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Elementos No. 52, Vol. 10, Diciembre - Febrero, 2003 - 2004, Página 43
La cabeza de Scarpa

Enrique Soto                 Descargar versión PDF


Los museos son, en cierta forma, santuarios. Los asistentes a ellos guardan las formas respetuosamente. En silencio admiran la obra del creador, y con reverencia, cuando hablan, lo hacen en voz baja. Se mueven lentamente, relajados, en algunos casos se sienten iluminados y en contacto con la sacralidad. Otros, conmovidos, llegan a las lágrimas y deciden dedicar su vida al arte. Algunos más, descreídos, se mofan de la obra, insisten en que ellos lo harían mejor y, con paso veloz, abandonan las salas del museo. Sea cual sea nuestra actitud, los museos se han impuesto en el mundo moderno como un espacio de encuentro social. Para algunos de nosotros son un ingrediente indispensable y muchas vecez motivo para viajar, y nos resulta dificil imaginar nuestros días de vacaciones sin la posibilidad de visitar un museo o una galería. Lamentablemente, este boom los ha llevado en muchos casos a perder su carácter, y dificilmente es posible encontrar hoy en los grandes museos la paz de espíritu, el silencio, la tranquilidad y la comunión intensa, necesarias para el difrute pleno de las grandes obras de arte. Frecuentemente nos encontramos con que ni siquiera es posible mirar de frente una obra, ya que entre ella y nosotros se agolpa una multitud que, como nosotros, pretende plantarse tranquilamente a mirar, escuchar, tocar u oler. Es por todo esto que los pequeños museos, muchos de ellos olvidados y completamente opuestos a las modernas técnicas museísticas de atención al público (ver en este número de Elementos el trabajo de María Emilia Beyer o el de Carmen Sánchez Mora y Julia Tagüeña), resultan hoy, muchas veces, más atractivos que los grandes museos. Ejemplo de lo que estoy diciendo lo es el Museo Scarpa de la Universidad de Pavía. Normalmente cerrado al público, es necesario hacer una cita para que, con desgano, le permitan a uno realizar la visita a este museo. Ahí se apilan en viejas vitrinas de madera algunos de los preparados anatómicos más emblemáticos de la historia de la medicina y la biología. Pavía, localizada en el norte de Italia, tiene una de las universidades más antiguas de Europa. Han trabajado en esta universidad profesores como Paracelso, Spallanzani, Cardano, Volta, Corti, Scarpa, Golgi, Forlanini, etcétera. Todos ellos han dejado diversos utensilios, instrumentos y obras que constituyen la base de este museo. A diferencia de los grandes museos, cuestionables en muchos casos por el hecho de que la obra que presentan es producto del saqueo secundario a las invasiones militares, los pequeños museos como el Museo de La Specola, en Florencia, o el Museo de la Farmacia, en Barcelona, o el Museo Scarpa, en Pavía, son producto natural del sitio donde se localizan. Se originan de un quehacer cotidiano. Son el resultado de historias de vida. El museo Scarpa de Pavía, debe su nombre al gran anatomista Antonio Scarpa (1752-1832). Ahí se encuentran, entre muchas otras, las obras de Alfonso Corti (1822–1888), descubridor del órgano de la audición que lleva su nombre; las de Luigi Porta (1800-1875), insigne anatomista estudioso de los procesos de espondiloartritis y descubridor de la irrigación hepática (la gran vena que lleva la sangre del intestino delgado y del bazo, al hígado, lleva su nombre). Están también algunos de los preparados y dibujos de Camilo Golgi (1843-1926), neuroanatomista que compartió el premio Nobel, en 1906, con Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) por el descubrimiento de las técnicas de tinción que permitieron el estudio de la estructura celular del sistema nervioso. De Alejandro Volta (1745-1827) se conserva su mesa de trabajo, sobre la cual se ha hecho un montaje de diversos instrumentos por él desarrollados, como una pistola de vidrio, algunos condensadores, etcétera. Lamentablemente, el prototipo de la primera pila se destruyó en un incendio durante una exposición en Bérgamo, ciudad natal del insigne científico. Abundan los grabados, entre los cuales destacan algunos de Paracelso, Redi, Spallanzani, etcétera. Ni qué decir de un par de magníficas ceras anatómicas: