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Elementos No. 53, Vol. 11, Marzo - Mayo, 2004, Página 57
Libros

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A CONTRACORRIENTE:
HISTORIA DE LA ENERGÍA NUCLEAR EN MÉXICO, 1945-1985
LUZ FERNANDA AZUELA JOSÉ LUIS TALANCÓN EDITORIAL PLAZA Y VALDÉS, MÉXICO, 1999

Una historia de la energía nuclear en México debería ilustrar acerca de la función de los organismos nucleares, como el Instituto Nacional de Energía Nuclear y la ya desaparecida empresa minera del uranio; y poner en claro cuál fue el papel de la Comisión Federal de Electricidad, por ejemplo. Debería aclarar el de organizaciones pronucleares, de los gobiernos; el de los movimientos antinucleares, sus características, composición social, la formación ideológica de sus militantes, sus estrategias, aciertos y errores.

A nivel mundial, uno de los más completos es el libro de Pringle y Spigelman, Los barones nucleares, traducido y publicado por Planeta. Energía nuclear, de Walter Patterson, con mucha más información técnica, es igualmente excelente. En Estados Unidos se han publicado varios libros, como los de George Mazuzan y J. Samuel Walker, historia oficial que se ocupa de los aspectos políticos. En Argentina se publicó un excelente libro de Mario Mariscotti sobre la aventura del incompetente Ronald Richter a comienzos de los cincuenta, y la historia oficiosa de Castro Madero y Takacs. En México se han publicado los libros de José A. Rojas Nieto y Víctor A.Payá Torres, por la UNAM (1989) y por el Instituto Mora, respectivamente en coedición con la Editorial Porrúa (1994), y el de Guillermo Zamora sobre la importación de la leche radioactiva de Irlanda (Planeta, 1997).

El de Luz Fernanda Azuela y José Luis Talancón es más ambicioso.

Azuela es física, investigadora del Instituto de Geografía de la UNAM, y Talancón es profesor del Centro de Enseñanza para Extranjeros, y el libro viene avalado por este instituto, el de Investigaciones Sociales, y por el Centro mencionado, que lo han coeditado. Los ya mencionados de Rojas Nieto y Payá Torres, más limitados en sus objetivos, son mucho más equilibrados que el de Azuela y Talancón, con una información sólida y una mejor redacción, y particularmente en el caso de Rojas Nieto, con una considerable visión crítica. Azuela y Talancón carecen casi totalmente de una visión acerca del desarrollo de la energía nuclear en el orden mundial, tanto en los países desarrollados como en los de un desarrollo similar al de México, lo cual les sirve para no tomar posición sobre las realizaciones de los organismos nucleares mexicanos, aunque sí incluyen una mención a un texto crítico sobre el Instituto Nacional de Energía Nuclear, elaborado en 1978 por el ingeniero Armando Gómez Tagle (p. 178- 179). Mencionan que la ley de energía nuclear de 1979 establecía entre las tareas del Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares la de “realizar el diseño y promover la construcción nacional de reactores nucleares”, pero no que en más de cuarenta años de existencia no han podido construir ni un modesto reactor experimental. En Argentina comenzó a funcionar el primero en 1957, se han construido más de diez, y en este momento la empresa INVAP ha llegado a ser competitiva a nivel internacional en la fabricación de reactores experimentales.

Tampoco puede ser casual que, en tanto que dedican muchas páginas a detalles acerca de la construcción de Laguna Verde, le dediquen unas pocas líneas totalmente acríticas a lo que creemos que fue el episodio central de esta historia, es decir, al delirante llamado a concurso para la construcción de veinte centrales nucleares, caso paradigmático de la frivolidad, incompetencia e irresponsabilidad del gobierno de López Portillo (Rojas Nieto se refiere al caso como “anécdota risible”), y de su disposición a derrochar enormes recursos para mostrarles a los mexicanos el símbolo visible de la modernización. Casualmente también lo olvidó Daniel Reséndiz Núñez, otro fiel servidor del aparato, en su compilación El sector eléctrico en México, coeditada en 1994 por la Comisión Federal de Electricidad y el Fondo de Cultura Económica.

