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Elementos No. 54, Vol. 11, Julio - Septiembre, 2004, Página 21
Matrimonio, poder y hechicería

Maria Rayo Sankey García                 Descargar versión PDF


A veces hay que hacer "trabajos", pa' que venga la lana, pa' tener, pa' dar, pa' seguir siendo hombre.

Hace ya tiempo –contado en años– que inicié la investigación del subsistema relacional que conforma la pareja conyugal dentro de la intrincada red social que constituye la familia.2 Interesada entonces solo en el ámbito de la discusión conyugal –terreno nada explorado en México–, la investigación no dejó de arrojar resultados por demás peculiares: me encontré con que, sin ser una determinación mecánica, la fuente de beneficios materiales y simbólicos se constituye en la variable independiente que preside la conformación de un determinado patrón de comportamiento conyugal y una determinada estructura y transferencia de poder en las relaciones maritales. Y, aún más, que en el intento de controlar su ambiente inmediato, fuente de toda relación de poder, acciones mágicas como la hechicería (o trabajos de magia “blanca”, como la denominan sus agentes) aparecen como una práctica constante y diferenciada entre marido y mujer.

A la luz de estos resultados, tales prácticas adquieren otra dimensión cuyo sentido, más allá del ámbito cognoscitivo de las creencias, se sitúa en un universo pragmático que vincula temáticas sociales aparentemente tan dispares como matrimonio, poder y hechicería.


LA PAREJA CONYUGAL: UN SISTEMA EN EQUILIBRIO

Entendida como un sistema estable (es decir, estable con respecto a algunas de sus variables si estas variables tienden a mantenerse dentro de límites definidos), la diada conyugal muestra mantener patrones de conducta que no pueden ser descritos como la suma de los comportamientos individuales de sus miembros, sino como comportamientos inherentes al sistema relacional mismo. Un patrón dual de control entre los cónyuges caracteriza a la pareja matrimonial, de tal forma que la desviación del comportamiento esperado y regularizado por el sistema de obligaciones y expectativas que emerge en la alianza conyugal pone en marcha medidas correctivas que exacerban el sistema de control interindividual hasta un punto que genera las prácticas más inusuales: entre ellas las de la magia blanca.

Tal estabilidad se funda en un sistema equiprobable de poder entre los miembros de la pareja que tiene su asiento en el control ejercido sobre los recursos de entrada al sistema: dinero y cuerpo, que la compleja red de relaciones conyugales reviste bajo las formas de “gasto” y fidelidad.

Al identificar estos dos objetos susceptibles de control queda claro que los cónyuges tienen ventajas estratégicas sobre el otro miembro de la pareja. Ventajas que emergen de potencialidades (reales y culturalmente atribuidas) y que los proveen de poder independiente derivado del control de su propio cuerpo y de sus habilidades para hacerse de los recursos económicos necesarios para la supervivencia del grupo doméstico.

Los actores pueden, entonces, controlarse entre sí a causa de las circunstancias tácticas inmediatas que implica el cálculo del comportamiento del otro miembro en la relación: en una serie de acciones coordinadas se conceden poder recíprocamente para la toma de decisiones sobre una porción del ambiente. Esta transferencia es siempre la concesión de un derecho, delinea una relación entre iguales y guía su rumbo hacia la estabilidad.

Vemos, así, cómo en el orden de lo privado estos procesos tienen por principio las disposiciones inculcadas por las condiciones materiales de existencia. Entre el deber y el sentimiento, la pareja se vincula entre sí a través de estrategias generales de dominación efectiva, sin que pueda decirse que uno de los miembros de la diada domina definitivamente y como estrategia global al otro.

Que el control sobre el dinero y el cuerpo se traduzca en una relación efectiva de poder entre los cónyuges depende de que los actores tengan la habilidad de convertir la potencialidad de su base de poder, en poder efectivo sobre el comportamiento del otro. Así, dado que nos encontramos ante una estructura de poder caracterizada por su descentralización, es preferible usar el término descriptivo control interindividual entre los cónyuges, evitando así la referencia a una efectiva y definitiva relación de poder de un cónyuge sobre el otro, cuando lo que observamos es, más bien, una constante negociación de posiciones en la estructura relacional de los actores.

La aseveración de que una persona no posee poder, sino de que éste surge de la interacción con otra persona queda aquí claramente ejemplificada si observamos que en la relación conyugal el poder es un procedimiento local de reajuste interindividual de la conducta en los momentos en que esta última se desvía de lo esperado o lo apropiado según sus agentes. Los cónyuges, sobre la base de los controles que ejercen, se encuentran así en una relación equiprobable de poder.

