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Elementos No. 54, Vol. 11, Julio - Septiembre, 2004, Página 3
La escritura y la estructura de la percepción

Alberto J. L. Carrillo Canán                 Descargar versión PDF


Spech, before the age of Plato, was the glorious depository of memory.
McLuhan

En las últimas décadas la idea del mito como guía existencial del hombre arcaico ha recibido una explicación de gran interés, la cual podría ser resumida diciendo que el mito implica una organización configuracional y no analítica de la conciencia. Por el contrario, sería apenas con la aparición de la escritura alfabética que no solamente la conciencia en general sino ya la percepción misma se estructuraría de manera analítica y el mito perdería su papel de guía existencial. El objetivo de esta breve presentación consiste en exponer estas ideas apuntando hacia el posible cambio para la percepción y la conciencia que implican las nuevas tecnologías de la comunicación, en las cuales la escritura parece perder importancia.

En Die Geburt der Trägodie (El nacimiento de la tragedia) Nietzsche nos ofrece una apreciación extraordinariamente positiva del mito, entre otras razones por considerarlo una “imagen concentrada del mundo” (NI 145)1 o una “abreviatura de los fenómenos” (NI 145); en particular esto haría posible que el hombre perteneciente a una cultura mítica interpretara “su vida y sus luchas” (NI 145), es decir, se interpretara a sí mismo, de acuerdo con las “imágenes del mito” (NI 145). En el caso de Grecia, Nietzsche contrapone el hombre mítico al hombre “socrático”, el cual tendría una conciencia muy diferente, expresada en “la educación abstracta, las costumbres abstractas, el derecho abstracto, el estado abstracto” (NI 145). Nietzsche registra claramente la ruptura entre los mitos griegos y el “socratismo de la ciencia” (NI 148) y lamenta la “destrucción del mito” (NI 149) pero, a fin de cuentas, solo registra el paso del mito a la “abstracción” sin ofrecer ninguna explicación que no sea el pensamiento abstracto mismo, cuyo surgimiento es, precisamente, lo que requiere explicación.

Después de Nietzsche, principalmente durante la primera mitad del siglo pasado, los estudiosos de la antropología y de las religiones subrayaron y, si se quiere, enumeraron las diferencias entre el pensamiento o conciencia mítica y lo que se ha dado en llamar “conciencia occidental”, pero la ruptura evidente, las diferencias asombrosas, entre la conciencia mítica y la conciencia occidental quedaron, como en el caso de Nietzsche, más bien meramente registradas que explicadas. Sin embargo, hoy en día podemos recurrir a Eric A. Havelock, Walter J. Ong y Marshall McLuhan, entre otros autores, quienes han propuesto la interesante tesis de que el paso de la conciencia mítica a la conciencia occidental puede ser explicado por los efectos que la transición de la oralidad a la escritura alfabética acarrea en la organizaciónde la percepción en particular y de la conciencia en general.

Para describir los efectos de la transición de una cultura de la comunicación oral a otra de la comunicación alfabética podemos echar mano de un término clave en las teorías de McLuhan, a saber, del término “configuración” (GV 64) o bien del término “patrón” (GV 40). En efecto, la idea básica para explicar las diferencias radicales entre los tipos de cultura recién mencionados es la de que las primeras, es decir, las culturas orales, basan su comunicación en el reconocimiento de patrones o configuraciones de la experiencia y, por lo tanto, en la repetición y conservación de los mismos, mientras que las segundas, es decir, las culturas que utilizan los textos alfabéticos, basan su comunicación no en la repetición o conservación de los patrones experienciales sino, por el contrario, en el análisis o fragmentación de los mismos, lo que significa la singularización y la abstracción de elementos de cada patrón y, con ello, la destrucción del mismo, es decir, su eliminación de la conciencia en tanto tal patrón. Tratemos de aclarar estas ideas.

