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Elementos No. 36, Vol. 6, Noviembre - Enero, 2000, Página 67
San Francisco de Asís y los pájaros

Anamaría Ashwell                 Descargar versión PDF


Un dejo de tristeza se asoma en el ánimo cuando uno piensa en san Francisco de Asís.

Quizás porque el Santo de Asís toma por asalto nuestra sensibilidad con la expresión seria y castigada que Giotto le pintó en su rostro en los muros de su Basílica de Asís, lugar donde nació Francisco, con el nombre de Pietro Bernardone, en 1182. O, quizás, porque las escenas dramáticas y milagrosas que los grandes maestros de la pintura del Siglo XIII a XV pintaron de su vida, se antojan no solo traumáticas y dolorosas sino también imposibles de soportar para cualquiera que no sea un Dios.

En una choza cerca de Porciúncula, un sábado del 3 de Octubre de 1226, Francisco de Asís murió. Tenía apenas cuarenta y cuatro años y su vida fue, literalmente, un calvario: tortuosas enfermedades lo inutilizaron por periodos largos de tiempo, vivió afligido por una ceguera creciente que lo sumió en una oscuridad total un año antes de su muerte, y por los recuerdos de sus hermanos y frailes, sabemos que Francisco infligió castigos y torturas a su débil cuerpo y humillaciones incesantes a su extasiado espíritu.

"…cada uno tiene su verdadero enemigo en su poder; es decir, tiene a su cuerpo por medio del cual peca. Por eso, bienaventurado será el siervo del Señor que teniendo a su enemigo cerca, lo mantiene cautivo y se defiende de él…"

Le predicó a los frailes y, además, les demostró con su propio ejemplo: Francisco se castigó en público y en privado, con un látigo, hasta que la debilidad o el desmayo detuvo su mano; se impuso penitencias interminables y aceptó castigos corporales de otros sin quejarse; se perforó el cuerpo con espinas y durante sesiones largas de oración, para evitar el sueño, suspendió su cuerpo de una soga desde las vigas de su celda; también ayunó hasta caer casi moribundo en brazos de Clara, o de su hermano Elías, quienes lo alimentaron y sanaron hasta revivirlo. Durante los inviernos fríos de Umbría su cuerpo pequeño casi no soportaba los vientos: las heladas calaban su piel cubierta apenas con un harapo remendado y sus pies se adormecían, quemados por el hielo, siempre descalzos. Al parecer, Francisco nunca aminoró el castigo de su cuerpo y en cada momento señaló a los frailes los pecados y el mal que se albergaban en éste:
"…debemos abstenernos de vicios y pecados y de todo exceso en comida y bebidas, y debemos ser Católicos…"
"…debemos odiar nuestros cuerpos con sus vicios y pecados porque como dice nuestro Padre en el Evangelio: Todos los males y pecados provienen del corazón…no debemos ser sabios ni prudentes con la carne; más bien, debemos ser simples, humildes y puros. Y debemos mantenernos en el escarnio y el desprecio por nuestro cuerpo, ya que es por nuestra propia culpa que somos miserables y despreciables, piojos y gusanos, como nos dice nuestro Señor Padre por boca de los Profetas: Y soy gusano que no hombre, vergüenza de todos, escarnio de la plebe (Salmo: 22)".

Esto les repitió siempre en un tono, según se desprende de sus pocos escritos, de urgencia extrema. Pero Francisco no sólo sintió terror por los vicios y los pecados que se asomaban a su espíritu por conducto de su cuerpo sino que vivió atormentado ante la idea de que Dios pudiera descender ante él y encontrarlo impuro. Cierto temblor debió haberse apoderado de su mano cuando advirtió a los frailes de su Orden, por escrito, que era imperioso para él y todos los frailes vivir complaciendo a Dios porque todo acto contrario los hacía "culpables del cuerpo y la sangre del Señor". Vivió con el peso de esa culpa asumida y uno sólo puede imaginarse la inconmensurable angustia que debió haber sido para su espíritu. Quizás, por lo mismo, Francisco nunca encontró un equilibrio entre cierta compulsión por convertir a los infieles a la religión de su único Dios y la necesidad que sentía de aislarse en meditación, oración y ayuno hasta el delirio. Se condujo entonces por caminos que lo llevaron por España, Egipto y Tierra Santa: en busca de sarracenos infieles y del martirio personal. En su andar entonaba cantos que repetían un estribillo que desnudaba su estado de ánimo: "…bendito serán aquellos que reciben la muerte por voluntad del Señor…"

