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Elementos No. 50, Vol. 10, Junio - Agosto, 2003, Página 45
Ciencia y lenguaje: unidad y dispersión

Viviana Cárdenas                 Descargar versión PDF


Lejos de preceder el objeto al punto de vista, se diría que es el punto de vista el que crea el objeto.
DE SAUSSURE


Pensar al hombre como un objeto científico ha sido, si decidimos creer a Foucault, un acontecimiento en el orden del saber que se produjo en el siglo XIX. El hombre sería una invención reciente que surgió como dominio específico de la mano de la conciencia sobre el poder de la vida, la fecundidad del trabajo y el espesor histórico del lenguaje.
En el caso del lenguaje, esta transformación conllevó la pérdida de su transparencia. En los siglos anteriores se había sostenido que sólo se podía conocer las cosas del mundo pasando a través del lenguaje, porque era la manera inevitable de representar las representaciones. Así, las gramáticas generales de los siglos XVI y XVII operaban sobre fundamentos lógicos: la proposición, el verbo ser y la relación de atribución establecían las identidades y las diferencias, sin las cuales, se pensaba, no se podía hablar. Pero en los estudios filológicos de esta época se perfila un cambio: el lenguaje se cierra sobre sí mismo y adquiere consistencia, con leyes e historia propias. Se recorta entonces como un dominio de objetos al que puede aplicarse los métodos del saber.
Sin embargo, como bien anota Foucault, esta transformación ha traído consecuencias distintas en los tres órdenes mencionados: "al disociarse el cuadro de la historia natural, los seres vivos no quedaron dispersos, sino agrupados en torno al enigma de la vida; al desaparecer el análisis de las riquezas, todos los procesos económicos se reagruparon en torno a la producción y a lo que la hacía posible; en cambio, al disiparse la unidad de la gramática general -el discurso-, apareció el lenguaje según múltiples modos de ser cuya unidad no puede ser restaurada sin duda alguna" ( 1968: 296).
En este trabajo nos interesa reflexionar sobre la paradoja que menciona con tanta claridad este filósofo francés: la consistencia que produce tratar el lenguaje como un dominio de objetividad y la dispersión que esa misma operación produce. Tal fractura es la base sobre la que se ha constituido la ciencia del lenguaje, la lingüística. De ahí que la tarea que se asigna a sí misma, producir conocimiento relativo al lenguaje, parezca siempre un imposible. En efecto, no sólo se trata de dar cuenta, por ejemplo, de las lenguas concretas, las relaciones internas que las conforman, la significación, las convenciones que gobiernan su uso, sino también de los enunciados que contradicen las reglas de formación del idioma, del desplazamiento de los sentidos habituales, de los usos que no siguen los principios convencionales. Lo gramatical y lo no gramatical, los usos "serios" y "no serios", la unidad, la univocidad tanto como la diversidad y el equívoco forman parte del lenguaje.
Ante esta dispersión los lingüistas han debido delimitar un objeto que les asegure la posibilidad de operar en un campo de homogeneidades y para ello han aislado todo aquello que no sea idéntico. De ahí entonces la sensación permanente que experimentan todos, lingüistas y no lingüistas, de que, en el trabajo sobre el lenguaje, la lingüística se deja siempre fuera algo fundamental, que muchas veces es el mismo lenguaje. En este trabajo nos interesa reflexionar acerca de esta operación, que atraviesa y constituye el campo de la lingüística, a pesar de la diversidad de criterios con los que los lingüistas han construido y evaluado sus propias teorías. Nos interesa, por tanto, seguir, aunque más no sea a grandes rasgos y a costa de necesarias simplificaciones, los principios de racionalidad científica con los que se ha operado en esta disciplina.
Sin duda alguna, el discurso fundador de la lingüística moderna fue el Curso de Lingüística General que editaron en 1916 los discípulos de Ferdinand de Saussure con las clases de su maestro. En primer lugar, debemos recordar que fue este mismo lingüista quien contribuyó a consolidar los estudios positivistas que se realizaban en el siglo XIX sobre las formas de caracterizar una lengua y distinguirla de las otras, las variaciones que la afectan, los parentescos que establece con otras lenguas. Tales estudios daban mucho valor a la realidad de los hechos, pues esta actitud les permitía desentrañar con rigor y precisión los datos sobre los que se fundaba el análisis de las lenguas indoeuropeas, aunque éste se hiciera con el objetivo de reconstruir la lengua madre, la lengua de la edad de oro que no tendría excepciones. De esta manera, la ciencia se centraba en la descripción precisa de hechos, en el trazado de cuadros de evoluciones. El modelo de la ciencia de lo vivo operaba también en la historicidad de la gramática. Meillet, uno de los maestros más agudos de esta tradición de investigación, sostendría en 1923, evidentemente con intención polémica: "La experiencia muestra que un hecho nuevo bien analizado hace más por el desarrollo de la ciencia que diez Vol.es de principios, por buenos que sean" (cit. por Leroy 1969: 70).
