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Elementos No. 48, Vol. 9, Diciembre - Febrero, 2002 - 2003, Página 9
El retorno de un coleccionista

Martin Walser                 Descargar versión PDF


Alexander Bonus, quien a causa de un padecimiento del corazón había sido pensionado desde una edad temprana, había vivido en nuestra ciudad en su calidad de soltero, bien entrados ya los peores años de la guerra, y luego, en una forma casi violenta, había sido trasladado a una aldea de campesinos vinariegos en donde desde entonces había habitado en una diminuta buhardilla. Con una tornasolada tinta de color violeta que él mismo fabricaba, algunos años después de la guerra, había escrito innumerables cartas a la Oficina de Vivienda Municipal, en las cuales solicitaba que se le diesen facilidades para retornar por fin a su ciudad natal. Los caballeros del Comité de Vivienda lo habían entretenido incesantemente con vanas promesas, expresadas en una apretada escritura, acerca de una próxima mejoría de su situación. Alexander Bonus respondía cada vez con una amable misiva en la cual, hasta donde era posible guardando la mayor gentileza, rogaba con creciente apremio que le fuese librada la casa de seis habitaciones de su propiedad, a fin de poder residir en ella y especialmente acomodar allí su colección, dispersa ahora en varios lugares. Había esperado pacientemente durante los años siguientes a la guerra, sin apresurarse a hacer valer sus derechos, por haberse enterado de que sus seis habitaciones eran necesarias en la ciudad; y tampoco ahora se hubiera atrevido a pedir formalmente su instalación en sus propiedades, si no acabara de regresar de un viaje que lo había llevado a los sitios en donde se encontraba su colección de plumas, depositada en graneros y bodegas agrícolas. Pero ¡en qué estado se hallaba! Justamente, en el estado que habría correspondido en los años de la guerra a una colección de plumas de aves, carente de toda importancia para aquellos tiempos. La madera de sus vitrinas estaba carcomida por la humedad o deshecha por el calor, las paredes de vidrio, cuajadas de moho, impedían ver al través, si bien no había querido cerciorarse en absoluto de la situación de sus valiosas plumas, la cual ya al cabo de la más leve ojeada podía calificarse de catastrófica.
Alexander Bonus se había dirigido también a algunos concejales que antes de la guerra habían conocido su colección, llegando inclusive a hacer notar cómo él, que estaba solo en el mundo y que ya había dejado tras de sí la mayor parte de su vida, deseaba legar finalmente su colección a la escuela superior de la ciudad, lo cual, por supuesto, sólo estaría en condiciones de ejecutar en el caso de que se le ayudase a salvar su colección de un definitivo colapso.
Los concejales de mayor edad se vieron obligados a defender estas cartas del señor Bonus de las risas de aquellos de sus colegas que sólo debido a los azares de la guerra, y de manera ciertamente casual, habían venido a parar a nuestra ciudad. A estos concejales más viejos hubo que agradecerles el que las dos familias que se hallaban instaladas en la residencia del señor Bonus tuvieran que desocupar dos habitaciones, y Bonus recibió una carta de nuestro burgomaestre en la cual se le comunicaba que podría alojarse por los menos en un par de cuartos de su antigua morada; lo cual le daba la posibilidad, en su condición de soltero, de acomodar de nuevo parte de su colección y dedicarse a su cuidado. Y podía tener la esperanza de adueñarse, en un futuro no demasiado remoto, de una tercera, una cuarta y una quinta habitación, hasta llegar definitivamente a disponer de la sexta y última, para sí y para su colección.
Cuatro días más tarde, un automotor rural se detenía ante la casa que había sido la residencia de Bonus, y él mismo descendía precipitadamente del guardafango del tractor, sobre el cual se había sentado durante la travesía del campo; se dirigió a la puerta de entrada empuñando la llave y temblando la introdujo en la cerradura, pero sus ojos, que se anticipaban al movimiento de la mano, se dieron cuenta de que la cerradura no era ya la misma. La llave se le cayó de las manos. Pero no tintineó, debido a la arena que los recientes trabajos habían dejado en el umbral.
