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Elementos No. 42, Vol. 8, Junio - Agosto, 2001, Página 2
Las ceras anatómicas

Enrique Soto                 Descargar versión PDF


Son muchos los pequeños museos que por lo específico de sus colecciones y porque forman modestos rincones alejados de los turistas y de las multitudes resultan fascinantes. Tal es el caso del Museo de las Ceras Anatómicas de Cagliari que expone las obras realizadas a principios del siglo XIX por Clemente Susini. Tales modelos, concebidos originalmente como un apoyo para la enseñanza de la anatomía, conforman una colección de singular belleza y dramatismo.





Las ceras anatómicas, por su extrema precisión y detalle, revelan la fascinación que el cuerpo ha ejercido sobre el hombre a lo largo de la historia. El erotismo ineludible de los cuerpos desnudos se contrapone a las cerosas presencias. Contrarios que se disuelven en estos objetos únicos que evocan la imagen de una muñeca: tersa, amorosa, perfecta; pero también de un cadáver de anfiteatro, ceroso y macilento. Un doble encantamiento: por un lado el atractivo erótico, por el otro, la fascinación científica, que por su carácter da origen a una mirada analítica que, para conocer, rompe y rasga. Hay algo extrañamente sacro y sacrílego en las ceras anatómicas. Su desnudez, su mirada unas veces insolente, otras desinteresada, otras más, expresando un rictus de muerte, producen una sensación de asombro que refleja nuestra actitud doble frente al cuerpo; espacio de la vida y del placer, fuente de nuestros dolores y enfermedades.

La colección más grande y mejor conocida de ceras anatómicas es la que está en el museo La Specola en Florencia. La colección de ceras anatómicas de La Specola fue formada por su primer director Felice Fontana, quien la concibió como un tratado tridimensional para la enseñanza de la anatomía. Hoy el museo La Specola cuenta con cerca de 1,400 preparados anatómicos que fueron realizados entre el fin del siglo XVIII y la primera mitad del XIX. En su desarrollo participaron entre otros Clemente Susini, Francesco Calenzuoli, Luigi Calamai y Egisto Tortori, quienes trabajaron bajo la dirección de Fontana, y con el apoyo de anatomistas como Tommaso
Bonicoli, Filippo Uccelli y Paolo Mascagni. Estos últimos eran quienes realizaban las disecciones en cadáveres, las cuales eran entonces copiadas y recreadas en yeso y finalmente vaciadas en cera.
Además de los trabajos en cera, se realizaron también algunos modelos en otros materiales, entre los que destacan los realizados en madera por el tallador Luigi Gelati entre los años 1790-1800. Estos modelos son desmontables y son extraordinariamente detallados, aunque por la dificultad en su ejecución son sumamente escasos.

Destacan también los trabajos en cera de Gaetano Giulio Zumbo, quien realizó un conjunto notable de obras de arte que rebasan con mucho los aspectos docentes-didácticos y que reconstruyen con intenso dramatismo diversos aspectos de la vida social y, sobre todo, de las grandes epidemias que asolaron a Europa.
Aparte de la colección que hoy posee el museo La Specola en Florencia, un conjunto importante de ceras anatómicas se encuentra en Viena y algunas otras tantas diseminadas por distintas ciudades de Europa (Montpellier, Budapest, Leida), principalmente en Italia (Cagliari, Bolonia, Pisa, Pavía,
Módena).

De entre todas estas colecciones destaca la pequeña colección de la sala pentagonal de la Ciudadela de los Museos en la ciudad de Cagliari en Cerdeña. Estas ceras, elaboradas por Clemente Susini, poseen un peculiar valor artístico, sobre todo por el intenso dramatismo que caracteriza a los personajes que, desnudos, nos muestran el interior de sus cuerpos. Los descarnados que nos miran fijamente, nos hablan de nuestro complejo organismo, inestable y presto a desintegrarse. La miríada de arterias, venas y linfáticos que, como en una fábrica, llevan y traen los materiales que los diferentes órganos requieren para su funcionamiento, recorriendo todo el cuerpo con una vitalidad que asombra y fascina. Los cientos de nervios: hilos del titiritero que, desde nuestro cerebro, hacen bailar al cuerpo al ritmo del alma. El rictus que nos hace mirar frente a frente nuestro destino, nuestro interior hermoso y terrible, vivo, pero que nos trae siempre a la mente el opuesto, lo inexorable. La enfermedad y el arte que nos miran descarnados, desde las cuencas vacías de estos modelos aparentemente inofensivos, pero ominosamente cargados de significado, que reproducen nuestro cuerpo con exactitud y maestría, pero que al mirarlos no podemos dejar de pensar en la enfermedad, en la medicina y los médicos; en el hecho de que fueron construidos para mostrarnos que el cuerpo en su perfección y complejidad es de una delicadeza extrema.


Clemente Susini



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