una muestra el cuerpo descarnado de un hombre; la otra corresponde a una Venus eventrada que, remilgosa, nos muestra su interior a máximo detalle. Como curiosidad peculiar, el museo posee algunas cartas de Albert Einstein a una joven amante que tuvo en Pavía, ciudad donde habitó durante algún tiempo debido a que sus padres eran propietarios de un negocio allí. Pero de entre todos estos grandes pensadores, Scarpa da nombre a este museo, y no quizá por la relevancia de su obra, sino por su perenne presencia, por su cabeza que observa atenta todo lo que sucede a su alrededor. La cabeza de Scarpa es el testimonio mismo de una época en que la dedicación, el amor al saber, eran en sí mismos valores que no se ponían en duda. Durante mi primera visita a este pequeño museo caminaba yo distraído mirando las vitrinas plagadas de objetos, cuando tuve esa extraña sensación de que alguien me miraba. Voltée y la cabeza estaba ahí, flotando en el frasco. Su boca entreabierta dejaba ver la lengua que protruía ligeramente fuera de ella; los pelos parados, como si una descarga eléctrica los hubiera erizado. Sus ojos, aunque cerrados, parecían mirar el mundo desde el interior de la botella. A lo largo de su vida había disecado cientos de especímenes con el afán de entender la compleja organización de los seres vivos: gatos, pollos, ranas, todas las especies fueron estudiadas por Scarpa. Pero, según cuentan, su verdadera pasión, casi enfermiza, lo fue la disección y el análisis de aquellos cadáveres que le eran otorgados en la morgue. Hoy se pueden ver sus restos conservados en vitrinas atestadas de preparados anatómicos: por aquí un pie que muestra todo el conjunto de músculos y tendones que le otorgan el movi- miento; por allá una cadera con el fémur insertado, que permite entender la manera en que este último se mueve dentro del acetábulo; más allá un cráneo con una cúmulo de nervios que, como cables, atraviesan por conductos perforados en el hueso. Infinidad de preparados que dan testimonio de su ferviente labor y que culminaron en su última obra: su propia cabeza, que pasó a formar parte de esta colección. Resulta una experiencia sobrecogedora el mirar esta cabeza humana metida en una botella, más aún cuando el encuentro es inesperado. Se dice maliciosamente que todavía estaba caliente su sangre cuando sus alumnos separaron la cabeza del cuerpo. En tanto unos disecaban cuidadosamente el cuello para separar la testa inerte, otros extraían diversos órganos y tejidos para estudiarlos y preservarlos. Me pregunto si el formol en que fue inmersa la cabeza de Scarpa para su fijación habrá preservado también sus últimos pensamientos; quizá el duomo de Pavía, o la vista del puente techado con el río que caudaloso transcurre por sus arcos. ¿Permanecerán estas imágenes inmutables, flotando en el formol? ¿Están las ideas de Scarpa conservadas junto con su cerebro, fijas, inamovibles? Scarpa fue el profesor de un grupo insigne de anatomistas que contribuyeron al desarrollo de la ciencia médica. Pero de toda su obra, destaca esta caja de vidrio que permite mirarlo aún hoy, como si estuviera durmiendo, suspendido en el formol, mirando extático el desarrollo vertiginoso de la ciencia médica y del mundo. Ahí, tras las pequeñas puertas amarillas, es una presencia que hace presentir una mirada y que lo deja a uno sin aliento, pasmado. Es cierto que los museos constituyen un lugar sorprendente, pero eso de encontrarse frente a frente con la cabeza de un famoso anatomista muerto hace casi dos siglos es demasiado. Luego de verle no podía dejar de pensar en
Scarpa, en su cabeza, en sus alumnos, en las golondrinas revoloteando en su mente, en el río fluyendo bajo el puente, sus pensamientos disueltos en el formol, mezclándose unos con otros. Desde que visité este museo, una idea, un presentimiento da vueltas en mi cabeza: verdaderamente siento envidia de los alumnos de Scarpa; cuánto habría yo dado por inmortalizar a alguno de mis maestros seccionando su cabeza y poniéndola en una garrafa de formol. Hoy los visitaría para sonreír y recordar los días en que, como estudiante de medicina, aprendí a qué huelen los muertos.

Enrique Soto, Instituto de Fisiología de la BUAP, esoto@siu.buap.mx



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