Entonces Bonus hizo sonar la campanilla.
Efectivamente, los dos cuartos habían sido ya desocupados. Pero las dos familias que se repartían en las cuatro habitaciones restantes, observaban con desconfianza cada uno de los objetos que él iba haciendo entrar en la casa. Primero fue una mesa, luego una silla, un armario, una cama y después numerosas vitrinas cuyas paredes de vidrio estaban sucias, de tal modo opacadas por el moho, el polvo y las telarañas, que resultaba imposible ver lo que contenían. Los niños de las dos familias que presenciaban la escena intentaron frotar los vidrios en derredor con los dedos humedecidos con la lengua, tratando de mirar hacia adentro, así fuese con un solo ojo. Pero sus padres los llamaron a su lado y sólo les permitieron atisbar desde la puerta del corredor, tal como ellos mismos lo hacían. Aún ignoraban la opinión que habrían de formarse de aquel anciano con carnoso rostro de adolescente y cabellos albos como la nieve. No obstante, el señor Bonus se presentó a cada uno de ellos, hizo una reverencia extra para cada uno de los niños -las dos familias tenían por lo menos siete hijos- e incluso prometió que les enseñaría toda su colección, apenas la hubiese arreglado un poquitín. Desde luego, era lamentable que sólo se tratase de una pequeña parte, agregó; y bajando los ojos hasta contemplar sus pequeñas manos blancas, declaró con su más dulce sonrisa que sólo anhelaba vivir hasta el día -que ciertamente habría de llegar- cuando le fuese posible armar de nuevo aquí su colección completa.
No bien Alexander Bonus hubo terminado de decir esto, los padres miraron sombríamente a los siete niños. Era como si de improviso se hubieran atemorizado ante aquel anciano de piel blanquecina. Se dieron vuelta y arrastraron a sus hijos a tirones de las manos y los cabellos, fuera del alcance de Bonus y sus cajas de vidrio, y desaparecieron detrás de sus puertas. Bonus los siguió con la mirada y al escuchar cómo se iniciaba desde allí un acucioso murmullo que se elevó hasta una disputa a grandes voces, y al escuchar cómo su nombre era el que azuzaba la polémica, se reclinó contra una vitrina que tenía la altura de un hombre, restregó amorosamente la esquina del mueble con la cabeza, sonrió y se puso a cavilar sobre si se vería precisado a colocar las plumas de cormorán en una misma vitrina junto a las plumas de aves tropicales, al menos mientras solamente dispusiera de dos habitaciones. Era preferible que las plumas se cubrieran parcialmente entre sí, a saber que una sola de las vitrinas hubiese de permanecer por más tiempo del estrictamente necesario en uno de aquellos húmedos graneros de la aldea. Al parecer, en los primeros tiempos tales aglomeraciones no podrían evitarse en modo alguno, puesto que algunas de las vitrinas se habían deteriorado hasta hacerse inservibles. Por otra parte, las plumas de cormorán, así como las de las aves del trópico, constituían por decirlo así un caso excepcional en su colección, puesto que eran las únicas plumas correspondientes a pájaros acuáticos; todas las demás piezas procedían de las familias de las lechuzas y halcones, esto es, de aves de rapiña, y representaban en particular diversas especies de águilas. Ocurrió que en el curso de los años en que hubo de vivir en el exilio -éste era el nombre que él le daba-, para no permanecer ocioso del todo, había comenzado a incorporar a su colección una sección de "gallináceas y aves de corral". Empero, puesto que en el fondo de su corazón él sólo se interesaba apasionadamente por las plumas de águila, había organizado esta nueva sección únicamente con la esperanza de poder utilizarla más tarde como objeto de intercambio para obtener en su lugar plumas de aves rapaces. Ni siquiera los soberbios plumajes níveos de las aves tropicales ni las esbeltas plumas negras de los cormoranes tenían perspectivas de permanecer para siempre en su colección. A cambio de una sola pluma de harpía las hubiera entregado sin vacilar. Las harpías eran las aves predilectas de Bonus. Y de haber sido lo suficientemente grande la demanda de plumas o aun de plumones de harpías, quién sabe, a lo mejor habría cedido paulatinamente la totalidad de su colección, a trueque de las plumas de esta peculiar especie de águila. En favor de la variedad del conjunto bien podía Bonus estar agradecido al hecho de que, en las lluviosas selvas de Centro y Suramérica, la caza de las harpías sólo se lograba a costa de grandes dificultades.
