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Elementos No. 41, Vol. 8, Marzo - Mayo, 2001, Página 13
Del lado de los ángeles

James Ryrson                 Descargar versión PDF


¿Es el hombre un mono o un ángel?
Yo, señores, estoy del lado de los ángeles.
BENJAMIN DISRAELI



El creacionismo ha sido ennoblecido. Durante largo tiempo fue territorio de fundamentalistas bíblicos, geocentristas e historiadores de la escuela Tierra joven; el creacionismo ha cambiado sus overoles y abandonado sus biblias en favor de los doctorados, la genética de población y la bioquímica. Ya desaparecieron aquellos míticos y embarazosos cuentos sobre los seis días de la creación; han desaparecido los retorcidos argumentos geológicos acerca de un planeta que tiene seis mil años. Lo que perdura es la creencia de que el darwinismo no ha cumplido su promesa de dar cuenta de la vasta diversidad de las especies y de la extrema complejidad de los organismos y las funciones celulares. Para las mentes escépticas, los desvíos en los caminos de la ciencia nunca lucieron tan bien.

Por supuesto que en los círculos de legos ilustrados, aquellos que rehúsan identificarse con el darwinismo son todavía equivalentes a esas personas que dejarían sangrar a sus hijos con sanguijuelas, y lo que se llama “ciencia de la creación” es popularmente entendida sólo como un ardid que permite introducir los dogmas religiosos en las clases de biología. Sin embargo, los nuevos creacionistas –científicos antidarwinistas o “creacionistas del diseño inteligente”– son eruditos acreditados y especialistas mucho más familiarizados con las preguntas apremiantes de la teoría de la evolución que sus adversarios de formación media. “El creacionismo –en palabras del filósofo de la ciencia Robert Pennock– está evolucionando.”

Para las personas que, como uno, recibieron su educación científica bajo el supuesto de que el “antidarwinismo científico” es un contrasentido, no se hace aparente de inmediato por qué algunos prestigiosos abogados, distinguidos matemáticos, físicos entrenados en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y profesores de genética y bioquímica en diversas universidades, estarían hoy gustosamente dispuestos a ser etiquetados como antidarwinistas. Resulta aún más extraño comprobar que muchos de ellos sustentan puntos de vista que, en verdad, justifican esa clasificación.

Actualmente varios científicos critican algunos aspectos de la versión moderna de la teoría de Darwin. Stephen Jay Gould, de Harvard, por ejemplo, ha atacado a varios de sus colegas al clasificarlos como “darwinianos fundamentalistas”, describiendo sus puntos de vista como “lógicamente fallidos” y “básicamente tontos”. Sin embargo, los antidarwinistas van mucho más lejos, argumentando que ninguna formulación del darwinismo puede describir un proceso completamente naturalista de la evolución sin recurrir a su propia retórica dogmática.

Obviamente, lo que está en juego aquí es la ciencia.

Aunque a nadie, en verdad, hay que advertirle que existen más que asuntos científicos en esta apuesta, que hay mucho más en juego que simples enfrentamientos políticos que giran alrededor de las palabras que se exige retirar, modificar o incluir en los textos escolares. Tal como ha señalado el historiador Richard Hofstadter en su libro clásico, Social darwinism in american thought (Darwinismo social en el pensamiento americano), el darwinismo es una de las pocas teorías científicas “cuyas consecuencias intelectuales han ido más allá del desarrollo interno de la ciencia como un sistema de conocimiento, para revolucionar las pautas funamentales del pensamiento”. En efecto, aunque la religión y la ciencia son esferas de reflexión supuestamente separadas, el zoólogo Richard Dawkins ha llevado su investigación hacia una defensa del ateísmo, y la ciencia deísta de los antidarwinistas no puede ser acordonada con seguridad como “simple religión” sin privarla de su profundidad. En nuestros días, cuando el impulso de llevar al darwinismo más allá de sus cómodas fronteras ha sido reactivado en campos tales como la psicología evolucionista de Steven Pinker o la sociobiología de E.O. Wilson, valdría la pena escuchar de cerca los argumentos de los científicos antidarwinistas. No porque nos ofrezcan una verdad prometeica, ni porque la sociobiología se preste a la eugenesia, sino porque la línea dura nos fuerza, como siempre lo hace, a encarar nuestras debilidades, así como a apuntalar nuestra defensa. Bienvenidos nuevamente, entonces, a la guerra de los monos.

