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Elementos No. 52, Vol. 10, Diciembre - Febrero, 2003 - 2004, Página 21
Felix Krull en el museo de Ciencias Naturales de Lisboa

Thomas Mann                 Descargar versión PDF


El Museu Sciencias Naturaes de Lisboa, situado en la rua da Prata, se hallaba a pocos pasos de la rua Augusta. La fachada del edificio es de aspecto modesto, no tiene una entrada de escalinatas ni un portal de columnas. Apenas se entra en la casa, se encuentra uno, ya al pasar por el torniquete junto al cual se halla la mesita del cobrador cubierta de fotografías y tarjetas postales, sorprendido por la amplitud y profundidad del vestíbulo, en el cual el visitante es saludado desde lejos por una escena de la vida de la naturaleza. En efecto, aproximadamente en el centro de la sala, se levanta una especie de estrado con el piso cubierto de césped, cuyo fondo, en parte pintado y en parte constituido por troncos y follajes reales, representa la espesura de una selva. Y, como si acabara de salir de ella, se yergue en el primer plano y sobre el césped un ciervo blanco, de largas y esbeltas patas, coronado con pesada cornamenta; el animal tiene un aspecto digno y al propio tiempo vigilante, la cabeza un poco inclinada a un lado como si tendiera el oído hacia adelante, y observa al espectador que entra en la sala, con ojos bien abiertos, brillantes, serenos pero atentos. La luz del vestíbulo, que entra desde arriba por una claraboya, cae directamente sobre la escena de césped y la brillante figura del animal, de actitud tan orgullosa y precavida. Al entrar uno teme que aquella criatura desaparezca de un salto en la artificial espesura del bosque, si uno avanza un paso hacia ella. Por eso me quedé como tímidamente hechizado por aquel solitario animal salvaje y me quedé sin moverme y aun sin advertir la presencia del senhor Hurtado, que, con las manos a las espaldas, me esperaba al pie de la verde escena. Se me acercó en seguida, indicó con señas al hombre de la caja que no me cobrara la entrada e hizo girar el torniquete, mientras me saludaba con amistosas palabras. —Veo, señor marqués, que lo ha cautivado nuestro acogedor animal, el ciervo blanco. Y es muy comprensible. Se trata de una buena pieza. No, no fui yo su creador. Lo hizo otra mano, antes que yo estuviera relacionado con el instituto. El profesor lo aguarda. Me permite que... Pero sonriendo, tuvo que dejar que yo me aproximara hasta la magnífica figura del animal, que felizmente no podía en verdad huir, para examinarlo de cerca. —No es un gamo europeo —me explicó Hurtado—, sino que pertenece a la clase de los nobles ciervos rojos, que a veces son blancos. Pero tal vez estoy hablando con un conocedor. Supongo que es aficionado a la caza. ¿No es así? —Sólo ocasionalmente, sólo cuando las circunstancias lo hacen necesario, pero aquí nada está más lejos de mi pensamiento que la caza. Creo que no podría disparar contra un animal como éste; tiene algo de legendario. Y, dicho sea de paso..., ¿no es verdad, señor Hurtado, que este ciervo es un rumiante? —Ciertamente, señor marqués, lo mismo que sus primos, el reno y el alce. —Y como la vaca. Ya ve cómo se advierte esta circunstancia. Tiene algo de legendario, pero así y todo se le advierte. Por excepción es blanco y su cornamenta lo hace parecer como el rey de la selva. Además, su carrera es rauda y liviana; pero el cuerpo revela la familia a que pertenece..., contra la cual, por cierto, nada tengo que decir. Si examina uno con atención el tronco y los cuartos traseros, piensa en el caballo... El caballo es más nervioso, aunque, como es sabido, procede del tapir; lo cierto es que el ciervo nos produce la impresión de ser una suerte de vaca coronada. —Veo que es usted un observador crítico, señor marqués. —¿Crítico? Pero no, sólo tengo cierto sentido para captar las formas y los caracteres de la vida, de la naturaleza; eso es todo. Sí, tengo