Quizás algunas frases del poeta José Gorostiza en Muerte Sin Fin, repetidas a viva voz hasta que cierto eco resuena más allá de nosotros mismos, pueden dar una idea del gozo que sentía Francisco ante la perspectiva de morir por su Dios: "…este morir a gotas/me sabe a miel…" decía el poeta.
Enamorado de Jesús, Francisco emuló su martirio, y, según nos cuentan todos los que le conocieron, todo lo soportó con inmensa felicidad.

Hay algo terrible, y a la vez maravilloso, en un hombre, como Francisco, que vivió arrebatado por la Divinidad. Terrible porque en el Dios de la santidad de Francisco esta oculta la imposibilidad de toda alteridad, es decir, esta solo el deseo de un Dios que se desea a sí mismo en el otro, una pasión que no contempla la compasión por el Otro sino únicamente su propia y subjetiva realización en el Otro. El Dios de Francisco es un Dios disociado de su vecino porque demanda una religiosidad mística y narcisista del creyente y también plenitud de fuerza y poderes para el convencimiento inmisericorde del Otro; dirige al creyente también a una suerte de idolatría: la imagen de Dios, también del Yo-en-Dios, es necesariamente auto-referencial. Pero más central aún, el Dios de Francisco, es algo que le sucedió, descendió sobre él, lo marco con las señales de su propio calvario y ante ello Francisco no negoció, ni condicionó ni pidió: su Dios fue una suerte de obligación que no requirió de su consentimiento y que lo eximió de toda responsabilidad.

Por eso también el arrebato divino de Francisco fue y es una suerte de maravilla. El viaje intenso y el dialogo silencioso del misticismo de Francisco debió haber sido de un gozo insondable e inexplicable para los que no tuvieron la misma experiencia. Así lo debieron haber comprendido todos los que le conocieron, los que le observaron mientras oraba, o se percataron de los milagros que ocurrían ante su sola presencia en un lugar. Quizás ese sentido de asombro por todo lo que ocurrió en su vida fue lo que impulsó, contagió casi como una epidemia, que se contaran y narraran tantas historias milagrosas de su martirio, de su santidad, de los milagros que desperdigaba por su camino. Esas historias sobre la santidad de Francisco cruzó fronteras lingüísticas y geográficas incluso mientras él vivió; y después de su muerte se expandió hasta convertir en milagros y augurios todos los actos cotidianos de su corta vida. Con el tiempo una Leyenda Dorada que describía actos de magia y prestidigitación, levitaciones, iluminaciones repentinas, momentos de desconcertante generosidad, instantes enteramente improbables para un hombre de carne y hueso pero absolutamente aceptables en la vida de Francisco, mágicos y maravillosos, quedaron como representación de la vida de Francisco Asís. El quedó inmortalizado por sus hermanos y discípulos en las narraciones panegíricas y apoteóticas y en la imagen que pintaron de él, rebosantes de azul preciado, sobre los muros de su Basílica, los grandes maestros del arte religioso occidental. Todos reconocemos hoy cual fue la fisonomía de Francisco: tenía un porte de hombre santo que sostiene en su mano una calavera, o un crucifijo; en sus manos, pies y en el costado derecho tiene los estigmas del calvario de Jesús; luce su túnica larga y café con un justo cordón de tres nudos; tiene una piel suave de colores aceitunados y un rostro barbado con unos ojos intensos y en la comisura de sus labios se dibuja apenas un suspiro sereno. Es la imagen de él que nos legó Giotto.

