Quiero
mi chamarra mental Philips
Slavoj
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¿Tenemos
actualmente una bioética? Sí. Una mala. Una que
los alemanes llaman Bindestrich-Ethik, o una "ética con
guión", en la cual la ética como tal es la que se
pierde con el recurso del guión. El problema no reside en
que una ética universal se empieza a disolver en una
multitud de éticas especializadas (bioética,
ética de negocios, ética médica y
así) sino que algunos descubrimientos científicos
inmediatamente se posicionan en contra de "valores"
humanísticos, y eso nos lleva a la discusión de
si la biogenética, por ejemplo, amenaza nuestro sentido de
la dignidad y autonomía. La principal consecuencia de los
actuales descubrimientos en biogenética es que los
organismos naturales se han vuelto objetos manipulables. La naturaleza,
humana e inhumana, se ha "des-sustancializado", es decir, se ha visto
privada de su densidad impenetrable, de eso que Heidegger
llamó "tierra". Si la biogenética puede reducir
la psique humana a un objeto manipulable, esto sería
evidencia del "peligro" que Heidegger señaló
inherente en la tecnología moderna. Reduciendo al ser humano
a un objeto natural cuyas propiedades pueden alterarse, lo que perdemos
no es (solamente) nuestra humanidad sino la naturaleza misma. En este
sentido, Francis Fukuyama acierta en su libro Nuestro futuro
poshumano,1 cuando dice que la noción de humanidad descansa
sobre la creencia de que poseemos una "naturaleza humana" heredada, es
decir, que nacemos con una dimensión insondable de nosotros
mismos. El gen directamente responsable de la enfermedad de Huntington
(Corea o Baile de San Vito) ha sido aislado y cualquiera hoy puede
saber no sólo si será afectado por esta
enfermedad sino cuándo. Está en juego un error en
la trascripción genética: la
repetición constante de una secuencia CAG en el
núcleo, en medio de un gen en particular. La edad a la cual
se desarrollará la enfermedad depende inevitablemente del
número de repeticiones de CAG: si existen 40 repeticiones,
los primeros síntomas aparecerán a la edad de 59
años; si son 41 será a los 54; si son 50
será a los 27 años. En nada
modificaría el desarrollo de la enfermedad una vida sana,
ejercicios y la mejor atención médica. Podemos
someternos a un examen que, si resulta positivo, puede determinar
exactamente cuándo nos volveremos locos y moriremos. Es
difícil imaginarse una confrontación
más clara con el sin sentido de una contingencia
determinante de la vida. Con razón, la mayoría de
las personas (incluyendo a los científicos que identificaron
el gen) han tomado la decisión de no saber, es decir, han
optado por mantenerse ignorantes, una ignorancia que no es simple
negativa sino que permite fantasear.
El prospecto abierto por la intervención
biogenética, es decir, por el creciente acceso al genoma
humano, efectivamente ha emancipado a la humanidad de las restricciones
de las especies finitas, de su esclavitud ante el "gen
egoísta". 2 Pero la emancipación ha venido con su
precio. En una conferencia que ofreció en Marburgo en el
año 2001, Jürgen Habermas insistió sobre
sus reparos ante la manipulación biogenética.
Según él, existen dos peligros principales.
Primero, estas intervenciones borran las fronteras entre lo dado y lo
espontáneo, y afectan la manera como nos conocemos. Si un
adolescente sabe que su disposición "espontánea"
(digamos, agresiva o pacífica) es el resultado de una
deliberada intervención externa de su código
genético, ello socavaría la esencia de su
identidad y socavaría de paso la noción de que
nuestra identidad moral se desarrolla por medio del Bildung, ese
esfuerzo difícil por educar nuestras disposiciones
naturales. En última instancia, estas intervenciones
biogenéticas harían absurda la idea misma de
educación. En segundo lugar, estas intervenciones
darían lugar a relaciones asimétricas entre
aquellos individuos "espontáneos" y aquellos cuyos
caracteres han sido manipulados: algunos individuos serían
privilegiados "creadores" de otros. A un nivel más
elemental, afectaría también nuestra identidad
sexual. Un tema es la posibilidad abierta a los padres, hoy, para
escoger el sexo de sus hijos. Otro asunto es el estatus en las
operaciones para cambiar de sexo. Hasta ahora estas operaciones se
justifican por la brecha que existe entre las identidades
biológica y psíquica del individuo: cuando un
hombre biológico se siente a sí mismo como una
mujer, atrapado en el cuerpo de un hombre, es razonable que
él o ella pueda cambiar su sexo biológico y
conseguir de esta manera un equilibrio entre su vida sexual y
emocional. La manipulación biogenética abre
perspectivas mucho más radicales. Retroactivamente
podría cambiar la manera como nos entendemos a nosotros
mismos en tanto seres "naturales", en el sentido que
experimentaríamos nuestras "disposiciones" naturales como
mediadas, no como dadas, como algo que en principio puede manipularse y
por eso mismo como meramente contingente. No habría retorno
a ninguna inmediación ingenua una vez que sabemos que
nuestras disposiciones naturales dependen de una contingencia
genética; aferrarse a ésta a cualquier costo
sería tan falso como aferrarse a viejos valores
"organicistas". De acuerdo con Habermas, sin embargo,
deberíamos actuar como si éste no fuese el caso,
y de esta manera mantendríamos nuestro sentido de dignidad y
de autonomía.
