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Elementos No. 42, Vol. 8, Junio - Agosto, 2001, Página 33
Gaspare Tagliacozzi: cirujano del Renacimiento

Fernando Ortiz Monasterio                 Descargar versión PDF


La apreciación de la belleza corporal y la búsqueda del ideal estético del cuerpo humano no son productos exclusivos de la sociedad moderna. El concepto de la estética del cuerpo humano se presenta de alguna manera en todos los pueblos y culturas y, especialmente, en la cultura occidental iniciada en la Grecia clásica y continuada en el Imperio Romano. El gusto por las manifestaciones artísticas siguió cultivándose por siglos en Italia, dando lugar a la creación de maravillosas obras de arte arquitectónico, escultórico, pictórico y literario. La apreciación de la belleza corporal formaba parte de la cultura de los habitantes de la Italia renacentista.

Se comprende con claridad el horror que producían las mutilaciones faciales ocasionados por las armas en un tiempo de inusitada violencia. La desfiguración traía como consecuencia la marginación en un mundo donde las oportunidades de distracción y esparcimiento estaban limitadas casi únicamente a las funciones públicas civiles y religiosas. No extraña, por lo tanto, que la cirugía estética surgiera en la culta Bolonia del siglo XVI, como producto de la imaginación y de los avances técnicos de uno de los cirujanos más famosos de su tiempo. Gaspare Tagliacozzi transforma un oficio practicado en secreto por barberos-cirujanos en un procedimiento quirúrgico-artístico bien sistematizado. Aun cuando menciona la función, deja claro que sus operaciones tienen por objeto devolver la belleza al rostro.

En 1597, Gaspare Tagliacozzi, ciudadano de Bolonia, profesor de anatomía, médico y cirujano distinguido, publica la primera edición de su libro De Curtorum Chirurgia Per Insitionem. Este libro, producto característico de las inquietudes intelectuales del Renacimiento, representó un adelanto en los conceptos técnicos y filosóficos de su época. Su método de reconstrucción nasal sigue utilizándose hasta la fecha.
En el siglo XVI Bolonia era ya una ciudad de tradición universitaria firmemente establecida a la que acudían alumnos de todos los países europeos. Bolonia formaba parte de los Estados Papales desde el principio del siglo XVI, cuando perdió el poder la familia Bentivoglio. La mayoría de las decisiones administrativas y políticas era tomada por el Legado Papal, aun cuando en teoría el Senado y el Consejo de los Ancianos tenían en sus manos las riendas del poder. En la práctica, el papel de estos dos cuerpos estaba limitado a las formas ceremoniales lujosas como símbolos de una autoridad que ya habían perdido.

Bolonia era, ante todo, una ciudad universitaria. Esta institución, la más antigua de Europa, persistía como testigo de antiguas glorias de la comuna original. Era considerada como uno de los centros de enseñanza más importantes de su tiempo, posiblemente sólo igualada en prestigio por la de Padua. Iniciada en el siglo XI, la Universidad de Bolonia fue durante siglos el centro de estudios del Derecho Romano y del Derecho Canónico. Hacia el siglo XIV se incorporó a la Universidad la Escuela de Artes, donde se enseñaba medicina, filosofía, astronomía, lógica y retórica, y la cual en corto tiempo se separó de la Escuela de Leyes y nombró su propio rector.
El prestigio de la Universidad se añadía al prestigio de la Comuna. Los más famosos profesores dictaban sus cátedras en los templos y en casas particulares. Los colegios de las naciones, como el Colegio de España, fundado en el siglo XIV con un legado del cardenal Albornoz, tenían por objeto acoger a los estudiantes provenientes de otras naciones.

En la Universidad, Alma Mater Studiorum, a pesar de su contacto con la liturgia, la política y la miseria, había hombres dedicados con pasión al estudio. Buscaban y encontraban; investigaban persiguiendo la verdad con métodos que fueron precursores del sistema científico moderno.
En el campo de la medicina se hacían en Bolonia contribuciones importantes. La publicación de la Fábrica de Vesalio constituyó un evento sobresaliente en el conocimiento de la Anatomía, pero no el único, pues antes que él Berengario de Carpi, Falopio, Eustaccio, Acquapendente, Aranzio, Varolio y muchos más hicieron aportaciones notables. En los otros campos de la ciencia, Copérnico había expuesto, en la misma época, conceptos revolucionarios.