Giotto, el florentino (1267?-1337), seguramente no conoció los escritos del Santo cuando llegó a Asís, invitado por el Ministro General de la Orden de los Frailes Menores, Fray Giovani di Muro, comisionado para pintar su Basílica; pero entre 1297 y 1299 él pintó los frescos en la Basílica rememorando la vida y los milagros de Francisco como si los hubiera presenciado. Conjuntamente con los mas grandes maestros toscanos, romanos, umbríos, de su tiempo, Cimabue, Simone Martini, Torriti o Rusuti, Pietro Cavallini, Pietro Lorenzetti, y los artistas anónimos del llamado Maestro de San Francisco, Giotto inmortalizó para la imaginación y la devoción del mundo occidental una Leyenda Dorada de la vida de aquel que se llamó a sí mismo porvorello.
De todos los frescos que Giotto pintó en la Basílica la escena más famosa entre las Historias Franciscanas es, sin lugar a dudas, la que Giotto le dedica al periodo de penitencia y ayuno de Francisco (entre Agosto y Septiembre de 1224) en el Monte la Verna, cuando el Santo recibió los estigmas y la presencia de Dios en la figura de un serafín crucificado. Los frescos y representaciones dedicados a Francisco con los animales, sin embargo, son los que ahora quisiera comentar, en particular "La Prédica a los Pájaros" que fue pintado no sólo por Giotto, sino con anterioridad por el Maestro de San Francisco y por varios otros pintores, algunos anónimos, del Siglo XIII:

"Yendo el bienaventurado Francisco a Bevagna, predicó a los pájaros; y estos estiraban con regocijo sus cuellos, tendían sus alas, abrían sus picos, le rozaban el sayal; y todo ello lo contemplaban los compañeros del Santo que lo esperaban al borde del camino" rezó la transcripción en latín que Giotto colocó al pie de la escena.

"La Prédica a los Pájaros" se refiere a uno de los momentos más conocidos de la vida de Francisco: cuando él, extasiado, predica un sermón de alabanza a Dios y los pájaros se le acercan para escucharle mostrándose atentos y agradecidos. La historia esta narrada por San Buenaventura, casi en los términos mismos con que Giotto apuntó en los frescos de la Basílica y también en la Vita Prima de Celano donde se lee así:
"…el más bendito Padre Francisco pasaba por el valle de Spoleto. Llegó a un lugar llamado Bevagna donde muchos y variados pájaros estaban congregados…al verlos, Francisco, el bendito servidor del señor, porque fue un hombre de gran fervor que tenía mucha simpatía por las criaturas inferiores e irracionales, abandonó a sus acompañantes en el camino y se dirigió hacia ellos…los pájaros los esperaban expectantes y él les saludó…humildemente les pidió que escucharan las palabras de Dios. Entre las cosas que les dijo, les habló lo siguiente: Mis hermanos pájaros, deben amar Uds. al Creador profundamente y alabarlo siempre. El les dio las plumas que portan, sus alas para volar y todo lo que necesitan. El les ha hecho noble entre sus criaturas y les dio un hogar en el aire puro. Uds. no siembran ni cosechan y con todo El los protege y los gobierna sin ninguna ansiedad de parte de ustedes… Los pájaros se mostraron gozosos a su manera, estirando el cuello, extendiendo sus alas, abriendo sus picos y mirando atentos a Francisco…"

Las leyendas y anécdotas sobre Francisco y los pájaros se multiplicaron y se extendieron hasta dar cuenta de encuentros entre el Santo con todo tipo de animales; provenientes de tradiciones anónimas y de varias regiones de Europa, se conocieron narraciones que cuentan, por ejemplo, de una parvada de golondrinas en Alvano, a quienes Francisco, en medio de un sermón, pidió que acallasen sus trinos para que la palabra de Dios que pronunciaba pudiera ser escuchada por todos: las golondrinas quedaron de pronto en atento silencio; en Greccio, Francisco salvó a un conejo de campo de una trampa y a pesar de que los conejos de campo "todos reconocen son salvajes", éste se acomodó en su falda agradecido; hay historias de abejas que rondaron amorosamente su cabeza y también de un halcón que se posó en su hombro, entre otras. Y tan famosa como "La Prédica a los Pájaros" es la historia del "Hermano Lobo de Gubbio": un lobo que llevaba tiempo amenazando a los pobladores de Gubbio y que fue milagrosamente apaciguado por Francisco. Esta historia también inspiró a los grandes maestros del arte religioso a partir del Siglo XIII: Sasseta (Stefano di Giovanni-1394-1450) el gran maestro de Siena la pintó en los retablos del altar de la iglesia de San Francisco, Borgo Santa Sepolcro entre 1437 y 1444.

