Ir a inicio de: Elementos

Buscar en Elementos:

Elementos No. 46, Vol. 9, Junio - Agosto, 2002, Página 33
Tu cuerpo tan herido

Raúl Dorra                 Descargar versión PDF


Clavado en esa cruz y escarnecido

Jesús murió crucificado. La crucifixión era una tortura a la que en la Antigüedad los pueblos del Oriente se mostraron asiduos. Alejandro Magno, al parecer, la adoptó durante sus expediciones por el Asia y sus sucesores la extendieron a los pueblos del Mediterráneo. En Roma fue introducida, según Cicerón, por Tarquino el Soberbio quien la tomó de los cartagineses. Los romanos reservaron este suplicio para los esclavos, los delincuentes oscuros, los revoltosos de provincia. De acuerdo con la técnica que se utilizara podía provocar una agonía lenta en la que el prisionero –atadas las manos a un palo transversal y los pies a un grueso poste– era abandonado a la intemperie, al hambre, a la sed, a la obstinación de alimañas y de insectos y al ultraje de los hombres que pasaban; o, en el otro extremo, una agonía rápida y brutal en la que el prisionero, después de haber sido azotado hasta quedar exangüe, era obligado a cargar, desnudo, el travesaño de lo que sería su cruz hasta el lugar de la sentencia y luego tirado de espaldas con los brazos abiertos sobre el madero al que clavarían sus manos, y luego izado hasta que el travesaño encajara en el poste vertical, y luego clavado de los pies, inmovilizado de tal modo que el cuerpo alcanzara angustiosamente a respirar sólo el tiempo en que las extremidades soportaran la tensión y mantuvieran el tórax semierguido, un breve tiempo tras el cual, caída la cabeza, rígidos los músculos, los brazos impotentes se aflojaban y al reprimirse el tórax los pulmones estallaban por la afixia si es que en el instante anterior el gran esfuerzo no había hecho estallar el corazón.
Todo hace suponer que Jesús murió de esta última muerte. Que murió así, para vergüenza de los hombres, como murieron otros antes y otros morirían después. Uno hace un imposible esfuerzo y trata de reproducir ese momento en que un hombre desnudo, escarnecido, acalambrado, estragado por la sed, por el sol y los dolores, sigue abriendo los brazos y sigue soportando la mofa de los que se paran delante con una excitación incomprensible: si salvaste a otros, sálvate ahora a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, dile que venga; si eres profeta, profetiza; estas cosas –o quizá otras– le dirían y él no alcanzaría a comprender pues en ese momento se sentiría demasiado débil y aquella enormidad lo abrumaría. Uno se pregunta: ¿por qué la grotesca diversión, la pasión del ultraje? Uno imagina que si el hombre aquel, acaso, pudiera contemplar ese espectáculo y olvidarse de sí por un momento, si pudiera respirar con menos angustia y quitarse el calambre de los brazos se dolería de ellos y hasta sentiría piedad viéndolos como los vería, tristemente entregados a una orgía de inconsciencia. Según el Evangelio de Lucas, Jesús habría tenido ese momento de fuerza y de grandeza sobrehumanas en el cual incluso habría dicho: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Uno tiene motivos para pensar que Lucas ha idealizado, que esas palabras con las cuales quiso interpretar la grandeza de Jesús nunca fueron realmente pronunciadas; no por eso, sin embargo, tales palabras resultan menos sobrecogedoras.
Otro casi inevitable, ilusorio esfuerzo, consiste en imaginar a Jesús, en esa terrible circunstancia, haciendo un balance de su vida y sus propósitos. Los evangelios dejan en general la impresión de que a Jesús, no obstante el dolor, lo acompañó la certeza de que había obrado del modo en que era necesario obrar para cumplir lo que se había propuesto, por más que Marcos –como también Mateo– sólo testimonia que en la cruz pronunció esa desgarradora frase en arameo –“Eloi, Eloi, ¿lama sabactaní?”– y que, poco después, “dando una gran voz, expiró” (15,37), acaso en pleno desconcierto. La tradición, la imagen que de Jesús han formado los evangelios hacen pensar más bien en las palabras que le atribuye Juan: “Consumado es” (19,30), palabras que, aunque pueden prestarse a diversas interpretaciones, parecen aludir a la gratificación que produce, en medio del dolor, la certeza de que la obra al fin ha llegado a su término. ¿Pudo haber dicho Jesús en esa circunstancia, o pensado, estas palabras? ¿Pudo haber creído que muriendo del modo en que moría, así y sólo así, completaba la obra?
Si uno lee el relato de los evangelios con una atención desprejuiciada, si uno trata de seguir la línea de la pura narración, tarde o temprano llegará a persuadirse de que esa línea traza el itinerario de una pérdida. De su paso por las aldeas galileas, donde seguido por la multitud vivió sus mejores días, no le quedó a Jesús sino amargura, impotencia o insatisfacción. Esa multitud, ávida del prodigio, no entendía su palabra, o recelaba de ella, y poco a poco dejaba de escucharlo. Sus mismos seguidores lo miraban con recelo y aún defeccionaban. Así, las ciudades para él más queridas, aquellas que vieron sus mayores portentos, terminaron por mostrarle un rostro impenitente, una dureza que las convertiría en blanco de sus iras: “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!... os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para Tiro y Sidón que para vosotras” (Mt 11,22).
Estas rencorosas explosiones que los evangelios no disimularon, nos inducen a pensar que Jesús se apresuró a tomar a Jerusalén como destino movido por la falta de sensibilidad que encontró en las ciudades galileas. Pero de cualquier manera, aunque Jesús hubiera triunfado a lo largo de toda su provincia, de nada le habría servido si ese triunfo no hubiese sido reconocido por la altiva Jerusalén, la Ciudad Sagrada, aquella a la que el rey David trasladó el Arca de la Alianza porque Dios había decidido que allí quedaría fijada la sede de su gloria.
¿Pero qué podía esperar la causa de un galileo subversivo trasladada a las calles de Jerusalén, y sobre todo al Templo? Todos los movimientos y toda la estrategia de Jesús, según los evangelios, permiten igualmente deducir que pocas esperanzas tenía en esa empresa, quizá ninguna.
De la abrumadora Jerusalén nada podía esperar Jesús sino la oscura muerte –muerte de su causa o muerte de su persona– y el proyecto de convertirla en el destino final de su prédica no era sino el proyecto de un desesperado. Pero este razonamiento no debe desconcertarnos. La desesperación era quizá lo que daba dirección a sus movimientos y energía a su palabra. Es necesario comprender que Jesús subía a Jerusalén al frente de una pequeña secta apocalíptica para la cual la muerte –es decir, la experiencia de una transformación súbita, violenta, radical– estaba siempre próxima; que subía para hablar de esa muerte, y en cierto modo para imponerla. Pocas cosas permiten reconstruir los evangelios con tanta convicción –y tanta versosimilitud– como la idea de que lo que atraía a Jesús hacia Jerusalén era la fe en –la necesidad de– una destrucción final.

