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Elementos No. 40, Vol. 7, Diciembre - Febrero, 2001, Página 51
Monólogos de la ciencia

Gabriel Wolfson                 Descargar versión PDF


Hoy me preguntó un mozo de la taberna para qué pinto. Lo primero que me cruzó por la cabeza fue el deseo de inventar un pequeño artefacto para triturar ajos. Le sonreí, le dije cualquier cosa y ahora, gracias a su pregunta impertinente, no puedo dejar de pensar en la trituradora de ajos. Los hombres desperdician sus fuerzas, y las reservas de ajo, machacándolos con pesados mazos, y a nadie se le ha ocurrido un sencillo sistema de engranes que se accionaría con una sola mano. Deberá ser de madera, y creo que podría funcionar también para moler especias. Madera ligera pero resistente, pequeñas tablas en forma de zeta y un arco uniéndolas, como el arco trazado por un compás muy abierto. Todo líneas delgadas, la belleza de los mecanismos eficientes. Pero ahora debo escribir mi carta de presentación para el palacio. Vamos a ver:

No tengo par en la fabricación de puentes, fortificaciones, catapultas y muchos otros dispositivos secretos que no me atrevo a confiar en este papel. Mis pinturas y esculturas pueden compararse ventajosamente con las de cualquier otro artista. Soy maestro en acertijos y en atar nudos. Y hago pasteles que no tienen igual.


Sforza no necesita saber más.

Sentado aquí en mi oficina, Dios mío quiero un café, no hay nadie no hay nadie, preferiría mil mil veces que esto se llamara oficina en vez de cubículo, por qué todos dicen “el cubículo del doctor fulano, es por ahí a la izquierda, después del cubículo del doctor equis”, en cambio oficina, qué bien se oye, y pensaba yo, ah sí, que sentado aquí en mi oficina nunca he sentido esa desesperación por fumar que me entra cuando estoy en el laboratorio, aquí nada, tranquilo enciendo un cigarro, aahhh, allá va el humo directo al purificador de aire, tareas para hoy, carajo, tengo que revisar que estén bien los espectros que se hicieron la semana pasada, ese artículo tiene que salir ya, es importantísimo, le dije a Wasserman que fuéramos al cine más tarde, ha estado jodiendo con que la última de Wenders es muy buena, por supuesto que prefiero diez mil veces ir a ver buen cine que estar aquí, con esta bola de idiotas, pero claro que a ver si me da tiempo, tengo que revisar los espectros y tengo que hacer el paquete de fotocopias de las últimas publicaciones para enviarlo ya, el plazo vence ya ya ya ya ya, a ver si después de todo eso puedo ir al cine con Wasserman, es que el trabajo nos absorbe, he visto al doctor este, cómo se llama carajos, el recién llegado, bueno como sea, he visto cómo se queda a veces en el laboratorio y dan las once de la noche y él sigue ahí, con sus moléculas de qué, de qué, no sé bien qué está haciendo, el caso es que así estamos, trabajando todo el maldito día, apasionante apasionante, creo que ya llegó la secretaria, quiero mi café, tengo que hacer lo de los espectros, ahorita llamo al becario a ver si ya está trabajando en eso, el artículo tiene que salir ya, y luego interpretar los espectros con la doctora, ya ya ya, lo bueno es que es experta, espero que en una hora salgamos de eso, luego que lo escriban, que Wasserman corrija ortografía y ya, ya, que salga ya, ¿quién lo firmará junto conmigo?, a lo mejor..

El deseo de algo es la fuente del conocimiento. Curioso: he pensado muchas veces en nuevos artefactos de cocina. Molinos, picadoras, limpiadores del suelo, atizadores del fuego. Para casi todos se requiere de la fuerza de las bestias, domarlas y ajustarlas a los grandes mecanismos. Con las aves, en cambio, me llena un deseo de liberarlas, y ahora mismo voy a comprarle a aquel pajarero unas cuantas jaulas para dejar que sus moradores escapen al vuelo.

