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Elementos No. 39, Vol. 7, Septiembre - Noviembre, 2000, Página 51
La ciencia de la narración
A propósito de Las partículas elementales de Michel Houellebecq

Salvador Alanis                 Descargar versión PDF


El físico nuclear norteamericano Steven Weinberg (1933), quien recibió en 1979 el Premio Nobel de física por sus trabajos en torno a las partículas elementales, publicó un artículo en The New York Times Review of Books sobre un texto de Alan Sokal, físico matemático de la Universidad de Nueva York, en 1996. En su artículo, Sokal se burlaba de la tendencia a usar lenguaje científico en discursos culturales, filosóficos y políticos.1 El texto de Sokal fue publicado por la revista de estudios culturales Social Text con el título "Transgresión de fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica",2 y sus editores no se percataron de la burla que Sokal hacía con el artículo. La farsa fue revelada por el propio autor quien publicó una réplica a su texto en otra revista, Lingua Franca,3 donde dijo que su colaboración con Social Text había sido "condimentada abundantemente con absurdos" y, si había sido aceptada, fue sólo porque "a) sonaba bien y b) daba por su lado a los prejuicios ideológicos de los editores". El texto de Sokal motiva a Weinberg a discutir la pertinencia del uso de una jerga científica mal entendida en textos filosóficos por autoridades en la materia, como Derrida o Lyotard.

En resonancia con lo anterior, el poeta y novelista francés Michel Houellebecq (1958) publicó con gran éxito en 1999 su novela Las partículas elementales (publicada en español por editorial Anagrama).4 El principio formal alrededor del cual está construida la novela responde precisamente a la integración de un discurso científico en la narración. Las partículas elementales es, entonces, una simulación de crónica científica en la que aparecen de manera intermitente descripciones de corte especializado que dan a la novela toques humorísticos.

La novela trata de la vida de dos medios hermanos, Michel y Bruno, abandonados en momentos diferentes por su madre, hippie entregada al furor de la moda de los setenta. Michel Djerzinski es un biólogo molecular cuya neutralidad hacia las relaciones amorosas lo hunde en un mundo de gran soledad. Bruno es un escritor fracasado, consumidor de pornografía e imposibilitado para mantener por mucho tiempo una pareja. La novela comienza un primero de julio de 1998, en que Michel Djerzinski decide tomar un tiempo de descanso en su labor de investigación en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de París. A partir de este periodo de descanso, el autor hace un recuento de la vida de Djerzinski, quien desde pequeño se reveló como un alumno estudioso y de gran capacidad. Su vida fue definitivamente marcada por la figura de su madre, Janine, dueña de una clínica de cirugía plástica que había fundado con su primer marido y padre de Bruno. Janine fue una mujer que saltaba de una pareja a otra, cuya idea de ser madre la hacía sentir limitada. El padre de Michel era un productor de televisión que ante el carácter ingobernable de Janine, llevó al niño a vivir con su abuela. La abuela de Michel es igualmente un personaje fundamental en la vida del científico. Ella lo acompañó durante todos sus años de formación y motivó al protagonista a aprovechar al máximo su capacidad intelectual. Fue también durante la época en que vivió con su abuela cuando Michel Djerzinski conoció a Annabelle, su primera pareja, con quien se reencontraría al final de su vida. La relación con Annabelle se vería interrumpida desde su adolescencia, cuando Michel, Bruno y Annabelle viajan a una comuna que frecuentaba la madre de ambos, en la que ante la indiferencia de Michel, Annabelle se enreda con el hijo del dueño del lugar. A partir de ese momento, Michel se entrega de lleno a la investigación, eliminando prácticamente su vida sentimental.

Bruno, medio hermano de Michel Djerzinski, vivió desde pequeño en un internado en el que fue víctima de abusos y violencia. Al crecer, su obsesión por el sexo escondía un gran miedo por relacionarse, hasta que se casó y tuvo un hijo. Su matrimonio fue un fracaso y la relación lejana que mantiene con su hijo es muy dolorosa. Bruno estudió letras, se dedicó a la docencia y, aunque en algún momento de su vida intentó ser escritor, su fuerza creativa no encontró una salida lo suficientemente consistente como para mantener su actividad. El centro que motiva al personaje es la búsqueda constante de relaciones que lo conducen hasta centros de meditación y convivencia New Age, donde Bruno conoce a Christiane, quien se convierte en su pareja hasta su muerte. Con Christiane, Bruno encuentra a una mujer dispuesta a entregarse a todas sus fantasías, frecuentando bares de swingers, participando en orgías en centros vacacionales o buscando fiestas privadas, hasta que ambos personajes reconocen encontrar algo que puede estar muy cercano al amor. El eje en la historia de Bruno es el recorrido que hace, primero él solo y después con Christiane, por los diferentes centros de "verdades trascendentales" en los que la gente busca mitigar su soledad.

