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Elementos No. 48, Vol. 9, Diciembre - Febrero, 2002 - 2003, Página 49
Domingo gratis: las edades de Louvre

Gabriel Wolfson                 Descargar versión PDF


El mejor museo del mundo es uno de los peores.

JESÚS CARBAJAL

París es una ciudad grandilocuente: 36 puentes en el Sena, siete mil toneladas de acero para levantar la Torre Eiffel, 150 kilómetros por hora la velocidad promedio de los taxistas por la noche. El Louvre encabeza el ranking de la desmesura. La calidad y el tamaño de sus colecciones se parecen a los récords antiguos del beisbol: fueron implantados en una época remota y heroica, y ahora se sabe con certeza que nadie los romperá nunca. Supongo que ni todo el dinero de Japón y Corea serviría para arrebatar su prestigio al presuntuoso Louvre.
12:00 Una de las colas para entrar -la que proviene de la terminal del metro- avanza por pasillos de tiendas caras y exclusivas. Pienso que estoy en una fila para ver el Episodio II en cualquier Cinemex. La culpa es mía y sólo mía: es el primer domingo de junio, uno de los doce días al año con entrada gratis. Con la enorme cantidad de jóvenes rubios que van delante de mí pueden llenarse, me imagino, las aulas y los pasillos de la Universidad de Alabama.
12:30 La entrada al museo podría ser la antesala de un estadio de la NBA, o bien el hall de un hotel consagrado a convenciones de cardiólogos. Un veintitrés por ciento del público visitante ha preguntado en el módulo de información por habitaciones disponibles.
Los baños del Louvre, sin embargo, fueron modernizados por última vez hace veinte años, por lo menos. Si pertenecieran a una secundaria resultarían espectaculares, pero aquí, en el Más Grande Museo del Universo, uno esperaría mínimamente sensores ópticos para proporcionar la cantidad justa de papel higiénico. En los baños hay menos graffitis que en el resto de los sitios turísticos de Europa, quizá porque los arquetípicos Steve, Giancarlo o Pamela creen más probable volver algún día al mirador de la torre Eiffel que a este mausoleo del arte para comprobar que sus rayones siguen ahí.
En México estamos acostumbrados a que el primer piso sea, en efecto, la primera planta de un edificio. En el Louvre, la Primera Planta -donde comienza la exposición permanente- se ubica en el cuarto nivel. Antes, en el tercero, está el Entresuelo, donde tienen el descaro de montar exposiciones temporales, y antes hay dos niveles más, que podríamos llamar sótano y supersótano de no ser porque están a la misma altura que la calle. Por esta nimiedad el visitante no nativo tarda media hora en dar con la primera sala.

