Una
de las predicciones de la teoría general de la relatividad
(también llamada teoría einsteiniana de la
gravitación), que no ha sido confirmada aún en
forma directa, es la existencia de ondas gravitacionales. La
gravitación es una de las fuerzas fundamentales de la
naturaleza y, a diferencia de las otras tres fuerzas fundamentales (la
electromagnética, la débil y la fuerte), tiene un
carácter universal; es decir, afecta a toda la materia. La
gravitación es la interacción más
importante a gran escala y determina la estructura del universo; en
cambio, a nivel microscópico, su presencia es
prácticamente despreciable.
La primera teoría (en el sentido actual del
término) acerca de la gravitación fue la
teoría de Newton, la cual permite explicar en forma bastante
precisa los movimientos planetarios (aunque no siempre se
consideró así; durante los siglos xvii y xviii
parecía que la teoría de Newton no era capaz de
reproducir los movimientos de Júpiter y Saturno, hasta que
Laplace demostró que ello se debía al
método de cálculo empleado). De acuerdo con la
teoría de la gravitación de Newton, la
interacción gravitacional se propaga
instantáneamente, es decir, con una velocidad infinita. Este
hecho hace incompatible la teoría gravitacional de Newton
con la teoría especial de la relatividad (establecida en su
forma actual por Einstein en 1905), ya que esta última
(confirmada ampliamente en forma experimental), entre otras cosas, no
permite señales o interacciones que se propaguen
más rápidamente que la luz. La incompatibilidad
mencionada tuvo como consecuencia que en las primeras
décadas de este siglo se buscara una nueva teoría
de la gravitación acorde con los resultados de la
teoría especial de la relatividad. Así, en 1915,
guiado por el llamado principio de equivalencia (que en su forma
débil corresponde al hecho, ya conocido por Galileo y
Newton, de que la aceleración producida por el campo
gravitacional en un punto del espacio sobre cualquier cuerpo colocado
allí, no depende de las características de
éste) y el formalismo de la geometría
diferencial, Einstein obtuvo una teoría para el campo
gravitacional que, en el caso de campos débiles y cuerpos
con velocidades mucho menores que la de la luz, lleva
prácticamente a los mismos resultados que la
teoría de Newton. Mientras que en la teoría de
Newton, al igual que en la física clásica, se
supone que el espacio y el tiempo son absolutos e independientes entre
sí, en la teoría de Einstein el espacio y el
tiempo forman una sola entidad cuyas características
dependen de la materia presente y el campo gravitacional corresponde a
la curvatura del espacio-tiempo.
Figura 1. Los detectores de ondas gravitacionales LIGO (Laser
Interferometer Gravitational-wave Observatory) son
interferómetros de brazos iguales en los que un haz de
láser se refleja en espejos colgantes que sirven como masas
de prueba. Una onda gravitacional incidente comprime un brazo del
interferómetro al tiempo que estira el otro, produciendo una
diferencia en los tiempos de viaje del haz de luz en los dos brazos.
Esta diferencia se registra en el patrón de interferencia
que se forma al recombinar los haces en el fotodetector. Los brazos
tienen una longitud de cuatro kilómetros.
Aparte de la profunda diferencia conceptual entre las
teorías de la gravitación de Newton y de
Einstein, la teoría de Einstein predice diversos efectos que
no se pueden derivar de la teoría de Newton. Varios de estos
efectos han sido confirmados experimentalmente y, a pesar de que se han
propuesto otras teorías posteriores a la de Einstein, esta
es la teoría (no cuántica) más
satisfactoria con la que se cuenta hasta ahora.
En la teoría de la gravitación de Newton, la
órbita de un planeta debe ser una elipse con una
orientación fija en el espacio; en cambio, en la
teoría de Einstein, dicha órbita es una curva
más complicada, similar a una elipse cuyos ejes rotan en el
mismo sentido que el planeta. Para los planetas del sistema solar esta
precesión de los ejes es pequeñísima y
es más notoria en el caso de Mercurio. Ya desde mediados del
siglo pasado se conocía la precesión de la
órbita de Mercurio y de las dificultades de la
teoría de Newton para explicarla. El cálculo
basado en la teoría general de la relatividad concuerda
bastante bien con las mediciones.