Hace más de un año, los televidentes de un programa de la PBS (Public Broadcasting System) llamado Firing line (En la línea de fuego) fueron testigos de una extraordinaria discusión entre el profesor de leyes de la Universidad de Berkeley, Phillip Johnson, y el biólogo estrella de la Universidad Brown, Kenneth Miller. Johnson y Miller estaban discutiendo en ese programa acerca de una laguna en el registro de fósiles, un problema de “eslabones perdidos” entre los mamíferos Meonychidae –carnívoros terrestres que vivieron hace sesenta millones de años– y los Archaeocetae, una forma muy antigua de ballena considerada tradicionalmente como un ancestro cercano a los Mesonychidae. Johnson, un escéptico de la evolución, exigió evidencias de formas transicionales entre las dos especies, y Miller ofreció tres ejemplos conocidos de inter-mediarios fosilizados. “Ésa es la cuestión”, replicó Johnson:

El registro fósil es categóricamente no darwiniano justo donde es más completo: en los invertebrados marinos.

Y por eso es chocante encontrar [los ejemplos de Miller] allí donde [el registro fósil] es más incompleto, allí donde la imaginación puede volar libremente. En otras palabras: donde tenemos fósiles no vemos in-termediarios, y donde pensamos que vemos intermediarios, difícilmente tenemos fósiles.

Como lo sabe cualquiera que haya intentado encubrir una falsedad, cuanto menos información se tenga para dar cuenta de algo, más fácil es acomodar el argumento propio para ajustarlo a los datos. No impresionado por los pobres ejemplos aportados por Miller sobre la evolución de los fósiles, ohnson citó un artículo publicado en Science argumentando que los fósiles en cuestión no podían, de manera confiable, ser colocados en una secuencia ancestro-descendiente. Se-guramente los llamados “intermedios” eran formas modificadas de una ballena primitiva (Johnson no rebatió que ese cambio morfológico hubiese ocurrido dentro de ciertos lími-tes), pero no existe evidencia fósil convincente que indique que las ballenas hayan evolucionado en mamíferos terrestres. Los televidentes de Firing line tienen que haberse preguntado por qué el profesor Miller no pudo aportar más que unos cuantos ejemplos tentativos de una transición evolutiva tan crucial. ¿Es esto una preocupación legítimamente científica acerca del darwinismo? ¿Existen otras? Así lo piensan los antidarwinistas. De hecho, ellos creen que la ciencia no ha ofrecido ninguna razón como para creer que la evolución puede suceder enteramente por medio de procesos naturalistas, por eso ellos infieren la existencia de un diseñador –un Creador– que actúa a través de medios no naturalistas.

Phillip Johnson, sin lugar a dudas el más empedernido exponentedel creacionismo científico, junto con David Berlinski –matemático y autor del libro reciente A Tour of the Calculus– argumenta vehementemente que la propuesta de Darwin sobre “descendenciacon modificación” no tiene ninguna base de confirmación empírica. Michael Behe, profesor de bioquímica de la Univers-dad de Lehigh, concede en su libro, Darwin’s Black Box, que el argumento a favor de una descendencia en común es en verdad “bastante convincente” y que la selección natural “podría explicar muchas cosas”, pero sostiene que no hay explicación naturalista alguna que pueda dar cuenta de la notable complejidad de la vida molecular. En 1998, el físico y teórico de la información, Lee Spetner, publicó el libro Not by chance! Shattering the modern theory of evolution, argumentando que el poder de la mutación genética aleatoria y de la selección natural para producir cambios evolutivos a gran escala no es ni remotamente plausible dado el alcance actual del conocimiento científico.