La paradoja es que esta autonomía la
preservaríamos únicamente prohibiendo el acceso a
esa contingencia que nos determina, es decir, limitando las
posibilidades de alguna intervención científica.
Ésta es una nueva versión de un viejo argumento:
para retener nuestra dignidad moral es mejor no saber algunas cosas.
Coartar la ciencia, como pareciera sugerir Habermas, sería
el precio de ensanchar la brecha entre la ciencia y la
ética: una brecha que ya nos limita para ver la manera en
que estas nuevas condiciones nos compelen a transformar y reinventar
las nociones de libertad, autonomía y responsabilidad
ética. Si seguimos un hipotético contraargumento
de la Iglesia católica romana, el verdadero peligro
residiría en que al permitir la intervención de
la biogenética nos olvidaríamos de que tenemos
almas inmortales. Esta argumentación, sin embargo,
únicamente desplaza el problema. Si éste fuera el
caso, los creyentes católicos serían las personas
ideales para la manipulación biogenética ya que
ellos estarían conscientes de que únicamente
tocan un aspecto material de la vida humana y no su semilla espiritual.
Sus creencias los protegerían del reduccionismo. Si tenemos
una dimensión espiritual autónoma, no hay por
qué temer a la manipulación
biogenética. Desde el punto de vista
psicoanalítico, el meollo del problema reside en la
autonomía del orden simbólico. Supongamos que soy
impotente debido a un bloqueo en mi universo simbólico y, en
vez de "educarme" tratando de resolver ese bloqueo, yo tomo Viagra. La
solución funciona y yo vuelvo a tener relaciones sexuales
aunque el problema permanece. ¿Cómo
sería afectado ese bloqueo simbólico por una
solución química? ¿Cómo
puede "subjetivarse" esta solución? La situación
es indefinible: la solución podría desbloquear el
obstáculo simbólico, obligándome a
aceptar que no tiene sentido; o podría causar que el
obstáculo retorne a un nivel más fundamental (en
una actitud paranoica, quizás, en la cual yo me siento
expuesto al capricho del "amo" cuyas intervenciones pueden decidir mi
destino). Siempre existe un precio simbólico a pagar por
estas soluciones no "ganadas". Y, mutatis mutandis, lo mismo aplica a
los intentos por combatir el crimen por medio de intervenciones
bioquímicas o biogenéticas; obligar a los
criminales a tomar medicamentos para controlar su extrema agresividad,
por ejemplo, dejaría intacto el orden social que desencadena
en primer lugar ese comportamiento agresivo. Otra lección
que ofrece el psicoanálisis es que, contrariamente a la
noción de que la curiosidad es innata, es decir, de que
existe en el fondo de cada uno de nosotros cierto Wissentrieb, o
impulso por conocer, de hecho, lo contrario es cierto. Cada avance del
conocimiento tiene que ser ganado en una lucha dolorosa en contra de
nuestra espontánea predisposición hacia la
ignorancia. Si existe un antecedente familiar de la enfermedad de
Huntington ¿debería hacerme el examen para saber
si efectivamente, o no, y cuándo, inexorablemente, me
aquejaría la enfermedad? Si no pudiera soportar la idea de
saber cuándo moriré, la (no muy realista)
solución podría ser autorizar a otra persona o
institución de mi entera confianza a hacerme el examen;
ellos se guardarían de decirme la verdad, aunque dependiendo
del resultado, también estarían autorizados a,
sin aviso previo y sin dolor mediante, terminar con mi vida mientras
duermo, justo antes de que la enfermedad se manifieste. El problema con
esta solución es que yo sé que el otro sabe el
resultado de mi examen y esto lo arruina todo, exponiéndome
a una insistente actitud de sospecha. La solución ideal
podría ser entonces, si sospecho que mi hijo tiene la
enfermedad, examinarlo sin su conocimiento y matarlo yo mismo en el
momento justo. La última fantasía
sería que una anónima institución
estatal llevara a cabo esto por mí sin mi conocimiento. Pero
nuevamente surge la pregunta: si sabemos o no que el otro sabe. Queda
abierto el camino hacia una perfecta sociedad totalitaria. Lo que es
falso es la premisa: que la última obligación
ética es proteger al otro del dolor y mantenerlo ignorante.
