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Elementos No. 45, Vol. 9, Marzo - Mayo, 2002, Página 60
Libros

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EL RATON, LA MOSCA Y EL HOMBRE

Francois Jacob
Editorial Crítica, 2001

A comienzos del siglo xx, cuando Morgan intentaba analizar la herencia, echó mano de la mosca drosófila, la cual le permitió resolver la cuestión de la transmisión de los caracteres. A mediados de siglo, la cuestión era precisar la naturaleza química de la herencia y analizar las funciones elementales de la célula. Para ello, los biólogos moleculares debieron dirigirse a las bacterias, que eran las únicas que se prestaban a estudios de este tipo. Más tarde, cuando la ingeniería genética permitió el acceso al material genético de cualquier organismo, la drosófila fue de nuevo objeto de preferencias. Ofrecía la posibilidad de estudiar, por vez primera, las bases genéticas del desarrollo del embrión y de las grandes funciones del organismo. El impensable descubrimiento de la persistencia de idénticas estructuras reguladoras a lo largo de toda la evolución ha permitido acceder al estudio de los mamíferos, en concreto del ratón.
A finales de los años sesenta, se percibía claramente que el centro de gravedad de la biología estaba a punto de desplazarse. El estudio de las bacterias y de los virus iba a pasar progresivamente a un segundo plano. Si uno no quería quedarse parado machacando las mismas cuestiones, debía tener el coraje de abandonar las antiguas investigaciones y el material viejo para encararse con los nuevos problemas que tenían que ser estudiados con organismos adecuados.



SOBRE LAS PASIONES
Emoción, adicción y conducta humana

Jon Elster
Paidós, Barcelona, 2001

La emoción y la adicción forman parte de un circuito mental que discurre desde los impulsos claramente viscerales –como el hambre, la sed y el deseo sexual– hasta la adopción serena y racional de decisiones. Así, aunque presupongan motivaciones viscerales, también están estrechamente unidas a aspectos cognitivos y culturales, suministrando un material fascinante para el estudio que Jon Elster realiza en este volumen sobre las interrelaciones entre tres enfoques explicativos de la conducta: la neurobiología, el análisis cultural y la teoría de la elección.
El libro se organiza en torno a análisis paralelos de la emoción y la adicción para dilucidar sus características comunes y sus diferencias. El estudio de Elster arroja nueva luz sobre la génesis de la conducta humana, mostrando en último término el modo en que los aspectos cognitivos, la elección y la racionalidad, se ven minados por los procesos físicos que subyacen a las ansiedades y a las emociones más profundas. Se trata de una obra que resultará especialmente interesante para los estudiosos de las motivaciones humanas que no estén satisfechos con los reduccionismos dominantes.



ANIMALES RACIONALES
Y DEPENDIENTES

Alasdair MacIntyre
Paidós, Barcelona, 2001

El ser humano es vulnerable y, a menudo, debe su supervivencia a los demás. La dependencia de otras personas resulta evidente durante la primera infancia y la vejez. Aparte de eso, la vida de las personas se halla en ocasiones caracterizada, entre esas dos etapas, por lesiones o enfermedades que en algunos casos pueden producir la discapacitación total.
A lo largo de su historia, la filosofía de la moral en Occidente no ha prestado la suficiente atención a la vulnerabilidad y dependencia del ser humano. Se ha contemplado a los principales agentes morales como sujetos racionales y saludables. Se ha pensado en los discapacitados como “ellos” en lugar de como “nosotros”.
En esta obra, MacIntyre no sólo corrige ciertos tópicos de filósofos precedentes y contemporáneos, sino también sus propios prejuicios al respecto, al tiempo que defiende tres conjuntos de ideas: las semejanzas y rasgos comunes con miembros de otras especies animales inteligentes (como el delfín): la importancia de las “virtudes del reconocimiento de la dependencia”, así como de la autonomía; y la incapacidad del Estado-nación moderno y la familia moderna a la hora de crear el tipo de asociación política y social capaz de conservar y transmitir determinadas virtudes.