Gaspare Tagliacozzi entra a la Universidad para hacerse médico alrededor de 1565. Estudia a los autores clásicos: Avicena, Maimónides, Hipócrates y Galeno, al mismo tiempo que adquiere conocimientos de filosofía natural y moral, de astronomía, humanidades, lógica y teología. Practica, como todos los estudiantes de su tiempo, la técnica del discurso, la argumentación y la discusión; planea, como es la costumbre, obtener separadamente los grados de medicina y filosofía.

Tagliacozzi aprende cirugía con Aranzio, Aldrovandi y Cardano, cuya fama se extendía por toda Europa. Éstos, verdaderos hombres del Renacimiento, eran profundos conocedores de la anatomía. Androvandi, coleccionista incansable de plantas y animales, se interesaba al mismo tiempo en la astrología e ilustraba en sus escritos criaturas fantásticas animales y humanas productos de la imaginación popular.
El ejemplo de estos profesores, su constante curiosidad y su ruptura con la tradición, al publicar cuidadosamente sus observaciones, debe haber estimulado al joven estudiante. De las disecciones anatómicas de Aranzio aprende a conocer la estructura corporal. Trabajaba con pacientes en el Ospedale della Morte, cuyo siniestro nombre viene de la cofradía religiosa que se ocupaba de la atención médica. Podemos imaginarlo cruzando todos los días la plaza de Neptuno, pasando junto a la fuente de Gian Bologna y recorriendo de cama en cama el Ospedale della Morte o dirigiéndose al recién inaugurado edificio del Archiginnasio para escuchar las lecciones de los profesores.

En 1570 Tagliacozzi termina sus estudios y está listo para tomar su doctorado. Comparece primero ante el Vicario General para su examen de religión, según lo establecido por Pío V. Luego de probar fe católica, jura no tratar a un paciente por más de tres días si no hiciere confesión de sus pecados, bajo pena de condenación y revocación de su título doctoral. El mismo año es electo como anatomista, es decir, encargado, como su profesor Aranzio, de dar las lecciones anatómicas frente a los alumnos. En ese mismo año, Tagliacozzi pasa a formar parte, con Aranzio y Varolio, del grupo de profesores de cirugía, iniciando así, como su antiguo maestro, una asociación en la cátedra que habrá de continuarse por largos años. En 1575 Tagliacozzi toma parte en la preparación del Teriaco y participa en una discusión famosa sobre la utilización de serpientes en la fórmula. La preparación del Teriaco representaba un acontecimiento en la vida cultural de la Universidad. Este medicamento, constituido por 63 elementos distintos, al que se atribuían poderes curativos extraordinarios, debía ser preparado siguiendo la fórmula con gran exactitud y cuidando al máximo todos los detalles del proceso; los errores de elaboración podían anular su eficacia terapéutica.

La discusión se originó por las objeciones de Aldrovandi a que el Teriaco fuera preparado por los farmacéuticos y no por los médicos. Insistió Aldrovandi en que las serpientes utilizadas eran del sexo femenino y, además, estaban embarazadas. Tagliacozzi tomó lógicamente el partido de su maestro y amigo; fue el encargado de hacer las disecciones de las serpientes. El litigio, que duró varios años, terminó decidiéndose en Roma cuando el Papa dio la razón a Ulisse Aldrovandi. Es interesante observar la actitud de esos médicos prominentes, que estaban en la vanguardia de la ciencia contemporánea y, al mismo tiempo, se mantenían fieles a las tradiciones galénicas usando el Teriaco, una panacea en la cual probablemente no creían.

En 1576, seis años después de su doctorado en medicina, tiene su segunda graduación y es admitido en los colegios de Medicina y Filosofía, es decir, ya es un Doctor Colegiado. Las disecciones de Anatomía eran acontecimientos importantes en la vida social de Bolonia a los que asistían las gentes principales ataviadas con sus mejores galas. Tagliacozzi, como los demás profesores, estaba obligado a adornar con damascos el salón de disecciones, proveer las antorchas y enviar un regalo de velas venecianas al Prior de los Doctores en Medicina, lo que explica sus peticiones repetidas de aumento de sueldo a las autoridades de la Universidad.