No es que estemos perdiendo nuestra dignidad y libertad con los
descubrimientos de la biogenética, sino que nos damos cuenta
que nunca las tuvimos en primer lugar. Si, como argumenta Fukuyama, ya
contamos con "terapias que borran las fronteras entre lo que logramos
por cuenta propia y lo que logramos debido a los niveles de diversos
químicos en nuestro cerebro", la eficacia de estas terapias
implica que aquello "que logramos por cuenta propia" también
depende de los niveles de "varios químicos en nuestros
cerebros". No se nos está diciendo, citando a Tom Wolfe, "lo
siento, pero tu alma se acaba de morir", sino, de hecho, que nunca
tuvimos un alma en primer lugar. Si se sostienen las propuestas de la
biogenética, entonces la decisión
estaría entre aferrarnos a la ilusión de una
dignidad o aceptar la realidad que somos. Si, como dice Fukuyama, "el
deseo de reconocimiento tiene una base biológica y esa base
se relaciona con los niveles de serotonina en el cerebro", reconocer
este hecho socava el sentido de dignidad que viene de ser reconocido
por otros.
El sentido de dignidad, entonces, lo obtendríamos
únicamente al precio de un repudio: aunque sé muy
bien que mi autoestima depende de la serotonina, a pesar de ello, lo
disfruto. Fukuyama escribe esto: La manera normal y moralmente
aceptable de sobreponerse a una baja autoestima era luchar contra uno
mismo y contra otros, trabajar duro, aguantar a veces dolorosos
sacrificios y finalmente sobreponerse y ser visto como alguien que lo
ha conseguido. El problema con la autoestima según
ésta es entendida por la psicología popular
americana es que se vuelve un derecho, algo que todos necesitan tener
aunque no lo merezcan. Esto devalúa la autoestima y
convierte su búsqueda en una derrota. Pero de pronto entra
en escena la industria farmacéutica que a través
de drogas como Zoloft y Prozac proveen autoestima en una botella porque
elevan el nivel de serotonina. Imagínense el siguiente
escenario: estoy por tomar parte en un concurso, pero en vez de ponerme
a estudiar para responder a las preguntas utilizo una droga para
aumentar mi memoria. La autoestima que adquiero por ganar la
competencia está basada en un verdadero logro: yo tuve una
mejor actuación que mi oponente que se pasó toda
la noche anterior tratando de memorizar los datos para responder a las
mismas preguntas. El contraargumento intuitivo sería que
sólo mi adversario tiene derecho a sentirse orgulloso de su
actuación, porque sus conocimientos, a diferencia de los
míos, fueron el resultado de mucho trabajo arduo; aunque hay
algo inherentemente condescendiente en pensarlo así.
