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Elementos No. 44, Vol. 8, Diciembre - Febrero, 2002, Página 61
Elogio del silencio

Gabriel Wolfson                 Descargar versión PDF


Hay siempre un inconforme. No haremos referencia a quien se agita contra la última moda en abrigos de invierno, pero nuestra época ha conseguido borrar exámenes, juicios, dilucidaciones y matices, y el aplauso es el mejor elogio y la única aceptación. Ni un San Bernardo acepta tan mansa y salivosamente lo que se le impone.

Hay siempre un inconforme, el conocedor que ningún artista quiere tener entre el público. Su marcha hacia el teatro es solitaria y lenta. Sabe que hoy tampoco escuchará a ningún genio sobre el escenario. Es la sombra de Bartleby, pero su propia sombra lo arrastra a seguir caminando. Tal vez hoy, le dice, tal vez.

Los músicos han desarrollado cualidades sobresalientes para contrarrestar el tipo de aplauso por inercia, el de quien aplaude sin saber a qué y sólo por seguir a la multitud desaforada. Por ejemplo: concluir las piezas con los ojos cerrados, sudor en las sienes y un ligero temblor corporal que los despeine. Otro recurso consiste en ejecutar las obras bajo espasmos continuos y con la boca abierta, señal inequívoca de que han rozado el éxtasis divino. Sonreír también consigue aplausos, porque demuestra que el buen músico, después de todo, también disfruta con su trabajo. Se ha comprendido que no basta o no es indispensable la búsqueda artística: hay que hacer más. Tocar más rápido, más fuerte, más difícil. No me sorprendió hace unos días el pianista que se ganó quince minutos de aplausos al ejecutar la sonata Wallstein hincado, sumiendo el pedal del sostenuto con la rodilla.

Y el inconforme no aplaude, sólo las diez palmadas justas para no atraer los ojos desconcertados del resto. Un grupo lo detiene a la salida del teatro, y el inconforme ha de asentir, resignado como un viejo clown, a los elogios hiperbólicos que crepitan a su alrededor. Sólo una noche de su vida el inconforme aplaude con sinceridad, en el concierto de un joven pianista poco renombrado. Y sus aplausos duraderos y alguna lágrima pasarán desapercibidos en medio de la gritería general, entre el público que acostumbradamente se pone de pie y oculta al inconforme bajo la sombra del estrépito.



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