Otro efecto que, a pesar de su pequeñez, ha sido verificado
satisfactoriamente es la desviación de los rayos de luz por
un campo gravitacional. Las teorías de la
gravitación de Newton y de Einstein establecen que un rayo
de luz que pase, por ejemplo, cerca del Sol, se desvíe un
poco de una trayectoria rectilínea, pero de la
teoría de Einstein se obtiene un ángulo de
desviación que es el doble del predicho por la
teoría de Newton. La primera medición de esta
desviación se realizó durante el eclipse de Sol
ocurrido en mayo de 1919 y, después de esta
confirmación de la teoría general de la
relatividad, Einstein comenzó a ser conocido mundialmente de
tal manera que, incluso ahora, es considerado por la gente no
relacionada con el estudio de la física como el principal
ejemplo de un científico o como el máximo
exponente de la genialidad (un fenómeno similar,
más actual, que también ilustra lo que puede
lograr la publicidad, es la imagen que mucha gente tiene de Stephen
Hawking).
Una predicción de la teoría general de la
relatividad, que la distingue de la teoría de la
gravitación de Newton, es la existencia de ondas
gravitacionales. A diferencia de la teoría de Newton, la
teoría de Einstein supone que la interacción
gravitacional, manifestada por la curvatura del espacio-tiempo, se
propaga no con una velocidad infinita, sino con la velocidad de la luz.
Un cuerpo o conjunto de cuerpos en movimiento puede generar un campo
gravitacional variable que, de acuerdo con la teoría, se
propaga como ondas similares a las ondas electromagnéticas.
De hecho, al considerar la teoría general de la relatividad
en la aproximación lineal (es decir, despreciando en las
ecuaciones para el campo gravitacional algunas contribuciones
supuestamente pequeñas, de tal manera que las ecuaciones
resultantes puedan tratarse más fácilmente) se
halla que las ondas gravitacionales deben tener varias propiedades en
común con las ondas electromagnéticas, por
ejemplo, presentan dos tipos de polarización y llevan
impulso y energía.
Los primeros intentos hechos para detectar ondas gravitacionales (las
cuales deben estarse produciendo continuamente por la
explosión de estrellas o, simplemente, por el movimiento
orbital de cuerpos con gran masa) fueron realizados alrededor de 1965
por Joseph Weber. El detector diseñado por Weber consiste en
un cilindro sólido de medio metro de diámetro, y
uno o dos metros de largo. La idea básica es que al llegar
una onda gravitacional al cilindro, en éste se produzcan
oscilaciones que puedan ser detectadas convirtiendo las vibraciones en
señales eléctricas. Al estimar la intensidad de
las ondas gravitacionales producidas por los fenómenos
astronómicos conocidos, se encuentra que, debido a las
grandes distancias involucradas y a la pequeñez de la
constante de gravitación universal, la cual determina el
acoplamiento de la materia con el campo gravitacional, estas ondas
deben producir en el detector movimientos extremadamente
pequeños, del orden del tamaño del
núcleo atómico, por lo que su
detección resulta muy difícil. A pesar de que
Weber ha reportado la detección de ondas gravitacionales
mediante sus instrumentos, otros grupos de experimentadores no han
podido reproducir sus resultados.
Tratando de mejorar la sensibilidad, existe actualmente otra clase de
detectores en operación o en construcción en
diversos lugares del mundo, cuyo funcionamiento está basado
en la medición óptica de las variaciones que debe
producir una onda gravitacional en la separación entre
varios cuerpos que forman parte del detector. Puesto que una onda
gravitacional corresponde a ondulaciones del espacio-tiempo, al pasar
una de estas ondas por donde haya un conjunto de cuerpos separados
entre sí, hará que las distancias entre ellos
varíen y, puesto que estos desplazamientos son muy
pequeños, una técnica experimental adecuada para
medirlos es la interferometría óptica. Haciendo,
por ejemplo, que un haz de láser rebote entre espejos
distantes, las variaciones de la separación entre los
espejos producidas por una onda gravitacional produciría
cambios en el patrón de interferencia del haz que sirven
para detectar el paso de la onda. El interferómetro del infn
de Pisa, junto con la Universidad de París en Orsay, que es
uno de los más grandes, tiene una longitud de tres
kilómetros.
Uno de los problemas comunes en los detectores situados en la Tierra es
que las oscilaciones producidas por una onda gravitacional son muy
débiles, por lo que los detectores deben aislarse
adecuadamente para no confundir el efecto de una onda gravitacional con
alguna vibración producida de otra forma. Una manera de
resolver este problema es situar los espejos del
interferómetro lejos del suelo, por ejemplo, a bordo de
satélites en órbita alrededor de la Tierra e
incluso en órbita alrededor del Sol. Se han propuesto varios
detectores de este tipo, los cuales servirían
también para realizar otros experimentos.