La relación de ambos hermanos es intermitente. Sin embargo, cada encuentro marca una reflexión importante en el desarrollo de las ideas de la novela. Ambos discuten sobre la libertad y las propuestas de Aldous y Julian Huxley, la incapacidad para comunicarse, la búsqueda de una verdad metafísica que pueda guiarlos y lo inútil de sus actividades. En los encuentros ambos personajes dialogan sin realmente tocarse, encontrando en el otro a un ser solitario, que tampoco los curará de la soledad.

La vida de ambos termina de forma similar. Christiane y Annabelle mueren junto a los hermanos. Bruno se suicida perdiéndose en el mar y Michel Djerzinski, quien se había mudado a Irlanda, desaparece, aparentemente de la misma forma que su hermano. Es entonces que el personaje final de Hubczejak, estudioso de la obra científica de Michel Djerzinski, aparece en la novela. Hubczejak se interesa por el último periodo de la vida de Djerzinski, en el que rescata las ideas de Auguste Comte y desarrolla la última etapa para el perfeccionamiento y reproducción del genoma humano. Los últimos textos del científico tienen tintes metafísicos y hablan de la felicidad generada por la conciencia de nuestra falta de libertad. La novela concluye con la institución de un hombre nuevo, sin libertad, genéticamente diseñado, en una utopía feliz similar a la planteada por Huxley.

La novela de Houellebecq utiliza elementos científicos como metáforas en contrapunto con el drama vivido por los personajes. En ese sentido, la intención del lenguaje de ciencia sirve para reforzar lo absurdo de las situaciones, como también para generar un juicio sobre los últimos treinta años del siglo xx. En ciertos momentos, la intención de Houellebecq no es confundir la jerga científica con la narración, sino hacer sentir al lector que está presenciando un proceso natural como el que puede ver en un documental de televisión. Cito:


Si bien los aspectos fundamentales de la conducta sexual son innatos, la historia de los primeros años de la vida ocupa un lugar importante en los mecanismos que los desencadenan, sobre todo en los pájaros y en los mamíferos. El contacto táctil precoz con los miembros de la especie parece vital en perros, gatos, ratas, conejillos de Indias y macacos rhesus (Macaca mulatta). La privación del contacto con la madre durante la infancia produce perturbaciones muy graves del comportamiento sexual en la rata macho, provocando en particular la inhibición del cortejo. Aunque su vida hubiera dependido de ello (y en gran medida dependía), Michel habría sido incapaz de besar a Annabelle. A veces, por la tarde, ella se alegraba tanto de verle bajar del tren con la carpeta en la mano que se arrojaba literalmente en sus brazos. Se quedaban abrazados unos segundos, en un estado de feliz parálisis; sólo después se dirigían la palabra.5
En este caso, la idea de Houellebecq es producir cierto efecto de alejamiento en la narración para que el drama sea aún más absurdo. Los frecuentes cortes con descripciones sobre el comportamiento de los animales también señalan la idea de una narración in vitro, presenciada por narrador y lector, en un ambiente controlado, sin sorpresas y por tanto, de libertad limitada. Todas las pasiones, el perfil emocional de los implicados, incluso la relación entre lector y narrador, están previamente explicados por premisas científicas que eliminan cualquier posibilidad de desviación. El autor toma el papel de autoridad omnipotente que entiende de antemano lo que sucede en ese pequeño laboratorio de la narración y que puede llevarlo a deducir constantes universales. La novela parte de la idea de que todo lo dicho tiene un fundamento científico que determina la actividad en la narración y que califica o indica el estado de la historia de los últimos treinta años.