Existen otros investigadores que han expresado también reservas radicales acerca de los principios fundamentales del darwinismo –el genetista Michael Denton, el bioquímico James Shapiro, el biólogo evolucionista Jerry Coyne, los filósofos Peter van Inwagen y Alvin Plantinga, por sólo normar a algunos de ellos. Quizás las referidas controversias en torno a la teoría de la evolución –en las cuales Gould ha sido tachado como un “hombre cuyas ideas son tan confusas que casi no vale la pena ocuparse de ellas”– hablan de los serios problemas internos que padece el darwinismo. O quizás no. Por lo menos deberíamos darnos cuenta de que Darwin, al igual que Freud y Marx, es un pensador cuya obra nos es tan familiar que cualquier reflexión verdadera acerca de ella debe comenzar con un ejercicio de deseducación. Como lo reconocen sus más firmes seguidores, la obra maestra de Darwin, El origen de las especies, toca varios te-mas, pero no el del origen de las especies. Una de las grandes aportaciones de El origen de las especies, sin embargo, fue el replanteamiento de lo que son en realidad las especies. De acuerdo con Darwin, las especies no son agrupaciones claras determinadas por ciertas características en común. Más bien son el resultado de un proceso por medio del cual una forma gradualmente modificada de un organismo se convierte paulatinamente en algo menos parecido al organismo original, hasta que las diferencias son tan sustanciales que el apareamiento directo entre ambas se hace imposible. Cuando todos los intermediarios entre tales formas desaparecen, y con ello toda posibilidad de apareamiento, la información heredable de los dos tipos es permanentemente separada –un predicamento que optamos por llamar especiación. Este cambio conceptual tiene implicaciones filosóficas (y teológicas) enormes: las especies no surgen de creaciones únicas súbitas, sino a través de un proceso progresivo, y a menudo errático. Una especie no es na esencia fija –la suposición de Aristóteles y del Génesis en adelante– sino una categoría borrosa sujeta de transformación.

Desafortunadamente, aunque Darwin tuvo evidencias de las ligeras modificaciones morfológicos necesarias para tal pro-ceso, no logró evidencias reales de algún ejemplo de especiación, por lo cual argumentó por extensión lógica: “Sólo tenemos que suponer que los pasos en el proceso de modificación serán más numerosos o mayores en cantidad hasta convertir estas formas en especies bien definidas”. La suposición, sin embargo, no provee las bases científicas más firmes, y han existido desde entonces algunos problemas concernientes a esta cuestión, tanto fuera como dentro de la ciencia aceptada. El problema principal es que la idea de Darwin acerca de la evolución depende de la extensión de su otra gran innovación –los “pasos” graduales de la selección natural– hasta su conclusión extrema relativa a la especiación total.

La selección natural, el mecanismo del cambio evolutivo, tampoco fue totalmente resuelto por Darwin. Como científico (y darwinista) Douglas Futuyma señaló en su libro Science on Trial. The case of evolution:

Darwin… no pudo ofrecer ningún caso de selección natural debido a que nadie lo había buscado. En vez de ello, él trazó una analogía con la selección artificial que los criadores de animales y plantas utilizan para mejorar las variedades domesticadas de animales y plantas.

Pero los criadores humanos, a pesar de la ventaja de su inteligencia, nunca han tenido éxito en la producción de especies separadas, problema análogo a la limitación del registro fósil que Johnson señaló en el programa Firing line; es decir, sólo existe evidencia de variación dentro de tipos.