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL TOP TEN DEL LOUVRE

1) La disposición de los objetos se equipara a la de los supermercados. La gente, por lo general, va en busca de pan, queso, leche o lechugas. Pues bien: antes debe recorrer toda la tienda y sortear pasillos enteros de bolígrafos o de productos para el jardín. Así, para contemplar, digamos, la Venus de Milo, la Gioconda y el Código de Hammurabi han de recorrerse aproximadamente dos kilómetros y medio de óleos tediosos.
2) De acuerdo con la tesis doctoral de Arsène Barrès, una de las pocas piezas del museo que los visitantes disfrutan en verdad es la Victoria de Samotracia. En las encuestas que el sociólogo aplicó, afirman que la escultura les sugiere heroicidad, arrojo a pecho descubierto, ansia de triunfo. Barrès sostiene que muy pocos se acercan a la vitrina adyacente a la Victoria, donde se ilustra cómo era la pieza en su forma original: para empezar, tenía cabeza (con gesto nada temerario) y los brazos, que portaban arco y flecha, equilibraban la figura, restándole por completo la expresión de lanzarse al abismo. Al igual que con la Venus de Milo, si la Victoria estuviera completa nadie la vería. Descansaría en algún rincón del ala Denon, como tantas otras figuritas, llenándose de metafóricas telarañas. (Por cierto, hacen falta guardias en las salas de escultura: los turistas -en su mayoría japoneses y estadounidenses- tocan con candor las nalgas perfectas de las estatuas griegas y romanas, y se hacen fotografiar con la cabeza recargada en los marmóreos genitales.)
3) El top ten es caprichoso. Yo sospechaba que El naufragio de la Medusa o el Chopin por Delacroix (presente su reproducción en todas las academias de piano hasta hace veinte años) formarían parte de los cuadros más visitados. No es así, y no tengo explicación. Pero el mayor capricho es, por supuesto, el que se refiere a Leonardo da Vinci. Si un marciano por fin se presentara en nuestro planeta, e hiciera una valoración de Leonardo a partir de lo visto en el Louvre una tarde de domingo, resultaría imposible que lo imaginara matemático, cocinero, inventor y músico, además de pintor de señoras. Queda claro, en el Louvre, que Leonardo el pintor no forma parte del top ten sino sólo una de sus creaciones: la Gioconda. En el largo y sinuoso pasillo de pintura italiana que conduce a la sala maldita de la Gioconda hay otros tres Leonardos, al menos uno de ellos atrozmente superior: Santa Ana, la Virgen y el Niño con el cordero, aquel que Freud hizo torcidamente famoso. Pero los turistas atraviesan ciegos el pasillo, y los Leonardos están tan abandonados como el pobre Giotto.
15:30 El error del domingo: dentro del Louvre no hay ningún espacio para fumar, a menos que, como en la secundaria, uno se esconda en los baños para hacerlo (no me animé: qué tal -pensé- que la austeridad de los baños esconda un sofisticado detector de humo). Y ya se afirmó en la última convención mundial de museógrafos: cada dos horas, el visitante de un museo debe descansar, tomar aire fresco y beber un café o fumar un cigarrillo. En días normales uno puede salir del Louvre a la explanada de la famosa pirámide y volver a entrar con el mismo boleto. Hoy, que es gratis la entrada, las enormes colas nos convencen de que el tabaco es un vicio menor.
17:00 El segundo piso del Louvre -que, ya quedamos, viene a ser en realidad como el décimo para la numeración americana- alberga algunas joyas: Delacroix, Watteau y enormes Rubens. Pero sobre todo, algunos asientos demasiado cómodos al centro de las salas grandes. Después de cinco horas de Louvre dominguero, el visitante ha caminado cuatro kilómetros, subido seiscientos escalones, chocado con mil ciento once linebackers de la Universidad de Charlotte, posado involuntariamente para catorce mil fotografías japonesas y coreanas, y todo esto sin probar bocado: Rubens, desde luego, puede esperar. Uno se recuesta en los asientos y los halla más confortables que todas las camas de la vieja Europa. Por desgracia, a estas zonas del museo llegan ya muy pocos visitantes, así que el silencio y el cansancio hacen lo suyo. Cuando me recosté, había en la sala dos solteronas de Arkansas y una jovencita francesa muy delgada y de lentes, hija seguro de Simone de Beauvoir. Al despertar, un coreano filmaba mi reincorporación al mundo con una magnífica cámara digital del tamaño de un puño. Las solteronas habían desaparecido. La hija de Sartre, sin embargo, seguía absorta en el mismo cuadro. ¿Qué hacer? ¿Simular que nada había pasado y concentrarme en las telas de Rubens? Demasiado cinismo. Hora de buscar la salida.