La gente me ve extrañada. ¿Fue todo un capricho? No. ¿Qué más impulsa al hombre que sus caprichos bien conducidos? Un sueño me ha acompañado siempre: el Gran Pájaro. Desde la infancia, tras la visita de cierta ave inolvidable. ¿Por qué no? Un niño es el rey del mundo. La naturaleza entera no tiene otra función que servir a su alegría y a su enriquecimiento. Ahora esa misma naturaleza, infinitamente observable, me invita a la indagación, a la mirada. Todo es movimiento: la natación, por ejemplo, enseña al hombre cómo actúan las aves en el aire. Pero en la naturaleza no hay conocimiento superfluo. Aprender es poner en práctica, alcanzar la acción.

La máquina para volar debe concebirse como un instrumento que permita al hombre superar la resistencia del aire. Sólo eso. En vez de brazos, alas, y en vez de plumas, una membrana como la del murciélago, puesto que Ícaro fracasó con alas emplumadas. Para compensar el peso excesivo del ser humano ha de diseñarse con materia ligera, nunca con acero. Materia ligera, suave y resistente, la misma flexibilidad de los pájaros. Acaso ramas de seda y fina piel curtida. Pero insisto: la máquina es sólo instrumento, emulación de las supremas criaturas. A partir de ella, el hombre debe imitar la vida del ave, aprender a volar.

Debo empezar entonces observando a los voladores más cercanos: urracas, murciélagos, el torpe aleteo del ganso, la alondra piadosa, que diagnostica salud o enfermedad. Sus trayectorias nunca son rectas, siempre en espiral. ¿Quién conoce las corrientes de aire, la ciencia del movimiento, mejor que las aves? Comprender es ejercitarse, conocer es crear. Ah, y ahora me llaman de la cocina. Los bárbaros se han quejado de mis raciones de verdura tallada. Quieren salchichas, huesos en descomunales cantidades. Allá vamos.

Listo, ya quedó el paquete, engargolado, tres juegos, ahora tengo que, carajos, se me olvidó que hoy viene esta chica, la que quiere ver si puede hacer tesis conmigo, lo olvidé por completo pero bueno, yo creo que sí, aquí hay para todos, con tanto trabajo que tenemos, yo creo que podemos desprender una parte de lo del tesista de maestría y que se ponga a trabajar en eso esta chica, a trabajar ya, lo malo es que me pareció que no tiene mucha idea de lo que hacemos en este laboratorio, tendré que explicarle un poco, al rato al rato, el chiste es que se ponga a trabajar ya, y ahora tengo que actualizar el curriculum para enviarlo de nuevo, cuántas veces lo he enviado, cuántas versiones distintas tendrán, vamos a ver, más abajo más abajo, ¿meteré de una vez lo del congreso de noviembre?, más abajo, ahí están, una dos tres cuatro cinco seis ciento dos publicaciones internacionales, carajo, toda mi vida se me ha ido en eso, y próximamente una más, ciento tres, por eso el becario tiene que revisar ya esos espectros, ese artículo tiene que salir, espérame, está entrando un fax, ¿de dónde?, ¿de Francia?, vaya, la doctora que conocí en el congreso pasado, curiosa la doctora, ¿qué es esto?, un recorte de periódico, vamos a ver, una entrevista al doctor Brown, Nobel 1983 creo, pero qué dice este hombre, ya está bastante viejito a juzgar por la foto, mmm, dice que él trabajó en una fábrica toda su vida, cuando lo jubilaron se sintió muy mal, pues sí, y que entonces consiguió trabajo en una universidad y que ahí pudo empezar a desarrollar ciertas cosas que venía pensando desde siempre, ah, y que esos son los experimentos por los que le dieron el Nobel, qué suerte este señor, de verdad, vamos a ver, y luego qué, dice que sus experimentos surgieron de una necesidad muy profunda, de un deseo por explicarse mejor la forma de la vida, ¿la forma de la vida?, en fin, explicarse ciertos procesos fundamentales que tienen que ver con una idea del universo, pero qué es esto, de qué está hablando, malditas revistas de divulgación, con razón, para qué me envían esto, bueno, no está mal, más bien para qué me pongo a leerlo ahorita, tengo que revisar estos resultados, carajo, voy a llamarle a Wasserman para lo del cine, no sea que...