Los orígenes trágicos de la erudición. Breve tratado sobre la nota al pie de página

Anthony Grafton
fce, Buenos Aires, 1998

En la portada, ilustrada con un detalle de la pintura dieciochesca Voltaire dan son cabinet de travail, en la que las manos, la pluma y el papel constituyen una sola imagen evocadora, se nombra y se hace aparecer al objeto de la reflexión del autor. El título de la obra culmina con una “llamada” que dirige nuestra atención al extremo inferior de la fachada del libro para hacernos una precisión: Breve tratado sobre la nota al pie de página.
Pareciera que la identificación entre escritor y lector tuviera un quiebre cuando este último interrumpe la lectura porque las referencias, comentarios, refutaciones y transcripciones, es decir, la notas, dejan de estar al pie de página para ubicarse, todas reunidas en diminuto tamaño, en la sección final del texto. No es así.
Anthony Grafton expone que la nota al pie ha tenido un infortunado destino en los tiempos contemporáneos. Dada su función actual, identificar “tanto el indicio primario que garantiza que la sustancia del relato es novedosa como las obras secundarias que no desmienten ese carácter en forma y tesis”*, ha permutado su rango. Si antes estaba al pie de página, ahora ocupa el final del capítulo, sección o libro. Su categoría ha disminuido porque con frecuencia se integra a ese mundo fantasioso en donde los trabajos obtienen legitimidad y confieren al autor un aire de autoridad. Más aún, la nota al pie resulta impotente ante las exuberantes pruebas usadas en la nueva historia: los datos estadísticos, las entrevistas, o los apuntes de campo, que no alcanzan a tener cabida dentro de sus limitados márgenes.
Hoy día la nota se constituye en una narración secundaria en la que se documenta el argumento y se hace palpable que la obra es dependiente de las formas de investigación y de las oportunidades y estados en que se encontraba el problema cuando el historiador hizo su trabajo. Es, en otros términos, el espacio donde se expone el cuerpo erudito del historiador que remite a las fuentes, no a las autoridades.
En el recorrido que emprende para descubrir cuándo, dónde y por qué los historiadores adoptaron “la forma característica de la arquitectura narrativa moderna”, Grafton pasa revista en primer término a Leopold von Ranke, con su declarado placer por el buceo en documentos y archivos.
En su paso retrospectivo, Grafton nos lleva al encuentro de Edward Gibbon y de David Hume, para destacar sus aportes logrados en polémicas y discusiones acerca de las fuentes originales, interpretación fiel, así como los componentes indispensables de las notas y su ubicación. El examen de múltiples intelectuales muestra que la proliferación de notas durante el Siglo de las Luces se extendió también entre filósofos, filólogos y literatos de ficción, aunque en esas manos se convirtieron en notas literarias, campos de afiliación y batalla de eruditos, de ingenios amablemente maliciosos y defraudadores.
Los siglos xvi y xvii no sólo fueron la época de Guicciardini y de la versión humanista de su oficio; también vieron aparecer la obra de historiadores renacentistas que incluyeron notas al pie de página en la narración histórica. Este es el caso de Richard White en su historia de los antiguos británicos, en la que retoma la polémica acerca de la descendencia del príncipe troyano Brutus y el origen de Inglaterra. Subraya también el trabajo de juristas con formación filológica, como Jacques-Auguste de Thou que al escribir su historia de la Europa contemporánea, lo hizo con la autoridad del testimonio de primera mano y la crítica documental en busca de las pruebas fidedignas. Grafton no duda en señalar que dicha práctica remonta sus usos al siglo xvi e incluso al mundo helénico cuando los sacerdotes y científicos de Mesopotamia, Egipto e Israel fueron subyugados por los macedonios y luego los romanos. “Los perdedores de las guerras esperaban vengar en el archivo sus derrotas en el campo de batalla”, de ahí que registraran y conservaran abundantes documentos, a la vez que solidificaran una religión venerable.
Las polémicas religiosas del siglo xvi, apuntaladas por el celo de los anticuarios, aportaron ricas reflexiones acerca de la necesidad de la documentación precisa, pertinente y exhaustiva, de acudir a las fuentes originales, desarrollando técnicas como la paleografía y la sigilografía. La sistematización de estos legados corrió a cargo de Pierre Bayle con su Diccionario Histórico Crítico, que contestaba a la corrosiva crítica de Descartes al conocimiento histórico, según la cual este último era el producto de un pasatiempo no más informativo y riguroso que los viajes. Es a Bayle a quien se debe la doble narración moderna, la historia narrada y la de las pruebas pertinentes. Autoría que compartió con Jean Le Clerc, quien afirmó que “sólo un historiador deseoso de impedir la verificación de sus afirmaciones se negaría a citar sus fuentes”. A David Hume se le adeuda la insistencia de incluir la nota al pie de página.
Grafton concluye que las notas al pie de página ofrecen la única garantía de que las afirmaciones sobre el pasado derivan de fuentes identificables en un oficio que es como el tejido de Penélope. Conviene difundirlo porque ellas entrañan una creativa actividad que exige profundos y acuciosos buceos en archivos para documentar y seleccionar.

Alicia Tecuanhuey Sandoval



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