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Elementos No. 46, Vol. 9, Junio - Agosto, 2002, Página 61
Diario Sevilla

José M. Delgado García                 Descargar versión PDF


Ese oscuro objeto

Desde un punto de vista psicológico, un motivo es algo que nos impulsa y mueve a realizar determinados comportamientos.
El hambre es un buen motivo para ponerse a buscar algo de comer. La sed cumple un papel similar con respecto al agua, con o sin gas. Esto del gas es lo que podríamos llamar un incentivo, esto es, una ayuda adicional para que sigamos bebiendo. Mi profesor de Farmacología me contó alguna vez que, en su opinión, lo malo del vino es el agua, que obliga al riñón a realizar un esfuerzo metabólico adicional para eliminarla. Así que a veces hacemos tareas ambiguas, que nos colocan en el filo de la navaja, por su aparente ambivalencia de ventajas y perjuicios.
Hay que hacer notar que en el caso del hambre y la sed como motivos para la acción está bastante claro lo que nos falta. En el primer caso necesitamos glucosa y otros nutrientes en nuestro medio interno, para así hacer posible el funcionamiento celular, mientras que en el segundo tratamos de compensar la deshidratación de nuestros tejidos, ya que, por nuestro lejanísimo origen marino, somos muy acuáticos en nuestro interior. Podría uno preguntarse, pero ¿qué es lo que se echa en falta para originar, por ejemplo, la conducta sexual, dicho en términos etológicos, de cortejo y apareamiento? El nivel de glucosa en sangre o el grado de hidratación celular se pueden medir experimentalmente, pero ¿se podría cuantificar la necesidad que origina el complejo entramado de los comportamientos sexuales? Y peor aún, ¿cómo determinar el motivo por el cual uno se hace músico o bético, lector empedernido o explorador de las selvas tropicales? Parece que, de momento, no hay respuestas científicas para esas preguntas y los motivos por los que nos gustan unas cosas y no otras yacen ocultos en lo más íntimo de nuestro interior sin que puedan ser hurgados por los largos dedos de los investigadores. Hay, indudablemente, un sustrato social y cultural detrás de algunos motivos. Los motivos se aprenden y cada cultura y sociedad tienen algunos como característicos. Incluso se aprende a alejar indefinidamente la necesidad que subyace tras el motivo, “porqu’el concluir desfaze /lo qu’el desear aviva”, como sabiamente se apunta en el Cancionero Musical de la Colombina.
Nuestros genes atesoran todo lo aprendido a lo largo del interminable proceso evolutivo y lo convierten en estructura y en función, generando alas para volar u ojos y vías nerviosas para ver. Ésa es una manera estable y permanente de guardar lo aprendido, lo útil, lo adaptado. Otra forma más próxima a nosotros es todo aquello que, en un momento determinado, nuestros antepasados más o menos recientes descubrieron como bueno, útil, o simplemente hermoso. Ellos lo aprendieron y en algún lugar del cerebro quedó guardado como deseo, como objeto a conseguir. Y quedó el cómo, pero se olvidó el porqué. A (casi) todos nos gusta el olor de las rosas y la canción del mar, pero ya es algo tarde para saber por qué.



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