Parece ser un hecho indudable que los diferentes grupos humanos propiamente dichos han utilizado algún lenguaje como principal medio de comunicación. Una dimensión especialmente importante de la comunicación la constituye la de la socialización de la experiencia, la cual se presenta como la transmisión del conocimiento. Ciertamente, ni todo el cono- cimiento ni toda la conciencia son verbales, pero si el vehículo básico de la comunicación es el lenguaje, entonces la articulación del conocimiento, la sedimentación social de la experiencia, gira alrededor de la verbalización. En tal caso, por ejemplo, los elementos auditivos, visuales, táctiles, olfativos y gustativos de una situación dada pueden pasar a ser parte del conocimiento colectivo de un grupo humano únicamente en la medida en la que son verbalizables, lo cual tiene límites claros; piénsese tan solo en las posibilidades prácticamente nulas de traducir un sabor o un olor en tanto tales a una verbalización. La otra posibilidad es, por supuesto, la reactualización de la situación en cuestión para introducir a otros miembros del grupo humano dado a la experiencia directa que interesa, pero esta segunda posibilidad, además de ya no ser comunicación en sentido estricto sino comunicación en el sentido de convivencia, tiene otro tipo de limitaciones. En este caso piénsese, por ejemplo, en un evento peculiar en la historia del grupo, como podría serlo una catástrofe natural singular; el complejo de sensaciones que corresponde a un evento de tal índole solo puede ser comunicable –transmisible– en un sentido limitado; a saber, se trataría del complejo de sensaciones o emociones que la narración sea capaz de suscitar, aunque para ello se ayude de la música, la actuación y otros elementos visuales, auditivos o de los que se quiera.

En cualquier caso, si la socialización de la experiencia y la preservación del conocimiento, así como la “organización de la sensibilidad” (PW 8) en su conjunto, están centradas en la articulación verbal, se presenta un problema capital: el de la memorización verbal. Qué tanto y cuál conocimiento es comunicable y, por tanto, realmente socializable, se ha sedimentado en una sociedad depende de qué tanto conocimiento se puede recuperar verbalmente de la memoria de sus miembros. Justamente en este marco es que las investigaciones del teórico de la literatura Milman Parry mostraron ser de una importancia excepcional. Brevemente podemos decir que estudiando las composiciones homéricas, Parry mostró, nos refiere Ong, que Homero, básicamente “[…] cosió partes prefabricadas unas con otras. [Es decir] [e]n vez de un creador, se tiene [en él a] un trabajador de línea de ensamblado.” (OL 22) El mismo Ong intenta sugerir el impacto de tal descubrimiento para nuestra cultura literaria o alfabética. Las personas desarrolladas en una cultura literata, como la nuestra, nos dice Ong,

[…] están educadas para, en principio, no usar nunca los clichés. ¿Cómo vivir [entonces] con el hecho de que los poemas homéricos se mostraron, más y más, como construidos de clichés o de elementos muy similares a los clichés? En su conjunto, conforme se desarrolló el trabajo de Parry y de otros académicos posteriores, se hizo evidente que solamente una fracción minúscula de las palabras en la Iliada y la Odisea no eran parte de fórmulas y [más grave aún] de fórmulas que son predecibles en un grado devastador. (OL 22s.)

Ong continúa diciendo:

Más aún, las fórmulas estandarizadas fueron agrupadas alrededor de temas igualmente estandarizados, tales como la reunión del consejo, la reunión del ejército, el desafío, el saqueo de los vencidos, el escudo del héroe, etc., etc. [De hecho] [a]lrededor del mundo se encuentra un repertorio de temas similares en la narración oral y en otros discursos orales. (OL 23)

Así pues, se trata, en lo fundamental, de que las culturas orales tienen que proceder por medio de fórmulas lingüísticas para poder memorizar y transmitir la experiencia verbalizada, fórmulas lingüísticas que, a su vez, articulan tópicos estereotipados o, por así decirlo, fórmulas temáticas. Mientras que las fórmulas temáticas refieren a situaciones o configuraciones, las fórmulas lingüísticas corresponden a un ritmo o canción –en el caso de la Iliada y la Odisea, al del hexámetro griego. En otras palabras, en una cultura oral todo lo que se comunica como digno de ser preservado o transmitido tiene que comunicarse en fórmulas cantadas y, más aún, con acompañamiento rítmico que incluye a todo el cuerpo, tanto psíquica como físicamente, así como, en muchas ocasiones, a instrumentos musicales. Esto tiene consecuencias realmente descomunales, ya que lo que hay que preservar o transmitir no se reduce a ciertos sucesos o situaciones excepcionales, sino que incluye tales cosas como las instrucciones para la construcción de barcos, los usos y costumbres en general e, incluso, las órdenes militares del momento así como todo tipo de comunicado público y muchos “privados” o, para ser más precisos, de incumbencia mucho más restringida que el todo de la comunidad. En pocas palabras, en sociedades puramente orales el poder y el liderazgo, tanto político como militar, tienden a concentrarse en los miembros que tienen el mejor sentido del ritmo y la mejor memoria: son estos los que pueden “poetizar” su comunicación y, de esta manera, darle la efectividad de la que depende el éxito de la comunidad misma. Esto significa, entre otras muchas cosas, que de hecho, en las culturas puramente orales al nivel público, y en gran medida a otros niveles más restringidos, no puede haber la diferencia –propia de las culturas literatas – entre prosa y poesía. La idea es que la comunicación lingüística puramente oral efectiva no puede realizarse sino como composición de temas estereotipados mediante fórmulas con ritmos definidos y la recepción de dichos temas así compuestos por parte audiencias rítmica y mnemotécnicamente entrenadas.