Desde luego, el punto de vista de Darwin acerca de las especies sostiene que toda la idea de “tipo” es arbitraria y que si las especies pueden variar un poco, pudieran variar mucho si se les da suficiente tiempo. Sin embargo, los darwinistas tienen que conceder, y a menudo lo hacen, que no existe evidencia clara de pequeñas variaciones que produzcan grandes distinciones de clases, phyla y demás.

Darwin confiaba en que había formulado una teoría con poder explicativo notable –una teoría que podría dar cuenta del colosal rompecabezas del mundo natural en términos de piezas pequeñas susceptibles de ser comprendidas. Pero también sabía que era necesaria una confirmación empírica. Como él mismo se quejó en El origen de las especies: “Casi puede decirse que la naturaleza se ha protegido contra los descubrimientos frecuentes de sus formas transicionales o en eslabón”.

Él imaginó que una vez que los investigadores entendieran lo que deberían buscar, el peso de la evidencia confirmaría toda su teoría. Sin embargo, tal como los darwinistas Gould y Steven Stanley argumentan, esa evidencia nunca llegó.

Irónicamente, los científicos antidarwinistas siempre han sido seguidores de Stephen Jay Gould, uno de los más exitosos y comprometidos divulgadores del darwinismo en la post-guerra.

Gould, resueltamente un defensor de la evolución darwiniana en el sentido amplio, y su colega Niles Eldridge, publicaron en 1972 un artículo crítico titulado Punctuated equilibria, an alternative to phyletic gradualism, en el cual piden a los científicos confrontar el duro hecho de que la evidencia fósil coleccionada hasta ahora es casi la misma que ya existía en 1859, cuando se publicó El origen de las especies. Es decir, parece que la mayoría de las especies aparecieron en un momento geológico posterior a la extinción en masa (como por mandato divino, podrían decir los antidarwinistas); y que la tendencia dominante en el registro fósil, a partir de entonces, parece ser de estasis (la persistencia de criaturas que llevan la marca de la intención divina, en el lenguaje creacionista). Pero la carencia de intermediarios no es un problema, concluyeGould, sino una característica. El modelo alternativo de evolución de Gould y Eldrige sugiere que la especiación ocurre súbitamente (digamos, en un rango de 100,000 años). Sin detenernos en las complejidades de la teoría del equilibrio puntuado, baste decir que según esta teoría el hecho de la evolución permanece intacto –descendencia con modificación–, pero la idea de que los cambios mayores en los organismos ocurren lenta y gradualmente, con avances mínimos en el diseño que proporcionan una ventaja adaptativa, ha sido privada de su fuerza anterior.

(Aquellos que se mantienen en puntos de vista no gouldianos, como Richard Dawkins y John Maynard Smith, son considerados “ortodoxos” o “ultra darwinistas”, a pesar de que Darwin mismo pudiera estar ubicado actualmente en una posición intermedia). No es necesario decir que los antidarwinistas están menos interesados en las solución propuesta por Gould, que en la atención que éste atrajo hacia un problema persistente y a menudo no abordado en los salones escolares.

Existen tres acusaciones antidarwinistas derivadas de las propuestas de Gould, aunque no todos los antidarwinistas sostienen todas (y Gould no sostiene ninguna). La primera y más radical, se refiere al llamado “hecho” de que la evolución no ha sido probada. El ejemplo más famoso de selección natural –una cierta clase de polillas que cambió su color, en gran parte blanco, a un color predominantemente negro hollín, conforme las condiciones favorables para su camuflaje fueron alteradas durante la Revolución Industrial–, es un ejemplo de modificaciones menores dentro de un tipo existente, no un cambio mayor de una especie a otra. ¿Por qué, se preguntan los escépticos de la evolución, no tenemos ejemplos famosos de especiación? El simple hecho de que las bacterias desarrollen cepas resistentes, o que las polillas cambien de color, no significa que entendemos cómo los humanos y las pulgas tienen, literalmente, su ancestro común en algún organismo unicelular. Algunos científicos han respondido que podemos inferir una descendencia común a partir de las increíbles semejanzas estructurales: ballenas, murciélagos y humanos usan la misma disposición de sus huesos para nadar, volar y escribir ensayos, respectivamente. La línea dura responde que éstas son las afinidades taxonómicas cuya explicación intentó aportar El origen de las especies y que no deberían servirnos también como pruebas. Esta objeción es un tanto mordaz, pero la mayoría de los escépticos, incluyendo a la mayoría de los científicos antidarwinistas, encuentra que las semejanzas estructurales y genéticas de ciertos organismos sugieren relaciones genealógicas comunes. Combinada con la notable irregularidad de la fosilización, esta posición extrema pasa sin hacer mucho ruido.