No sabemos cómo se inició el interés de Tagliacozzi por la cirugía plástica. La restauración quirúrgica de las deformidades nasales había sido llevada a cabo por los Braco en Sicilia con tejidos obtenidos de la región vecina y por los Vianeo en Calabria, que la ejecutaban con piel obtenida del brazo. Estos procedimientos eran practicados muchos siglos atrás en la India, donde la amputación nasal era un castigo corporal relativamente común. Es probable que estos conocimientos hayan sido llevados por la árabes a Sicilia.

Estas operaciones, por mucho tiempo conocidas, no habían sido claramente entendidas y gozaban de poco crédito. Falopio, al describir la reconstrucción nasal, expone conceptos erróneos y Ambrosio Paré, en 1575, habla de injertos musculares del bíceps y no de piel; describe y critica esos procedimientos dolorosos, cuya duración se prolonga hasta un año. Cuando los médicos más famosos se expresaban en términos tan despectivos acerca de los injertos de piel, es necesario admitir que Tagliacozzi tomó una postura valerosa y debió recorrer un camino difícil para explorar las posibilidades de la cirugía reconstructiva, corregir errores, refinar su técnica y combatir prejuicios.

No está claro cómo adquirió Tagliacozzi sus primeros conocimientos sobre injertos. Su maestro Aranzio había llevado a cabo la rinoplastía con piel, pero lo cierto es que Aranzio no publicó nada al respecto y sus contribuciones científicas quedaron en el campo de la anatomía.
Es probable que Tagliacozzi tuviera oportunidad de examinar algunos de los pacientes operados por los Vianeo, cuya fama se extendía por toda Italia. Es posible también que esas técnicas hubieran llegado a su conocimiento a través de cirujanos viajeros como Fioravanti. El interés por la cirugía plástica es explicable si tenemos en cuenta la frecuencia de las heridas recibidas en duelos con arma blanca, las mutilaciones nasales y auriculares que se llevaban a cabo como castigo a violaciones de las leyes y los estragos que hacía la sífilis. No hay duda de que Tagliacozzi conocía bien los escritos de los autores clásicos y contemporáneos sobre la reconstrucción de mutilaciones. En su libro dedica un capítulo completo a la discusión de esos reportes y no pretende, en ningún momento, ser el autor original del método. Lo más probable es que haya recibido de Aranzio instrucción práctica sobre la rinoplastía en sus días de estudiante y practicado observaciones directas de los pacientes operados por los barberos-cirujanos sicilianos y calabreses. Publicó sus observaciones sobre los procedimientos de cirugía reconstructiva en una forma ordenada que los puso al alcance de otros cirujanos. Sus objetivos están claramente explicados en la dedicatoria del De Curtorurn Chirurgia:
He observado que algunos casos han sido descritos inadecuadamente y otros casos obscuramente por los autores antiguos; otros han sido omitidos en relación con la consumación del arte y, por otro lado, no todos los médicos conocen o son capaces de llevar a cabo esta parte, no innoble por cierto, de la cirugía que se ocupa de la reconstrucción de narices, orejas y labios mutilados. Por lo tanto, considerando digno de esfuerzo este aspecto de la cirugía y particularmente desde que he oído que había ciertos hombres en Calabria que practicaban este arte por métodos irregulares y riesgosos no basados en la razón, me he dedicado a éste con tanta asiduidad y diligencia como ha sido posible, ya que es parte de mi profesión, para que este campo sea logrado y publicado para el bien común. Al hacer éste creo haberlo logrado no sólo siendo útil al tratar gente sino por haber traído finalmente parte de la cirugía al nivel de un arte para que pueda ser transmitida en escritos y cualquier hombre, aun uno de moderada habilidad, pueda operar con éxito y sabiduría. Por estas razones, he decidido enviar finalmente al mundo este producto de mi corazón, ahora que ha alcanzado la madurez, y compartirlo con todos los hombres de elevado espíritu no sólo para llenar este hueco en la medicina sino también porque pensé que los errores de los autores recientes debían ser expresa y vigorosamente refutados.