Las angustias de tu muerte

De acuerdo con los relatos evangélicos (aunque esta cronología resulte inaceptable por razones que no trataremos aquí), el jueves en la noche Jesús fue prendido y llevado ante el Sanhedrín, el cual lo encontró reo de muerte y por eso se lo entregó, en la misma noche o quizá muy de madrugada, al procurador Pilato. Poncio Pilato es el único personaje del que se tienen datos ciertos y procedentes de diferentes fuentes historiográficas; de él se sabe que era un hombre duro, ambicioso, pragmático, poco amigo de largas cavilaciones, sobre todo cuando se trataba de enfrentar problemas que le sometían los judíos. Los evangelios, sin embargo, prefieren imaginarlo como un ser inseguro, desbordado por los gritos de la multitud y asustado por un sueño de su mujer. Así, Pilato, según los evangelios, fue una especie de abogado defensor de Jesús, dotado de voluntad aunque inhábilmente preparado, cuya mayor estratagema –y cuyo más notable fracaso– fue confrontarlo con otro preso nombrado Barrabás culpable, éste sí, de sedición y hasta de homicidio. Poniendo a uno frente al otro, y apelando a una costumbre relacionada con la celebración de la Pascua, pregunta a los circunstantes a quién de los dos prisioneros el Procurador les ha de poner en libertad. Para su sorpresa hubo de oír, por tres veces, según Lucas, que la muchedumbre pedía la libertad de Barrabás o, mejor dicho, insistía en que fuera Jesús el crucificado, con lo cual no le quedó sino doblegarse “a la voluntad de ellos” (Lc 23,25). Juan todavía dirá que Pilato, en un último intento de ablandar a los judíos, mandó a azotar a Jesús y luego les mostró su cuerpo sangrante diciéndoles: “He aquí el hombre” (19,5) pero ellos siguieron insistiendo: “!Crucifícalo¡ !Crucifícalo¡”. Sin embargo para ese momento Jesús, según el propio Juan, ya tenía la corona de espinas y estaba vestido de púrpura, lo que quiere decir que ya los soldados se habían hecho cargo de él para iniciar los ultrajes preparatorios. Yo digo que si Pilato se hubiera de veras apiadado de Jesús habría ordenado a sus soldados que pusieran algún límite a su acostumbrada crueldad. Pero los propios evangelios –que toman la parte del Procurador en contra del Sanhedrín– no ocultan que cuando éste decidió que había que crucificarlo se los entregó a aquellos inconscientes como quien suelta un hombre entre las fieras. ¿O es que les temía a ellos también? Ellos –dice Marcos– tomaron a la víctima y la “llevaron dentro del atrio, esto es, al pretorio, y convocaron a toda la compañía” (15,16). Nunca sabremos exactamente lo que los soldados hicieron con Jesús –puesto que los evangelios siguen su propia línea argumentativa– pero, desgraciadamente, en ningún caso podemos imaginarnos algo que no sea violento y ultrajante y vergonzoso.
En los evangelios se encuentran cinco descripciones del escarnio y ello quiere decir que fue un tema que se desarrolló profusamente en las tradiciones preevangélicas y que los evangelistas lo tuvieron tan presente que lo repitieron aquí y allá, agregándole detalles y variantes pero conservando una idea central: el escarnio consistió en una parodia de la realeza de Jesús. Así, los soldados se divirtieron asignándole al pobre galileo los fingidos atributos de un rey –el vestido púrpura, el retorcido báculo o la caña endeble, la corona de espinas– y saludándolo con grotesas reverencias mientras lo castigaban con un sadismo que duele imaginar. A este respecto, varios autores recuerdan que en la Antigüedad, sobre todo en el bajo pueblo romano, esta farsa era tradicional y se ejecutaba en escenarios circenses o en representaciones teatrales y sobre todo en fiestas carnavalescas. Se tomaba a un infeliz, a un idiota o a un vagabundo, y se lo declaraba rey y la gente se entregaba a vastas y atroces ridiculizaciones. Un eco de esa costumbre pervive en Notre-Dame de Paris de Victor Hugo, en la escena en que el desdichado Quasimodo es objeto de idéntica elección por una multitud que se exalta paseándolo disfrazado y agasajándolo con burlas para animar un espectáculo infinitamente triste. Tan sádica diversión había sido tempranamente adoptada en los cuarteles y en esta oportunidad, al parecer, el centro sufriente de la representación fue Jesús, un hombre que había vivido para cambiar las costumbres de los hombres.