En los primeros días siguientes a su regreso, el señor Bonus no habló con nadie, nadie pudo verlo. Los siete niños quienes de buena gana habrían aprovechado la temporal ausencia de sus padres para hacerle una visita al anciano, golpearon en vano a su puerta. Bonus luchaba a brazo partido contra el moho, el polvo y las telarañas.
Por fin rescató sus vitrinas, incluidas las paredes de vidrio, los tabiques de madera y las guarniciones de metal, de la descomposición, del próximo e inminente desastre final. Entonces la emprendió con las plumas que rígidas, mustias y recubiertas de una película que destruía todo vestigio de color, yacían inertes sobre sus almohadillas; a Bonus se le vino a la memoria el brillo multicolor que antaño habían ofrecido a sus ojos aquellas maravillosas formas delicadas, sedosas, flexibles. Bonus tomó en sus manos cada una de las plumas, por separado, y sopló hasta quitar toda partícula de polvo, una por una; un trabajo descomunal. Pero estaba decidido a no perder ni el más mínimo vello del más insignificante plumón. Luego se dedicó a la preparación de un lubricante que varias décadas atrás lo había hecho famoso en los círculos especializados en productos avícolas; era tan admirable la composición de aquel ungüento, que casi igualaba a la secreción que produce la glándula del obispillo de las aves como lubricante del plumaje. Con este ungüento barnizó hasta la última pluma de su colección, y sólo entonces abrió la puerta y dejó entrar a los niños.
Pero el señor Bonus no disponía de la calma necesaria para guiar a los niños de una caja a otra y explicarles, como en otra época lo habría hecho con fruición, la procedencia de cada una de las plumas así como los detalles de la anatomía y la existencia de los pájaros a los cuales habían pertenecido. Demasiado inquieto estaba a causa del estado en que había encontrado su colección. Acaso había llegado demasiado tarde, acaso las plumas irían a convertirse en polvo en breve plazo, ¡quién iba a saberlo! Por mucho que se deleitase al poder trajinar de nuevo con sus plumas, por mucho placer que le causara el hacer deslizar por la blanda piel de su rostro las poderosas plumas oscuras del ala del águila imperial, esas plumas que alguna vez aquellas imponentes aves habían llevado sobre las áridas estepas de la Mongolia, no podía engañarse acerca del hecho de que la colección era apenas una sombra de sí misma. Los colores se habían marchitado y pese a todos los esfuerzos, los pelillos de las plumas no mostraban toda la suavidad que hubiera sido de desear. Y la mayor parte de su colección -esto era lo que más lo preocupaba- a cada hora que transcurría se deterioraba más y más en aquellos graneros y sótanos del campo. Las dos habitaciones que le habían sido asignadas no podían contener ni siquiera el fragmento de colección que había traído consigo.
Todavía no había armado la cama, la silla estaba sobre la mesa, y las vitrinas se hallaban apiladas en torres que llegaban hasta el techo; este arreglo, dada la situación en que se encontraba la madera, tenía que conducir a una catástrofe, al igual que era una disposición que impedía a cualquiera, así como a él mismo, el cabal disfrute de la colección.