La realidad de la vida y de las estaciones de Francisco, he querido proponer, son todos los momentos que quedaron registrados entre sus discípulos, compañeros y conocidos en una suerte de Leyenda Dorada e Iconográfica que creció en torno al Santo y que, quizás, hasta lo rebasó. Esa suerte de Leyenda Dorada que se creó en su entorno y que interpretó su actos y su santidad conformó toda su vida: Francisco de Asís no es comprensible si su vida se edita de manera racionalista; si llega a la reflexión, por decirlo de otra manera, sin la fuerza de sus milagros, sin las leyendas que se explayaron sobre sus actos de magia, sus encuentros venturosos, sus viajes imposibles, y sin la mirada extasiada de los pintores que nos dieron su semblanza y nos escenificaron los momentos de su vida. En esas narraciones y en la iconografía de los momentos que vivió, encontramos la transmutación de Pietro Bernardone en San Francisco de Asís: conocemos así la historia de un hombre que en plena Edad Media, y de histerias místicas, fue total y excepcionalmente una rareza.

No hay nada que nos debe llevar a dudar lo que otros ojos vieron y contaron de él asombrados: que Francisco conversaba con los pájaros, que mantuvo cercanos encuentros con un lobo, con un conejo salvaje y de unas golondrinas que escucharon atentas cuando él les encomió a que alabasen a Dios, ni que había recibido los estigmas por conducto de un serafín…
Sin embargo, tampoco hay que extraer de estos momentos de su vida una suerte de ética cristiana hacia los seres vivos, incluyendo a los animales, cuando ni Giotto, ni Tomás de Celano, ni San Buenaventura, ni los pintores anónimos del Siglo XIII, ni el mismo Francisco, sostuvieron nada parecido. En todas las descripciones de esos momentos de Francisco con los animales, en "La Predica a los Pájaros", cuando Francisco ahuyenta o domestica al lobo de Gubbio, los animales sirven únicamente de vehículo (a veces hasta de estorbo como en el caso de las golondrinas ruidosas que él encomió a callar para que se pudiera escuchar su sermón) que dan énfasis dramático y mágico al misticismo de Francisco. A los pájaros de su prédica, "inferiores e irracionales" como los describe Celano, Francisco les instruyó a que alabasen a Dios aunque eran inmerecidos de su gracia. Y en sus escritos, además, casi no existen referencias a los animales ni a otras especies: Francisco esta demasiado preocupado por salvar el alma de los infieles y de la suya propia. Así, las contadas alusiones a los animales que sí anota son siempre referencias peyorativas o metafóricas sobre los instintos inferiores y del mal en el hombre. A su cuerpo le llama "miserable y despreciable, piojo y gusano" ; en otro momento, a los que mueren en el pecado mortal, les desea que "los gusanos coman sus cuerpos…(mientras su espíritu) se dirige al infierno donde será atormentado sin fin". En uno de los salmos, Sagrada Virgen María, Salmo VI, reza así:

"…O a todos ustedes que pasáis por mi rumbo
miren si existe tristeza como la mía…
Ya que muchos perros me tienen acorralados
Y una jauría de malhechores me han cercado…
…han abierto sus fauces en contra mía
como las de un león rabioso y rugiendo…
En sus "Salutaciones a las Virtudes", uno de sus últimos grandes himnos de agradecimiento a Dios, al dar las gracias por la Sagrada Obediencia y al reconocer la suerte de abandono total a la voluntad de Dios dice que el hombre debe quedar sometido no únicamente a la voluntad de otros hombres sino también ante "todas las bestias y a los animales salvajes para que éstos hagan con uno lo que les plazca…" y, entonces, Francisco agradece ante Dios "la creación de todas las cosas espirituales y corporales" que son atributo de divina voluntad en los hombres "creados en su imagen y semejanza".