Alexandre Koyré, historiador de la ciencia, defiende en el texto de su curriculum vitae de 1951 la idea de un pensamiento humano unitario, en el cual los diferentes lenguajes e ideas de orden filosófico, religioso, político o científico confluyen para definir el pensamiento de cada época.6 En la novela de Houellebecq, la apuesta está por el condicionamiento del lenguaje literario al lenguaje científico, en una suerte de explicación del fenómeno literario basado en un paradigma mecanicista de conocimiento.7 Para Houellebecq, según la idea mecanicista del universo, el mundo funciona como una máquina, por lo que para conocerlo, es indispensable conocer su funcionamiento. La narración gira alrededor de exposiciones técnicas que explican la operación de la máquina de la vida. Es evidente que para el mecanicismo, el pensamiento metafísico no tiene cabida propiamente en la explicación del cosmos. Houellebecq refleja lo anterior al revisar las posturas de búsqueda metafísica en los personajes que Bruno encuentra en los campos de meditación o en los círculos de superación personal. Para el autor lo que motiva la actividad de estos lugares es la cura de la soledad que ataca a los asistentes de los campamentos y, a fin de cuentas, la satisfacción de las necesidades sexuales. Houellebecq ataca a la "filosofía" New Age sin miramientos. En cada capítulo desarrollado en centros vacacionales de este corte, Houellebecq despliega su mejor sarcasmo hasta eliminar cualquier posibilidad de rescate. El culto al cuerpo es visto por el autor como una ocupación absurda, propia de una especie irracional que no sabe identificar sus verdaderos problemas.

Sin embargo, encontramos otro registro de lenguaje científico en Houellebecq, que no forzosamente nos conduce al sarcasmo. La experimentación sobre los lenguajes técnicos lleva al autor a una total integración del pensamiento de la ciencia en la novela. El trabajo de investigación de Michel Djerzinski deriva en la reflexión sobre los problemas filosóficos fundamentales de nuestra época. Hablando de cómo Djerzinski integraba su teoría sobre los espacios de Hilbert, el autor dice que:


En efecto, sólo una ontología de los estados era capaz de restaurar la posibilidad práctica de las relaciones humanas. En una ontología de los estados las partículas eran indiscernibles, y uno debía limitarse a calificarlas mediante un número observable. Las únicas entidades susceptibles de volver a ser identificadas y nombradas en una ontología semejante eran las funciones de onda, y a través de ellas los vectores de estado; de ahí la posibilidad analógica de dar un nuevo sentido a la fraternidad, la simpatía y el amor.8
De esta forma, el viaje por los campos de la trascendencia de Bruno no es sino la preparación para que el autor afirme en boca de Michel Djerzinski la inutilidad de la metafísica y el imperativo de la construcción genética de una nueva raza humana. Djerzinski es un héroe del mecanicismo, que se entrega totalmente a su lucha contra la ilusión de la libertad y la conquista de la naturaleza. Michel responde entonces a la antigua visión que dio pie a la ciencia moderna; el cosmos, más que un mundo cerrado y ordenado —al que había que aproximarse contemplativamente— es un universo infinito que exige una vida activa, en la que el hombre es el dueño de la creación.9

El pensamiento de Michel Djerzinski lleva a la refutación del miedo de Pascal por los espacios infinitos. Para Michel, el vacío en estos espacios no existe. El universo está lleno y sigue las normas de la ciencia, que debemos aprender a dominar. En la novela, la trivialización de las doctrinas trascendentales de la historia, convertidas en cultura New Age, fue un punto decisivo para la desacreditación total de las ciencias humanas y el pensamiento filosófico, como una etapa de transición hacia un estado en el que la ciencia llenaría las inquietudes metafísicas. Hubczejak, el alumno de Djerzinski, termina con la era del pensamiento filosófico, la permanencia y lo sagrado con su lema "La mutación no puede ser mental, sino genética".10

En su ensayo titulado El abandono de la palabra,11 George Steiner señala lo que para él representa un peligro para el pensamiento, que es la subordinación del discurso de las humanidades al lenguaje matemático de la ciencia. Para Steiner, ambos lenguajes, irreconciliables entre sí, se contraponen hasta el grado en que el lenguaje matemático empobrece significativamente el discurso de las humanidades. El mismo pensamiento siguió el ganador del Nobel por sus estudios sobre las partículas elementales, Steve Weinberg, pero en sentido inverso; la inclusión descuidada del lenguaje científico en las humanidades puede resultar un total equívoco. Lo que nos lleva a la idea de dos lenguajes separados, planteada por C.P. Snow en la que ambos discursos pertenecen a esferas de pensamiento totalmente distintas.

Para entender el quehacer artístico y el pensamiento contemporáneo es imposible separar ambas esferas. Aunque la unión de lenguajes ha creado discursos confusos y equivocados, es innegable que la tarea del artista se ha visto a fin de cuentas beneficiada por el avance de la ciencia. Bastaría señalar el efecto que la invención de la fotografía, el cine o el uso de las computadoras tienen en el arte contemporáneo para demostrar lo anterior. El problema de esta unión es siempre un problema de matices. Cuál es la mejor relación entre ambas esferas, si es que están separadas, es una pregunta que ocupa a los teóricos del arte de este siglo. Tal vez el planteamiento de Borges sobre la metáfora como herramienta común de ambos lenguajes sea una primera forma de abordar el fenómeno.

