Ir a inicio de: Elementos

Buscar en Elementos:

Elementos No. 52, Vol. 10, Diciembre - Febrero, 2003 - 2004, Página 59
Enseñar la ciencia: Reflexiones

Julio Muñoz Martínez                 Descargar versión PDF


Agradezco el reconocimiento y la distinción que me hace la ANUIES* con este premio, y aprovecho el privilegio de hablar ante ustedes para referirime a una situación que percibí hace unos treinta y cinco años, que aún persiste y que puede ser evidenciada con hechos, cifras y análisis estadísticos: la transmisión del conocimiento y del pensamiento científico en las universidades mexicanas es, en promedio, insuficiente y deficiente. Desde luego hay excepciones y notables disparidades. Nuestras deficiencias se eluden en declaraciones oficiales al mismo tiempo que se festinan supuestos logros que se darán en el futuro inmediato gracias a las acciones que se están tomando. Por ejemplo, en 1997 el ex presidente Zedillo dijo algo que se reprodujo en la prensa: las universidades mexicanas contarían en el año 2000 con 13 500 nuevos maestros y doctores. La ANUIES tiene las cifras reales que no llegan al 10 % de las anuciadas. Pero la memoria es flaca. Los errores pasados se olvidan y cada sexenio es un renacer florido de programas y propósitos. El reconocimiento oficial de nuestras deficiencias y de la necesidad de cuando menos mitigarlas se descubre no en el discurso sino, paradójicamente, en las acciones, ya sean de los mismos organismos gubernamentales, de las universidades y de agrupaciones como la ANUIES, asociación que instauró el programa Supera dirigido a mejorar la formación de profesores universitarios en ejercicio. El programa Supera se transmutó en el Promep de la SEP. Actualmente, los PIFOP del CONACyT, 59 los PIFI de la SEP apuntan en un mismo sentido: descentralizar la investigación, aumentar y poblar a las universidades con investigadores de buen nivel, lo que seguramente redundará en beneficio de la enseñanza universitaria como un resultado colateral. Todos estos esfuerzos son dignos del reconocimiento que justamente merecen, pero en cuanto a la formación de profesores universitarios en ciencias, su eficacia es baja. El principal factor que contribuye a la escasez de docentes universitarios en ciencias, –talón de Aquiles de la educación superior – es la carencia de un sistema educativo de posgrado dirigido expresamente a la formación de tales docentes. Hasta hoy, la única opción que ofrecemos para la formación de expertos en ciencias y técnicas son los programas de posgrado dirigidos a la formación de investigadores. Bienvenidos sean estos programas cuando alcanzan un nivel de calidad aceptable o, empleando un término en boga, cuando alcanzan la excelencia, aunque el término se use sin respetar el significado de la palabra. De cualquier manera, los egresados de estos programas suelen ser, en promedio, los mejores docentes en ciencias. Estos programas, sin embargo, han resultado poco eficaces para abastecer a las universidades de un suficiente número de profesores en ciencias adecuadamente formados ¿Cuántos postgrados de excelencia tenemos en el país? El problema no son tanto nuestras deficiencias actuales y que las estemos subsa- nando lentamente. El problema es que de no establecer nuevas estructuras educativas ad hoc para la formación de profesores en ciencias, las deficiencias no se resolverán nunca, y nuestras universidades quedarán condenadas a un permanente subdesarrollo científico y técnico. Todo esto no quiere decir que no nos estemos desarrollando, pero nos desarrollamos como subdesarrollados. Atender al desarrollo endógeno sin atender al desarrollo relativo crea una percepción distorsionada. Es urgente e indispensable crear un sistema de formación de profesores, quizá en el nivel de maestría. Las actuales maestrías son una especie de prerrequisito para poder ingresar a un doctorado con vistas a ejercer como investigadores practicantes o al menos para ser incluidos como tales en una nómina. Además, por la dinámica de la ciencia actual, la formación de investigadores es necesariamente larga y especializada hasta llegar a saber casi todo de casi nada. Esta es una característica de la ciencia actual, pero el profesor universitario en ciencias debe tener otras características, y para formarlos hay que hacer algo diferente. No se trataría de cambiar el sentido de los posgrados vigentes en ciencias y técnicas. Lo único por hacer con este tipo de posgrado es aumentar su número y su calidad. No se trataría tampoco ni de crear maestros que cubran amplios espectros del saber de los que sabrían casi nada, ni de llevarlos a la punta del alfiler que llamamos frontera del conocimiento. Se trata de crear una especie de humanista científico y técnico que sepa lo suficiente para poder seguir el paso impetuoso del conocimiento científico, y digo al conocimiento y no a la pléyade de datos que pueden intervenir en su construcción y que se publican por centenas diariamente y que solo el investigador puede descifrar, sintetizar y hacerlos asimilables para los futuros profesores en ciencias que podrían ser o no ser investiagadores Se trataría finalmente de transmitir a los educandos el conocimiento científico y técnico, y la forma en que éste se construye para que lo apliquen en su ejercicio profesional. Lo esencial de la ciencias son sus formas de pensar y de construir hipótesis, de someterlas a prueba y de proponer soluciones. El problema inmediato es que carecemos de la estructura académica que pueda crear esa clase de profesores de manera eficiente. Tenemos que inventarla desde el suelo que pisamos, y para ello, paradójicamente, no podemos prescindir de los investigadores, ni de la universidades ni del apoyo gubarnamental. Instituciones e investigadores tendremos que encontrar un nuevo camino. Al respecto se tuvo alguna experiencia. La Sociedad Mexicana de Ciencias Fisiológicas hizo una contribución al establecer y ejecutar, por invitación de la SEP, que nos dio apoyo, estímulo y confianza,un programa regional de formación de profesores con sedes en la Universidad Autónoma de Aguascalientes y la Universidad Autónoma de Chihuahua. Se tuvo el propósito de establecer hasta ocho sedes regionales. El programa tuvo buen éxito en las sedes mencionadas, pero se vio truncado por el desinterés de las nuevas autoridades de la SEP al cambiar el gobierno en 1988. La magra experiencia, el escaso interés de los investigadores en la educación superior, la poca vinculación ente los centros o institutos de investigación superior y las escuelas y falcutades universitarias, la incierta política gubernamental acerca de la ciencia, la tecnología y la educación superior, los vaivenes sexenales y la agobiante falta de recursos, son obstáculos difíciles pero superables. Respecto a la posible participación de investigadores en el proceso de formación o capacitación de profesores, en el mencionado programa mostramos que sí es posible. Prueba de ello es el libro de texto de fisiología en seis Vol.es en el que participaron ciento siete entusiastas investigadores. Respecto a las universidades, su participación es indispensable en cualquier proyecto educativo dirigido a su propio beneficio.

* Discurso pronunciado por el autor, en Villahermosa, Tabasco, el 17 de octubre, al recibir el Premio ANUIES 2003 por la Contribución a la Educación Superior.
Julio Muñoz Martínez es investigador del CINVESTAV. jmunoz@fisio.cinvestav.mx



Ir a inicio de: Elementos
Ir al catálogo de portadas