Así vemos que está perfectamente justificado
cuando alguien con una buena voz natural se siente orgulloso de su
canto a pesar de que todos estamos conscientes de que su voz tiene
más que ver con su talento que con su esfuerzo y
entrenamiento. Sin embargo, si yo mejorara mi voz utilizando alguna
droga, se me negaría ese reconocimiento (salvo que hubiera
invertido mucho esfuerzo en inventar la droga antes de utilizarla). El
punto al cual quiero llegar es que tanto el trabajo arduo como el
talento natural se consideran "parte de mí", mientras que
recurrir a una droga me daría un realce "artificial" porque
es una forma de manipulación externa. Esto nos trae de
vuelta al mismo problema: una vez que sabemos que mi "talento natural"
depende de los niveles de algunos químicos en mi cerebro,
¿qué importa, moralmente, si yo los adquiero por
fuera o los poseo desde el día en que nací? Para
complicar más aún el asunto, es posible que mi
disponibilidad para aceptar la disciplina y el trabajo arduo dependa de
ciertos químicos en mi cerebro. ¿Qué
pasaría si para ganar una competencia no tomo drogas para
aumentar mi memoria sino únicamente una droga que fortalezca
mi resolución? ¿Sería eso hacer trampa
por igual? Una de las razones por las cuales Fukuyama pasó
de su teoría "fin de la historia" a considerar los nuevos
peligros que presentan las ciencias del cerebro es que la amenaza
biogenética es una versión mucho más
radical del "fin de la historia": una que tiene el potencial para
volver obsoleto al sujeto autónomo y libre de la democracia
liberal. Existe una razón más profunda, sin
embargo, para explicar este paso de Fukuyama: el prospecto de la
manipulación biogenética le ha obligado,
conscientemente o no, a lidiar con el lado oscuro de su imagen
idealizada de la democracia liberal. De pronto se ha visto obligado a
confrontar la posibilidad de que las corporaciones puedan mal utilizar
el libre mercado para manipular a la gente y llevar a cabo
terroríficos experimentos médicos: gente rica que
procrea una raza exclusiva con capacidades mentales y
físicas superiores, instigando de esta manera una nueva
lucha de clases. Está claro para Fukuyama que la
única manera de limitar este peligro consistiría
en reafirmar un fuerte control del mercado por parte del Estado y
desarrollar nuevas formas de voluntades políticas
democráticas. Si bien estoy de acuerdo con todo esto, me
siento tentado a agregar que necesitamos de estas medidas
independientemente del peligro biogenético: simplemente para
controlar el potencial de una economía con mercado global.
Quizás el problema no es la biogenética en
sí misma, sino más bien el contexto de las
relaciones de poder dentro del cual la biogenética funciona.
Los argumentos de Fukuyama son al mismo tiempo demasiado abstractos y
demasiado concretos. Él no alcanza a explorar las
implicaciones filosóficas de la nueva ciencia del cerebro y
de las tecnologías, ni las ubica en su contexto
socioeconómico antagonista. Lo que Fukuyama no comprende (y
un verdadero hegeliano lo hubiera contemplado) es el enlace necesario
entre los dos fines de la historia, es decir, el paso de uno al otro:
el fin de la historia liberal democrática inmediatamente
convertido en su opuesto, ya que, en la hora de su triunfo, empieza a
perder sus fundamentos -el sujeto liberal democrático.
El reduccionismo biogenético (y más generalmente
el cognoscitivo evolucionista) debe atacarse desde otra
dirección. Bo Dahlbom está en lo correcto, en su
crítica de 1993 a Daniel Dennet, cuando insiste en el
carácter social de la "mente". Las teorías de la
mente están obviamente condicionadas por su contexto
histórico: Fredric Jameson propuso recientemente una lectura
del libro de Dennet, La conciencia explicada (Consciousness explained),
como una alegoría del capitalismo tardío
incluyendo sus elementos de competencia, descentralización,
etcétera. Más importante aún, Dennet
mismo insiste en que los instrumentos o herramientas, es decir la
"inteligencia" externa de la cual dependen los hombres, son parte
inherente de la identidad humana: no tiene sentido imaginarse a un ser
humano como una entidad biológica sin el complejo andamiaje
de sus herramientas -sería tanto como imaginarse a un ganso
sin sus plumas. Al decirlo así Dennet abre un camino del
pensar que debe explorarse más. Debido a que, en buenos
términos marxistas, el hombre es la totalidad de sus
relaciones sociales, Dennet debería avanzar al siguiente
paso lógico y analizar el entramado de las relaciones
sociales. El problema no es cómo reducir la mente a la
actividad neuronal ni el de reemplazar el lenguaje de la mente con el
de los procesos cerebrales, sino más bien entender
cómo la mente puede emerger sólo a partir de este