Sin embargo, la pregunta que continúa impulsando a los antidarwinistas es: ¿cómo estos cambios extraordinarios ocurren de manera natural? La segunda acusación antidarwinista se refiere al poder aparentemente limitado de la selección natural (lo cual es también del más grande interés para Gould). ¿Puede una serie de cambios pequeños y graduales dar cuenta de las diferencias radicales entre dinosaurios, arañas y medusas de una manera que no sea sólo teórica?

Sin duda, los humanos evolucionaron a partir de un ancestro común que comparten con los monos, pero el mecanismo responsable de tal evolución ¿fue naturalista e impulsado por mutaciones aleatorias y sin dirección en la información heredable? ¿Significa esto que los humanos evolucionaron también mediante un proceso similar a partir de un ancestro compartido con las medusas, o es que hubo una serie de creaciones separadas en cierto momento?

El antidarwinista y teórico de la información Lee Spetner, propuso la interesante argumentación de que, ciertamente, pequeñas mutaciones pueden otorgarle a un organismo algunas ventajas, pero como lo indica la investigación contemporánea, tales mutaciones ocurren sólo a expensas de un decremento en la información contenida en el genoma. Sin un incremento en la información –y, por tanto, en la complejidad– no puede haber desarrollo, incluso en organismos simples, de las características necesarias para las formas complejas posteriores: centros nerviosos, esqueletos, sistemas circulatorios.

Igualmente, si bien el bioquímico Michael Behe concede que la selección natural podría producir cambios estructurales mayores –dar piernas a las ballenas, alas a los reptiles, pulmones a los peces–, ha argumentado también que los organismos moleculares, con su funcionamiento increíblemente complica-do, parecen ser “irreductiblemente complejos”: quíteseles cualesquiera de sus partes y el organismo entero fallará. ¿Cómo un proceso lento y progresivo puede dar cuenta del funcionamiento interno de la célula, intrincado e interdependiente, cuando todas las etapas intermedias aparecen como no funcionales, como no adaptativas?