El libro está lleno de afirmaciones no fundamentadas e incluso apreciaciones erróneas. Por ejemplo en relación con el importante punto de la posición de las fuerzas políticas sobre la energía nuclear; en la página 261, se afirma que la izquierda tomó posición del lado de los antinucleares. En realidad estuvo dividida, con muchas personalidades y organizaciones que efectivamente estuvieron en contra de la energía nuclear, como Punto Crítico y el Partido Revolucionario de los Trabajadores, mientras que la mayor parte del Partido Socialista Unificado de México (PSUM), estuvo a favor, incluyendo por supuesto a los diputados de ese partido que eran miembros del sindicato de los trabajadores nucleares, como también lo estuvieron dirigentes muy visibles como Heberto Castillo y Rolando Cordera, mientras que un sector minoritario, que incluyó a Amalia García, estuvo en contra. Este error seguramente no es casual, sino debido al hecho de que, mientras que entrevistaron a muchos personajes poco importantes, no se tomaron el trabajo de hacerlo con los dirigentes de estas organizaciones, ni de leer su prensa. Por otra parte, esta posición del PSUM fue totalmente coherente con la de los partidos comunistas a nivel internacional, ya que al parecer todos los que tomaron posición sobre el problema, con la excepción del sueco, estuvieron a favor de la energía nuclear. Esta posición del PSUM coincidió con su deslizamiento hacia el oportunismo, que culminó con su disolución. Y este oportunismo fue además coherente con su seguidismo hacia el igualmente oportunista y nacionalista Partido Comunista francés, como lo ha documentado Octavio Rodríguez Araujo (“Ocaso del comunismo en México”, en Manuel Aguilar Mora y Mauricio Schoijet (comps.), La Revolución Mexicana contra el PRI, Fontamara, 1991, p. 157-169).

Desde el punto de vista de la percepción de la problemática de la energía nuclear a nivel mundial, y de eventos como el accidente de Chernobyl, el fiasco es completo, lo cual no es de extrañar, porque la casi única fuente es el engañoso libro de Bernard L.Cohen. Igual que Cohen, Azuela y Talancón sólo se refieren a las víctimas inmediatas del accidente de Chernobyl, y omiten toda referencia al espeluznante costo humano de los efectos de largo plazo sobre millones de irradiados, que por supuesto no han terminado de hacerse visibles, ya que la mayor parte de los casos de cáncer y leucemia aparecen quince, veinte o veinticinco años después de la exposición a la radiación. No hay acuerdo sobre el número de muertes, ya que el gobierno ucraniano ha dado la cifra de dos mil en tanto que la organización ambientalista Greenpeace afirma que son treinta mil. La cifra de los tumores de la tiroides pasa de diez mil y se registra un importante aumento en la tasa de niños nacidos muertos. Entre los centenares de miles que participaron en las tareas de descontaminación se ha registrado un gran aumento en la tasa de suicidios (datos del World Information Service on Energy, boletín electrónico de mayo del 2000). Rosalie Bertell da datos provenientes de una organización de ex “liquidadores”, o sea personas que participaron en las tareas de descontaminación, que fueron unos 600 000. Según esta organización, que funcionaría en Kiev, hacia 1995 habrían muerto trece mil, de los que 20% se habrían suicidado. De los que vivían en ese momento, setenta mil eran inválidos permanentes (en The Ecologist de noviembre de 1999).

Para dar sólo un ejemplo de las cualidades de Cohen como prestidigitador intelectual, en relación con el tema del desmantelamiento de reactores, después de aceptar que el de la central nuclear de Shippingport costó más que la construcción, afirma alegremente, sin dar ninguna fundamentación ni información adicional, que habría estudios –no dice cuáles—que proponen que los costos de desmantelamiento incidirían en menos de 1% del costo de la energía producida.

El libro incluye farragosos detalles poco explicitados acerca de aspectos de menor importancia, anécdotas y recuerdos triviales, gráficas y tablas prescindibles, y hasta disparates causados por la falta de conocimiento de los autores sobre los aspectos técnicos. Por ejemplo, la afirmación de que en las bodegas de los organismos nucleares se guardaba una cantidad de uranio equivalente a la cuarta parte de la producción anual de Estados Unidos, cuando debieron de haber escrito que se trataba de mineral y no de uranio, y de una cantidad mil veces menor. O la confusión entre líquido de enfriamiento y moderador (elemento o compuesto que disminuye la energía de los neutrones; el agua opera al mismo tiempo como refrigerante y moderador, no es el caso del grafito) que los lleva a escribir que el grafito operaba como agente de enfriamiento en el reactor de Chernobyl. ¿Alguien puede imaginar que el grafito sirva para enfriar algo? Recuérdese que la autora es física.