Sin embargo, ya en esa época se habían publicado las clases que fundarían la lingüística moderna y que cambiarían la manera de mirar el lenguaje. Saussure intentó pensar los principios de esta disciplina y explicar de qué manera debía hacerse lingüística. Este lingüista mostró el lenguaje como el ejemplo más acabado de que el funcionamiento social no pertenece al ordenamiento de la naturaleza humana. Como bien mostró Verón, pudo hacerlo porque reflexionaba desde la matriz de un positivismo que, como una consecuencia de la transformación de la sociedad burguesa, pensaba ya como problema el orden social. Realizó entonces esa operación que, sin cesar, y de una manera u otra, reproducen todos los que trabajan en el campo de la lingüística: separó en el lenguaje, la lengua del habla. Así, frente a la naturaleza "multiforme y heteróclita" del lenguaje, de Saussure delimita un objeto, la lengua, "un producto social de la facultad del lenguaje y un conjunto de convenciones adoptadas por el cuerpo social para permitir el ejercicio de esa facultad en los individuos" (1984: 51). Como él mismo lo señala, separaba así lo social de lo que es individual, lo esencial de lo que es accesorio y más o menos accidental. Sostiene asimismo que la única manera de estudiar el lenguaje es situarse en el terreno de la lengua y tomarla como la medida de todas sus manifestaciones. Si bien este objeto está definido paradojalmente en el Curso, social, pero psíquico, autónomo pero concreto, se perfila ya como "una totalidad en sí y como un principio de clasificación". Puesto que no funda su legalidad en la racionalidad ni en la naturaleza -la lengua no es racional sino involuntaria, no es natural sino social y por tanto, arbitraria- se legaliza a sí misma en cuanto sistema. Se impone así el sistema como totalidad y la naturaleza opositiva, relacional, diferencial del signo: "cuán ilusorio es considerar un término sencillamente como la unión de cierto sonido con cierto concepto. Definirlo así sería aislarlo del sistema de que forma parte; sería creer que se puede comenzar por los términos y construir el sistema haciendo la suma, mientras que, por el contrario, hay que partir de la totalidad solidaria para obtener por análisis los elementos que encierra" (1984: 193,194). Se había consolidado la operación que, al definir el objeto de la lingüística, delimitaba el interior y el exterior de la disciplina. Al unificar la lingüística con el modelo metodológico de las ciencias naturales, habían quedado fuera del estudio del lenguaje, entre otras cosas, la historia, el sujeto, la escritura, el uso, el cambio.
Así como el pensamiento saussureano señala la culminación del positivismo, la lectura que se hizo del Curso rompió esta línea de pensamiento. Neutralizó el fundamento social de la constitución de la lengua como objeto y, por tanto, cortó la tendencia a la reificación. Acentuó, por el contrario, las virtualidades de formalismo en la construcción del objeto: la lengua como dominio regido por leyes. Todos estos componentes producen la lingüística moderna, cuyo máximo logro, la fonología, unirá en sí dos conceptos que se volverán fundamentales en las ciencias humanas: los de estructura y de función. Al tener en cuenta, en materia de sonido, sólo aquello que cumple una función determinada en la lengua, en vistas a la comunicación, establecerán el fundamento de las estructuras de los sistemas lingüísticos1. El concepto de estructura, la idea de que las unidades de la lengua no pueden definirse sino por sus relaciones, la idea de forma, pasarán a formar parte del estructuralismo. Se había sentado de esta manera el supuesto que, como bien señala Milner, define la cientificidad de la lingüística: "lo real de la lengua es del orden de lo calculable". A su vez, indica, este axioma de la lingüística moderna, "la lengua es un sistema de signos", se trasladó al estudio de todo artefacto cultural y se pasó a sostener "X es un sistema de signos" -mitos, literatura, moda, etcétera. De este modo las ciencias humanas acabaron por tomar como categorías los conceptos de significación y sistema surgidos del estudio del lenguaje.
Ahora bien, tal como alertaban muchos lingüistas que tenían una formación tradicional, sucedió que se ponía en riesgo el puente que se tendía entre los principios y los hechos. Entonces, si bien muchos lingüistas describieron los hechos del lenguaje desde los principios establecidos desde la especulación teórica y el análisis de los datos, otros acentuaron el formalismo que subyacía a la concepción estructural con el riesgo, según Martinet, de que la tendencia de remitir a cada paso a cualquier gran principio filosófico condujera más a confundir los contornos de la realidad que a precisarlos. Hacer de la lengua un real, con su propio orden y única causa de sí mismo, un real representable para el cálculo, era ya uno de los efectos de cientificidad que se había producido en el juego entre las condiciones en que se había escrito la obra de Saussure y las condiciones en que la misma había sido leída. Como señala Milner, incluso el concepto de comunicación y el de sujeto hablante y oyente adolecían de esta falta de sustancia, de materialidad, de naturaleza concreta: eran sólo dos puntos "sin división ni extensión, sin pasado ni porvenir, sin conciencia y sin inconsciente, sin cuerpo y sin otro deseo que el de enunciar".
