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Elementos No. 46, Vol. 9, Junio - Agosto, 2002, Página 41
Que llevo el cuerpo puesto

Marcos Winocur                 Descargar versión PDF


Todas las palabras deben desaparecer ante la sensación.
Mallarmé

Al hombre, medida de todas las cosas, ángel y demonio, animal de costumbres, animal racional, junco pensante, lobo del propio hombre, lo determina el principio de placer, la lucha de clases, la libre competencia, el afán de progreso, la propia elección de su destino... todo eso ha dicho el hombre de sí mismo y lo ha repetido una y otra vez. Aquí, en estas páginas, se trata de lo sensual como suerte de duplicación: tanto de placer como de dolor, de cultura y de condición animal, dos parejas de contrarios que no lo son tanto.
¿Qué quiero decir? Exactamente esto: el hombre necesita sentir el cuerpo puesto, recibir sus señales, ahí está, de la cabeza a los pies súbdito del “imperio de los sentidos”. La inmediatez pasa por ellos y en el acto obtiene su calificación bajo el lente de la sensualidad. Consideremos dar puntaje según una escala de satisfactores del 1 al 10, si se trata de placer, y en números negativos del –1 al –10, si se trata de sensaciones negativas del tipo masoquismo. Por ejemplo, correr: 6 si es para combatir el sedentarismo, –6 si me persigue un dragón, –8 si el dragón lanza fuego por las narices y ya me está chamuscando el culo. Más ejemplos. Bailar, 8. Montañismo, 10 si se llega a la cima. Hablar con el perro, 8, con la computadora, variable (del 10 al –10). Para el diseñador de revistas, quitar los espacios hechos con la barra espaciadora en lugar de con el tabulador, –10.
A la condición animal originaria, el hombre ha ido asociando los elementos de su cultura y un desarrollo más complejo de la razón, siempre a la caza de la sensualidad. Todo comenzó hace varios millones de años en un proceso de hominización que se prolonga hasta hoy. Para mejor adaptarnos al cambiante medio, hicimos unos cuantos ajustes, como adoptar la posición erecta –que nos puso sobre dos pies muy caminadores y liberó dos manos–, nos apropiamos del fuego, desarrollamos el lenguaje articulado, comenzamos la fabricación de herramientas y armas, nos dimos a la dualidad mística –el hombre es el único animal que entierra a sus muertos (o los incinera dándole un destino a las cenizas)–... y sin pausa continuamos, somos producto de una cultura en interacción con la naturaleza... para desdicha de ésta. Y de una condición animal nunca del todo superada.
La mente, en nombre de grandes palabras como “civilización”, desdeña al cuerpo y quisiera neantizarlo sin reparar que de él depende. Es inútil que el intelectual lo niegue creyendo que actúa en defensa propia. Cierto, la mente da órdenes al cuerpo... pero en salvaguarda y al servicio de éste. “¡Vive la sensación!”, ha proclamado al mundo el slogan publicitario de una bebida cola, en el paso de un milenio a otro. Olvidado ayer, cubierto y disimulado como si vergüenza fuera, hoy el cuerpo se cobra con intereses: ha sido admitido como parte de la cultura y más: convertido en uno de los fetiches de nuestras sociedades.