Si es un fiasco en estos aspectos, en cambio tiene otros que son casi totalmente desconocidos y que tienen cierto interés, por ejemplo la propuesta temprana del físico Sandoval Vallarta de una planta nuclear para desalinizar el agua del Lago de Texcoco, y de una planta desalinizadora en Baja California, pero narrados con una ingenuidad total y un desconocimiento absoluto de lo que ocurrió fuera de México con proyectos de este tipo. Afirman que el abandono del primer proyecto se debió al fallecimiento del personaje mencionado, sin aludir a ninguna dificultad técnica ni a los estudios hechos en Estados Unidos que liquidaron a este tipo de proyectos. No se les ocurre que ya en esa época había conciencia en los organismos nucleares estadounidenses, aunque no en los ilustres científicos mexicanos, de lo peligroso que era situar una planta nuclear en la cercanía de una gran ciudad, ni de que en el Valle de México no hay agua suficiente, no para desalinación sino ni siquiera para el enfriamiento que requiere una central nuclear.

Los autores también relatan la historia de la construcción de la planta y del papel de los ingenieros mexicanos, que es presentado bajo una luz favorable, aunque con una carga de detalles nimios. Pero en tanto que no tenemos motivos para dudar de que hubo aspectos positivos en esta experiencia, por ejemplo en cuanto a exigir estándares de calidad a los proveedores, no se puede apreciar si se trató de una acción efímera o si tuvo consecuencias de mayor alcance. En tanto que se ensalzan estos aspectos positivos, se hace escasa mención a los negativos. Por ejemplo, se dice que el país perdió una “fuerte suma” por el cambio de la empresa contratista, pero no se especifica el monto.

Por ejemplo, el ninguneo al trabajo de Alejandro Nadal y Octavio Miramontes (El plan de emergencia de Laguna Verde, Colegio de México, 1989), sobre los efectos de un accidente en Laguna Verde, al que se le dedican cuatro líneas. Los autores enumeran trabajos varios de los organismos nucleares que nada más sirven para acumular polvo, pero no se toman la molestia de explicar por qué ningún organismo oficial elaboró un trabajo sobre este tema, obviamente de una capital importancia. O la mención en un pie de página de la opinión de algún ilustre ingeniero, de antecedentes desconocidos como analista político, según el cual el movimiento antinuclear fue producto de la manipulación extranjera, afirmación que no tiene ningún valor. El ninguneo al trabajo de Nadal y Miramontes no es casual, ya que los autores ignoran casi totalmente la literatura antinuclear, tanto a nivel internacional como nacional. No se toman el trabajo de fundamentar ninguna de sus suposiciones más importantes, por ejemplo de que la energía nuclear habría sido parte de un proceso de modernización. Suponen implícitamente que el movimiento antinuclear, al que le dedican muy poco espacio, es producto de la irracionalidad de masas, mientras que la ciencia estaría del lado de los pronucleares, sin tomarse el más mínimo trabajo para fundamentar una afirmación de este tamaño, ignorando que los aspectos científicos han sido objeto de enconadas controversias, que no han terminado, porque hay aspectos aún no aclarados, por ejemplo nada menos que la interpretación del accidente de Chernobyl. Los autores no están enterados de que no hay acuerdo sobre lo que ocurrió en Chernobyl, no en términos de lo que hicieron los operadores, sino de los fenómenos físicos responsables, y se limitan a copiar fielmente las afirmaciones de Cohen. El tema ha sido objeto de debate, y se han publicado no sólo trabajos científicos sino en revistas menos especializadas, como Technology Review y Bulletin of Atomic Scientists, que los autores ignoran, en los que se discute la posibilidad de que hayan sido explosiones nucleares de baja potencia.

