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Elementos No. 37, Vol. 7, Febrero - Abril, 2000, Página 41
Los encantos de la fotografía

Santiago Ramón y Cajal                 Descargar versión PDF


La fotografía común y, sobre todo, la fotografía en color, constituyen distracción incomparable para el trabajador intelectual. En los prosaísmos y miserias de la lucha profesional o de la vida oficinesca, pone un poco de poesía y algo de emoción imprevista. Sus placeres, eminentemente higiénicos y educadores, carecen de la tediosa monotonía del billar o de la ruda y peligrosa fatiga de la caza.

Solitario como el ciclista, el aficionado a la fotografía se basta a sí mismo. Sólo el objetivo puede saciar la sed de belleza de quienes, habiendo nacido artistas, no gozaron del vagar necesario para ejercitar metódicamente y dominar el pincel y la paleta.

Yo debo a la fotografía satisfacciones y consuelos inefables. Por agradecimiento al divino arte escribo este librito. Deseo celebrar lo que tanto amé, lo que es tan digno de cautivar a todo espíritu sensible y curioso de las bellezas naturales.

Excusado es decir que, cercano a la vejez, pertenezco a la grey de los antiguos aficionados. Jamás sentí desfallecimiento en mi devoción por la cámara obscura, cuyas imágenes, siempre variadas, ennoblecieron mis fiestas y alegraron mis vacaciones.

En mi larga carrera de cultivador de la placa sensible, he sorprendido todas sus fases evolutivas. De niño me entusiasmó la placa daguerriana, cuyos curiosos espejismos y delicados detalles me llenaron de ingenua admiración. Durante mi adolescencia aspiré con delicia el aroma del colodion, proceder fotográfico que tiene los irresistibles atractivos de la dificultad vencida, porque obliga a fabricar por sí la capa sensible y a luchar heroicamente con la rebeldía de los baños de plata y la desesperante lentitud de la exposición. Alcancé después el espléndido periodo del gelatino-bromuro de Bennet y V. Monckhoven. Gracias a tan bello invento, los minutos se convirtieron en fracciones de segundo. Ya fue posible abordar la instantánea del movimiento, fijar para siempre la veleidad incopiable del oleaje, reproducir la fisonomía humana en sus gestos más bellos y expresivos, sorprenderla, en fin, durante los cortos instantes en que, libre del velo de la infatuación o de la posse, la verdadera personalidad del modelo asoma por ojos y labios. En mi culto por el nuevo invento, metíme a fabricante de placas, y me pasaba en un desván las noches vaciando emulsiones, entre los rojos fulgores de la linterna y ante el asombro de la vecindad curiosa, que me tomaba por duende o nigromántico. Ya en plena madurez, saludé regocijado la aparición del autocromatismo de Vögel y la exquisita sensibilidad de las emulsiones argénticas. La placa pancromática actual se identifica en sensibilidad cromática con nuestro ojo. Ya no traduce solamente el rayo azul como debe ocurrirle al pez de los abismos del mar; impresiónase también, en determinadas condiciones, en presencia del verde, el amarillo y el rojo. Gracias al admirable invento de Vögel hanse aclarado las mejillas y las rosas, y se han obscurecido como debían el cielo y las violetas.

Faltaba todavía alcanzar el soñado ideal, es decir, descubrir medios prácticos para fotografiar los colores, trocando la siniestra visión de búho por la riente visión de hombre. Y este ideal, quimera inaccesible al parecer, se ha realizado al fin. Hétenos ya, gracias al maravilloso invento de Lumière, emancipados de la intolerable esclavitud del blanco y negro. Flores y frutos, celajes y montañas, bosques y lagos, labios y mejillas, cabellos rubios o castaños, trajes y adornos policromos... todos éstos y otros mil motivos artísticos, antaño inabordables, resultan ahora empresas llanísimas, vulgares, accesibles al más modesto cultivador del objetivo. Porque, fuerza es reconocerlo, en su afán por garantizarnos el éxito, los hermanos Lumière han imaginado, con la creación de sus autocromas, la reproducción más sencilla y automática que se conoce. Bastan en rigor seis u ocho minutos para impresionar, revelar, invertir, redesenvolver, lavar y entregar al cliente una heliocromía, asombro de verdad y de belleza, cuando para hacer una buena fotocopia en negro es menester casi un día, a menos de resucitar el trasnochado y pueril procedimiento del ferrotipo, regocijo en otro tiempo de ferias y delicia de soldados y criadas.