Al olvido por la sensación

Sentir el cuerpo puesto: tengo frío, tengo hambre, tengo sed. Me abrigo, como, bebo. He pasado de un grupo de sensaciones a otro, impelido por la necesidad. Ahora, quiero hacer el amor. Luego, siempre el cuerpo protegido por la mente alerta, un buen baño y a trabajar... para obtener la recompensa social: sobresalir, ser admirado por mis pares, soy el mejor dentro de un cierto grupo, supongamos un conjunto de empleados de cualquier empresa; en ocasiones estoy obsesionado por ganar en la competencia, soy un “workaholic”, como dicen los americanos, y exijo mi derecho, mi paga: los satisfactores emergentes.
Así, no se trata del cumplimiento de las metas por las metas mismas, no es el triunfo de las causas por las causas en sí, por los beneficios que darán a la humanidad. Me interesa otra cosa, mis beneficios como individuo. Le meta soy yo, la causa soy yo. Los satisfactores, vengan a mí: me relajan más que la mota, y a la vez me exaltan más que las anfetaminas, me hacen sentir muscularmente bien. Sí, soy el escritor que vendió en semanas la edición de su libro. Soy el patrón de recorrido por su fábrica, acariciándola con la mirada mientras me digo: “esto es mío, esto es mío, mío, mío...” claro, los negocios marchan bien. En fin, soy el poder, sea en su expresión desnuda de la política, sea en los demás órdenes de la vida, el hogar, el trabajo, la escuela, etcétera.
Invariablemente, sobresalir para disponer de “los otros” reduciendo a cero su potestad de juzgarme y dictar sentencia. Yo me les escapo. Es más: los pongo a mi servicio. Tal es el poder, cuyo ejercicio proporciona los mayores satisfactores. El poder... Macbeth, o si quieren el padrastro de Hamlet, ambos usurpando el trono tras el crimen, o bien los hijos del rey Lear, en fin, una estela roja atraviesa las tragedias de Shakespeare, que sin dificultad pueden ser ambientadas a nuestro tiempo.
Por otro lado, el viaje hacia la meta ha sido revalorizado frente a ésta, las grandes causas se han minimizado, y el disfrute de la vida ha reemplazado la búsqueda del sentido de la vida, cuestión castigada por carente de sentido y por volátil. Si el viaje es placentero ¿qué me importa adónde voy? Además, por mucho que torture mis neuronas, no lo sabré. ¿Qué me queda? Disfrutar de lo que tengo, y es el viaje. ¿Que el cumplimiento del deber impone llegar a la meta? ¿Dónde está escrito? Parece mentira que en el siglo xxi tengamos que discutir el tema...
Todo eso hace a lo sensual, a sentir el cuerpo puesto... mientras no seamos seres de pura energía, sin necesitar de estos hígados, riñones, páncreas, el gran laboratorio que es nuestro cuerpo donde lo que no hay se fabrica. Es parte de la animalidad, somos unos primates o gorilas o lagartos evolucionados, hemos tomado la delantera en el ámbito planetario, tal vez en el sistema solar, eso es todo, somos una especie animal, no tiene remedio y para colmo enjaulados. ¿Dónde? Pues, aquí, en el sistema solar, claro, entre rocas y nubes de gases, entre sueños de ET que vienen a visitarnos y tal vez nos dejen la llave para abrir la jaula. ¿Qué nos queda? Lo sensual que adormece y, dentro de éste, lo erótico que exalta. El olvido, en una palabra.

El hombre tiende al placer y se refugia en el dolor

Más de dos y medio milenios atrás, epicúreos y estoicos se disputaban en la antigua Grecia. Unos eran “partidarios” del goce de la vida, los otros del ascetismo e incluso del dolor. Es cierto que el placer resulta el camino más corto para arribar a la sensación e inicialmente el más socorrido. Pero llega el turno al dolor cuando el placer se agota o nos resulta dado en dosis inferior a la que creemos ser acreedores. Cuando leemos en la expresión de “los otros” el compasivo “merecía mejor suerte...”. Así, por saturación o por despecho, acudimos entonces al ascetismo e incluso al dolor. El hombre los prefiere antes que renunciar a todo tipo de sensualidad, antes que secarse a puertas cerradas, como si fuera Yerma, Bernarda Alba o doña Rosita la Soltera, los personajes del teatro lorquiano.
Es también el caso que nos presenta la biografía de Arthur Rimbaud, un adolescente entregado a la homosexualidad, a la droga, y al abandono de sí mismo. Y a la poesía. Hoy universalmente reverenciada, en su tiempo fue herida por el silencio de “los otros”, como a Vincent van Gogh le sucedió por la misma época con su pintura. El poeta Rimbaud, de la noche a la mañana, superados apenas los veinte años, quiebra su lira y nunca más escribirá. Es curiosa la coincidencia de ese cambio con otro: su renuncia a una “vida licenciosa” pasando a la mayor austeridad. Él, que había proclamado y puesto en práctica “el desarreglo sistemático de los sentidos”. Como si se castigara a sí mismo: no más poesía malquerida, no más placeres desenfrenados, no más coqueteo con la muerte. Dando esos pasos, Rimbaud recupera su infancia, marcada por la ascética conducta que gobierna su hogar paterno, y en ella se afirma contra su tormentosa adolescencia.
Del estoicismo había pasado al epicureísmo, y de éste nuevamente al estoicismo. Se autocastiga, es la impresión que da, pero su mano es sacada fuera de la letra poética por “los otros” con la cerrada incomprensión hacia su obra, como la mano de Van Gogh fue llevada a su pecho con el revólver que “los otros” le dieron a empuñar. Un autor de quien no puede sospecharse un afán social, Antonin Artaud, escribió un libro con este título: Van Gogh, el suicidado por la sociedad.
En una palabra, el hombre tiende al placer y se refugia en el dolor. De preferencia, físico el primero, psíquico el segundo.