¿Por qué fue avalado este trabajo por dos respetables institutos de investigación y por un centro de enseñanza de la UNAM? No hay razones para suponer que sus directores y sus asesores sepan mucho sobre el tema. Pero sí saben lo que hay que saber, es decir la línea del Partido, en el sentido de lealtad al aparato oficial, que malgastó enormes recursos para una planta nuclear tan innecesaria como peligrosa, que representa un peligro para millones y que será indudablemente una pesada carga para las generaciones futuras, que tendrán que costear un oneroso desmantelamiento y buscar que otro país se encargue de los desechos, porque México no tiene ni la capacidad técnica ni la financiera para construir un depósito definitivo para estos. Se trata entonces de blanquear al aparato. Es muy difícil que lo logren. El libro de Azuela y Talancón, aunque contenga alguna información interesante que puede ser leída a contracorriente de la intención de sus autores, es un testimonio del atraso y la falta de criterio de algunos investigadores mexicanos, y de los inoperantes que pueden resultar los mecanismos de evaluación de dos Institutos y un Centro de la UNAM.

Mauricio Schoijet, Departamento El Hombre y su Ambiente,
Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco
schoijet@prodigy.net.mx




GRÁFICA POPULAR MEXICANA
ENRIQUE SOTO EGUIBAR
VOLKSWAGEN, MÉXICO, 2003

El acto de pintar una pared para anunciar una mercancía puede remontarse a las viñetas eróticas que se exhibían en los lupanares de Pompeya con la intención, según la perspicaz interpretación de algunos autores, de que los clientes extranjeros que no hablaban el idioma local, señalaran el tipo de servicio que deseaban eligiendo entre las distintas escenas sexuales que se mostraban en los muros.

La pintura mural tiene una larga y variada tradición en nuestro país. Desde las escenas paradisíacas del Tlalocan teotihuacano, o los bebedores de pulque de la pirámide de Cholula, hasta el Poliforum Siqueiros, pasando por las iglesias y claustros conventuales del periodo colonial, miles de artistas y artesanos se han acercado cautelosamente, con colores en las manos, a expresar sus ideas con una intención religiosa, política o estética, sobre la superficie de una pared.

En esta gran diversidad de propósitos ocupa un lugar modesto el rótulo callejero. Si a las antiguas pinturas rupestres se les ha atribuido la intención mágica de propiciar una abundante cacería en beneficio de las bandas nómadas, a los modernos rótulos comerciales podemos atribuirles la franca intención de estimular las ventas en beneficio de un pequeño local comercial.

Esta bella costumbre cargada de colorido, ingenio y humor, aunados a una impericia técnica y un toque de ingenuidad, han dado como resultado una singular expresión pictórica que ha sido captada, desde hace treinta años, por la cámara de Enrique Soto.

El rotulista sabe que su pintura es efímera, que la intemperie la desgasta poco a poco y que terminará por desaparecer si antes no le gana la quiebra del negocio, el traspaso del local, o el logotipo de una compañía de refrescos o cervezas, que en muchos casos han sido los grandes enemigos de este oficio. El rótulo tiene una vida corta y tiende a desaparecer. Por este simple hecho debemos estar agradecidos con Enrique, con su persistente y hasta obsesiva manera de retratar estas figuras. Sobre todo si pensamos que él no es un fotógrafo profesional, que su ojo está más calificado para mirar por el microscopio que por la lente de una cámara. Sin embargo, la fotografía es una actividad que lo ha entusiasmado durante tres largas décadas, hasta reunir cerca de cuatro mil fotografías de rótulos que pueden ordenarse de muchas maneras: por oficios, especies animales, alimentos preparados o locales comerciales. Pero la verdad es que esta clasificación suena demasiado racional para organizar la variedad de temas y circunstancias expresadas en la pintura callejera. Para dar una idea de su riqueza más bien habría que recurrir a una taxonomía diferente, como la de aquella enciclopedia china, mencionada por Borges, cuyo título Emporio celestial de conocimientos benévolos, ya nos anticipa un orden distinto al de la lógica ordinaria. Esta enciclopedia dividía a los animales en las siguientes categorías: embalsamados, amaestrados, pertenecientes al emperador, lechones, sirenas, fabulosos, perros sueltos, que se agitan como locos, innumerables, que de lejos parecen moscas, etcétera. Algo semejante hicieron los editores de este libro al clasificar las fotografías según ciertos refranes populares, de modo que tenemos, a lo largo de sus páginas, animales acuáticos, aéreos y terrestres en las más distintas situaciones: animales que van al matadero, que matan y cocinan a los de su propia especie, que van a curarse con un médico, que se comen rostizados o servidos en cóctel. Algunos de ellos aparecen en circunstancias insólitas: una vaca caminando lastimosamente en muletas; un pollo sin cabeza y con bikini asoleándose cómodamente en un plato; un tiburón con huaraches conduciendo una cuatrimoto; un pez betta nadando en el azul de un muro, agitando la cola al lado de un medidor de luz.

