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Elementos No. 55-56, Vol. 11, Octubre - Diciembre, 2004, Página 52
Clase de fotografía

Valentina Glockner                 Descargar versión PDF


Se apaga la luz y todo se funde en una sospechosa luz roja: de un erotismo avergonzado o de sala de tortura. El ambiente se silencia y se amordaza. Todos nos conducimos con la mayor y más tensa suavidad. Nos toma algunos instantes acostumbrarnos a la roja oscuridad y poco a poco los rostros vuelven a construirse pero en ellos, sin darnos cuenta, reconocemos a otros. Los ojos recuperan la confianza, engañados. Podría decirse que el tiempo transcurre normal, incluso sereno, pero no. No transcurre siquiera. Todo pareciera tranquilo, tal vez. Lo cierto es que nuestros movimientos son viscosos y emanamos una aséptica cortesía mientras no acabamos de encontrar nuestras manos en una oscuridad del color de la sangre. Tratamos de parecer cómodos, sin tocarnos, y nos excusamos una y otra vez como si fuera un placer. Los labios se desmoronan en corteses observaciones y gotean tímidas peticiones: "puedes, por favor, sacar esa foto... gracias". Nadie ve que sonríes pero lo haces de todas formas, para ti mismo. Ofrecemos halagos desgastados por el uso, sólo para amenazar al silencio. Se pregunta sin oír la respuesta, si es que la hubo. A veces callamos, también en blanco y negro.
En las bandejas, los químicos hacen brotar imágenes en la superficie del papel con la sencillez de un primigenio acto de magia, sencillo e incomprensible, como toda creación. Por un instante la imagen es invisible, esculpida en la nada por una ráfaga de luz. Un soplo de luz y hemos creado algo que todavía no existe pero ya es. O podemos destruirla. Podría quedarse encerrada ahí, hasta que una luz absoluta la borre para siempre. Aun sabiendo que erramos no queda más que revelar el fallo. Como el clarividente que conoce el fatídico futuro pero incluso así se empeña en ir hasta él.
Cada tanto recorremos el breve laberinto que la luz ha sido, hasta ahora, incapaz de resolver, y salimos del laboratorio, transformados en topos, para descubrir la verdadera intensidad de los grises que componen nuestra fotografía y si acaso también para mirar, furtivamente, el rostro blanco/negro de algún compañero, preguntándonos dónde existió la imagen que tiene entre sus manos.



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