Preguntó a los niños, que se estrujaban contra los cristales con las narices achatadas, si en el dormitorio de sus padres quedaba aún una pizca de espacio, pues en ese caso él pondría gustoso a su disposición sus más hermosas piezas; sería en efecto un bello adorno una de estas vitrinas con plumas de águila dorada o quizás aquella con el plumaje de buzardo coronado, bien podían ellos elegir a su placer. Los niños saltaron de alegría y arrastraron de inmediato tres, cuatro, cinco vitrinas que embutieron en sus habitaciones. A la noche llegaron los padres, golpearon tímidamente a la puerta, entraron, saludaron y pidieron disculpas al señor Bonus por los pasados sucesos, explicando cómo habían tenido el temor de perder sus habitaciones e inclusive -tenían que confesarlo- lo habían tomado por un excéntrico cascarrabias, por un viejo caprichoso, puesto que ellos no eran más que gentes sencillas, y en cuanto a las cajas de vidrio, ellos no entendían nada de estas cosas, pero a pesar de ello comprendían cuán valiosas eran de seguro y se sentían muy honrados de que Bonus les hubiese confiado tan caros objetos. Quizás él querría llegarse a mirar en qué forma habían colocado las vitrinas. Esta era la única condición que impondría a su préstamo, respondió Bonus sonriendo, que le fuese permitido entrar a disfrutar de la contemplación de las plumas, en cualquier momento cuando lo deseara. Esto le fue concedido por todos con gran regocijo. Entonces accedió Bonus a dejarse conducir hasta las cajas -que brillaron a su encuentro, entre un montón de lechos y cómodas. En realidad el espacio resultaba un poquito estrecho, en esto estaban de acuerdo las dos amas de casa, pero bien valía la pena apretarse un poco para hacer sitio a tan valioso ornamento. Los dos hombres movieron vigorosamente sus cabezas en señal afirmativa hasta que se convencieron de que Bonus había percibido su asentimiento. Al parecer, habían comentado con sus camaradas de trabajo, lo mismo que las dos mujeres con sus vecinas, rebosantes de orgullo, el hecho de que disponían de un elemento decorativo como no se conocía en ninguno de los círculos de sus amistades. Bonus continuaba sonriendo. Hizo un ademán de saludo a sus vitrinas, como si se tratase de seres vivientes, volvió a su cuarto y escribió una carta. Al cabo de algunos días, la máquina de un tractor retumbó ante la casa. A remolque traían un carro colmado de vitrinas apiñadas unas sobre otras, tan empolvadas y cubiertas de moho como las primeras. Esta vez los niños de las dos familias colaboraron en la limpieza. Del trabajo delicado de las plumas, por supuesto, se encargó Bonus solo. En todo caso, para lograr introducir a duras penas los nuevos objetos dentro de su habitación tuvo que colocar su mesa, la silla, la cama y el armario en el corredor, al punto que en adelante se vio precisado a tomar sus comidas en el lóbrego corredor así como a dormir allí mismo por las noches. Los padres de los niños sacudían la cabeza al verlo acostado ante sus puertas, ya que sus habitaciones daban también al mismo corredor. No dijeron una palabra, sólo los niños cuchicheaban y abrían constantemente la puerta para ver si ya había conciliado el sueño. Bonus sonreía. Y al día siguiente, cuando los padres se marcharon al trabajo y las madres fueron de compras, preguntó a los niños si no querrían unas cuantas vitrinas más, ya que él tenía bastantes. Los niños se pusieron de acuerdo en un instante y apretujaron en seguida siete de las cajas en sus dormitorios. En esta ocasión los padres no vinieron a expresar a Bonus su agradecimiento; por el contrario, al anochecer escuchó cómo los padres reñían a las madres con voz contenida para que Bonus no pudiera oírlos y las madres lloraban y golpeaban a los niños, que a su vez comenzaron a llorar. Pero cuando los padres salieron de la casa al día siguiente, los niños regresaron por más vitrinas; Bonus sonrió con dulzura y se las entregó. Por la noche, con la puerta entreabierta, escuchó de nuevo la pelea que se desencadenó en las dos familias, con mayor violencia aún que la víspera. Los niños soportaron los regaños y los golpes, y a la mañana siguiente acudieron a Bonus para pedirle lo que él les concedió gustosamente. Las madres que realmente no podían ya moverse en sus habitaciones, pretendieron obligar a sus hijos a devolverle a Bonus todas sus cajas. Pero ellos se negaron a obedecer. Se aferraron con toda la fuerza de sus manecitas a los tabiques de madera, hicieron oídos sordos a