sensibilidad para esas cosas. Cierto entusiasmo. Después de todo, los rumiantes por lo que sé tienen un estómago de lo más extraordinario. Está dividido en varias cámaras y una de ellas vuelve a la boca, por regurgitación, lo que los animales ya han comido; entonces éstos se echan a mascar placenteramente de nuevo la comida. Bien puede decirse que es extraño que un animal con semejantes costumbres de familia aparezca coronado como el rey de la selva. Pero yo respeto a la naturaleza en todas sus ocurrencias y puedo muy bien compenetrarme de las costumbres de los rumiantes. En última instancia, en esto hay algo que podría llamarse simpatía universal. —Sin duda alguna —dijo Hurtado confuso y perplejo; evidentemente estaba un tanto cohibido por mi manera exaltada de expresarme; ¡como si pudieran pronunciarse las palabras “simpatía universal” de modo menos exaltado! Pero, para sacarlo de su turbación, me apresuré a recordarle que nos esperaba el dueño de casa. —Es cierto, marqués. Hice mal en retenerlo tanto tiempo. ¿Quiere hacerme el favor de pasar por aquí, a la izquierda? El despacho de Kuckuck estaba situado a la izquierda del corredor. Cuando entramos en el cuarto se levantó de su escritorio, mientras se quitaba los anteojos de trabajo de sus ojos astrales, que yo volví a reconocer con la sensación de que antes ya los había visto en sueños. Me saludó cordialmente, manifestó su complacencia por la casualidad que me había hecho trabar conocimiento con su mujer y su hija y me expresó también el placer que sentía por las citas que habíamos convenido. Permanecimos sentados alrededor de su escritorio algunos minutos, durante los cuales le hice conocer mis primeras impresiones de Lisboa después de mi llegada. Luego propuso: —¿Recorremos, pues, el museo, marqués? Y así lo hicimos. Afuera y frente al ciervo había ahora un grupo de escolares, como de diez años, a quienes su maestro instruía sobre el animal. Los niños miraban, ya al ciervo, ya al maestro, con expresión de igual respeto. Luego éste los llevó a ver las vitrinas que había a lo largo de las paredes y que contenían colecciones de insectos y mariposas. Nosotros no nos detuvimos en aquel lugar, sino que nos metimos directamente en una serie de cuartos grandes y pequeños comunicados entre sí, que ofrecían suficiente alimento para quienes tenían “sensibilidad para los caracteres de la vida”, cosa de la cual yo me había vanagloriado; en aquellas salas el ojo se sentía cautivado por formas salidas del seno mismo de la naturaleza, en las cuales estaban representados los primeros torpes experimentos de ésta y las formas más finamente evolucionadas y más perfectas. Detrás de un vidrio se veía un trozo del fondo del mar, donde las formas más primitivas de la vida orgánica, formas vegetales, se contemplaban en una especie de furiosa confusión de líneas. Y junto a ellas se veían cortes transversales de conchas extraídas de las capas más profundas de la tierra, y de factura tan minuciosa era el interior de aquellas moradas que uno no podía dejar de admirarse por la penosa habilidad artística que la naturaleza había tenido que desarrollar en aquellos viejos días. Pero a todo esto lo que me conmovía era el pensamiento de que esos primeros experimentos, por absurdos y faltos de dignidad que fueran, representaban pasos preliminares e intentos preparatorios hacia mí, es decir, hacia el ser humano; y esto fue lo que me hizo adoptar una actitud sumamente cortés cuando me fue presentando un saurio marino de piel lisa y hocico puntiagudo, de unos cinco metros de longitud, que flotaba en un gran recipiente de vidrio. Aquel amigo, que debió de haber alcanzado dimensiones mucho mayores de aquellas que mostraba, era un reptil, pero en forma de pez; se asemejaba a un delfín, pero no era sin embargo un mamífero. Fluctuando entre las dos clases, el animal aquél me miraba de soslayo, mientras mis propios ojos ya se deslizaban