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Elementos No. 52, Vol. 10, Diciembre - Febrero, 2003 - 2004, Página 47
De vista por los museos

Marcos Winocur                 Descargar versión PDF


Harto del deambular interhabitacional, más pesado desde que vivo solo, salgo a la calle, voy a ciertos museos donde prosiguen las caminatas bajo techo y la calma acompaña a las penumbras; me doy cita con objetos inmóviles y mudos, objetos fuera del tiempo. Un lobo disecado me enseña los dientes, no me podrá morder como lo haría un perro callejero. Un retrato pintado por un famoso, los rostros expresan codicia o un hastío nunca pasado de moda; si el señor del retrato, lo más probable, acaba cayéndome gordo, lo evito dando dos pasos a un lado, él no me puede seguir. En cambio, si encuentro a ese señor en casa de mi tía caerá sobre mí sospechando mis defensas bajas: para colmar su codicia intentará quitarme algo, así sea mi tranquilidad de espíritu; o para matar su hastío me utilizará de entretenimiento, sin excluir la crueldad. Para eso caerá sobre mí, ¿y cómo evitarlo si estoy en casa de mi tía invitado a tomar el té? Objetos, objetos de museo. Una espada congelada en una vitrina, nadie la empuñará para herirme. Y la espada vale tanto como un fósil de mamut y ambos como un príncipe en figura de cera con palacio y todo. Que en paz descansen, el palacio alberga hoy al museo. Todos son objetos. Valen porque están ahí, y eso es todo; ocupando un lugar en el espacio pero no en el tiempo y éste es quien hiere. Estoy pues a salvo; después de siglos o milenios, he aquí que coincidimos, pero nada pueden contra mí. Y tal vez me lleve a los museos, como a los cementerios, no sólo la búsqueda de calma, sino gozar de esa sensación de superioridad: ellos están muertos, yo estoy vivo. Estoy vivo, todavía puedo sentirme así, aquel día del terremoto, cuando escapé de un edificio que se derrumbaba... Alcancé la salida, se diría resucitado dos veces, la primera cuando escapé a mí mismo en el hotel, allí donde me había alojado con el frasco de somníferos... Así que pude presentarme ante mi ex con la cara de siempre, bueno, asustado, pero vivo, y esa sensación se refuerza con mis paseos: los huéspedes de los museos están muertos y bien muertos; yo no, yo estoy vivo.

Marcos Winocur, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades BUAP, marcoswinocur@yahoo.com.mx



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