Primero, sobrevivir

El hombre vive por sus sentidos, a través de ellos –y en ocasiones por oscuras vías extrasensoriales– le llega la información, así interactúa con la naturaleza y con el medio social que sucesivamente ha ido construyendo. Pero, además, los sentidos permanecen atentos al mandato de la cultura: separar los placeres de sus finalidades naturales. Comer por la satisfacción de comer, canjeando el hambre por los regalos al paladar y la sensación de estómago lleno, la gula. Sexo sin procreación, ya el Antiguo Testamento nos habla de Onán. Hoy hemos dado con métodos anticonceptivos más sutiles, la emblemática píldora y otros. Bienvenida la cultura si prolonga el placer sexual, si nos da confort, si eleva la esperanza de vida, si me lleva de viaje en brazos de la droga.
Lo demás, por encima de los satisfactores, quisiéramos fueran los grandes ideales: el progreso, la ciencia, el beneplácito de Dios, las causas de la ecología, del socialismo en democracia o de mi equipo favorito de futbol... a condición de ser recompensado con mi dosis de satisfactores. Sin ellos, nada me interesa. ¿Sexo sin placer? Hace rato que la humanidad se habría extinguido.
Vamos a un caso límite. El 10 de mayo de 1873 desembarcaba en la isla hawaiana de Molokai el padre Damien, quien venía a asistir a los varios miles de leprosos que deambulaban por las calles, cuyo olor a carne en descomposición fue la bienvenida. Con un crucifijo y un breviario por únicas pertenencias, Damien “dio comienzo a uno de los más desinteresados actos de devoción de que se tiene memoria”. Así certifica la revista Selecciones en la pluma de Louis Bruggeman (10.44). Continúo citando: “La lepra destruye los nervios, causa llagas, conduce a la pérdida de partes del cuerpo, a la ceguera y finalmente a la muerte”. Hoy es tratable con nuevos fármacos, no lo era en aquella época. El autor subraya la marginación: “Incluso en la Biblia se afirma que los leprosos son impuros y deben vivir separados del resto de la gente”. Damien acabó contagiándose, sufriendo el martirio de la enfermedad en su cuerpo.

También en su espíritu –sigue el relato– sufría mucho: se sentía abatido y empezó a angustiarse pues no se creía digno del Cielo. Había renunciado a su patria, a su familia y a una vida cómoda para dedicarse a servir a los desvalidos. Padecía aquella enfermedad por haber querido apartarlos del mal (evangelización) y, no obstante, se preguntaba: ¿Ha sido suficiente?