Estas ideas ilustran con claridad la honestidad de Tagliacozzi como cirujano y como maestro, al igual que su interés por extender su conocimiento de la cirugía reparadora. Más de diez años antes de la publicación del De Curtorurn Chirurgia, Girolamo Mercuriale, famoso médico y anatomista, profesor en Padua, elogia al cirujano de Bolonia y publica sus impresiones sobre las narices reconstruidas que le había mostrado, aunque repite los conceptos erróneos que prevalecían en ese tiempo. Al hacerlo da oportunidad a Tagliacozzi de escribirle una carta para aclarar y extender los principlos de la reconstrucción nasal y rectificar los conceptos erróneos sobre la misma. Esta carta, escrita en 1585, es publicada por el mismo Mercuriale en 1587 como un apéndice de la segunda edición de su libro De Decoratione. Doce años fueron necesarios para pulir y completar la obra De Curtorum Chirurgia, desde la carta a Mercuriale hasta el momento en que aparece la primera edición en Venecia. Tras largos años de experiencia quirúrgica, de preparación y pulimento del texto y de una minuciosa atención en la elaboración de los estupendos dibujos ilustrativos de la técnica, sale a la luz la primera edición del De Curtorum Chirurgia en 1597, dos años antes de la muerte de Tagliacozzi, debidamente autorizado con el imprimatur de la congregación del índice y el certificado de los oficiales contra la blasfemia, así como el permiso al editor Bindoni para su publicación.
Aparece en la primera plana el escudo de armas de Vicenzo Gonzaga, protector y amigo de Tagliacozzi, a quien está dedicada la obra. El texto inicia con el análisis de las cualidades estéticas de la cara, de la nariz, de los labios y de las orejas y su relación con la raza, el sexo, el temperamento y la posición social de las personas. Cita el autor numerosos ejemplos históricos de la terrible deformación que produce la mutilación nasal e insiste en la obligación del cirujano de corregir estos defectos. Junto con el objetivo estrictamente cosmético de la operación llaman la atención las observaciones de Tagliacozzi sobre el dolor. Explica y defiende otras operaciones que, al precio de intensísimos sufrimientos, logran salvar la vida de algunos pacientes, pero insiste en que sus procedimientos para reconstruir la nariz son poco dolorosos y bien aceptados.
Tagliacozzi explica la selección de la estación más adecuada para llevar a cabo la operación y la preparación del paciente; describe los fórceps y cuchillos, que deben estar bien afilados, así como las características y el comportamiento de los ayudantes, quienes deben permanecer en silencio mientras el maestro los dirige con gestos. Apoyándose en las excelentes ilustraciones, explica cómo toma un modelo de la porción faltante de la nariz, lo dibuja en la cara anterior del brazo y hace dos incisiones longitudinales paralelas. Éstas son completadas dos semanas más tarde con una tercera incisión que une los cortes paralelos, dejando así un colgajo unido al brazo por uno de sus extremos. Algunas semanas más tarde reaviva la herida de la nariz e implanta el colgajo sobre la carne cruenta, suturándolo a los bordes de la herida. Para la fijación del brazo a la cara se ayuda con la presencia de un sastre, quien fabrica "a la medida" un arnés para mantener la posición del brazo. Dos o tres semanas después secciona el pedículo separando el brazo de la nariz, ahora cubierta por la piel trasplantada. Durante los siguientes días se ocupa de modelar la nueva nariz con un ingenioso mecanismo de cordeles y anillos para lograr el objetivo estético que persigue. Termina finalmente con una última operación en que fija el extremo libre del trasplante a la parte baja de la nariz, formando así la columnela y las alas nasales. El proceso completo toma entre tres y cinco meses, pero recomienda que el paciente utilice por dos años unos conformadores en los orificios nasales.

Es razonable pensar que todo contribuía a eliminar la brutalidad asociada tradicionalmente a la cirugía y hacer, hasta donde era posible, menos doloroso el proceso. Sorprenden también los esfuerzos dedicados a dar una forma adecuada a la nueva nariz, armoniosa con la cara y aceptable para el criterio estético de su tiempo.

Todo el proceso de reconstrucción estaba basado en observaciones botánicas de los injertos vegetales. Tagliacozzi acepta que puede hacerse el trasplante de una persona a otra, pero lo descarta debido a los problemas prácticos de mantener a dos individuos unidos e inmovilizados por varias semanas. Estas observaciones probablemente dieron lugar a comentarios posteriores sobre el uso de un esclavo como donador de la piel y la leyenda de muerte súbita de la nariz si el esclavo moría antes que el receptor.