Dicha grande para todos los que de vez en cuando necesitamos interrumpir, con un poco de solaz, el duro batallar del trabajo y ansiamos renovar nuestros goces artísticos, ha sido el poder asistir a la èclosion del procedimiento autocrómico y saborear sus encantos, antes de que la terrible catarata senil, empañando nuestro objetivo ocular, baje el telón sobre el mágico teatro de la vida.

No concibo tormento mayor para un admirador de la naturaleza que este cruel destierro de la luz, decretado por la senectud confabulada con la enfermedad. Triste cosa debe ser, en efecto, vivir condenado a enfocarse a sí mismo, a reemplazar la realidad infinita con la pálida cabalgata de juveniles recuerdos. Mirar hacia sí es tornarse egoísta, desinteresarse de un mundo que no se ve; al contrario, mirar hacia afuera vale tanto como regalarse con un espectáculo variado e imprevisto; es renovar nuestro haber ideal y moral, solidarizándonos cada vez más con el mundo y sus criaturas.
Dígase lo que se quiera por los fervientes del libro talonario o por los inconscientes cultivadores de la velocidad –seres dichosos que, como ciertos mosquitos, vuelan por volar desenfocándolo todo y no mirando nada–, la fotografía no es deporte vulgar, sino ejercicio científico y artístico de primer orden y una dichosa ampliación de nuestro sentido visual. Por ella vivimos más, porque miramos más y mejor. Gracias a ella, el registro fugitivo de nuestros recuerdos conviértese en copiosa biblioteca de imágenes, donde cada hoja representa una página de nuestra existencia y un placer estético redivivo.

Y es algo más. Constituye también medicina eficacísima para las decadencias del cuerpo y las desilusiones del espíritu; seguro refugio contra los golpes de la adversidad y el egoísmo de los hombres. De mí sé decir que olvidé muchas mortificaciones gracias a un buen cliché, y que no pocas pesadumbres crónicas fueron conllevadas y casi agradecidas al dar cima a feliz excursión fotográfica.

Privilegio de la fotografía, como del arte, es inmortalizar las fugitivas creaciones de la naturaleza. Gracias a aquélla, parecen revivir generaciones extinguidas, seres sin historia que no dejaron la menor huella de su existencia porque la vida pasa, pero la imagen queda.

¿Habéis pensado alguna vez en lo que significa un álbum de fotografías? Al contemplar la efigie de seres inexistentes, ¿no os parece que, a la voz de un conjuro, los muertos abandonan sus tumbas para contarnos su triste o feliz historia? Y a menudo, el fantasma evocado no aparece tocado con las venerables canas de la vejez, sino adornado con las galas de la juventud y en lo más culminante y florido de la curva vital. ¿No es verdad que la serie cronológica de fotografías de un sujeto parece realizar el ensueño de la reversibilidad de la vida, del cinematógrafo al revés, retrocediendo desde la decrepitud al nacimiento y desde el sepulcro a la cuna?

Fijáos en la robusta matrona rodeada de retoños; desdibujada por la grasa, convertido el artístico jarrón en imponente cuenco, semeja reina de abejas destinada a poblar zumbadora colmena. Por fortuna, ahí está vuestro álbum. Miradla rehabilitada y transformada en grácil doncella. ¿Qué imagen es digna de quedar en nuestra memoria, de vivir asociada a las más agradables evocaciones juveniles, ésta o la otra?

Contemplad en escena a la opulenta y transversal característica. En otro tiempo fue hermosa dama joven, ídolo del público. Consultad vuestra colección. Acaso la bella actriz vive en alguna parte. Quizás la encontraréis entre las instantáneas de la mundana plaza de Biarritz. Sí, vedla allí; parece una sílfide saliendo del mar, luciendo vistoso traje modelador de la forma, porque el agua y la capilaridad son dibujantes concienzudos que no saben de vaguedades y eufemismos. ¿Cuál merece perpetuarse?