En 1980 el Papa Juan Pablo II, proclamó a Francisco de Asís patrón de la ecología.

Los fantásticos relatos de sus momentos de oración y de misticismo fueron interpretados e interpelados por los jerarcas de la Iglesia romana con la intención de sustentar un empeño, artificial, que quiso conciliar el canon cristiano con cierta sensibilidad moderna, escandalizada, ante un planeta que amenaza en convertirse en inservible por hechura del hombre; y también retocaron las anécdotas iconográficas del santo de Asís a modo de que éstos que se pronunciaran sobre la actitud reprobable de los hombres modernos que destruyen la naturaleza y a las otras especies vivientes en aras de un confort creciente. Pero encontrar alguna simpatía o preocupación explícita hacia la ecología, o hacia los animales, entre los Santos y místicos cristianos es casi imposible. Se decidieron, entonces, por Francisco, el santo de Asís, quizás porque las tradiciones populares e iconográficas ya lo habían situado al lado de unos pájaros atentos y de un lobo domesticado. Además, únicamente con Francisco y San Antonio de Padua, su contemporáneo, se puede establecer algún vínculo histórico con los animales; así éstos no hayan sido del orden de una propuesta explícitamente doctrinaria en relación a los animales. Además, buscar entre los místicos alguna preocupación ecológica o por los derechos de los animales es, ciertamente, una búsqueda inútil y hasta sin sentido.

La jerarquía eclesiástica, entonces, forzó un poco los símbolos de los actos y los milagros del santo de Asís y leyó en la iconografía y en la literatura franciscana una suerte de apología ecológica y un alegato de defensa a los animales. Nada de eso, sin embargo, fue dicho, ni el Santo de Asís lo reflexionó, ni lo meditó ni fue una causa por la cual militó. Francisco vivió en un estado de éxtasis enamorado únicamente de Dios, en la imitación del martirio de Jesús, y quería salvar para El a sus criaturas semejantes. Quería salvarse a sí mismo también porque él fue señalado y encomiado por Dios a esa única misión.
Pero, en la tradición judeo-cristiana de Occidente, en las enseñanzas del Viejo y del Nuevo Testamento, en verdad no existe ningún legado doctrinario, teológico y ético que incluya a las otras especies vivientes en los privilegios que Dios otorgó a su pueblo escogido. Para el Dios judío y cristiano la Gran Cadena del Ser culmina en sus creaturas humanas: todas las demás especies vivientes existen para asistir al hombre en la sobrevivencia, en la ritualización de sus compromisos religiosos, para acercarlos o apartarlos del mal y para estorbarles en la redención de sus pecados.
El Viejo y Nuevo Testamento, incluyendo la Biblia Apócrifa con las Cartas 3 y 4 de los Macabeos, contiene alrededor de cuarenta y tres referencias prescriptivas sobre las otras especies, pero en ningún párrafo hay una buena nueva para los animales.
Es conocido que la serpiente se llevó la culpa de la transgresión de Eva en el paraíso y Dios les maldice con las más terrible de las condenas(Génesis:3):
"…te arrastrarás sobre tu vientre y comerás el polvo de la tierra todos los días de tu vida. Yo pongo enemistad entre ti y la mujer entre tu linaje y el suyo; él te aplastará la cabeza mientras tú te abalances a su calcañal". Desde entonces la víbora ha servido de caldo y estofado en nuestra mesas, como pieza de cacería recreativa, como piel lustrada en nuestros zapatos y bolsas, y hasta como remedio hervido y destilado para la artritis de hombres que se creen merecedores de su sacrificio. Con el Diluvio Dios castiga "la maldad de los hombres" haciendo perecer entre ellos a todas las demás especies vivientes (Génesis:6): "Exterminaré de sobre la haz de la tierra al hombre que he formado; hombres y animales, reptiles y aves del cielo, todo lo exterminaré, pues me pesa de haberlos hecho" y escogió a Noé y su familia para salvarlos conjuntamente con un puñado de animales que le asegurarían la sobrevivencia cuando llegara a buen puerto. Entre las culturas occidentales del cristianismo europeo, cuyo dominio planetario y expansión en gran media estuvo ligado al desarrollo de sus ciudades, el diluvio exterminador no se ha detenido hasta el presente: el urbanismo ahoga con sus aguas negras los campos libres, los pantanos , las selvas y los bosques, exterminando a las escogidas especies, los pocos sobrevivientes, que Dios tuvo en su bien salvar del Diluvio primordial.