El siguiente paso en la dirección de una formalización en la lingüística fue dado por Chomsky quien se preguntó por qué la especie humana es la única dotada de lenguaje, por qué cualquier niño puede aprender cualquier lengua y generar infinitos enunciados a partir de un número finito de elementos, a pesar de que está expuesto a datos insuficientes, incompletos y muchas veces erróneos. Sostuvo que los seres humanos tienen una facultad de lenguaje, de naturaleza eminentemente sintáctica, que permite enlazar y estructurar jerárquicamente los elementos de cualquier lengua. Por esa razón el estudio del lenguaje, que es fundamentalmente un sistema de representación, no de comunicación, sólo puede ser apoyado por los avances en las ciencias formales. El pasaje legitima el traslado del lenguaje del orden de la cultura al orden de lo biológico y la pertenencia de la lingüística a la psicología. Este programa de investigación intenta demostrar que la riqueza y la diversidad de los fenómenos lingüísticos es ilusoria y aparente y que el lenguaje es un sistema perfecto. Chomsky ha señalado la continuidad de su investigación con las gramáticas generales del siglo XVI y XVII, pero también habría que señalar que ha concretado la búsqueda de la lengua perfecta con la que soñaban los filólogos del siglo XVIII: no es ya la lengua madre de las lenguas indoeuropeas, sino el sistema computacional que está en la mente/cerebro de los hablantes.
Por todo ello el método científico no podría basarse en el trabajo empírico y en la inducción. Chomsky cambió, desde la tradición anglosajona, la concepción de ciencia que había imperado en Europa, continente en el que incluso las versiones más formalizadas sostenían a la par del requisito de coherencia para la teoría, el requisito de adecuación, o sea, la posibilidad de aplicación a un gran número de datos empíricos. Por el contrario, la teoría chomskiana se caracterizó desde un primer momento por una estrategia totalmente diferente: postuló a priori hipótesis generales que permitían predecir las características que debía tener la facultad de lenguaje en la mente/cerebro del hablante. El lenguaje que los seres humanos utilizamos en las circunstancias naturales no tiene, desde este punto de vista, ninguna importancia. El dato que no cuadra con una teoría existente tampoco tiene, desde este punto de vista, ningún valor, a menos que ayude a formular una teoría más general que dé cuenta de él. La máxima abstracción que diseña las características de la facultad de lenguaje de un hablante/oyente ideal tiene la función de predecir el comportamiento de los hablantes reales y es un camino legítimo para la lingüística. Como sostiene Chomsky, "mi sensación personal es que se requiere una idealización mucho más sustancial si queremos entender las propiedades de la facultad del lenguaje, pero el mal entendimiento y la confusión engendrados incluso por una idealización limitada son tan pertinaces que hoy no puede ser útil proseguir este asunto. Debe notarse que idealización es un término engañoso para la que es la única forma razonable de acercarse a un entendimiento de la realidad" (1999: 17).
El programa chomskiano, precursor del cognitivismo que hoy domina las ciencias humanas, se opone de manera explícita, conceptual y metodológicamente, a la tradición estructural pues no opera por descripción de corpus, sino por formulación de teorías que se aproximan cada vez más a las dos características del lenguaje humano de las que el estructuralismo no podía decir nada: la sintaxis y la productividad. También contradice la posición de la lingüística europea respecto de la función de articulación del pensamiento por parte del lenguaje: para la lingüística chomskiana la gramática expresa la realidad mental de un hablante-oyente ideal. Sin embargo, es fácil también trazar las similitudes entre las dos tradiciones, pues ambas ostentan el mismo proceder científico que diseña un objeto según sus propias redes de discernimiento. La escansión en el orden del saber en ambos casos es similar: lo que vale es el objeto representable, vale decir, regular, de modo tal de poder disponer de una modelización formal para dar cuenta de él. Así, los objetos son construidos de modo tal que no haya problemas con su estabilidad y consecuente previsibilidad. Tal como vemos, se ha ganado más en cientificidad en la medida en que más se admite que la lengua pertenece al orden de lo calculable.
Sin embargo, toda ganancia se obtiene en función de una pérdida, y la lingüística, en la búsqueda de cientificidad, excluyó todo aquello que, en el lenguaje, atentaba contra su coherencia interna. Evidentemente, siempre hubo estudiosos que han reivindicado todo lo que esta operación de delimitación de los objetos iba dejando fuera: el cambio, la variación lingüística, la diversidad, la relación del lenguaje con la sociedad y la historia, la escritura, el uso, los hablantes, la relación con el contexto extralingüístico, lo no dicho y lo inferido, el discurso, el texto, la ideología, etcétera. Estos modos alternativos de reflexionar sobre el lenguaje estaban ya en las lúcidas críticas de Bajtin a las primeras formulaciones del estructuralismo, en los funcionalismos europeos, siempre más cercanos a la literatura y a la filosofía. Hoy, de la mano de la pragmática y el análisis del discurso, otras creaciones anglosajonas, estas posiciones han ganado en las últimas décadas amplios espacios académicos. Desde que muchos lingüistas han decidido situarse, en un movimiento distinto del de Saussure, en el terreno del habla y tomarla como la medida de todas las manifestaciones, el lenguaje se les ha vuelto casi "sórdido", abierto, complejo, heterogéneo, diversificado, cambiante. La dispersión del lenguaje es también así la dispersión de sus posibilidades de estudio, la incalculable multiplicación de perspectivas y entrelazamiento entre las disciplinas.