Y en este punto nos detenemos. Damien se prohibía creer que había hecho en su vida lo suficiente, hubiera sido una manera de sustituir al Altísimo en el juicio final, que sólo a Él le está reservado. ¿Y qué es, cómo se cuenta “lo suficiente”? ¿No habrá pecado de vanidad, de querer demostrar al mundo, a sus semejantes, que se eleva por propios méritos por encima de ellos? O bien: ¿no fue su modo lento de suicidarse? Y en definitiva, ¿no se trató de pagar el precio más alto para asegurarse la salvación? Pues a lo largo de su vida fue acumulando riquezas, cada “buena acción” un crédito abierto a su favor en el Banco del Señor. Y ahora, en vísperas del desenlace, se aprestaba a cobrarlos todos juntos. No había vendido su alma al Diablo, pero sí a Dios. “Todo vanidad” proclama el “Eclesiastés” refiriéndose a los actos de la vida.
En suma, nadie puede sentirse seguro... porque está escrito: “Quien quiera salvar su alma, la perderá”. Y por más desinteresados que tratemos sean nuestros actos, estando inevitablemente de por medio la salvación, esto es, lo más importante de todo para el hombre ¿puede éste olvidar lo que está en juego y obrar virtuosamente, sin sombra de “negocio” con el Señor...? Damien, caso límite, verdadero santo –su beatificación ha sido anunciada por los obispos de Bélgica– nos contesta: “¿Ha sido suficiente?”
Y luego –agrego por mi parte– del relato bíblico sobre el hijo pródigo y otros pasajes, resulta que tiene más mérito a los ojos de Dios quien peca y de corazón se arrepiente que quien nunca ha pecado...
En fin, se trate de los leprosos condenados a muerte por falta de atención médica, o los enfermos de sida, dramas localizados en el Tercer Mundo, si muero por esa causa, o de frío, de hambre, de sed, si carezco de un techo, el cubrir las necesidades básicas se antepone a toda otra consideración. ¿Qué pedían los prisioneros de los campos nazis de exterminio, qué piden los hombres y mujeres atrapados por las hambrunas en África? Lo primario de lo primario: condiciones para sobrevivir.

Freud

Altruismo y naturaleza humana son agua y aceite, se repelen mutuamente. Por lo menos, en esta hora de desarrollo de la humanidad. Y de ahí que fracasaran las iniciativas socialistas del siglo xx. La más variada gama, desde la genocida de Pol Pot en Camboya o la de rostro humano de Tito en Yugoslavia. Todas fueron rechazadas por sus supuestos beneficiarios y, en su lugar, el capitalismo: el hombre se niega a cooperar, prefiere competir. Tal vez no tenga razón lógica, pero sí histórica: hoy el progreso se escribe en inglés, optando desde luego por el fast track.
Aquí se impone dar la palabra al abuelo Freud. Como un cliché, se lo ha tachado de subjetivista. No es así, veamos. Al conjunto de necesidades mínimas de la especie humana, que son la condición para sobrevivir, Freud ha llamado “principio de realidad”, anteponiéndolo al “principio de placer”. El hombre tiende a éste, pero no siempre puede alcanzarlo, debe desbrozar el camino de una realidad la mayoría de las veces hostil.
Freud escribe:

Bajo el influjo de las pulsiones de autoconservación del “yo”, el principio de placer es relevado por el “principio de realidad”, que, sin resignar el propósito de una ganancia final de placer, exige y consigue posponer la satisfacción, renunciar a diversas posibilidades de lograrla y tolerar provisionalmente el displacer en el largo rodeo hacia el placer.

De modo que la realidad es elevada a rango de principio. No obstante, hay en Freud, y se desprende de la cita, y del libro a que pertenece, una suerte de jerarquización entre los dos principios, la plaza se cede temporariamente a la realidad a objeto de alcanzar el placer, de donde aquélla se subordina a éste. No lo vemos así. Impresiona más bien como un juego donde ambos principios están a la par, cada uno en su reino e interactuándose entre sí: la realidad para llegar al placer, el placer a condición de la realidad. ¿Cuál de los dos es más importante? ¡Los dos! Uno no existe sin el otro. Erich Fromm retoma esta vertiente freudiana, preocupado por tender puentes entre lo subjetivo y lo social, entre el individuo y la Historia, entre el pensamiento de un Freud maduro y un joven Marx.