En este continuum de comportamiento recíproco entre marido y mujer, nos encontramos –en la observación que implica el trabajo de campo– con dos polos opuestos de comportamiento marital: al proceder del ocultamiento del dinero, a la sujeción de los miembros de la pareja al ámbito conyugal, y a la prescripción de la conducta conforme a las normas más tradicionales de la institución del matrimonio, se opone consistentemente el procedimiento interactivo del acuerdo, la libertad individual y la responsabilidad compartida entre los miembros de la pareja en la manutención del grupo doméstico.

En esta dimensión del poder doméstico, el primer polo nos permite describir las diferentes formas que adopta el control interindividual en un equiprobable sistema de poder entre los cónyuges. En este polo, diferentes formas de engaño, el consistente ocultamiento de los bienes poseídos por alguno de los miembros de la diada, la sujeción y la mutua prescripción de la conducta entre marido y mujer, son parte de la vida cotidiana del matrimonio. El segundo polo puede, entonces, caracterizarse como la ausencia de control interindividual y, por ende, de poder conyugal.

En las parejas cuyo comportamiento marital se identifica con la primera caracterización, la incertidumbre generada por una especie de vacío de poder y la constante negociación de posiciones de superordinación y subordinación interindividual, requiere –para minimizarla– de una ampliación de la base de poder independiente de cada actor. Significativamente, en estas parejas –y solo en estas parejas– (que, conviene mencionar, son las de mayor frecuencia en el universo de los casos estudiados) hombres y mujeres realizan prácticas mágicas dirigidas hacia los fines más urgentes: en general, asegurar la fidelidad del marido, en los casos de las mujeres, y los recursos materiales –expresados en la riqueza económica– en los casos de los hombres.

Estas prácticas que aparecen como prácticas diferenciadas entre los cónyuges interesan aquí no por ellas mismas (esto es, en su organización y sentido internos), sino porque aparecen íntimamente ligadas a los procedimientos de vinculación y control dentro del matrimonio. Es decir, en su carácter de mecanismos de control del ambiente inmediato (manifiesto, como ya he mencionado, en el control sobre el dinero y el cuerpo que ejercen ambos miembros de la diada conyugal).

Las mujeres en estas parejas practican la “magia blanca” con la finalidad primordial de terminar con la infidelidad del marido. Pero también para “limpiar la casa” de envidias, conjurar el “mal de ojo” y, en general, atraer la “buena energía” o “vibra”. Para realizar estas acciones, los procedimientos son extraordinariamente variados e implican el uso de materiales igualmente de una sorprendente variedad. Los hombres, a su vez, no solo participan de un sistema similar de creencias y prácticas, sino que se especializan en acciones tendientes a asegurar la riqueza material.

Veamos –en una transcripción de entrevistas audiograbadas que intenta respetar la sintaxis de los informantes– dos ejemplos especialmente ilustrativos del carácter diferenciado de estas acciones: se trata, en primer lugar, de Margarita, dedicada al cuidado de su casa e hijos, que me relata las acciones que emprendió para corregir la infidelidad de su marido.

Fíjese que hace como dos años, mi esposo andaba con otra mujer. Una señora que hasta es más grande que yo, pero la verdad andaba muy preocupada y una amiga me dijo que podía hacer muchas cosas. Que lo más importante, bueno, era hacer una novena que se le reza a la Santa Muerte. Dicen que es muy milagrosa pero también quisquillosa y a mí me daba mucho miedo, pero estaba muy desesperada y entonces yo dije que sí lo iba a hacer. Me dijo que comprara yo unas veladoras –tienen que ser nueve–, y esas veladoras se le prenden a la Santa Muerte, fíjese usté. Yo compré chile piquín, como me dijeron, y lo tosté y lo molí, después allí revolqué las veladoras. Pero antes, a las veladoras, les pinté un monito con un alfiler y yo iba diciendo: “esta es tu cara” y “este es tu cuerpo” y “estas son tus piernas”. Después ya las revolqué bien en el chile que había molido, y en el fondo del vaso de la veladora –donde iba yo a prenderla–, allí ponía yo un papelito con el nombre de él escrito y un corazoncito y, entonces, ya le prendí a la veladora y le rezaba a la Santa Muerte. Esa oración allí la compré con las arbolarias. Dicen que es muy efectiva y sí, fíjese que sí porque sí regresó.