Si todo museo tiene un club de patrocinadores y fans llamado, infaliblemente, "Amigos del Museo", el Louvre cuenta además con los "Enemigos del Museo", encabezados por un jubilado de la Sorbona en Historia del Arte. Reproduzco (y traduzco) fragmentos aislados de su Acta Constitutiva:
"...Los turistas son, junto al director del museo, el verdadero enemigo del Louvre...
"La Gioconda (para no hablar de Afrodita, llamada Venus de Milo) es una obra menor si se le compara con muchas otras piezas del museo. Hora es para que en las universidades se propongan esta investigación: ¿cómo algunas obras han acumulado tanta carga simbólica, tanto peso muerto, para devenir en los mitos vacíos de nuestra época?
"...resulta imposible ver la Gioconda. La pintura de Leonardo no existe. En su lugar, una divinidad de tela y aceites, opaca y efímera, cuyo único mérito -si es que alguno conserva- consiste en ser el remoto original de tantas reproducciones y recreaciones (algunas mucho mejores) que pueblan el mundo...
"El Louvre es insultante, descomunal. ¿Quién va a malgastar media hora formado para ver la Gioconda faltándonos tiempo para tantas otras obras que, ésas sí, aún conservan unos cuantos miligramos de su aura?
"...¿porque sabe usted cuáles son las pinturas menos vistas de todo el museo? Las cinco o seis pobres y grandes telas ubicadas en la misma sala que la Gioconda. El cien por ciento de los visitantes no ha recordado a qué autor pertenecen, de qué tamaño son o cuáles son sus temas. La sala de la Gioconda parece el foyer de un teatro, donde se comentan impresiones, se cierran negocios o se mata el tiempo. Si en vez de más pinturas los directivos instalaran ahí una barra para servir gin tonics serían más consecuentes con su concepto de museo...
"Tres soluciones para el problema del Louvre: 1. Ubicar la Venus, la Victoria de Samotracia, el Ramsés II, Amor y Psique, la Gioconda y las patrioteras pinturas del XIX francés justo a la entrada del museo, para evitar a los turistas recorridos inútiles. O bien, proporcionar túneles y puentes, como los del aeropuerto Charles de Gaulle, para establecer dos recorridos alternos e irreconciliables: uno al Louvre y otro a las ocho o diez piezas que figuran en las guías turísticas. 2. Encargarle a algún genio de la arquitectura la construcción de un pabellón de cuatro paredes afuera del museo que aloje dichas obras, con el objeto de que los turistas puedan ver el Louvre en media hora sin perder más de su valioso tiempo que mejor merece consagrarse a la ingestión de crepas o al ascenso a la torre Eiffel. 3. Destruir el Louvre; esto es, destruir su concepto. Sacar colecciones y llevarlas a otros museos, de preferencia en las afueras de París.
"Los turistas entran al Louvre haciéndose la misma pregunta que se plantean al llegar a una nueva ciudad, a un acuario o a las ruinas de alguna civilización mesoamericana: ¿qué es lo que hay que ver aquí? Están negados para la sorpresa, la contemplación, la pausa y el desinterés. Por ello, insistimos, son los mayores enemigos del museo -procedan de Buenos Aires, Washington, Madrid o Marsella-, junto con las sagradas autoridades culturales francesas, capaces de convertir el Louvre en un sitio equiparable en ranking turístico a EuroDisney..."
17:40 Sobra decir que firmé un manifiesto de apoyo a los "Enemigos del museo", aun sabiendo que yo era parte de esos odiados turistas. En mi descarga, quiero dejar clara constancia de que fui al Louvre y no vi la Gioconda.
Afuera, cientos de personas -estadounidenses, indios, mexicanos, alemanes o japoneses de pelo naranja- toman el incipiente sol junto a la pirámide. En sus rostros puede verse que son esos minutos de sol en la plaza del museo su verdadera visita al Louvre, es decir, lo poco que conseguirán recordar cuando terminen las vacaciones (a la Venus de Milo, por ejemplo, no la recordarán porque es simplemente imposible olvidarla, aun sin haberla contemplado nunca). Tres policías corren a un árabe joven que vende botellas de agua a la mitad del precio que dentro del museo. Nadie comenta nada del Louvre; todos se hacen fotos y planean el resto del día. Yo me recuesto en una banca alejada, cierro los ojos y pienso que estaría dispuesto a realizar fatigosos trámites si esa fuera la condición para visitar el Louvre y devolverle así su verdadero sentido, perdido hace muchas generaciones. O a no visitarlo nunca más. París será una fiesta, pero el Louvre es entonces la despedida triste, como cuando uno se topa en una reunión con gente a la que no quería ver, y sale borracho y enojado. ¿Alguien pensó ya que los museos también nacen, crecen, se reproducen y mueren?

elwolson@yahoo.com



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