todos los reproches y reconvenciones, y ni siquiera los golpes lograron inducirlos al menor movimiento. Pero en cuanto sus madres se ausentaron, pegaron todo su cuerpecito a las vitrinas para contemplar las inaccesibles plumas pidiendo a los que ya sabían leer que les deletreasen una y otra vez los nombres escritos sobre pequeños rótulos blancos para repetirlos en coro, con verdadera reverencia. A través de los muros, llegaba el zumbido al oído de Bonus, que escuchaba expectante y sonriente: phateon authereus, aquila audax, harpyia destructor... Cuando al anochecer los padres regresaron al hogar y hallaron a sus hijos en medio de la estrechez, murmurando latinajos, se sumieron en una enorme perplejidad. Finalmente, después de que los niños se habían ido ya a la cama, se deslizaron hasta el lugar en donde se encontraba Bonus, le suplicaron tuviera a bien retirar las vitrinas de sus habitaciones, ya que ellos entendían tan poco de estas cosas, y tampoco los niños entendían nada al respecto, sólo lograban confundirse y quizás su desarrollo normal podría sufrir perjudiciales influencias, puesto que ya en pocos días habían abandonado todos los demás intereses y pasaban las horas suspendidos de las vitrinas, susurrando, como posesos, nombres incomprensibles; esto era un signo revelador de los peligros que acechaban en estas cajas a las gentes sencillas como ellos. Y además, ¡estaba la cuestión del espacio! Literalmente, ya era imposible respirar. Desde que el último metro cuadrado libre había sido sacrificado a las vitrinas, no existía la menor posibilidad de llegar a las ventanas, para no mencionar siquiera el pensamiento de abrirlas.
Bonus se frotó el blando rostro blanquecino con su diminuta mano y sonrió. Tras una pausa, interrogó a los padres por qué no podían contemplar las plumas de la misma manera como él y los niños lo hacían. Ninguno de los dos hombres pareció comprenderlo y declararon que con su permiso, comenzarían inmediatamente a sacar las cajas al corredor, y luego ya verían. Bonus se encongió de hombros. Los dos hombres volvieron la espalda, se dirigieron a sus habitaciones y se apoderaron de las vitrinas. Entonces se hizo evidente que los niños estaban despiertos en sus camas, seguramente a la espera de que alguien osara tocar sus sagradas posesiones. Lanzando agudos chillidos se aferraron con sus deditos a las vitrinas, y su decisión de defender los estantes de vidrio estaba tan pavorosamente grabada en sus pequeños rostros, que las madres se arrojaron súbitamente en los brazos de sus maridos implorándoles que no arrastraran a sus hijos hasta el desvarío. Los hombres desistieron. Pero no pudieron pasar la noche tranquilos. Y a decir verdad, tampoco volvieron a tener un solo día de calma.
Entretanto, la ciudad se había enterado del regreso de Bonus, y las más diversas gentes comenzaron a mostrar interés por aquel frágil anciano de blando rostro de adolescente. Los diarios locales, habitualmente en absoluto desacuerdo, sostuvieron la misma opinión en el caso de Alexander Bonus. Los titulares de las páginas consagradas a la localidad eran de este tenor: "¿No hay lugar para la cultura?" o bien: "¡Ocaso de los valores!" Y en los artículos correspondientes a dichos titulares, se refería la historia del coleccionista: su trabajo de largos años recolectando sus piezas, que él mismo había financiado mediante la asignación no propiamente principesca de su pensión de retiro; su decisión de dejar algún día en herencia su colección a la escuela superior municipal, su evacuación, las rudas condiciones en que se había visto obligado a depositar su colección, el perjuicio que se cernía sobre ella a causa de la humedad y el calor, la iniciativa de Bonus, su retorno, su labor cuajada de sacrificios para rescatar su colección, su generosa y altruísta decisión de los primeros tiempos de compartir sus piezas a modo de préstamo hasta acomodarla en su totalidad, la ruin incomprensión de sus conciudadanos, su brutal proceder en contra de Bonus y de sus propios hijos, quienes, como es natural, una vez más habían demostrado una mayor comprensión que los adultos hacia los auténticos valores. "Si no os volvéis semejantes a los niños...", con frases de este estilo terminaban los artículos en los cuales, por último, se exhortaba a la ciudad a poner fin a tan indigna situación apoyando inmediatamente a Bonus con liberales subvenciones o, por lo menos, a hacer lo pertinente para que el anciano pudiera disponer de sus seis habitaciones.