De esta primera edición hubo aparentemente algunos volúmenes especiales, dos de los cuales se conservan, uno en la Biblioteca de la Universidad de Bolonia, el cual fue originalmente dedicado al Senado, y otro en la Biblioteca Nacional de París que perteneció a Gaston d'Orleans, quien pudo haberlo obtenido a través de su relación familiar con Vicenzo Gonzaga. Apenas se había secado la tinta de la edición de Bindoni cuando ya aparecía una segunda edición. Ésta fue hecha por Meiotti sin autorización alguna, en papel más corriente y con grabados de menor calidad. Le faltan el índice y la fe de erratas. No hay imprimatur ni permiso papal, y están igualmente ausentes la dedicatoria al Duque de Mantua y su escudo de armas. Roberto Meiotti era un conocido editor veneciano, síndico del gremio de editores, que había hecho ya antes otras ediciones piratas por las cuales había sido juzgado por el Santo Oficio y castigado con la excomunión.

El De Curtorum Chirurgia fue un éxito editorial no sólo en Italia sino en otros países. En 1598 aparece en Frankfurt una tercera edición dedicada al Conde Ranzov. La cuarta edición se publicó en Alemania en 1831 como resultado del renovado interés por las rinoplastías estimulado por el notable cirujano Johann Dieffenbach, a quien está dedicada la obra. Mucho más tarde aparece en México otra muy cuidada edición facsimilar reproducida de la publicación de Meiotti.

Tagliacozzi muere en Bolonia en noviembre de 1599 y es enterrado, de acuerdo con sus deseos, en la iglesia del Convento de San Juan Bautista. Unos cuantos meses después, una de las religiosas del Convento de San Juan Bautista escucha voces durante la noche. Preocupada por el extraño suceso, lo consulta con sus superiores, quienes asumen que esas voces vienen del otro mundo porque Tagliacozzi, al restaurar órganos destruidos, había violado las leyes de la naturaleza. El Santo Oficio toma cartas en el asunto y el cadáver es desenterrado y llevado fuera de las murallas de la ciudad mientras se llevan a cabo las investigaciones necesarias.

La causa de Tagliacozzi es defendida por sus contemporáneos y se da la orden de devolver sus restos al sitio original y destruir todos los documentos incriminatorios. La información, sin embargo, llega hasta nosotros en una página manuscrita pegada a la pasta del ejemplar del De Curtorum Chirurgia que se encuentra en la biblioteca del Archiginnasio. Ésta perteneció a Gian Girolamo Sbaraglia, quien tenía enemistad con Tagliacozzi. Eso explica por qué, a pesar de las estrictas ordenanzas del Santo Oficio de que toda evidencia incriminatoria fuera destruida cuando la memoria del acusado había sido reivindicada, nos enteramos de ese juicio postmortem. Debemos agradecer al espíritu rencoroso de Sbaraglia el haber preservado un dato importante para la historia. Resulta sorprendente, sin embargo, que las alucinaciones auditivas sufridas por una monja solitaria durante el frío invierno de Bolonia hayan puesto en entredicho la integridad de un profesor que, en vida, gozó de extraordinario prestigio.

Exonerado de culpa el nombre de Gaspare Tagliacozzi, se trasladan nuevamente sus restos al Convento de San Juan Bautista, donde el transcurso del tiempo y las vicisitudes de las guerras hacen perder su tumba. La visión de la obra de Tagliacozzi pone en relieve sus extraordinarias cualidades. Producto del Renacimiento, traspone las reglas comunes y aplica principios botánicos para la ejecución de sus injertos. No hay duda de que durante su vida, como ocurrió después de su muerte, estas operaciones debieron ser consideradas como contrarias a las reglas de la naturaleza. A pesar de todo, Tagliacozzi escapa de ser enjuiciado y excomulgado por el Santo Oficio como tantos científicos de su tiempo, lo que sugiere un particular talento para las relaciones humanas. Esta cualidad se hace evidente cuando, ya muerto, sus amigos defienden y ganan el juicio abierto por el Santo Oficio. En el terreno de la cirugía, sus observaciones van muy adelante de los tiempos.
Sin embargo, a pesar de sus escritos, prevalecen las objeciones infundadas de Varolio y de Paré. Los maravillosos datos clínicos que aparecen en el De Curtorum Chirurgia son olvidados y deben transcurrir siglos para que otros cirujanos rompan las barreras de la tradición y aprecien las ventajas de los injertos pediculados del brazo.
Extracto del texto del libro Dolor y belleza. Gaspare Tagliacozzi, del Dr. Fernando Ortiz Monasterio con fotografía de Pablo Ortiz Monasterio, Secretaría de Salud/Landucci Editores, Milán, 2000.



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