He de posponer mi máquina para volar, por lo pronto las labores de la taberna me reclaman. Parece que se armó un alboroto encolerizado por haber servido pequeñas raciones de verdura y pan. Lo siento mucho, pero quién va a mantener los humores correctos si se atiborra de carnes indigestas. Antes que eso, debemos solucionar el problema de las ranas ahogadas en el fondo del estanque de agua. Y ahora también, curioso entrometido, he de proseguir con el cuadro que me encargó la Confraternidad de Milán. Me lo merezco, no importa. El hombre debe estar cercano a todos los temas, aun los insignificantes. A veces me veo como un pobre que llega al último a la repartición y que compra aquellas cosas que los otros han ojeado y rechazado por su escaso valor. Yo me encargaré de los quehaceres despreciados, las sobras de muchos compradores.

Terminaré este cuadro y creo que abandonaré la taberna. Confío en que sirva mi carta de presentación para Sforza, no quiero que me encomienden otra vez la música del palacio. Deseo la libertad para realizar mis proyectos de cocina y mis observaciones sobre la velocidad y la humedad del aire. La máquina para volar. La verdadera ciencia no descansa en la dominación de la naturaleza, en la vanidosa imposición humana. Hay que integrarse a las fuerzas naturales, adaptarse a su ritmo. ¿Para qué pinto? ¿Otra vez tú? Mira, muchacho, no lo sé. En realidad, las diferencias entre pintar y construir un triturador de ajos o un artefacto para matar a las ranas antes de que caigan en el estanque, las diferencias no son de fondo sino de grado. En esencia son actividades paralelas, pero pintar es la pura creación, desligada y a la vez íntima del misterio del universo. ¿Por qué no mejor nos ocupamos de nuestras tareas? Prepara la sopa, mientras tanto voy a pintar un ángel más.

Dice Wasserman que sí, que a las ocho, y también insistió no sé por qué en que tenemos que platicar, dice que él cree que algo de lo que está trabajando puede servirme, pero de qué habla, qué carajos me va a servir, esto va muy bien, en todo caso que me explique porque no creo que tenga mucha idea de lo que hacemos en este laboratorio maravilloso, señorita quiero otro café, y mientras tanto yo sigo pensando en lo de Brown, viejito viejito, qué horror haber trabajado siempre en una fábrica, qué se hace ahí, y yo llevo ya cuántos años, no lo sé pero muchos, y mira nada más, ciento tres publicaciones, cuántos congresos, diez mil ochocientas catorce tesis dirigidas, ojalá, no tantas pero sí más de cincuenta, dónde acabará todo esto, o más bien cuándo acabará, cómo, por qué, es decir, cuándo empezó todo esto, quién inició la investigación que me ha ocupado todos estos años, yo empecé con mi tesis de licenciatura con la doctora Elizondo, pero ella a su vez había sido discípula de Günther y él a su vez de quiénsabequién que seguro aprendió con Schrödinger, algo así, y esto seguirá porque ahí están los pobres tesistas míos continuando algo que ni yo elegí, cuándo se detendrá todo esto, para mí al menos se detendrá cuando alcance las ciento veinte publicaciones internacionales y ya esté harto y me jubile, tantas cosas que podría estar haciendo en este momento en vez de revisar gráficas idiotas, más vale que el becario ya esté trabajando en eso, tantas cosas, no sé, viendo películas o haciendo ejercicio o aprendiendo algo o llevándome a Hawaii a la secretaria, tantas cosas en vez de esto que realmente no sé lo que significa ni sé muy bien, después de veinte años, si me interesa o no.


¿Qué carajos estoy haciendo aquí?

Algunas ideas, y algunas frases, fueron tomadas de tres libros: Marcel Brion, Leonardo da Vinci, Sudamericana, Buenos Aires,1954; Leonardo da Vinci, Cuadernos de notas, Edimat, España,1999; y una recopilación a cargo de Shelagh y Jonathan Routh, Notas de cocina de Leonardo da Vinci, Temas de hoy, España,1998. También hurté una pequeña frase del Perugino que Lezama Lima hizo famosa.



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