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Elementos No. 40, Vol. 7, Diciembre - Febrero, 2001, Página 48
Sinónimos del arte

Salvador Alanis                 Descargar versión PDF


1

En su ensayo sobre la metáfora, Borges señala que arte y ciencia son comparables al explicar un fenómeno determinado por el método de representación: ambos usan la metáfora como herramienta explicativa y materia de trabajo. En el encuentro de esa metáfora primordial científico y artista juegan sus cartas; en el científico, la metáfora genera un modelo para iniciar la discusión y su encuentro genera más líneas de investigación; en el artista, la metáfora es una suerte de cristalización del pensamiento. En los dos casos, la búsqueda de una forma de representación del universo es lo primordial, la forma final es solamente un pretexto y el conocimiento completo se da por el proceso, por el movimiento hacia una forma.

La enseñanza de la ciencia y el arte se dan por las formas finales, por el estudio de las metáforas terminadas que son tan sólo el encuentro luminoso al final de un largo recorrido. El recuento del viaje se reserva en exclusiva para algunos curiosos, aquellos que buscan un estudio especializado y requieren las notas, la reconstrucción de las horas aciagas en el laboratorio, en la mirada perdida en el paisaje, en el aliento del cazador en la madrugada. Se enseña el trofeo, no el arte de la cacería.


2

Nuestra preocupación por el efecto hace que el producto final de las ciencias esté centrado en la producción de objetos que, además de facilitar las actividades humanas, simulen una condición natural distinta a la realidad. En la noche, un interruptor produce luz en las habitaciones sin que el usuario atestigüe un cambio físico que explique la iluminación. Nos trasladamos por la ciudad sin ver el motor que nos mueve; el producto final de la tecnología se da en una suerte de ocultamiento. De la misma forma que en el ilusionismo, el resultado de la investigación científica, cuyo objeto de búsqueda está en aquella metáfora que desvela el secreto íntimo de las cosas, deriva en esconder nuevamente el núcleo descubierto para su uso popular. Si bien el saber de una cultura es una forma de asimilación inconsciente, es un hecho que al escribir este texto uso una computadora en la que solamente miro aparecer las letras en el procesador de palabras, sin que el mecanismo que opera dentro de esta máquina sea en ningún caso evidente para mí. La tecnología es más perfecta en cuanto mayor sea su capacidad para sorprender al usuario, de operar sin que los mecanismos estén a la vista. Como en la magia, la tecnología se esfuerza por ocultar los cables que hacen volar al mago por los aires o desaparecer la Torre Eiffel –importante muestra de ingeniería cuya estructura aparente la define.

Avanzamos entonces hacia un conocimiento que debemos regresar a los terrenos de lo oculto. El afán estético de la tecnología nos convierte en espectadores de un conocimiento de los efectos, de la representación pura en la que felices gozamos de la metáfora realizada, en la transmisión de aquel momento final en la búsqueda de un científico, la recreación del punto culminante.


3

Hugh Kearney, en Orígenes de la ciencia moderna, discute sobre tres modelos o paradigmas del conocimien to que rigen las formas de estructurar las ideas en las diferentes épocas. El primero de los tres paradigmas, el organicista, es el que reguló el curso de las ideas durante el Medioevo y parte de la idea del universo como un ser vivo, eco de las ideas artistotélicas. El segundo, neoplatónico, viaja por toda Europa como un saber oculto que cruza el Oriente y regresa en forma de pensamiento mágico. El neoplatonismo se fundamenta en la idea de que el universo se basa en el secreto que el sabio tiene que revelar. El tercer paradigma es el mecanicista, que concibe el funcionamiento del mundo como el de una máquina. Este último paradigma dio al desarrollo de la ciencia un gran impulso y una renovación que culminarían con la gran actividad científica del siglo.

Resulta interesante detenerse en los principios del pensamiento neoplatónico. Considerar que el universo contiene un lenguaje secreto que debemos revelar implica cierta reverencia hacia lo oculto; la verdad se revela para aquellos iniciados que encuentran las claves del conocimiento y pueden descifrarlas. La ciencia es entonces encuentro mágico, epifanía.


4

En los últimos años, el arte ha sufrido una transformación sustancial en cuanto a su relación con todos sus componentes comunicativos. Desde el pensamiento del contexto, el análisis de los códigos y hasta la materia misma de lo que consideramos arte, la crítica ha tenido que enfrentar un cambio de los parámetros con los que el artista juega. Uno de los cambios más sustanciales es sin lugar a dudas el proceso de desmaterialización del objeto artístico. La desaparición del objeto nos hace pensar en que el espectador tiene que acostumbrarse a analizar el proceso de cristalización de las metáforas. La tensión artística se traslada hasta un territorio diferido, en el que cada momento creativo funciona aditivamente para formar la obra. Posiblemente esta manera de entender el arte se acerque más a la idea de un proceso que requiere un aprendizaje completo; podría funcionar como la enseñanza de la deducción de una hallazgo científico.

El problema que tenemos ahora es con el entendimiento del arte, si su materia misma se disuelve en la persona misma del artista. La idea de un acto artístico puede ser medido; sin embargo, pensar en un acto científico no nos lleva a las mismas consecuencias.


5

Cuando asistimos a un espectáculo de magia aceptamos nuestro propio engaño. El ilusionista genera efectos que todos sabemos falsos. Sabemos de antemano que el mejor mago es aquel que puede concretar una mentira con mayor verosimilitud. En el caso de la ciencia aplicada el caso es similar: la tecnología nos lleva al engaño de los cables ocultos. Este dominio de la técnica podía resumirse en el arte antiguo como el dominio del lenguaje y de la retórica. Tanto el arte como la ciencia requieren el dominio técnico del convencimiento, más allá del perfil epistemológico de sus métodos.


6

Nos expresamos con palabras que definen las cosas. Las palabras se acercan a lo que queremos decir gracias a un mecanismo comparativo. Todo lenguaje opera de la misma forma: nuestras definiciones solamente nos aproximan a los fenómenos. Al desplazar la tensión fuera del objeto científico o artístico, lo que hacemos es expresar de un modo mucho más concreto este proceso de aproximación y establecemos una metáfora más completa del aprendizaje.

Probablemente el pensamiento científico, así como el artístico, debieran ser concebidos como la descripción de trayectos, continuos acercamientos a la presa, donde las cristalizaciones son marcas de apoyo que definen los diferentes momentos de la caza, más que puntos finales en la búsqueda de una verdad.



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