He aquí un veterano general, cargado de espaldas y de cruces, saliendo de Palacio. ¡Ruina es que da lástima! Hojead nuevamente vuestro álbum. Miradlo a caballo, en su época gloriosa, cargando bravamente al enemigo. El veráscopo le sorprendió en un momento épico: ¡jadeante el caballo, amenazadora la espada, al desgaire el bigote, centelleantes y avizores los ojos! ¿Qué imagen quedará en nuestro recuerdo y en la historia, ésta o la otra?

Sin duda que la vida se renueva y nuestro álbum puede todavía enriquecerse, y a la vieja colección de fotografías en negro añadiremos la nueva serie de fotografías en color. Y todas estas pruebas tendrán derecho a nuestro entusiasmo. Pero sólo las fotografías contemporáneas de nuestra juventud o de nuestra madurez saben hacer el milagro de resucitar a los muertos, porque reproducen aquella capa de humanidad, con la que conjuntamente sentimos, anhelamos y amamos...

¡Lástima grande que hayamos nacido demasiado temprano! La ciencia infatigable nos lleva de sorpresa en sorpresa, y cada invención es un placer arrebatado a nuestros abuelos. Los que vamos para viejos, ¡cuánto daríamos ahora por poseer fotografías en color de nuestros progenitores en plena florescencia de fuerza y juventud! ¡Qué dicha sería poder contemplar, sin los afeites y convencionalismos de la pintura, siempre aduladora y esquemática, las juveniles facciones de nuestras madres, de quienes casi todos los que pasamos de los cincuenta conocemos no más la efigie, desfigurada y marchita por el sublime sacrificio de la maternidad! Sólo nuestros hijos han alcanzado tan noble y espiritual satisfacción.

A vosotros, los jóvenes, reserva el porvenir gratas sorpresas. El progreso de hoy se llama la fotografía en color; mañana se cifrará conjuntamente en la reproducción del color, el movimiento y el relieve. Entre tanto, aprovechémonos de la labor meritoria de sabios e industriales. Atesoremos para nuestro invierno las flores de la primavera.

Para iniciar o fortalecer en nuestra juventud la noble afición a la heliocromía, redactamos este librito. Nada nuevo hallarán en él los doctos en materias fotográficas. Aspiramos exclusivamente a resumir en forma clara y metódica, los principios teóricos y reglas prácticas de la fotografía en color, siguiendo las huellas y aprovechando las enseñanzas de tratadistas extranjeros tan eximios como Ducos du Hauron, Lippman, Lumière, Vidal, Namias, Neühauss, Valenta, Ives, Kenneth-Mees, barón v. Hübl, Drouin, Quentin, etcétera.

Carecemos en España de obras de esta índole, y juzgamos que no serán superfluos los consejos de un veterano cultivador de casi todos los géneros heliocrómicos, desde el proceder tricrómico de Ducos hasta el interferencial de Lippman.

Consignado dejamos que estimamos indispensable exponer, en forma sumaria, la teoría de cada procedimiento y de cada manipulación. Privarse de la teoría es rechazar la mitad del placer fotocrómico, que consiste en comprobar experimentalmente la exactitud de los principios científicos. El devoto de la heliocromía no debe ser rutinario practicón atenido a recetas y formularios, al modo del carpintero que, aguijado por la necesidad, abandona la garlopa por el objetivo. Ocioso parece insistir en el vulgar argumento de que sólo acierta quien sabe. La interpretación de los resultados obtenidos y el remedio de los fracasos y accidentes, deben buscarse en la clara comprensión del mecanismo físico-químico de cada operación fotográfica.

Tal es el fin perseguido por el libro actual. Si con nuestra modesta contribución conseguimos fomentar la afición y entonar un tanto la cultura y el fervor de los heliocromistas de nuestro país, quedarán plenamente satisfechas las aspiraciones del autor.

Introducción del libro La fotografía de los colores,
Editorial Clan, Madrid, 1999.



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