Segundo, la sensualidad

Pero, si se han cubierto las necesidades básicas, la problemática es otra. Las sociedades industriales y las hoy llamadas “economías emergentes” son el día y la noche. En el Tercer Mundo se muere de hambre, en el Primer Mundo se hace dieta. De uno al otro la esperanza de vida se duplica mientras los niños de la calle, Tercer Mundo metido en las ciudades del Primer Mundo, se prostituyen para comer, se drogan con cemento para cancelar la sensación de hambre. ¿Qué determina pues al ser humano? La pregunta no puede contestarse sino con el mapa bajo los ojos. El principio de la sensualidad sigue al principio de sobreviviencia (o principio de realidad, o principio de llenar las necesidades mínimas) cuando hay garantías para la vida y su desarrollo.
Además, otra situación es a considerar. Bajo el signo del hambre o de la abundancia, de la paz o de la guerra, el hombre es ángel y demonio, capaz de las mayores villanías y de los mayores sacrificios. No sólo hace el bien o el daño a sus semejantes, sino a sí mismo. En ese sentido, el abuelo Freud, “más allá del principio del placer”, que él proclama, constata “las misteriosas tendencias masoquistas del ‘yo’ ”. Por ese motivo hemos preferido hablar del principio de la sensualidad que, a más del placer, se revela incluyente del dolor o, si se quiere, del displacer. Y que acepta a quien opta por caer en una actitud patológica de masoquismo antes que sufrir de carencia de sensualidad, gozando del daño autoinflingido y del dolor sobreviniente, tanto en el campo físico como en el psicológico, y sabiéndose rumbo al suicidio como caso límite del masoquismo, como daño máximo que el individuo puede causarse a sí mismo.
Así, el hombre es y no es lobo del hombre porque a veces, las menos, reparte recompensas entre sus semejantes. Y luego, si ha sido favorecido, su soberbia le hace perder pie y creerse la medida de todas las cosas. Y en realidad es hijo de sus propias costumbres que lo llevan ciegamente a repetirse y repetirse para salvar la identidad –su segunda naturaleza, dijo Aristóteles–, lo aprisionan con la fuerza de su propia biología. En realidad, el hombre es programado tal y como una computadora, como ésta su aprovechamiento va decreciendo, con los años sus facultades pierden capacidad receptiva y más se apegan al pasado en el actuar y en el pensar, el hombre se hace recuerdos, es decir, aquellos firmes impulsos eléctricos de su niñez y juventud cuando fue programado, esos lo van cercando y, a medida que los años por inercia lo llevan al futuro, el hombre se va haciendo pasado, receptivo no más allá de los dieciocho años, decía con estimación severa Albert Einstein. Después de una cierta edad, no hace otra cosa que repetirse o, en el mejor de los casos, recombinar los elementos que aprendió: si la ciega certeza, si la duda destructiva, si las tablas de multiplicar, si el manejo de la calculadora.
Por otra parte, el hombre está dotado de impulsos ciegos y de lúcida racionalidad, en proporciones algo diferentes al elefante o al gusano. Llega a decidir sobre su destino individual dentro de un manojo de opciones que van cambiando según los tiempos. La demanda del individuo es siempre la misma, sobresalir a como dé lugar, en cambio, la oferta social varía, imagínense un hombre medieval que dijera “yo quiero volar”, sería tomado por loco. Hoy no tiene más que hacer la reserva de vuelo y pagar su boleto. Con esos alcances, el hombre se elige o “los otros” lo hacen por él, pero ninguno podría haber conseguido un avión medieval, la Historia a todos hace marcar el paso: en ciertos territorios europeos, antes que en el resto del mundo, se dieron las condiciones para la transición al capitalismo. Un milenio después éste continúa siendo el fiel de la balanza, tras haber pasado la prueba del siglo xx, la competencia global contra el comunismo. Este tipo de fenómenos no dependen de la voluntad del hombre, sino más bien de las condiciones históricas que, creadas por él mismo, han escapado a sus manos y se le imponen. “Nadie sabe para quién trabaja”, nadie puede medir las consecuencias últimas de sus actos. “Sirve para fabricar coloridos fuegos artificiales”, dijeron los chinos a los primeros visitantes europeos, presentándoles la pólvora...