más allá, donde un dinosaurio, con las dimensiones que había tenido en vida, se hallaba extendido a través de varias salas, rodeado por un grueso cordón forrado de terciopelo rojo. Así ocurre siempre en los museos y en las exposiciones: ofrecen demasiadas cosas para ver; la callada contemplación de uno o de unos pocos objetos sería sin duda más provechosa para el espíritu; pero tan pronto se encuentra uno frente a una pieza de museo, su curiosidad se ve atraída por otra cosa y así pasamos por toda la serie de cosas sin prestar verdadera atención a ninguna. Por lo demás, digo esto basándome en la experiencia de aquella vez, porque posteriormente no volví a visitar semejantes lugares de instrucción. En cuanto a la desorbitada criatura abandonada por la naturaleza y fielmente reproducida en el museo sobre la base de sus restos fósiles, diré que ninguna de las salas del edificio podía haberla contenido por sí sola, pues, Dios sea loado, medía unos cuarenta metros de largo. Y si bien se habían dispuesto dos salas, comunicadas entre sí por una arcada, a fin de dar cabida a aquel animal, sólo gracias a la hábil disposición de sus miembros resultaba suficiente el espacio. Pasamos a través de una sala y recorrimos la monstruosa cola, las patas posteriores y parte del vientre; pero junto a la parte anterior del animal se levantaba un tronco de árbol (¿o era una lisa columna de piedra?), sobre el cual aquella desdichada criatura, a medias erguida, y no sin cierta monstruosa gracia,
apoyaba una de sus patas delanteras, mientras el cuello, que parecía no tener fin, se arqueaba sosteniendo una cabecita inclinada hacia esa pata, como ocupada en turbias meditaciones... Pero ¿es que puede meditarse con un cerebro de gorrión? El aspecto del dinosaurio me conmovió tanto que mentalmente le dije: “No estés triste. Es verdad que te han rechazado, que has quedado suprimido a causa de tu desorbitado tamaño; pero ya ves que te hemos construido una estatua y que te recordamos”. Con todo, no era esto lo más asombroso que el museo ofrecía a mi curiosidad, sino que mi atención se vio simultáneamente atraída por un saurio volador que, colgando desde el techo y balanceándose en el aire, mantenía extendidas sus gigantescas alas, provistas de garras; era el ave primitiva, con cola, salida de los reptiles. Más allá se veían mamíferos ovíparos, con bolsas para llevar las crías, y un poco más lejos, armadillos gigantes de estúpido aspecto, a los cuales la naturaleza consideró bien protegidos por una coraza de grueso tejido óseo, que les cubría el dorso y los costados. Pero la misma naturaleza se había preocupado también por sus voraces huéspedes, los tigres dientes de sable, y los había dotado de mandíbulas tan fuertes y dientes tales que con ellos conseguían quebrar la coraza ósea de los armadillos y arrancar del cuerpo de éstos trozos de carne, probablemente de muy buen gusto. Y cuanto mayores y más gruesas fueron haciéndose las corazas del armadillo, tanto más poderosas se hicieron las mandíbulas y las dentelladas del tigre, que alegremente se arrojaba sobre el lomo de sus víctimas, para celebrar sus banquetes. Pero un día, según me informó Kuckuck, el clima y la vegetación jugaron una mala pasada al gigantesco armadillo que, no encontrando ya su inocente alimento, terminó por extinguirse. Y allí se quedó el tigre dientes de sable con sus poderosas mandíbulas y sus dientes capaces de quebrar corazas óseas, sin saber qué hacer con ellos, de manera que muy pronto hubo también de extinguirse. Aquel tigre había hecho todo cuanto pudo para no quedarse detrás del armadillo, que iba aumentando sus defensas, y para continuar siendo capaz de quebrarle los huesos. Y a su vez, el armadillo nunca habría asumido tales dimensiones ni creado una coraza tan pesada, de no haber sido por aquel aficionado a su carne. Pero si la naturaleza deseaba defenderlo, aumentando constantemente su caparazón, ¿por qué