Ahora bien, este hecho no necesariamente supone un enfrentamiento entre los lingüistas que adhieren a una u otra posición e incluso tampoco supone que podamos señalar una manera fundamentalmente distinta de construcción de los objetos de estudio. Así, por ejemplo, en la tradición anglosajona, muchos lingüistas, como Hymes o Labov aceptaron la idea chomskiana de que existe una capacidad de lenguaje que se puede representar formalmente, pero al mismo tiempo sostuvieron la necesidad de desarrollar una teoría del habla y de la actuación, es decir, una teoría capaz de dar cuenta de la posibilidad humana de comunicación en distintas situaciones y contextos. Volvieron a dar fuerza a la idea de que era necesario comprender la vida social para comprender el lenguaje. De ese modo, volvían a discutir el lugar del dato y de la teoría y abrían el camino a versiones menos formalizantes y más abiertas al estudio empírico: "a través del estudio directo del lenguaje en su contexto social, el incremento de los datos disponibles aumenta enormemente, y nos ofrece vías y medios para decidir cuál de los posibles análisis es correcto" (Labov 1983: 257). Sin embargo, incluso el intento de Lavov de estrablecer relaciones, formulables estadísticamente, entre la frecuencia de aparición de determinadas estructuras lingüísticas y factores extralingüísticos -tales como la edad, el género, la clase social y la procedencia geográfica de los hablantes- parece dejar fuera de la consideración del lingüista una reflexión seria acerca de la
sociedad misma y del funcionamiento en ella del lenguaje.
Parece también inevitable, incluso para las teorías del uso lingüístico, postular principios que "debemos" seguir en la comunicación, para cooperar con nuestro interlocutor como los seres racionales que se supone somos. Estudiar los principios que regulan el uso real del lenguaje implica delimitar los elementos que intervienen en las situaciones de comunicación, prever un rango de valores para las variables involucradas e incluso postular sistemas cognitivos, propios de los seres humanos, en los que interactúa información que proviene de ámbitos muy diversos y de la que se puede inferir información nueva. Así, la racionalidad, la universalidad y la homogeneidad siguen marcando los reales que postula la lingüística en sus análisis del uso. Sin duda son alternativas para continuar operando de manera controlada con un objeto tan disperso como el uso, tan difícil, sino imposible, de asir con categorías finitas. La aproximación científica que desde esta perspectiva se puede realizar es evidentemente distinta de la que realiza la lingüística cuando estudia la gramática. Se aprecia entonces un desplazamiento de esta ciencia hacia la delimitación de objetos complejos, que permitan operar con conceptos relativamente vagos, utilizar unidades escalares y no discretas, hacer predicciones probabilísticas y no deterministas, trabajar con principios y regularidades y no con reglas. Esta posición acompaña una certidumbre general respecto de que la racionalidad científica continúa identificándose con el control experimental y la precisión cuantitativa, pero que ésta es sólo una de las posibilidades que puede adoptar.
¿Qué reflexiones nos merecen estos vaivenes de la lingüística entre principios y datos, entre los reales postulados por la ciencia y el lenguaje? Hemos visto cómo, en los intentos por construir científicamente el saber sobre el lenguaje lo que se escapa es, con frecuencia, el mismo lenguaje y sólo queda la añoranza de los lingüistas por la lengua perfecta. Podemos pensar que el de la lingüística no es un intento válido si niega, obtura o incluso borronea -al localizar la explicación en una regla gramatical o un principio pragmático- las asimetrías, la agramaticalidad, los equívocos, las paradojas, el cuerpo, el inconsciente, las metáforas, los conflictos. Asimismo, es inevitable pensar que existe una razón más allá de la sonrisa para que serios y precisos lingüistas europeos se dedicaran a escribir fábulas en la lengua de la edad de oro, a los juegos anagramáticos con la poesía o para las batallas políticas que libran los lingüistas anglosajones, indudablemente basadas en sus sueños de homogeneidad y libertad.
Sin embargo, como bien sabemos, también es cierto que el recorrido de toda ciencia inevitablemente conduce a la construcción de modelos de sus objetos y, correlativamente, de discursos que los presentan como verosímiles. Corre por cuenta de la realidad decir cuán alejados o cuán cercanos están de ella y de la comunidad científica deliberar acerca de cuántos problemas empíricos y teóricos tales modelos contribuyen a resolver. Evidentemente, si existe progreso científico en lingüística, no se lo puede ver en la sustitución de una tradición de investigación por otra, pues más bien vemos la convivencia de líneas distintas y hasta opuestas. El progreso radica en la misma pluralidad teórica que asegura la dispersión del lenguaje. Sin duda alguna, el solo hecho de que la lingüística haya sido y siga siendo un territorio de construcción de objetos, de conceptos, de prácticas de análisis y de razonamientos, de elecciones teóricas sobre ese imposible, el lenguaje, hace ya que ese intento merezca la pena.