Aun cuando la predicción que hace la teoría
general de la relatividad acerca de las ondas gravitacionales no se ha
confirmado directamente todavía, existe evidencia indirecta
de que esta predicción de la teoría
también es correcta. En 1974 se descubrió
mediante el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) un par de cuerpos
muy compactos, probablemente un par de estrellas de neutrones, que
giran alrededor de su centro de gravedad común separadas por
una distancia relativamente pequeña, de tal manera que su
periodo orbital es de 7.751939337 horas. La razón por la que
esta "estrella doble" fue descubierta es que uno de los cuerpos que lo
forman es un pulsar, esto es, un objeto del cual recibimos
radiación electromagnética en forma de pulsos con
una notable periodicidad. De acuerdo con la teoría general
de la relatividad, un sistema así debe estar emitiendo ondas
gravitacionales que llevan parte de su energía y, puesto que
se ha logrado determinar en forma muy precisa la órbita que
siguen sus componentes, se puede calcular la energía que se
debe estar perdiendo por la radiación. Esta
pérdida de energía se traduce en un aumento
gradual del periodo orbital y los datos acumulados en más de
veinte años de observación de este sistema,
conocido como PSR 1913+16, muestran que, en efecto, dicho periodo ha
variado en una cantidad que coincide con lo predicho por la
teoría en una parte en 1014, es decir, una parte en cien
millones de millones, lo que significa una concordancia superior a la
obtenida en cualquier otra área de la física o de
la ciencia. Otro ejemplo de la precisión que se puede
alcanzar mediante las teorías físicas (y,
particularmente, mediante los experimentos) lo da la
electrodinámica cuántica (que proviene de la
combinación de la mecánica cuántica y
de la relatividad especial); el cálculo del momento
magnético del electrón basado en la
electrodinámica cuántica coincide con el valor
determinado experimentalmente en una parte en 1011, es decir, una parte
en cien mil millones.
La detección de las ondas gravitacionales en forma directa
no sólo constituiría una esperada
confirmación de la teoría de Einstein, sino que
proporcionaría una nueva "ventana" para observar el
universo. La experiencia obtenida hasta ahora muestra que al ampliar
los métodos de observación, se descubren
múltiples detalles que revelan la estructura e historia del
universo. Las primeras observaciones astronómicas, que en la
Antigüedad se hacían a simple vista, fueron
mejoradas con el desarrollo del telescopio, el cual es capaz de captar
mucha más luz que la que recibe el ojo humano. El uso de la
fotografía, primero, y de los detectores
electrónicos actuales, ha incrementado enormemente la
capacidad de recolectar la luz procedente de las estrellas y de otros
objetos, permitiendo así conocer cada vez más la
composición y distribución de los cuerpos
celestes. La detección de las ondas de radio, los rayos X,
la radiación infrarroja y la ultravioleta procedente de
diversos lugares del universo ha incrementado las posibilidades de
conocer cómo es y cómo funciona el mismo, ya que
algunas de estas formas de radiación son capaces de
atravesar regiones que son opacas a la luz visible o, directamente, la
producción de estas otras formas de radiación
electromagnética revela por sí la ocurrencia de
procesos desconocidos previamente. Por ejemplo, los pulsares fueron
descubiertos por medio de la radioastronomía, mientras que
algunos objetos que posiblemente sean agujeros negros han sido
identificados por la emisión de rayos X. Es de esperarse que
la detección de la radiación gravitacional
agregue una forma complementaria de obtener información
sobre el universo y, posiblemente, lleve al descubrimiento de
fenómenos astronómicos no revelados por los
métodos de observación disponibles actualmente.
A pesar de la importancia de la teoría gravitacional de
Einstein, de la misma forma como la incompatibilidad de la
teoría de la gravitación de Newton con la
relatividad especial llevó a la búsqueda de una
nueva teoría de la gravitación que la
reemplazara, desde los años veinte se ha buscado una
teoría de la gravitación que tome en cuenta la
naturaleza cuántica de la materia y que sustituya la
teoría de la gravitación de Einstein.
Particularmente en los últimos años se han
logrado varios progresos en diferentes enfoques a este problema, pero
la búsqueda ha resultado más larga que la que
condujo a Einstein a formular su teoría, que sigue siendo un
ejemplo de los logros del intelecto humano.
Gerardo F. Torres del Castillo es investigador del Departamento de
Matemáticas del Instituto de Ciencias de la Universidad
Autónoma de Puebla.