hasta que se cumple el periodo estipulado por la autoridad.—¿Dulce, por qué vienes?—Por daños a la salud.—¿Cuántos años traes?—Diez.—¿Dónde te agarraron?—En el aeropuerto.—¿Con cuánto?—Con dos kilos.—¿Cuál es tu causa?—Mi mamá… María.Estas son las palabras que memorizó Dulce, una niña de cuatro años que nació cuando su madre estaba presa.Al cruzar la reja, el valor de los objetos se transforma, ya sea porque no están permitidos (como es el caso de las tijeras, los perfumes en botella de vidrio, los espejos), o porque debe pagarse mucho por ellos (sin dinero es casi imposible disfrutarlos). Cosas tan básicas como un jabón, un desodorante o un rollo de papel de baño se encarecen en exceso. Una tarjeta telefónica se convierte en oro molido, pues el teléfono es una de las pocas formas de mantener contacto con el exterior. Otra manera la representan las visitas, pues en este ámbito constituyen un hecho especial, son aire fresco, libertad que viene de afuera. La visita familiar es otro modo, aunque es común que las reclusas sean olvidadas por su pareja y a veces hasta por sus familiares más cercanos. En este lugar, la cama se gana. Cada celda es habitada por alrededor de quince internas, a pesar de que su extensión no rebasa los nueve metros cuadrados. Algunas duermen en el piso, incluso debajo de las pocas camas. Conforme las reclusas se van yendo, las de mayor tiempo obtienen la cama. Otra forma de gozar de este privilegio es con dinero, pues alguien que por antigüedad logró su lugar puede venderlo a quien acaba de llegar.

EL AMOR EN TIEMPOS DE ENCIERRO

Con frecuencia el amor lo proporciona la persona más próxima, la que entiende, la que está en la misma situación, la que no abandona (al menos ahí). Silvia y Claudia se conocieron en el reclusorio, se enamoraron y según lo permiten las circunstancias, se han amado día y noche, pues la intimidad en prisión es algo muy público. Silvia cumplió su sentencia al poco tiempo de establecer esta relación, mas no aguantó estar afuera sin la que ella considera es el amor de su vida. Fue entonces cuando planeó simular un robo. Le pidió a un amigo que la “acusara” para que pudiera ingresar de nuevo al reclusorio Oriente y estar otra vez con Claudia.


Adriana Patricia Aridjis Perea. PREMIOS, BECAS Y MENCIONES: Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales, CONACULTA-FONCA, noviembre 2002. Concurso de Fotografía Antropológica, ENAH, primer lugar. lV Bienal de Fotoperiodismo, primer lugar en fotorreportaje, 2001. Premio de Periodismo Cultural Fernando Benítez, mención honorífica, 1999. Vll Premio de Ensayo Fotográfico Casa de las Américas en Cuba, mención honorífica, 1998. Beca para Jóvenes Creadores, FONCA, con el proyecto Fiestas de la clase media, ritos sociales (1994-1995). Primera Bienal de Fotoperiodismo, mención honorífica, 1994. Concurso de Fotografía Antropológica, ENAH, segundo lugar, septiembre 1994. Concurso Revista Fem, segundo lugar, 1987. EXPOSICIONES INDIVIDUALES: Las horas negras, Centro de la Imagen, 2004. Galería Blu, León Guanajuato, 2003. Universidad Autónoma Metropolitana, 2003. Pena máxima, El Chopo, 2001. De oficios y beneficios, UNAM, 1991. Trampa de luz, Casa del Lago, Galería Nacho López, 1990. Ha participado en más de 20 exposiciones colectivas. Ha publicado en la principales revistas, periódicos del país y en más de 8 libros. pataridjis@prodigy.net.mx



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