Las acusaciones expuestas anteriormente exceden por mucho la posibilidad de una refutación rápida debido a varias razones, incluyendo su conspicua sobreposición con las áreas mayores de la investigación actual de los biólogos, bioquímicos y teóricos de la evolución. Por lo tanto, la pregunta que viene a la mente cuando se revisan los desconcertantes argumentos de los antidarwinistas es si ellos han producido un argumento insuperable en favor de la idea de un diseñador sobrenatural, o si, simplemente, han llamado la atención acerca de las preguntas más apremiantes de la investigación evolucionista, una rama distinguida de la ciencia que, sin embargo, se encuentra en sus inicios comparada con los conocimientos que ya tenemos en otras áreas. ¿Podrían los antidarwinistas estar recordándonos que nuestro conocimiento de cómo llegamos a ser lo que somos es inferior a nuestro conocimiento sobre lo que ya somos? Por mucho, los antidarwinistas piensan que ellos están haciendo más que señalar cuestiones interesantes que deben ser investigadas; lo que nos lleva a la tercera y unificadora acusación antidarwinista: que la ciencia rehúsa aceptar el argumento en favor de un creador sólo porque la ciencia es tan dogmática e ideológica como la religión. En este sentido, Phillip Johnson dijo a un grupo de politólogos que él era un “postmodernista y un deconstructivista igual que ellos, aunque en una dirección ligeramente diferente”. La ciencia ha descartado la posibilidad de un creador porque no es científica y por eso los darwinistas no pueden considerar, a priori, el argumento antidarwinista. Algunos antidarwinistas argumentan incluso que la famosa contraseña de la ciencia –el criterio de falsabilidad de Karl Popper– no se aplica a la teoría evolucionista debido a que cada ola de malas noticias, cada carencia de fósiles, o cada aparente improbabilidad, son siempre superables por la sencilla razón de que una conclusión en otro sentido es un anatema. Ésta es la acusación más grave del antidarwinismo: que el darwinismo es una suerte de empirismo extrapolado, por medio de la filosofía naturalista, a un dogma imbatible. Y es en este punto que las ruedas del antidarwinismo comienzan a caer, permitiéndonos escrutar su chasis ya en tierra. La concepción antidarwinista del creador es la de un “dios de los abismos”; lo cual significa que más que ofrecer argumentos positivos, comprobables, falsables en favor de la inter-vención no naturalista del creador en la evolución, los antidarwinistas juegan el juego de los escépticos y lo hacen de manera inteligente. La confianza en sus ataques al darwinismo se basa en una serie de golpes a sus fundamentos empíricos (algunos mejores que otros) y en la conclusión subsecuente de que un diseñador no naturalista prevalece como la única explicación posible de la armonía inescrutable del mundo natural. ¿Es que la ciencia –según la sospechosa-mente postmoderna frase de William F. Buckley– en verdad “domina toda la cuestión acerca de Dios”? El problema es que algunos científicos así lo piensan, y lo hacen orgullosamente, y por lo tanto, sin saberlo, se coluden con los antidarwinistas para establecer límites que no pueden imponer lógicamente.

Cierto es que la ciencia descansa en una filosofía naturalista; ninguna disciplina de investigación carece de un grupo de principios primarios. Pero la filosofía inherente a la ciencia no es aquella que soporta la pregunta última acerca de Dios. En el libro de Robert Pennock, Tower of Babel: the evidence against the new creationism, él explica elegantemente las diferencias entre dos conceptos cruciales que los antidarwinistas y los científicos descuidados confunden. Entre los filósofos estos conceptos se llaman “naturalismo ontológico” y “naturalismo metodólogico”,pero la diferencia es más simple de lo que parece. Uno puede desarrollar un compromiso filosófico acerca del tipo de cosas que pueden y de hecho existen, una suerte de especulación que puede usurpar a Dios excluyendo la existencia de lo sobrenatural. Por otro lado, uno puede hacer la suposición más débil de que “las entidades sobrenaturales no intervienen para negar las regularidades naturales legítimas”. Esto es lo que hace la ciencia. La suposición no es intrínsecamente atea, para la ciencia no hay problema en incluir a un Dios naturalista, o a un Dios sobrenatural, que actúa a través de fuerzas naturales y comprensibles. Este “naturalismo metodológico” simplemente descarta la posibilidad de detectar o confirmar la obra de un creador que actúa a través de fuerzas sobrenaturales. Es una decisión que permite la práctica de la experimentación controlada y repetible –porque ¿cómo podríamos comprobar las leyes natura-les si aceptamos que las cosas suceden ocasionalmente sin causa natural? Es imposible conducir la práctica fundamental de la ciencia sin asumir esto, y los antidarwinistas necesitarán defenderlo también si quieren continuar citando datos experimentales en aras de sus propios objetivos.