La siguiente “fórmula” (según el mismo informante la definió) me fue proporcionada por Francisco que, después de relatar los diferentes problemas económicos que ha enfrentado como jefe de familia, me hizo esta recomendación:3

Tienen que poner tres monedas fuera de circulación, o sea que no te cuesten, escondidas en algún lugar de su casa. Que no te vea nadie y tampoco lo cuenten, pa que no se cebe, que se olvide dónde están. Nunca se las gasten, cuando ya pierdan efecto las tiras a la calle. Ya no sirven para hacer dinero, ni para nada. Cuando sientan la necesidad, piensan en ellas y entonces su energía te alcanza. Yo les aseguro que esta fórmula funciona por seis meses. Es una cosa natural de causa-efecto. No es nada de brujería, ni nada, es darte confianza. Aquí el hecho es que la energía te alcanza, se viene a ti, no sólo dinero, sino poder para ser feliz. Sugestión, realidad, pensamiento, llámele como quiera. El cuerpo humano es tan perfecto, tan chingón, que lo que ves es lo que te hace sentir, lo que te duele. Lo que no ves, no duele. Si te cortas y no ves, no duele ¿no?, entonces, o sea que sufres porque ves, es un hecho. Si escondes unas monedas, no las ves, entonces la riqueza viene sola, no la ves. Es como la potencia, te viene, no piensas en ella, si no, no puedes. La cuestión de esta fórmula es pensar lo que has hecho en la vida. Calienta que otro tiene dinero y tú no. Pero así es. Necesitas que esa buena suerte venga a ti también. Ora, sí puede fallar, porque tampoco es perfecta la fórmula. Puede fallar noventa, o sea de cien le falla a diez. Es noventa por ciento, ¿no?. Si tienen cien, el chiste es pretender que tienes doscientos, por decir algo, ser positi- vo. Si no juegas los dados, no ganas. Hay que ser positivo. Hay que tomar una determinación sana. ¿Sabe qué? –me dijo finalmente–, mejor dígale a su esposo que él lo haga, si quiere, es mejor que sea un hombre.

A pesar de la especie de operación metonímica sobre la que se fundan estos procederes y el sabor de sin razón que dejan en el oyente, estas acciones “… ponen al servicio de unos fines trágicamente reales y totalmente irrealistas, engendrados en situaciones de desamparo […] una lógica práctica…” (Bourdieu, 1991:160), productora de sentido, cuya significación es la de actuar sobre otros seres humanos, la de servir como estrategia en la resolución de problemas cotidianos. Como práctica global significante, su funcionalidad es ver culminado un fin práctico: superar la incertidumbre y restituir la estabilidad de la pareja.

Aclaremos que el logro de la estabilidad en sistemas como el de estos particulares tipos de pareja conyugal da lugar a nuevos comportamientos, y nuevos mecanismos aparecen para hacerles frente. Así, la estabilidad no es un punto final estéril en la vida del matrimonio, sino más bien la condición de su supervivencia.

Que estos comportamientos impliquen diferentes y genéricamente diferenciadas prácticas mágicas, no debe ahora sorprendernos. A la división del trabajo material entre los sexos corresponde también una división del trabajo mágicosimbólico.

Cada actor se arma, por decirlo así, del repertorio de recursos acordes a su acción social, suerte de hechiceros modernos en el constante afán de controlar su matrimonio, preservando sus formas y eternizando su vida.

N O T A S

1 Francisco, informante en este estudio.

2 El trabajo de campo que dio origen a los datos y observaciones contenidas en este escrito se realizó en la colonia Castillotla, de la ciudad de Puebla, México, durante 1998. El vecindario aloja a grupos domésticos que subsisten como prestadores de servicios (v.g. mujeres dedicadas al servicio doméstico, meseros, electricistas, plomeros, mecánicos, choferes de autobús, taxistas, vendedores ambulantes y comerciantes establecidos en el mercado Independencia, que se ubica en la única calle de entrada a esta colonia.

3 Durante la entrevista, realizada en el patio de entrada de la casa de Francisco, se incorpora Ramón, otro informante. Esta es la razón por la que “la fórmula” que sigue está enunciada en forma de diálogo conversacional.

María Rayo Sankey García, Maestría en Ciencias del Lenguaje, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, BUAP, msankey@siu.buap.mx.



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