entramado de relaciones sociales y suplementos materiales. El problema
real no es cómo -si es que es así- las
máquinas imitan el comportamiento humano, sino
cómo la "identidad" de la mente humana puede incorporar a
las máquinas. En marzo de 2002, Kevin Warwik, un profesor de
cibernética de la Universidad de Reading, conectó
su sistema neuronal directamente a una computadora. Se
convirtió así en el primer ser humano que
recibía estímulos directamente sin la
mediación de sus cinco sentidos. Éste es el
futuro: no el reemplazo de la mente humana por la computadora sino la
combinación de ambos. En mayo de 2002 se reportó
que científicos de la Universidad de Nueva York conectaron
un chip de computadora directamente al cerebro de una rata haciendo
posible dirigirla por medio de un mecanismo similar al que tiene un
coche de juguete con control remoto. Ya es posible que individuos
ciegos reciban información elemental sobre su entorno
directamente en sus cerebros sin la mediación de la
percepción visual; lo que resultaba nuevo en este
experimento con la rata es que, por primera vez, la "voluntad" de un
agente vivo, sus decisiones "espontáneas" sobre el
movimiento, fueron determinadas por un agente externo. La pregunta
filosófica aquí es si esta desafortunada rata
estaba consciente o no de que algo andaba mal, es decir, de que sus
movimientos eran decididos por un poder externo. Cuando el mismo
experimento se lleve a cabo en humanos (que, salvo cuestiones
éticas, no debe ser mucho más complicado que con
la rata) la persona dirigida ¿estará consciente
de que un poder externo decide sus movimientos? Si la respuesta es
afirmativa ¿experimentará este poder como un
irresistible impulso interno o como una coerción? Es
sintomático que las aplicaciónes de este
mecanismo, propuestas por científicos y reportadas en los
periódicos, tuvieran que ver con la ayuda humanitaria y la
campaña antiterrorista: ratas u otros animales
podrían utilizarse para hacer contacto con
víctimas enterradas por terremotos o para atacar a
terroristas sin arriesgar vidas humanas. Estamos a un año de
la fecha en que Philips planea introducir en el mercado un sistema de
audio de discos compactos que estará intercalado en el
tejido de una chamarra que se puede lavar en seco sin dañar
el sistema digital de la maquinaria. Éste no es un inocente
adelanto tecnológico, como pareciera. La chamarra Philips
representará una cuasi prótesis, menos un aparato
externo con el cual interactuamos y más una parte de nuestra
propia experiencia como organismo viviente.
El paralelo, al cual a menudo recurrimos, entre la creciente
invisibilidad del chip de la computadora y el hecho de que cuando
aprendemos algo lo suficientemente bien, dejamos de estar conscientes
de ello, es engañoso. La señal de que hemos
aprendido un lenguaje es que no necesitamos estar conscientes de sus
reglas: no sólo lo hablamos espontáneamente sino
que si nos concentramos conscientemente en las reglas eso nos impide
hablarlo fluidamente. Previamente hemos tenido, sin embargo, que
aprender el lenguaje que ahora hemos interiorizado: chips de
computadoras invisibles existen "allí" y no
actúan espontáneamente, sino ciegamente. Hegel se
hubiera mostrado reticente a la idea del genoma humano y de la
intervención biogenética, él hubiera
preferido la ignorancia al riesgo. En cambio se hubiera alegrado con la
desaparición de la vieja idea de que "tú eres
eso", como si nuestras nociones de identidad humana fueran inamovibles
para siempre. Al contrario que Habermas, deberíamos aceptar
enteramente la objetivización del genoma. Al reducir mi ser
al genoma, me fuerzo a atravesar las cosas fantasmales de las cuales
está hecho mi ego, y sólo de esta manera puede
emerger propiamente mi subjetividad.
N O T A
1 La referencia es al último libro de Francis Fukuyama, Our
Posthuman Future: Consequences of the Biotechnology Revolution, editado
por Farrar,Strauss y Giroux Publishers, 2002. Francis Fukuyama
(Chicago, 1952) es Bernard L Schwartz profesor de Política
Económica Internacional en la Paul Nitze School of Advanced
International Studies de la John Hopkins University de Washington D.C.
Otros títulos de su autoría son:
The End of History and the Last Man (Free Press, 1991) (existe
edición en español);
Trust: The Social Virtues and the Creation of Prosperity (1995);
The Great Disruption: Human Nature and the Reconstitution of Social
Order (1999).
2 Dawkins, R., (Nairobi, 1941), The Selfish Gene (1976) (existe
edición en español). Slavoj Zizek, es
investigador de la Universidad de Ljubljana, Eslovenia.
Tomado del London Review of Books vol. 25 no. 10, 22 de mayo de 2003.
Traducción de Anamaría Ashwell
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