De todas maneras, el castigo que sufrió Jesús fue seguramente tan intenso que acabó con su menguada resistencia al punto de que ya no estuvo en condiciones de satisfacer el siguiente paso en la escalada del sadismo, paso que consistía en cargar la cruz y salir rodeado hacia el sitio de la ejecución. Este paso era también habitual: el condenado debía echar sobre sus hombros no todo lo que sería el instrumento de su tortura sino el madero transversal –que los romanos llamaban patibulum– y caminar con los brazos extendidos, atados muchas veces al propio madero. El otro madero –el vertical, que los romanos llamaban stipes– ya lo esperaba, clavado en la tierra que recogería su sangre. Los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) coinciden en que los soldados obligaron a un “cierto Simón de Cirene” a tomar sobre sí esa carga con la que Jesús no podía. Todo indica que Pilato había ordenado una violenta flagelación que dejara preparado al prisionero para una muerte rápida. La flagelación, el escarnio se habían agregado a las largas horas, o días, en que el prisionero sufriera privaciones y tortura moral. Como consecuencia de ello, la condición en que quedó Jesús habría planteado a los soldados un problema que no era infrecuente en estos casos: ¿qué hacer para que el condenado no quedara en el camino? Así como antes, con sus vejaciones, los soldados que lo habían llevado cerca de la muerte ahora debían arreglárselas para que llegara vivo al lugar del suplicio. Ese lugar, en el caso de Jesús, estaba emplazado fuera de los muros de la ciudad, en un pequeño monte llamado de La calavera, sin duda por su desnudez y por su forma.
Los evangelios no dicen qué característica tenía la cruz que fue destinada al galileo ni de qué modo los verdugos procedieron a crucificarlo. Si tenía, por ejemplo, forma de T o si el travesaño estaba puesto por debajo del extremo superior del madero vertical de modo que el último tramo pudiera servir de apoyo a la cabeza. La iconografía tradicional ha imaginado que tenía esta segunda forma aunque lo habitual era en verdad la primera. Estas cruces podían ser muy altas, tanto que a veces debía colgar del extremo superior una escalera de cuerdas por la que el condenado era obligado a trepar; o llegaban a ser tan bajas que el infeliz moría casi arañando la tierra con los dedos de sus pies. A esa cruz, alta o baja, se lo ataba o se lo clavaba sujetándole las cuatro extremidades. Había cruces que portaban aditamentos (una clavija que pasaba por la entrepierna o una pequeña tabla que era posible alcanzar con la punta de los pies) destinados a dar al cuerpo un mezquino descanso que permitiera una agonía más o menos prolongada. En lo que toca a este detalle, la iconografía tradicional ha acostumbrado a representar la cruz de Jesús más bien alta, sobre todo para destacarla de las de los ladrones que habían sido crucificados junto a él. Si esta representación enfatiza un hecho espiritual, un detalle realista que parte de los propios evangelios obliga a que pensemos que la cruz no era alta: Jesús habló desde allí y sus palabras fueron oídas; para aceptarlo debemos por lo tanto imaginar que la cruz era más bien baja pues, si alcanzó a hablar, hablaría con la voz muy menguada. También la iconografía suele representar a Jesús clavado de las manos y los pies, éstos uno sobre otro. Jean Imbert1 explica que, de acuerdo con experiencias hechas sobre cadáveres, si los clavos atraviesan las palmas de las manos, el peso del cuerpo inevitablemente produce una desgarradura y tras esa explicación sugiere que los clavos debían pasar entre los huesos del carpo para que el cuerpo pudiera sostenerse. En cuanto a los pies, cuya función en la tortura era menos importante (servir de doloroso apoyo para que el cuerpo relativamente erguido