¿Y los pájaros de San Francisco? En Deuteronomio:14 Dios advierte que hay animales "puros e impuros", prescribe los que se pueden comer y los que son "inmundos" y de los pájaros que fueron encomiados por Francisco para alabar a Dios, en el Viejo Testamento dice: "Podréis comer toda ave pura. He aquí los que no podréis comer: el águila, el quebrantahuesos, el buitre, el milano, el halcón en todas sus especies, toda suerte de cuervos, el avestruz, el mochuelo, la lechuza, el ibis, el búho, el pelícano, la cerceta, el mergo, la cigüeña, la garza en todas sus clases, la abubilla y el murciélago. Tendréis también como impuro cualquier insecto alado y no lo comeréis. Comeréis, en cambio de todo volátil puro…" es decir, a las golondrinas que callaron mientras Francisco decía su sermón.

En el occidente cristiano, incluso entre las sociedades de la reforma protestante, nunca nacieron movimientos religiosos que sostuvieron el derecho a la vida de todos los seres vivientes, como sucedió en el Budismo y el Hinduismo en el oriente. El antiguo cristianismo ni siquiera guardó, a pesar de sus raíces judías, las prescripciones de alimentos de origen animal estipulados en el Levítico que el Islam adoptó, por ejemplo, en relación a los cerdos: el más "impuro" y "repulsivo" de los animales "inmundos", tanto para los antiguos judíos como para las culturas griegas y romanas. Uno hubiera esperado que siquiera la tradición cristiana popular hubiera reservado alguna prescripción para el gallo; el gallo que canta el amanecer de la resurrección de Jesús y representa la esperanza y el deseo de una vida después de la muerte; el gallo que advierte la llegada del nuevo día y el retiro de los espíritus de la noche y del mal; el gallo que antes de cantar predice la negación de Pedro. Pero no sólo el buen gallo es el caldo preferido de las recetas culinarias de todo el mundo cristiano sino que fue en las comunidades cristianas donde se inventó y se popularizaron las peleas de gallos.
La metafísica cristiana y occidental promueve una cultura que impulsa una suerte de provocación utilitaria del mundo animal (y de toda la naturaleza); plantea que los animales son los instrumentos para la realización del hombre; son los objetos, vivos pero objetos a fin de cuentas, desde los cuales él puede extraer energía, sustento o información. El puede manipularlos, transformarlos, tocarlos, acumular, despreciar, exprimir, liberar, todas sus potencialidades según vienen dictadas por su necesidad y sus placeres. Son una suerte de "gasolinera" al cual él acude para llenar el tanque para seguir "progresando". La última edición del catecismo de la Iglesia lo dice así explícitamente:
"Los animales, como las plantas, y todos los seres inanimados, están, por naturaleza, destinados al bien común de la humanidad, en su pasado, en su presente y en el futuro…y pueden utilizarse para la justa satisfacción de las necesidades del hombre."

Esta es una propuesta ética imposible en el mundo religioso y cultural de oriente.

En el pobre Francisco hay que buscar al Dios que desde Europa se vino sin misericordia a conquistar con la espada el alma de los indios de Mesoamérica. En el atormentado Francisco hay que indagar sobre aquello que lo llenó de esplendor y lo fundió con un mirada y una confianza en algo imponderable, innombrable, absolutamente poético. Quizá en Francisco podríamos encontrar aquello que se despliega como una suerte de acontecer de la verdad y que es de una hermosura tan tremenda que solo Giotto, y el color azul, atisbó a mostrarlo... pero al pobre Francisco no hay que cargarle la pena de ser patrón de la ecología, ni de los animales, ni de las golondrinas… que nunca le pesaron, ni le preocuparon, ni a él, ni a su Dios ni a su Iglesia.

Cholula, Puebla

29 de abril de 1999



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