Esta idea, a pesar de su simplicidad, no deja de ser, para nosotros, miembros de una cultura literata, acostumbrados a la diferencia entre prosa y poesía, radicalmente sorprendente. Havelock ilustra esto de la siguiente manera:

En Europa occidental la poesía, con sus ritmos, sus imágenes y sus modismos, ha sido alabada y practicada como un tipo especial de experiencia. Visto en relación con el trabajo cotidiano, el marco poético de la mente resulta esotérico y requiere de un cultivo especial. […] Lo poético y lo prosaico se comportan como dos modos de autoexpresión mutuamente excluyentes. El uno es recreación o inspiración, el otro es operativo. Nadie se inflama en versos para reconvenir a sus hijos, ni para dictar una carta, ni para contar un chiste; menos aún para dar órdenes o emitir instrucciones. [Nuevo párrafo] Pero en la situación griega, durante la época no literaria, justamente eso es lo que usted tendría que haber hecho. (PP 134).

En otras palabras, cualquier cosa que tuviera que ser comunicada con efectividad o simplemente que valiera la pena ser comunicada, tenía que estar, por así decirlo, poetizada y, más aún, había que actuar su poetización: cantarla, danzar, gesticular, etcétera. La razón de esto parece obvia.

Sin rima, verso, ritmo o melodía, como estructuración verbal de situaciones estereotipadas, la memoria tenía muy poco alcance. Por ejemplo, órdenes militares de cierto grado de complejidad solo podían emitirse versificadas y el mensajero por su parte tenía que estar entrenado en la memorización de versos; igualmente, cada uno de los soldados tenía que recordar sus órdenes como quien recuerda estrofas de una canción. Por supuesto, lo mismo ocurría al nivel de la educación de los infantes y los jóvenes, de la transmisión verbal de los oficios, etcétera. Sin fórmulas más o menos “poéticas”, la memoria no podía ser empleada de manera eficiente. Por supuesto, el conjunto de la experiencia y de la percepción tenía que estar organizado de manera tópica y rítmica, cen- trado en clichés –piénsese en los campesinos o personas escasamente literatas que organizan y comunican su experiencia mediante proverbios, refranes o cancioncillas.

Con esto hemos llegado al centro del problema. Las fórmulas lingüísticas y los ritmos motores o sonoros que las acompañan implican una conciencia orientada al reconocimiento de configuraciones, de patrones. Los patrones tienen que mantenerse como tales. Esto explica, entre otras muchas cosas, que aún hoy en día en sociedades pura o primordialmente verbales se haga un uso muy amplio de las analogías.

Como insiste en ello McLuhan, mientras que los silogismos, con su “de esto y esto, sigue esto y luego esto”, corresponden a una organización secuencial o lineal de la conciencia, mientras que las analogías corresponden a una organización configuracional de la misma; en éstas se reconocen no tanto elementos como las relaciones entre elementos (cfr. GV). Piénsese tan solo en la aplicación de un proverbio tal como “el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”. La aplicación del proverbio requiere que se reconozca no un tipo de elementos determinados (árbol, sombra, cobijar, etcétera) sino una relación entre elementos, es decir, se requiere que se reconozca la estructura de una situación. Pero tal cosa no es más que un patrón o una configuración. Estructuras, ritmos y fórmulas son, en los términos de McLuhan, configuraciones o patrones. Por el contrario, la introducción del alfabeto implica la abstracción portentosa consistente en analizar o fragmentar los sonidos lingüísticos en unos cuantos básicos, tal vez 30 o unos pocos más, sonidos estandarizados, carentes cada uno de todo significado y que se pueden recomponer de manera abierta para formar nuevas palabras y al margen de cualquier situación ya conocida. Simplemente esta apertura de la verbalización gracias a la escritura alfabética rompe de raíz con la compulsión del mito a la repetición y la permanencia. El “reconocimiento de patrones” (GV 40) resulta desplazado como forma básica de la conciencia tratándose de la comunicación, lo que equivale a decir, como forma básica del conocimiento o experiencia socializados.