NOTA

1 Así, por ejemplo, lo menos importante en el análisis de los sonidos de una lengua determinada es el mismo sonido, sino sólo aquellos sonidos que pueden distinguir significado, por ejemplo, en español, la variación /p/ y /b, que produce: /peso/, /beso/; /par/, /bar/, etcétera.

BIBLIOGRAFÍA

Chomsky, N., El programa minimalista, Buenos Aires, Alianza, 1995.
Gadet, F. y M. Pêcheux, La lengua de nunca acabar, México, FCE, 1984.
De Saussure, F. [1916], Curso de lingüística general, Buenos Aires, Losada, 1984.
Escandell, V., Introducción a la pragmática, Barcelona, Ariel, 1996.
Foucault, M. [1966], Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, México, siglo XXI, 1969.
Labov, W., Modelos sociolingüísticos, Madrid, Cátedra, 1983.
Laudan, L., El progreso y sus problemas. Hacia una teoría del conocimiento científico, Madrid, Encuentro, 1986.
Leroy, M. Las grandes corrientes de la lingüística, México, FCE, 1969.
Milner, J. C., El amor por la lengua, México, Nueva Imagen, 1980.
Verón, E., La semiosis social. Fragmentos de una teoría de la discursividad, Buenos Aires, Gedisa, 1987.

Viviana Cárdenas, Universidad Nacional de Salta, Argentina. vcardena@unsa.edu.ar



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