Otra cuestión más compleja nos lleva a mirar las relaciones entre ciencia y metafísica. Pascal mismo, aterrorizado por los espacios infinitos de un universo que se modificaba hacia una nueva cosmogonía, es también una de las figuras claves de la ciencia, con sus estudios sobre el comportamiento de los gases, sus tratados sobre mecánica, sobre las cónicas y el vacío. Decía: "Todo lo que es incomprensible no deja por ello de ser".12 La dualidad existencial que nunca pudo resolver entre instinto y razón parece ser, a la luz del pensamiento mecanicista, un cuestionamiento contemporáneo. La novela de Houellebecq aborda nuevamente, a finales del siglo xx, el mismo problema del pensador francés del xvii. Las partículas elementales es una novela que trata sobre este drama trascendental y lo lleva hasta el extremo del absurdo para poner en evidencia la exageración posible en un pensamiento lógico. Desde esta perspectiva, Houellebecq contesta con la novela a los discursos del poder positivista, hasta afirmar lo que los procesos lógicos pretenden rebatir: la falta de libertad, la muerte total del espíritu.

En el fondo, Las partículas elementales es una novela sobre la libertad y los discursos del poder y la lógica del pensamiento pragmático. El drama es un drama de ideas; en él se debaten los principios de una humanidad mermada por lo utilitario ante el desprecio y la caricaturización de lo trascendente.


Notas

1 Sobre lo anterior, ver el artículo publicado en la revista Vuelta y traducido por Juan Almela, Weinberger, S., La tomadura de pelo de Alan Sokal, Vuelta 238, México, 1996, pp. 8-14
2 Sokal, A. D., "Transgressing the boundaries – Toward a transformative hermeneutics of quantum gravity", Social Text, primavera/verano 1996, pp. 217-252.
3 Sokal, A.D., "A physicist experiment with cultural studies", Lingua Franca, mayo/junio de 1996, pp. 62-64.
4 Houellebecq, M., Las partículas elementales, Barcelona, Anagrama, 2000.
5 Op. cit., p. 61.
6 Cito de su currículum publicado en Koyré, A., Estudios de historia del pensamiento científico, México, Siglo XXI, p4: "Desde el comienzo de mis investigaciones, he estado inspirado por la convicción de la unidad del pensamiento humano, particularmente en sus formas más elevadas; me ha parecido imposible separar, en compartimentos estancos, la historia del pensamiento filosófico y la del pensamiento religioso del que está impregnado siempre el primero, bien para inspirarse en él, bien para oponerse a él. (...) He tenido que convencerme rápidamente de que del mismo modo era imposible olvidar el estudio de la estructura del pensamiento científico".
7 Hugh Kearney en sus Orígenes de la ciencia moderna, discute sobre tres modelos o paradigmas del conocimiento que rigen las formas de estructurar las ideas en las diferentes épocas. El primero de los tres paradigmas, el organicista, es el que reguló el curso de las ideas durante el medioevo y parte de la idea del universo como un ser vivo, eco de las ideas artistotélicas. El segundo, neoplatónico, viaja por toda Europa como un saber oculto que cruza el Oriente y regresa en forma de pensamiento mágico. El neoplatonismo se basa en la idea de que el universo se basa en el secreto que el sabio tiene que revelar. El tercer paradigma es el mecanicista, que concibe el funcionamiento del mundo como el de una máquina. Este último paradigma dio al desarrollo de la ciencia un gran impulso y renovación que culminaría con la gran actividad científica del siglo. Sobre el tema del origen de los tres paradigmas del conocimiento y su registro en la evolución de la ciencia ver Kearney, H., Orígenes de la ciencia moderna, Madrid, Guadarrama, 1970.
8 Op.cit., p.304.
9 Cfr. Koyré, A., Del mundo cerrado al universo infinito, México, Editorial Siglo XXI, 2000.
10 Op.cit., p.318.
11 El ensayo se incluye en el libro Steiner, G., Lenguaje y silencio, Barcelona, Gedisa, 1961.
12 Pascal, B., Pensamientos, Madrid, Alianza Editorial, 1996, pensamiento 230, p. 87.



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