La idea sería, entonces, abreviando aquí de manera brutal, que el desarrollo de una cultura con una comunicación alfabética permite y obliga a la fragmentación de las configuraciones como núcleo de la percepción y de la conciencia. Para dar un indicio de las consecuencias portentosas de esto, piénsese que si se pueden aislar sonidos como elementos independientes de una composición o patrón (por ejemplo en una palabra), entonces parece posible aislar a los elementos de una configuración visual. Ya no es necesario pensar la cama en el conjunto de la economía doméstica (un tema estereotipado), sino que ahora es posible preguntar, tal como realmente lo hizo Platón, por la cama en tanto tal, preguntar qué hace de la cama una cama (cfr. PW 34). En otras palabras, la articulación alfabética de la experiencia abre la puerta al pensamiento abstracto y analítico en general. Por ejemplo, de la misma manera que con la cama, ya no hay por qué pensar a un individuo únicamente en el entramado de sus relaciones comunitarias, sino que ahora se le puede pensar como individuo autosubsistente en términos ontológicos. Así como se puede pensar en sonidos autosubsistentes correspondientes a letras estandarizadas, se puede pensar en individuos estandarizados, de tal manera que muy probablemente esto es lo que hizo posible la invención de la democracia, la cual no ha sido rastreada en ninguna sociedad oral.2 Para concluir este breve trabajo habrá que hacer una rápida mención de los posibles cambios implícitos en la pérdida de importancia de la escritura alfabética provocada por las nuevas tecnologías, en especial las digitales. Si el análisis o fragmentación de los patrones parece ir de la mano con una sensibilidad organizada para la percepción de objetos individuales y no de los patrones o situaciones en los que están insertos, la tecnología digital produce por lo menos un cambio de gran importancia. Nuestro “sesgo” (McLuhan) literario nos ha llevado a identificar información en general con información verbalizada, en especial con su traducción no solo alfabética sino impresa. Durante los últimos siglos el conocimiento solo era almacenable en libros o, más en general, en caracteres alfabéticos registrados en diferentes medios, es decir, como experiencia verbalizada traducida a letras.

Pero ahora se puede almacenar no solo caracteres convencionales estandarizados sino también se puede almacenar patrones absolutamente singulares, en particular patrones musicales y patrones visuales. Gracias a la tecnología digital los bancos de sonido y especialmente los bancos de imágenes adquieren una importancia creciente como parte de la experiencia comunicable. Piénsese tan solo en la diferencia que hace la transmisión de las imágenes de las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001 respecto de lo que sería la mera descripción verbal impresa del suceso. En otras palabras, la gran cuestión que está aquí a debate es, como lo piensan McLuhan y Ong, la de si estamos al borde de una reactivación de la percepción como reconocimiento de patrones y una reactivación de las formas de conciencia correspondientes, es decir, rítmicas, multisensoriales y resonantes o participativas, propias de la comunidad como “audiencia” (McLuhan). El mito y sus “imágenes” podían ser una “abreviatura de los fenómenos” por tener la estructura no de una secuencia narrativa sino de una configuración rítmica de la experiencia. ¿Qué tanto hacen posible las técnicas de comunicación digitales una “retribalización” (McLuhan) de la sociedad en una “aldea global” (McLuhan)?

A B R E V I A T U R A S

PP=Havelock, Eric A., Preface to Plato (1963) Harvard University Press, Massachusetts, 1963.

GV=McLuhan, Marshall & Powers, Bruce R., The Global Village. Transformations in World Life and Media in the 21st Century (1986), New York: Oxford University Press, 1992.

NI=Nietzsche, F., Sämtliche Werke, Band 1, Berlín, 1980.

PW= Ong, Walter, J. The Presence of the Word (1967), Yale University Press, New Haven, 1967.

OL=Ong, Walter, J., Orality and Literacy (1982), Routledge, London, 1988.

N O T A S

1 Véase la lista bibliográfica y de abreviaturas.

2 Esto pareciera corroborarse en el caso de los países árabes y sus tipos de gobierno. Dichos países son todavía altamente orales y la democracia es prácticamente inexistente en ellos, salvo el caso de Turquía, donde de los años 20 y 30 del siglo pasado Kemal Ataturk latinizó y, con ello, alfabetizó el idioma turco.

Alberto J. L. Carrillo Canán, Maestría en Estética, Facultad de Filosofía y Letras, BUAP, cs001021@siu.buap.mx.



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