al mismo tiempo fortalecía las mandíbulas y los dientes del enemigo? La naturaleza había trabajado para ambas partes y, por tanto, para ninguna de las dos; sólo había jugado con ellas, y cuando las llevó al punto culminante de sus posibilidades de desarrollo, las dejó abandonadas. ¿Y qué piensa la naturaleza de esto? No piensa absolutamente nada. Y el hombre tampoco puede atribuirse pensamientos. Tan sólo puede admirar su activa imparcialidad cuando él, el hombre, como huésped de honor, se ve en medio de la multiplicidad de las manifestaciones de la naturaleza, muchas de cuyas reproducciones, en parte obra del señor Hurtado, llenaban las salas del museo de Kuckuck. Me fueron presentados otros animales: el velloso mamut, con sus colmillos curvados hacia delante, animal que ya no existe, y el rinoceronte, envuelto en su rugosa epidermis, animal que aún existe, aunque por su aspecto parece extinto. Desde las ramas de los árboles miraban hacia abajo, acurrucados y con ojos enormes y espejeantes, los prosimios y los nocturnos lémures, que se me quedaron grabados para siempre en el corazón, pues independientemente de sus ojos, tienen manos sumamente delicadas y bracitos tan esbeltos que sin duda conservaban todavía la misma estructura ósea de los más antiguos animales terrestres. Aquellas caras parecían una broma de la naturaleza, con la cual ésta pretendía hacernos reír; pero yo, al mirarlos, me abstuve hasta de la más ligera sonrisa, pues, en última instancia, todas esas figuras prefiguraban claramente la mía, aun cuando estaban disfrazadas con melancolía y burlesca apariencia. ¡Cómo podría nombrar y ensalzar a todos los animales cuya vista me ofreció el museo; las aves, las blancas garzas, los ásperos mochuelos, los flamencos de delgadas patas, los buitres y papagayos, el cocodrilo, las focas, las ranas, los topos, y los barrosos sapos, en suma, todo lo que se arrastra y vuela! Nunca olvidaré un zorrito, a causa de la aguda astucia de su cara. Y a todos ellos me habría gustado pasarles mi mano por la cabeza –sí, a los zorros, a los linces, hasta a esos carnívoros, sí, aun a un jaguar de ojos verdes y falsos, agazapado en un árbol y con el aspecto de habérsele asignado un papel destructor y sangriento–, aunque estaba prohibido tocar los objetos del museo. Pero ¿cuál era la libertad que yo no podía tomarme? Mis acompañantes vieron con agrado que yo tendiera la mano a un oso que se mantenía erguido y que diera unos reconfortantes golpecitos en el hombro de un chimpancé que se sostenía apoyado en los nudillos de las manos. —Pero, ¿y el hombre, señor profesor? —pregunté —. Usted prometió mostrarme al hombre. ¿Dónde está? —En el subterráneo —me respondió Kuckuck —. Si ya ha considerado todo lo que aquí se ve, podríamos descender en seguida. —Ascender, querrá usted decir —lo corregí inteligentemente. El subterráneo estaba iluminado por luz artificial. Por todas partes veíanse detrás de vidrios, pequeños escenarios y escenas plásticas de tamaño natural que representaban diversas formas de la vida primitiva del hombre; y nos íbamos deteniendo delante de cada una de aquellas escenas mientras el director del museo hacía sus comentarios, y a mis instancias muchas veces hubimos de volver a contemplar alguno de los escenarios ya vistos. ¿No recuerda acaso el gentil lector que en mi primera juventud y curioso por conocer los orígenes de mis llamativas excelencias, me daba a buscar entre los cuadros de mis antepasados algún indicio que me indicara cuál era la fuente de mis perfecciones físicas? Las primeras experiencias de la vida se repiten siempre acentuadas y en aquel museo me sentí completamente inmerso otra vez en esa actividad, con el corazón latiendo fuertemente y con los ojos atentos, tratando de sorprender la línea que llegaba hasta mí desde las más grises lejanías del pasado. ¡Oh, Dios mío!, ¿qué criaturas eran aquellas que, acurrucadas y rechonchas, se hallaban