aplazara lo más posible el momento de la asfixia), ellos podían quedar unidos o separados. La iconografía y toda la tradición aseguran que las extremidades de Jesús fueron fijadas con clavos. También los evangelistas parecen conservar esta imagen, al menos Juan, puesto que cuando relata el episodio de la incredulidad de Tomás refiere que este apóstol declaró que no se convencería de la resurrección de Jesús antes de meter su dedo “en el lugar de los clavos”(20,25). Dada la violencia de la flagelación, y dada la brevedad de su agonía, no puede sino pensarse que Jesús fue clavado a los maderos de la cruz y que su cuerpo no tenía el recurso de un apoyo. Sobre esta cruz todavía debemos imaginar el titulus, o sea la inscripción que informaba sobre el motivo de la condena y que en este caso era una frase escrita en latín, en griego y en arameo que repetía las mismas palabras: Jesús Nazareno Rey de los Judíos. De acuerdo con lo que la imaginación prefiere, este titulus habría sido fijado en el extremo superior del stipite y quedaba visible por sobre la cabeza del crucificado. Sin embargo es difícil, verdaderamente, que el titulus hubiera encontrado cabida en ese lugar porque contenía demasiadas palabras, y palabras compuestas con una caligrafía, es de suponer, no demasiado esmerada. Lo habitual era que el títulus pendiera, toscamente, de uno de los brazos del patibulum con desprecio de toda simetría. Antiestético, ese cartel aludía al delito de un hombre que ya casi no era otra cosa que un cuerpo desgarrado y sobre todo desnudo, reducido a una completa inermidad.
Según Juan, los verdugos desnudaron a Jesús luego de haberlo crucificado, y echaron suertes para saber quién se quedaría con su túnica, a fin de que se cumpliera el Salmo 22,18. Esa miserable repartija debió de haber tenido lugar probablemente mucho antes, en el momento de la flagelación, pues lo acostumbrado era que el condenado marchara desnudo hacia el suplicio. Así, pues, este ultraje fue más largo. Jesús era un cuerpo desnudo desde que salieron del pretorio, un cuerpo desnudo y estragado que no tenía fuerzas para cargar el peso del madero.
Los evangelistas en sus narraciones nos ofrecen un cuadro de realismo abrumador aun en medio de sus necesidades hagiográficas y en medio de inevitables contradicciones e incongruencias. El relato es breve pero tan intenso y tan cargado que uno debe repasarlo una y otra vez, e ir de uno a otro, siempre con nuevas revelaciones sorpresas. Los cuatro coinciden en que Jesús habló desde la cruz pero no en las palabras que dijo. De acuerdo con Marcos y Mateo, sólo habló para reclamar a su Padre el abandono al que lo había confinado en esa hora decisiva, y luego que alguien arrimara a su boca una esponja con vinagre se le fue la vida en grito. Según Lucas, Jesús se dirigió dos veces al Padre, una para pedirle que perdonara a su injuriadores y otra para encomendarle su espíritu y, entre una y otra, se dirigió a uno de los ladrones para asegurarle que ese mismo día ingresaría al paraíso. Según Juan, Jesús habló primero para dirigirse a su madre y al discípulo que más amaba a fin de que éste quedara en su lugar, y habló luego para quejarse de la sed, y habló finalmente –en el momento en que inclinando la cabeza “entregó el espíritu” (19,30)– para reconocer que todo había sido consumado. Los que tratan de conciliar los evangelios suelen argumentar que si uno dice una cosa diferente del otro es porque el segundo evangelista consideró innesario repetir y necesario completar lo que dijo el primero. Lo malo es que, con frecuencia, lo que se agrega contradice lo anterior, y no siempre en aspectos de poca importancia. En el caso de las palabras –y la actitud– de Jesús crucificado, Marcos y Mateo –es decir los representantes de la tradición más antigua– dejan la impresión de que Jesús murió desconsolado, clamando. Lucas y Juan, sin repetirse, sugieren que Jesús murió sintiendo que había hecho lo debido y confiando en que iba hacia el Padre. Estas dos interpretaciones del final del nazareno, aun pensadas en términos mitológicos o hagiográficos –es decir: no históricos– remiten a posibilidades estremecedoramente diferentes. ¿Qué habrá sentido Jesús en el último minuto? ¿La justificación o el desastre?