Hay algunas imágenes que no remiten a la venta de un producto o de un servicio, más bien parecen hechas por puro gusto, por el simple placer de pintar, como aquella escena en la que tres hombres intentan cazar un mamut con una nariz formidable, semejante el teclado de un piano, o aquella otra, de un surrealismo místico, en que aparece Juan Diego, hincado a la orilla de un lago de aguas azules, con los volcanes al fondo, contemplando a la virgen que se asoma detrás de una ventana que está flotando en medio del agua. Por si fuera poco, al lado de ellos se encuentra Jesucristo, hincado y con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando ser bautizado por San Juan, quien con una mano sostiene la concha con la que ha de recoger el agua bautismal, y con la otra hace una sombra sobre sus ojos para atenuar la deslumbrante luz dorada que desciende desde el cielo.

En el libro hay imágenes tan disímbolas como el Pato Lucas y la virgen de Guadalupe, hay sirenas y mujeres desnudas dentro de una copa, algunos ángeles, carabelas, pirámides y volcanes. Pero entre todas las imágenes hay una que me gustó especialmente, aparece en el capítulo “Juntos pero no revueltos”. Es una escena de un erotismo malévolamente lúdico que se aproxima a la muerte. El hecho sucede en una peluquería. Él es un hombre joven, plácidamente sentado en uno de esos antiguos sillones rojos que ya desaparecieron. Aunque sostiene un espejo en sus manos tiene los ojos cerrados y un gesto de intensa satisfacción en el rostro. Ella es una mujer joven también, con un vestido que muestra un hermoso cuerpo. Tiene una larga cabellera negra, unos labios rojos entreabiertos y la cabeza ligeramente ladeada en actitud de éxtasis. Con una mano sostiene por el hombro a su cliente y con la otra está a punto de pasar una filosa navaja por su cuello. ¡Lo grave del asunto es que ella también tiene los ojos cerrados! No sabemos si la felicidad suprema que muestra esta pareja terminará en un orgasmo, en un homicidio o en ambas cosas. ¿Cuántas veces, caminando por las calles, hemos visto la obra de estos pintores sin prestarle mayor atención? Este libro de gráfica popular nos da la oportunidad de fijarnos en esa obra. ¡Fíjate en lo que te fijas! Decía Allen Guinsberg. Un mérito de Enrique es haberse fijado tanto tiempo en esta forma del ingenio popular e invitarnos ahora a fijarnos en él. Cada vez que Enrique Soto se detuvo ante una imagen callejera para retratarla, le rendía un silencioso homenaje a un autor anónimo, un callado homenaje que ahora encuentra su culminación bajo la forma de un libro magníficamente editado.

El libro trae a mi memoria dos rótulos ya desaparecidos. Estoy seguro que a muchos les sucederá lo mismo. Me voy a referir a ellos muy brevemente: El primero era un enorme trailer pintado en el zaguán de un taller cercano a mi casa. Un trailer que en una atrevida perspectiva daba vuelta y seguía de frente al mismo tiempo, como si el camión se desdoblara gracias al milagro de la técnica cubista. Nunca supe si el pintor era poco diestro en el realismo o simplemente le rendía un homenaje a Picasso. El otro rótulo era un hígado pintado a la entrada de una cantina en el centro de Cholula. El hígado tenía manos y con una de ellas sostenía un vaso. Debajo había un letrero que decía: “El hígado no existe”. Estas imágenes desaparecieron hace tiempo, como han desaparecido cientos y miles de ellas. Esto, al parecer, no tiene ninguna importancia, pero sé que cuando estén en su casa, sentados en un sillón, mirando las fotografías del libro Gráfica popular mexicana de Enrique Soto, les parecerán entrañables. En esto, me parece, reside el valor fundamental del libro que hoy se presenta.