tímidamente congregadas en grupos, como si en un prelenguaje gutural y torpe estuvieran discutiendo acerca de los medios para sobrevivir y prosperar en esta tierra, dominada ya por seres mucho mejor equipados y más fuertemente armados? ¿Es que ya se había llevado a cabo aquella generación espontánea de la cual había oído hablar y que significaba la aparición del hombre desde el animal? Si alguien me lo preguntara, le diría que sí, que ya se había llevado a cabo. Sí; en la manifiesta timidez e impotencia de esas contrahechas criaturas había una prueba de ello, pues vivían en un mundo en el cual dominaban otros seres y a ellas no se les había provisto ni de cuernos ni de colmillos, ni de garras ni de coraza ósea, ni de dientes de acero. Y sin embargo, tengo la firme convicción de que ya sabían, y hablaban de ello en cuclillas, que estaban hechas de una madera más fina. En un lugar se abría una caverna en la cual se veía a un grupo de gente del Neandertal, atizando el fuego –individuos desnudos, rechonchos, por cierto–, pero ¿es que algún otro ser, el magnífico rey de la selva, podía haber encendido aquel fuego y luego atizarlo? Para hacer aquello se necesitaba algo más que un ademán de rey. Tenía que haberse agregado un elemento más. El jefe del clan, de cráneo especialmente chato y breve, era un hombre de bigotes y redondas espaldas, mostraba una rodilla herida de la que manaba sangre y brazos demasiado largos para su estatura; una de las manos cogía la cornamenta de un ciervo, al que acababa de dar muerte y al que arrastraba hacia el interior de la cueva. De cuello corto, de brazos largos y un poco deformados, eran todos aquellos individuos agrupados alrededor del fuego; un niño observaba al que los proveía de alimento y en sus ojos resplandecía el respeto y la admiración. Del fondo de la caverna salía una mujer con una criatura prendida a su pecho. Pero, ved, aquella criatura era muy parecida a un niño de hoy día, representaba decididamente un progreso y cierta mejora moderna con respecto a los adultos. Pero, a no dudarlo, al crecer tornaría regresivamente a las formas de sus mayores. No podía decidirme a abandonar a aquel grupo de gente del Neandertal; pero luego tampoco pude hacerlo cuando me vi frente a un singular hombre que, millares de años atrás, agazapado en su caverna, cubría con extraña diligencia sus paredes con pinturas de bisontes, gacelas y otras presas de caza y también con figuras de cazadores. Sin duda sus compañeros se hallaban cazando en aquel momento, en tanto que él se encontraba allí pintándolos con sustancias coloreadas y su mano izquierda, con la cual se abría apoyado mientras trabajaba en la pared rocosa, pues había dejado impresas muchas marcas entre los dibujos. Me quedé mirándolo largo tiempo, y luego, una vez que hube pasado a contemplar otra cosa, quise volver a ver otra vez a aquel excéntrico trabajador. —Aquí tenemos otro —dijo Kuckuck— que representa lo mejor que puede en una piedra, lo que tiene en su interior. Y aquel hombre inclinado sobre la piedra era también sumamente conmovedor. Pero también era osada y verdadera la representación de un hombre que con sus perros y la lanza atacaba a un jabalí enfurecido. El jabalí también era valiente y arrojado, sólo que pertenecía a un plano subordinado de la escala natural. Ya dos perros (eran de una curiosa raza hoy extinta, que el profesor llamó perros de turberas y que habían sido domesticados por el hombre de la época lacustre) yacían en el césped despanzurrados por los colmillos del jabalí; pero había otros muchos y su amo levantaba la lanza apuntando al jabalí; como el resultado de aquella lucha no podía ser dudoso, continuamos nuestro camino y abandonamos al jabalí a su subordinado destino. Luego vimos una hermosa escena marina, en la cual unos pescadores ejercían su oficio, no sangriento, sino evolucionado, con ayuda de una red en la cual cogían abundante pesca. Junto a