Para los que no están obligados por la fe –y por una fe ciertamente defensiva– la alternativa no parece difícil. Si al final de tan larga incomprensión él pendía desnudo, acalambrado, sediento y tal vez frío bajo el sol torrencial, en lo seco del aire, ¿cómo hubiera podido no sentir que todo era un fracaso? Si frente a sí no tenía más que hostilidad, si –según Marcos y Mateo– hasta los infelices que colgaban a sus lados hacían mofa de él, si sólo estaban ahí para alentarlo unas mujeres tristes y asustadas, ¿qué podría haber pensado de su obra? Las circuntancias de esa muerte coinciden demasiado con la imagen de una completa desgracia.
Jesús de Nazareth murió en Jersusalén, muy probablemente, un día 14 del mes de Nizán, abrumado por la humillación, el abandono y las heridas de su cuerpo. Sobre el tiempo que duró su agonía y la hora en que murió, se nos proponen dos versiones. Marcos dice que fue crucificado a la hora tercera (nueve de la mañana) y que a la hora sexta la tierra se llenó de oscuridad y que esta oscuridad se mantuvo hasta la hora novena, y que ésa fue la hora en que el crucificado expiró. Siguiendo a Marcos, Mateo y Lucas mencionan esa tiniebla y registran los mismos términos horarios. De modo que de acuerdo con los sinópticos el tormento de Jesús tardó seis horas durante tres de las cuales agonizó en tinieblas. Parece demasiado tiempo y sobre todo parece que la preocupación de estos evangelistas se hubiera centrado únicamente en el simbolismo del número tres. Por su parte, Juan da otra información: era “como la hora sexta” (mediodía) cuando Pilatos pronunció la sentencia; ello quiere decir que Juan reduce las horas de agonía y quizá supone un desplazamiento en la hora de la muerte para mantener el simbolismo que en este caso requeriría una agonía de tres horas. Aun tres horas parecen demasiado. Los cuatro evangelios coinciden en que un hombre llamado José de Arimatea pidió a Pilato el cadáver de Jesús y –agrega Marcos– cuando formuló este pedido Pilato se extrañó de que hubiera muerto tan rápidamente, al punto de que ordenó a un centurión que constatara el hecho. Este José de Arimatea, a quien los evangelios declaran un cristiano inconfeso y miembro del Sanhedrín, pudo haber sido en realidad (es una deducción de Paul Winter)2 un miembro o funcionario de ese tribunal que tendría encomendada la tarea de vigilar que al anochecer no quedaran cadáveres insepultos. En el momento en que, por orden de Pilato, van a entregarle el cuerpo de Jesús a José de Arimatea, los soldados quiebran las piernas de los otros dos ajusticiados. Quebrar las piernas de un crucificado era un procedimiento (crurifragium) para acelerar su muerte puesto que, cuando las extremidades inferiores ya no lo sostienen, el torso se derrumba y rápidamente sobreviene la asfixia. Tal procedimiento debió de ser sin duda practicado porque ya había llegado la hora de descolgar también los otros dos cuerpos crucificados junto a Jesús.
Los evangelios –esta vez sobre todo Mateo– refieren que cuando Jesús murió se sucedieron los prodigios; esos prodigios habían comenzado en realidad con aquella tiniebla que envolvía el mundo pero se intensificaron al expirar Jesús: el velo del Templo se rasgó, los sepulcros se abrieron y los cuerpos de los santos salieron y caminaron hacia la Ciudad Santa donde se aparecieron a muchos, el costado de Jesús, abierto por la lanza de un soldado, derramó sangre y agua, los soldados y la multitud quedaron convencidos de la divinidad del crucificado. Las escrituras cabalmente se cumplieron. Lejos de ser consoladora, la imaginería de Mateo produce la impresión de una amarga ironía. Todo se viene a conocer en el momento en que la desgracia termina de consumarse. Para rendir su eficacia, para aliviar las culpas, para hacer menos pesado el desconsuelo, tales prodigios debieron haberse hecho presente unos momentos antes.