Quisiera, por último, decir que este trabajo es el resultado de la simpatía y la amistad. Dos valores por desgracia cada vez menos comunes en una cultura empeñada en la rivalidad, la envidia y la descalificación, el interés económico y el afán por alcanzar esa vacuidad que llaman éxito. Este libro surgió como un acto de generosidad colectiva en el que participaron Ani y Margarita Ashwell, Francisco Bada, John O’Leary y Enrique Soto. A todos ellos y a los rotulistas que tal vez nunca conoceremos, les damos unas sonrientes y calurosas gracias.

Julio Glockner


JEAN-DIDIER VINCENT
BIOLOGÍA DE LAS PASIONES
ANAGRAMA, BARCELONA, 2003

Desde que en el siglo XVIII cobrara vigencia la concepción del hombre neuronal, habitáculo de un territorio seco y poblado de circuitos nerviosos codificados mediante señales eléctricas, las pasiones han ido siendo relegadas hacia el incierto campo de lo estrictamente literario o, más peligroso aún, de lo moral. Se ha hecho necesaria la aparición de una nueva disciplina biológica, la neuroendocrinología, para que las pasiones comenzaran a recuperar su dimensión en la compleja estructura del comportamiento humano. Este libro constituye un arriesgado intento en ese sentido: Jean-Didier Vincent –auxiliado por la anatomía, la fisiología, la bioquímica, la biología molecular, las ciencias de la información, pero, ante todo, por una agudeza sorprendente, incisiva y amena– nos propone una nueva teoría de las pasiones: el hombre humoral recupera sus derechos. Las pasiones no sólo se mueven al flujo de un entretejido de cables y circuitos eléctricos, sino principalmente en un medio húmedo, líquido y, sin duda, más misterioso e infinito que la simplificación mecanicista y seca. ¿Glándulas y humores, pues, como responsables de que dos seres descubran que se aman?; tal es el reto que nos propone Vincent.

Sugestivo y riguroso, alusivo y metódico, Biología de las pasiones es una incursión en un campo del conocimiento imprescindible para cualquier lector interesado en el enigma de los sentimientos.


LA CULTURA. TODO LO QUE HAY QUE SABER
DIETRICH SCHWANITZ
EDITORIAL TAURUS, ESPAÑA, 2002
Este es un libro para aquellos que quieren tener una relación viva con su cultura.

Muchas veces el conocimiento se ha visto encorsetado por fórmulas y barreras, y se ha alejado de su labor más útil, que es enriquecer nuestras vidas y ayudar a conocernos mejor. ¿Cómo y por qué surgieron la sociedad moderna, el Estado, la ciencia, la democracia o la administración? ¿Qué ha dicho Heidegger que no supiéramos ya? ¿Por qué Don Quijote, Hamlet, Fausto, Robinson, Falstaff o el Dr. Jekyll y Mr. Hyde son figuras tan conocidas? ¿Dónde estaba el inconsciente antes de Freud? Este libro aborda los episodios remotos y centrales del Antiguo y Nuevo Testamento; la emergencia de los Estados y la epopeya de la modernización, las revoluciones y la democracia; la evolución de la literatura, el arte y la música a través de sus grandes obras; el desarrollo de la ciencia y la filosofía, el campo de batalla de las ideologías, cosmogonías y teorías; pero también la educación que dan los libros, los colegios o universidades, los periódicos y los foros de opinión. Un cuadro cronológico, una breve relación de los libros que han cambiado el mundo, consejos de lectura y un CD con fragmentos de las piezas musicales más destacadas de la historia aumentan la utilidad de esta obra imprescindible


ESPACIO FABRIL, MÁQUINAS Y TRABAJADORES. LA PRESERVACIÓN DEL PATRIMONIO INDUSTRIAL
ROSALINA ESTRADA URROZ
ICSyH-BUAP, 2003

En México no existe conciencia de la importancia que tiene la conservación del patrimonio industrial, en consecuencia no existe una política definida al respecto. En los últimos veinte años hemos visto cómo este patrimonio se destruye, sin que el Estado, los empresarios, ni los trabajadores emprendan una acción colectiva que permita detener y conservar el legado de aquellos que contribuyeron a establecer las bases de la producción mecanizada. Todas las ramas industriales han sido afectadas, sin embargo, la industria textil ha sufrido los mayores embates.