Conclusiones

El principio de placer es incompleto y sólo atiende a una parte del que hemos denominado principio de sensualidad, de llevar el cuerpo puesto. La lucha de clases es un ingrediente de la competencia universal, que se da en el seno de las sociedades en diversos planos: entre los individuos y de cada uno de éstos consigo mismo, de grupo contra grupo, del hombre frente a la naturaleza, de pueblos enteros que dicen “no” por oscuras razones, paralizando la lucha de clases u obligándola a tomar otros rumbos, tal cual ocurrió en la urss.
Hay un tiempo para sembrar y otro para cosechar, enseña la Biblia. Hay fenómenos de cambio global que tienen su época, como la libre competencia por los mercados al alba del capitalismo, hace un milenio, hay quien piensa que menos, medio milenio, de todos modos, un chorro. Pero hoy, bajo el reinado de los monopolios, proclamar la libre competencia por los mercados es tomar a la gente por tonta. ¿El afán de progreso? También, puede que existiera al alba del capitalismo. Hoy, progreso, ciencia y tecnologías son negocios, y gracias a eso avanzan. Pocas veces el hombre está en condiciones de decidir. Y en la coyuntura lo ha hecho: “no” al socialismo de filiación marxista, “sí” a la sociedad capitalista, en lugar de cooperar, competir, así será recorrido el camino que lleva al futuro, según los datos que da el presente. Y los que oculta, pues... ocultos están.
Un débil junco somos, pero un junco pensante, como lo expresara el filósofo Pascal. Un junco librado a los oleajes de la competencia, donde “los otros” me esperan a las siete de la mañana cuando saco el auto para darme el saludo más económico posible, son los vecinos. Y veinte minutos después, ellos, “los otros”, disimulan risitas a mi paso al entrar a la oficina, son los “compas”. Son el teléfono que no sonó y la carta que desespero esperando. En suma, inútil disimular, todos lo saben, soy un “looser”, un perdedor... y no puedo evitar el mantenerme pendiente de “el qué dirán”, alimentando al “superyo”, dicho sea en términos freudianos. ¿Que se aproxima bastante a una paranoia? No hay problema, es parte de la oferta que “los otros” me hacen.
Pues, sí, son los jueces, tienen la potestad de decidir muchas cosas de mi vida, y dar el juicio final: si paraíso o infierno, si purgatorio. No han bajado de los cielos, desde siempre estuvieron más que cerca, porque los jueces somos nosotros mismos al constituirnos en “los otros para los otros”. Sí, hace rato que se ventila el juicio final, a la manera de aquella sentencia del teatro de Jean-Paul Sartre: “El infierno son los otros”. Pero también pueden llegar a ser el paraíso –temporario, desde luego– si los derrotamos. ¿Cómo? Arribando los primeros en la competencia.
Entonces, en lugar de condenarnos como tenían previsto, nos absolverán dejando caer sobre nosotros el anhelado escudo de la fama, que sólo “los otros” están autorizados a conceder, y para eso lo mejor es someterlos, tanto da que yo sobresalga por encima de los demás, como que éstos se hundan a un nivel más bajo que el mío. Pero... un escudo que creíamos protege, resulta que no. Y tampoco, la amenaza número uno está en el interior de nosotros mismos, con todo y sobresalir o supersobresalir, que es la fama. Pregunten, si no me creen, a Césare Pavese, a Ernest Hemingway, a Stephan Zweig. Con la fama les llegó la voluntad de acabar por propia mano. “Los otros”, es decir, nosotros mismos, son –somos– jueces y víctimas.

Marcos Winocur es investigador del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP.



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