ellos, sin embargo, ocurría algo completamente distinto de lo que hasta entonces había visto y más significativo que la actividad de los hombres de Neanderthal, que la del cazador del jabalí o la de los pescadores que jalaban su red. Sí; más significativa que la actividad de aquel excéntrico ocupado en pintar las paredes de su cueva: se veían erigidas muchas columnas de piedra que formaban una especie de sala sin techo; el único techo era el cielo y precisamente en las llanuras comenzaba a levantarse el Sol, rojo y flameante por encima del borde del mundo. ¡Pero en el interior de aquella sala sin techo estaba de pie un hombre robusto que, manteniendo en alto los brazos, ofrecía al Sol naciente un ramo de flores! ¿Se había visto antes algo parecido? Aquel hombre no era ni un anciano ni un niño; estaba en la edad viril. Y era precisamente ese vigor y esa fuerza lo que confería a su acción su especial ternura y delicadeza. Él y los que con él vivían habían elegido por alguna razón particular aquel lugar para desempeñar su ministerio, y todavía no sabían construir ni techar. Sólo sabían amontonar piedra sobre piedra para formar pilares que cerraban un determinado espacio, dentro del cual se cumplían ceremonias como la que ese vigoroso hombre estaba cumpliendo. Aquellos toscos pilares no eran para enorgullecer a sus autores. Las guaridas de los zorros y de los tejones, y los magníficos nidos que tejían las aves testimoniaban hasta más ingenio y arte. Pero aquellas moradas eran útiles y nada más; constituían un refugio para los animales que las habían hecho y para sus crías; los pensamientos de esos animales no iban más allá. Pero el círculo formado por las piedras apiladas era algo diferente. Nada tenían que ver con él el refugio y la prole. Estas cosas estaban por debajo de la atención de un ser que se había librado de la cruda necesidad y se había elevado a necesidades más nobles; ¿y he ahí que aparece en la naturaleza una criatura que concibe el pensamiento de ofrecer solemnemente al Sol que retorna un ramo de flores! Me ardía la cabeza y me sentía ligeramente febril a causa de las reflexiones que suscitaban en mí aquellos espectáculos, que hacían palpitar inusitadamente mi corazón. Oí decir al profesor que ya habíamos visto todo y que podíamos subir para dirigirnos a la rua Joao de Castilhos, donde las señoras nos aguardaban para almorzar. —Casi podía uno haberse olvidado de ellas en medio de semejante espectáculo —dije, pero de ninguna manera las había olvidado, sino que más bien consideraba la incursión por el museo como un acto de preparación, antes de verme con la madre y la hija, así como la conversación de Kuckuck en el coche comedor había sido una preparación del recorrido que acababa de hacer. —Profesor —dije con el deseo de pronunciar un pequeño discurso de clausura—, en el curso de mi breve vida no tuve ocasión de ver muchos museos, pero está fuera de toda duda de que éste suyo es uno de los más emocionantes. La ciudad y el país tienen con usted una deuda de gratitud por haberlo fundado y yo por haber sido usted mi guía. También a usted le agradezco del modo más cálido, senhor Hurtado. ¡Con cuánta exactitud supo reproducir a ese pobre, desmedido dinosaurio, y a ese otro armadillo gigante de gustosa carne! Y bien, por muy difícil que me resulte dejar este lugar, no debemos hacer esperar a la señora Kuckuck y a la señorita Zouzou, madre e hija...; también hay algo emocionante en eso. Muy a menudo se encuentra un gran encanto en una pareja de hermano y hermana, pero madre e hija, lo digo libremente y aunque ésta pudiera parecer una afirmación un tanto febril, madre e hija representan la imagen doble más encantadora de este planeta.

Texto tomado del libro de Thomas Mann, Confesiones del estafador Felix Krull, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1976.
Traducción de Alberto Luis Bixio.



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