Cuando Bonus tuvo conocimiento de tales manipuleos -pues no era él quien había provocado toda esta maniobra, cuyo responsable aparentemente no era ningún individuo, sino algo así como la conciencia cultural de la burguesía en conjunto, o cuando menos de aquel sector de la burguesía que podía considerarse como poseedor de dicha conciencia- redactó al instante dos telegramas. Se dio cuenta de que había llegado la hora de recuperar toda su colección. Aun cuando a causa de las deficientes condiciones de su depósito se hubiera menoscabado considerablemente su valor, no quería ahora pensar en ello, ante todo le era preciso tener todas sus piezas consigo, reunir por fin la colección completa en torno suyo.
Cuando Bonus hubo despachado los telegramas y volvió a su casa, se encontró con las dos mujeres. Bajaron los ojos al suelo y se agazaparon en sus cuartos. Están avergonzadas, pensó Bonus sonriendo. Seguramente habrán leído lo que dicen los diarios.
A la noche se dieron a la tarea, con el máximo sigilo, de introducir de nuevo en sus habitaciones todas las vitrinas que en días anteriores habían amontonado en el corredor. A los niños se les hizo saber que podían aceptar de Bonus otras más. Y cuando frente a la casa se detuvieron los vehículos que traían las restantes piezas de la colección -que por lo menos eran el doble de las precedentes- esta vez los padres de los siete niños no se amoscaron ante el polvo ni la putridez; ellos mismos con sus hijos se pusieron a la obra e introdujeron en sus habitaciones tal cantidad de vitrinas, que el propio Bonus se vio forzado a contenerlos amistosamente. Pero pronto se echó de ver que las dos familias se habían esforzado en exceso. Día tras día escalaban fatigosamente, sin proferir queja alguna, a todo lo largo de las elevadas torres de cajas que se apilaban en forma sin duda peligrosa, hasta el momento cuando, inclusive los niños, se encontraron al borde de la más absoluta desesperación; entonces, para no seguir molestando al señor Bonus, ni turbando la conciencia de la opinión pública, tomaron la determinación de marcharse silenciosamente al anochecer e instalarse en un lugar cualquiera de los suburbios, en una choza hecha de desperdicios o bien -si no había otro remedio- aun a la intemperie. Los niños no emitieron la más leve protesta cuando fueron despertados en medio de la noche y se dio comienzo al éxodo.
Alexander Bonus, situado detrás de su puerta, escuchó afuera el cauteloso chapoteo de numerosos pies descalzos. Finalmente se dirigió a la ventana, para seguir con la vista la pequeña tropa formada por los padres y los pequeños que, arrastrando consigo un par de atiborrados cochecitos de mano, desapareció en la oscuridad.
El señor Bonus se dio vuelta y reclinó su flácido rostro de adolescente en una vitrina que tenía la altura de un hombre y guardaba las plumas de águila marina, y frotó luego contra la madera, a manera de caricia, sus carnosas mejillas, de las que ahora se había ausentado todo vestigio de color; abrió entonces la puerta de vidrio para sacar una gran pluma caudal que, endurecida, se rompió entre sus pequeñas manos blancas. No obstante, el señor Bonus comenzó ya en aquella misma noche a distribuir organizadamente sus numerosas vitrinas en sus seis habitaciones, con toda regularidad.

Tomado de la revista ECO, marzo de 1966.



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