Si bien el concepto de monumento histórico se ha ampliado, en general la falta de conservación del patrimonio industrial proviene de la insuficiencia de los recursos que se asignan a la conservación del patrimonio industrial. Hay más interér por estudiar iglesias, palacios y conjuntos urbanos, que construcciones industriales, aunque deben considerarse algunas contribuciones de arquitectos que han reflexionado sobre este problema. Este libro da testimonio del último momento productivo de máquinas, del desmantelamiento de telares y tróciles, de paredes derruidas, así como del sentimiento de obreros y patrones frente a la desaparición de su lugar de trabajo


LOS QUE SABEN. TESTIMONIOS DE VIDA DE MÉDICOS TRADICIONALES DE LA REGIÓN DE TEHUACÁN
ANTONELLA FAGETTI (COMP.)
ICSYH-BUAP/CDI, MÉXICO, 2003

Los médicos tradicionales, cuyos testimonios se recopilan en este texto, pertenecen a la tradición médica que forma parte del patrimonio cultural intangible de los pueblos indígenas y campesinos, que se inició en México hace muchos siglos y cuya creación se registra en uno de los episodios más significativos de la mitología antigua: “Luego hicieron a un hombre y a una mujer: al hombre le dijeron Uxumucu y a ella Cipactonal. Y mandáronles que labrasen la tierra, y a ella, que hilase y tejiese. [...] Y a ella le dieron los dioses ciertos granos de maíz para que con ellos curase y usase de adivinanzas y hechicerías y, ansí lo usan hoy día facer las mujeres”. Desde esos tiempos han permanecido en la práctica médica muchos de los conocimientos antiguos que en la actualidad forman parte de la medicina tradicional de nuestro país, integrada por diferentes sistemas terapéuticos que, como las culturas de sus pueblos, se han creado y recreado a través del tiempo


HÖLDERLIN Y LA SABIDURÍA POÉTICA
JORGE JUANES
ITACA, MÉXICO, 2003
Basado en un amplio examen de la categoría de lo sublime que abarca de Longino a Hegel pasando por Burke, Kant, Schiller... y desde una perspectiva que discrepa abiertamente con la lectura nacionalsocialista de Hölderlin realizada por Heidegger, Jorge Juanes demuestra de modo riguroso y exhaustivo, la especificidad de lo poético-pensante: dejar ser a lo que es, escuchar, acoger, agradecer, restaurar el arraigo del hombre en la tierra

Escuchar y acoger implica la superación del yo cerrado sobre sí mismo y la apertura excéntrica de parte del existente, e incluye las tonalidades afectivas del individuo ante el que acontece la epifanía de la alteridad innombrable. Lo poético une así la existencia singular, finita y enigmática de cada uno con el abismo inescrutable de lo uno-diverso.

Bajo la guía de Hölderlin, el autor propone una revaloración de la filosofía como ontología capaz de hacer frente a la razon instrumental


MANUEL GAMIO
UNA LUCHA SIN FINAL
ÁNGELES GONZÁLEZ GAMIO
UNAM, MÉXICO, 2003
Desde el principio se percibe en este libro la intención de acercarse con hondo sentido humano al rostro y corazón de Manuel Gamio, el sabio antropólogo, hombre íntegro, fundador y organizador de muchas instituciones, siempre en relación con los pueblos indígenas de México y su cultura. Paso a paso, Ángeles González Gamio nos lleva a conocer lo que fue la vida de Manuel Gamio en su intimidad, sus ilusiones de juventud, las dificultades que tuvo que superar, los enfrentamientos que con valentía superó. Se nos torna aquí presente el Manuel Gamio niño; adolescente y joven en el rancho que tenía su padre en la selva, cerca del río Tonto, en Veracruz; el estudiante que no encontraba su camino y que, al fin, descubre la riqueza de la antropología; el hombre que funda una familia y que, más alla de los vaivenes de la política, tuvo siempre la meta clara de servir a México por medio de la investigación de sus realidades culturales. Y, a la par que se aducen las palabras de Manuel Gamio y de sus colegas que valoran su obra, se entremezclan las anécdotas, a veces tan elocuentes o más que otros géneros de testimonios



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