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Elementos No. 44, Vol. 8, Diciembre - Febrero, 2002, Página 60
¿Qué es la palabra?

José Emilio Salceda                 Descargar versión PDF


1968. Un concurso. La televisión húngara transmite la imagen de una joven cantante. Su ropa es una pálida copia de la estridente moda de la época. Apoyada sobre un pasamanos repite sin cesar un estribillo: “El mundo desapareció... ¿dónde desapareció?”. Su cabeza se mueve al ritmo de la canción, pero su cuerpo no se permite libertades y permanece rígido, creando una inquietante paradoja con la alegría de la tonada. Es Ildikó Monyók, y la canción –ella no lo sabe– es una profecía. Varios años después, en un accidente de carretera, pierde la facultad de hablar.

1986. Un hospital. Samuel Beckett ha sido internado por una crisis relacionada con su enfisema pulmonar. Al abandonar el hospital, ya sólo atiende los asuntos relacionados con la traducción de sus obras. A finales de 1989, menos de un mes antes de su muerte, entrega a su amiga Barbara Bray su última obra, el poema “What is the Word”, versión inglesa de otro titulado “Comment dire”, escrito en francés en octubre de 1988.

1989. El cementerio de Montparnasse. Beckett ha callado para siempre. Ildikó Monyók lleva años intentando articular alguna palabra, y algo ha avanzado: aún antes de poder emitir las medias palabras con que se comunica ahora, pudo cantar, y este hecho trajo a su memoria un recuerdo que la obsesiona: Béla Bartók escribiendo para Medgyasszay. Ildikó elige a su Bartók: György Kurtág.

1991. Una sala de ensayo. Kurtág, sentado al piano, toca su partitura con un dedo (es música hecha para tocarse con un dedo). Monyók canta el último poema de Beckett. Hay un vínculo ineludible entre el texto y la lucha de Ildikó por las palabras. El discurso de la partitura es fragmentario. La canción no fluye –no debe fluir– con suavidad. La palabra se forma con dificultad, o no lo hace, dejando su lugar a explosiones fónicas ininteligibles. Qué… es… la… palabra. Ildikó Monyók entiende mejor que nadie el significado de las pausas: el que tartamudea quiere decir algo, quisiera ir hasta el final, pero no puede. La pausa le da a la música su tensión, su intensidad y su dramatismo. Kurtág sabe que es posible crear música con casi nada, sin materia. Y sabe algo más: “¿Cómo decirlo? No tengo vocación ni misión, sólo una razón por la que es bueno levantarse de mañana: que mi vida sea, desde ahora, independiente de las cosas que me suceden”.



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