Tu amor de tal manera

Los ojos de Jesús se cerraron en la desolación y sólo recogieron la imagen de un mundo donde todo le fue adverso. En Galilea, a orillas del lago de Genazaret lo había seguido la multitud, y también en las ciudades, pero él las había abandonado puesto que, distraídas por el prodigio, las multitudes no habían escuchado su palabra. En Jerusalén muy pocos lo siguieron y, de los pocos, muchos menos lo acompañaron en la hora decisiva. Jerusalén era la meta pero en Jerusalén no alcanzó, ni podía alcanzar, otra cosa que el fracaso. Su virtud fue sin embargo haber llevado este fracaso hasta el final y haber, sobre todo al final, sido fiel a su propia palabra. El que quiera salvarse se perderá –había dicho– y el que pierda su vida por mi causa, la salvará. Esta dialéctica no tardaría en mostrar su asombrosa eficacia: con su muerte, aquel pobre galileo alcanzó un poder frente al cual el Sumo Sacerdote y el Procurador fueron nada, nada más esas sombras que ahora recordamos sólo por el hecho de que pasaron ante él.
En una parte decisiva, el poder de la religión cristiana consiste en que está organizada a partir de un núcleo fuertemente emocional. Jesús, el Cristo, es, según propone la fe una criatura a la vez humana y divina, un Hombre-Dios. Pero lo que en realidad ha sostenido a esta fe es su exaltación de los dolores del hombre, su conmovedora soledad: la soledad de Getsemaní, el huerto donde, se dice, el dolor lo hizo sudar gotas de sangre, y sobre todo la soledad de la cruz. Por eso existe la tentación de asociar a Jesús con aquella imagen sufriente que, ocho siglos antes, había dejado escrita el profeta Isaías:

Despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto, como un objeto ante el cual nos cubrimos el rostro, fue menospreciado y nadie lo estimó (Is 53,3).