Esta distinción es lo suficientemente sutil como para que los darwinistas y los antidarwinistas no la entiendan, ya que su idea clave es contraintuitiva: es el antidarwinismo, no la ciencia, el que define y constriñe los métodos de Dios y de la naturaleza. Pero no necesitamos aceptar una elección tan radical: la ciencia “ideológica” o Dios. Sólo necesitamos darnos cuenta de que la ciencia opina sobre la intervención sobrenatural únicamente cuando renuncia a sus exigencias de ciencia. Cuando uno sospecha que la ciencia está conspirando contra la fe, tal distinción suena como si la ciencia rehusara aceptar la existencia de Dios. Pero si uno se da cuenta de que las respuestas científicas son útiles precisamente debido a sus límites, entonces se hará evidente que la ciencia simplemente no puede opinar sobre asuntos sobrenaturales –sea para negarlos o para confirmarlos– porque carece de un método para hacerlo. Para bien o para mal, la ciencia se ocupa de leyes regulares, no del desorden irregular, quizás divino.

Las lecciones que podríamos obtener del antidarwinismo científico son tantas y tan diversas como sus exponentes, pero existen dos principales: una es estratégica, la otra empí-rica. El meollo del ataque antidarwinista –acusar a la ciencia de ideológica– es una artimaña, como podrán atestiguar los editores de Social Text, debido al engaño que Sokal les infligió hace unos años. La acusación sobre el discurso hegemónico se vuelve ahora contra la ciencia desde otros frentes culturales, y hasta que la crítica social de la ciencia llegue a ser más consistentemente sofisticada, grupos como el de los anti-darwinistas científicos continuarán progresando con imitaciones de un importante pero complicado argumento. Por supuesto que la ciencia es practicada por humanos condicionados cultural y socialmente; y, desde luego, esto significa que científicos con paradigmas sociales y culturales específicos se inclinarán hacia ciertas metáforas, defectos e intuiciones que implican ciertas conclusiones. Como el padre de los paradigmas, Thomas Khun, argumentó: la ciencia siempre sobrepasa los límites de sus reglas y de su lógica, pero eso no significa que sus conclusiones aceptadas sean arbitrarias. Todos los juicios científicos pueden, en cierto sentido, ser juicios subjetivos, pero algunos son todavía mejores que otros. En el tema de la ideología, la teoría de la evolución sale ganando ante los antidarwinistas, pero su victoria empírica es menos segura. El meollo del antidarwinismo radica en su atención casi obsesiva a las preguntas apremiantes y a las dudas de la teoría de la evolución. Y aunque los antidarwinistas a menudo desvirtúan estos asuntos en provecho propio –lo cual, para ser justos, no es muy distinto de las inclinaciones partisanas de los ultradarwinistas y de los gouldianos–, por el simple hecho de destacar esta cuestión, nos recuerdan que la evolución, como una ciencia histórica, está lejos aún de su conclusión.

Al leer sus obras, ciertamente, uno se vuelve sensible a los vigorosos reclamos de los psicólogos evolucionistas y de los sociobiólogos que buscan las claves de la conducta humana en el origen adaptativo del cerebro.

El cerebro evolucionó –este hecho no debería ser negado–, pero si no tenemos confianza en el registro fósil como para explicar de manera precisa cómo es que las aves evolucionaron a partir de los dinosaurios, deberíamos preguntarnos qué tan preparados estamos como para suponer la evolución de la conducta humana a partir de necesidades y deseos prehistóricos que nunca hemos observado. Benjamín Disraeli pudo haber sabido que estaba hecho de materia celestial, pero para aquellos de nosotros, de mentes menores y de materia simia, la humildad es todavía necesaria.



NOTA

1 El autor se refiere a la edición de la revista Time (8 de marzo de 1999), Vol. 153; núm. 9. El número está dedicado a “Science and Society” y la referencia es al artículo titulado: “What girls are made of. Are men really bred for promiscuity while women seek a stable provider?... new evolutionary research..." Texto tomado de la revista electrónica Feedmag (www.feedmag.com).
Traducción de Anamaría Ashwell.



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