Esta imagen persiste en un soneto anónimo del siglo xvii, de todos conocido, y del cual copiamos los dos cuartetos:

No me mueve mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido. / Ni me mueve el infierno tan temido / para dejar, por eso, de ofenderte. / Tú me mueves, mi Dios, muéveme el verte / clavado en esa cruz y escarnecido, / muéveme el ver tu cuerpo tan herido, / muévenme las angustias de tu muerte.

Esa construcción emocional tiene en verdad, dos etapas: la primera es la de la Pasión, aquella trágica secuencia que comienza en la noche que, después de la celebración de la Última Cena, en la espesura del huerto de Getsemaní, sus discípulos más íntimos presencian la angustia de Jesús quien les dice: “mi alma está triste hasta la muerte”, y termina con la contemplación del Hombre clavado en la cruz. Esa contemplación sólo fue hecha, según los tres evangelios sinópticos, por algunas mujeres asustadas, llorosas e impotentes. Los hombres ya no estaban pues se habían dispersado la misma noche en que Jesús, después de haber orado y llorado en aquel huerto, fue tomado prisionero y conducido “como oveja al matadero”. Por eso, sin duda, fueron estas mujeres quienes protagonizaron la segunda etapa pues sólo ellas accedieron a la visión del cuerpo resucitado. Dentro de ese núcleo de mujeres, la más fiel, la más persistente, según los evangelios, fue María Magdalena, la que lloró en la mañana del domingo ante el sepulcro vacío y la que reclamó que le devolvieran ese cuerpo con una desesperación a la que nunca estuvo dispuesta a renunciar. Esa desesperación, ese llanto inconsolable terminó haciéndola escuchar que alguien le decía “Mujer, ¿por qué lloras?”, y llevándola a explicar “Porque se han llevado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto”, y a escuchar que esa voz por segunda vez repetía la pregunta. Y cuando esa pregunta volvió, ella ya no contestó sino que, dándole dirección al desconcierto, alzó los ojos quemados por el llanto. Lo que entonces vio –lo que quiso y consiguió ver– la magdalena inició una de las transformaciones más decisivas en la historia del hombre: el rostro que la deslumbró y la hizo caer de rodillas y le arrancó un grito situado en el tránsito del desconcierto al júbilo, un grito único que tomó la forma de una palabra única: Rabboní.
Pero la historia de este otro dolor y de este otro grito ya no es tema del presente artículo, aunque muy bien podría haberlo sido.

Notas

Este ensayo ha sido compuesto a partir de mi libro Profeta sin honra, Siglo XXI-BUAP, 1994. Allí puede encontrarse una ampliación y una justificación pormenorizada de lo que aquí se afirma o se sugiere.
1 Véase Le procés de Jésus, puf, Paris, 1980. Este estudio de Jean Imbert contiene una detallada descripción del tipo de suplicio al que fue sometido Jesús, sus características y sus efectos fisiológicos. También Daniel Rops en Jesús en su tiempo, Librería Parroquial Clavería, México, 1956; trad. de Luis Horno Liria.
2 Véase El proceso a Jesús, Muchnik Editores, Barcelona, 1983; trad. de J.M. Álvarez Flores. Este libro contiene una descripción pormenorizada de los procedimientos legales y penales en la época de Jesús, y una reconstrucción pormenorizada de cómo pudo ser el proceso según la ley judía y la ley romana.

Raúl Dorra es investigador del Programa de Semiótica y Estudios de la Significación de la BUAP.



Ir a inicio de: Elementos
Ir al catálogo de portadas