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Elementos No. 36, Vol. 6, Noviembre - Enero, 2000, Página 5
El uso de animales en experimentación científica

Marcelino Cereijido                 Descargar versión PDF


Para discutir el uso de animales de experimentación, es imprescindible analizar nuestra relación con ellos, sobre todo en el contexto de nuestra cultura.
Hace unos años, un canal de televisión transmitió una discusión sobre el toreo a la que, para concitar el interés, había invitado a "personalidades", no a científicos y, previsiblemente, pasó lo que tenía que pasar: un señor relampagueante de tics y vacuo en raciocinio "ganaba" la discusión con el simple trámite de elevar su voz e interrumpir cada vez que le disgustaban las opiniones ajenas; otro, cayendo en un festival de antropocentrismo oligofrénico, aseguró que los toros se sienten honrados de morir peleando como guerreros, a pesar de que les destrocen a lanzados los músculos, nervios y vasos del lomo, y no pastando rascuachamente en un potrero; y así, un tercero sostuvo que el toreo debe ser permitido porque es parte de nuestra cultura, es decir, adoptó la misma manera de "justificar" que emplean las dictaduras militares para masacrar disidentes, recurriendo al añejo y cada vez más imbécil "ser nacional". Ese es habitualmente el marco conceptual y el nivel en que luego se discute el uso de animales de experimentación. Pero, dado que Elementos es la revista de, ni más ni menos, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, el debate que promueve debe superar esa mediocridad, manejarse con información, ahondar en las raíces del problema y recurrir a la ciencia hasta donde sea posible.
Antecedentes culturales de la relación Humanos/Naturaleza.
Aquí conviene recordar dos aspectos de las culturas primitivas. En primer lugar, suponen que el universo opera cíclicamente y al cabo de cierto tiempo todo se volverá a repetir y, en segundo, entienden que la vida misma fluye cíclicamente a través de los diversos organismos, porque los humanos comen animales y vegetales, luego acaban por ser injeridos por animales feroces o gusanos, estos fertilizan la tierra en la que crecen plantas, que a su vez alimentarán a los herbívoros, que acabarán siendo devorados por animales o personas. Ese fluir cíclico es algo más que una simple "cadena trófica", pues también incluye el espíritu, de modo que cuando reverencian al oso y al gamo que cazan, y tienen ceremonias religiosas para la siembra y la cosecha, están reconociendo que esa presa y ese fruto mañana será parte de ellos mismos. Además, muchas de esas culturas creen en la reencarnación, de modo que respetan al oso y al gamo como si reverenciaran a un antepasado.
Pasemos ahora a nuestra civilización.
Los pre-socráticos hablaban de necesidades, no de leyes de la Naturaleza; justamente, la noesis de Platón se refería a una armonía, un balance, una coherencia, no a un reglamento que el universo debiera obedecer. La idea de que estas últimas leyes existen la introdujeron los judeocristianos al proclamar al hombre como un Rey de la Creación, a quien Dios le concedió la Naturaleza para que la domine, explote y haga de ella su sirvienta. San Crisóstomo (Siglo V) llegó a afirmar que los Diez Mandamientos son una codificación de las leyes naturales.
A pesar de que Aristóteles enfatizó la continuidad entre todo tipo de vida, distinguió de una manera artificial entre la inteligencia humana y las de algunos animales que exhiben conductas muy similares. Pero fueron tal vez los estoicos quienes argumentaron tajantemente que los animales no pueden razonar en absoluto. Luego, René Descartes con su "Cogito, ergo sum" encaminó la filosofía por un subjetivismo del que jamás se ha recuperado, y que dejo desprotegido al "mundo-de-ahí-afuera" (al mundo que no podría decir, como él: "Pienso, luego existo"). La división mente/cuerpo cartesiana despojó de valores a la Naturaleza, dió por sentado que los animales no sufren y, cuando se los clava a una mesa, se los viviseca, se los evisera, se les intuba la tráquea y se les tritura los nervios, sus gritos y contorsiones no indican que estén sufriendo, pues son como un carillón que, al golpear sus campanas con un martillo, emiten sonidos sin que necesariamente padezcan dolor alguno. El dar por sentado que los humanos no somos parte de la Naturaleza, ni tenemos el deber de relacionarnos con ella benévolamente, sino que conquistarla y dominarla, desfigura además nuestra identidad humana. La civilización se convierte así en Orden y Bondad, y lo silvestre en Caos y Mal. De modo que para el hombre blanco lo "silvestre" es una tierra "horrible", "infestada" y "salvaje", denominación que también aplica a los animales y a las personas. Las oposiciones binarias civilizado/salvaje, mente/cuerpo, humanidad/naturaleza, llevaron tomar a la identidad como diferencia, y provocaron otras polaridades no menos deplorables, como hombre/mujer, blanco/negro y amo/esclavo.
Por eso es fundamental no perder de vista que los límites entre humano y animal no son naturales, sino culturales, y están sujetos a que cada cultura, cada época histórica, los redefina. Y así como en algunos países ya comenzaron a colapsarse las jerarquías amo/esclavo y hombres/mujeres, esperamos que este debate promovido por Elementos ayude a demoler la nefasta concepción humanos/animales. Pero, insistimos, esa tarea es irrealizable sin revisar primero el marco de la cultura desde la que evaluamos estas cosas.
Algunos antecedentes de la preocupación por la crueldad con los animales.
La ciencia cree que los homínidos de los cuales descendemos, primero aprovecharon los restos que dejaban los carnívoros feroces, luego ellos mismos se hicieron cazadores, y más tarde sus conocimientos y habilidades les permitieron desarrollar la ganadería. De pronto el hombre organizó fiestas para lucir sus destrezas: flechar, lancear, enlazar, bolear. También planteó espectáculos que le permitieran conocer y comparar las características de los animales más aguerridos, haciéndolos combatir entre ellos o con otros seres humanos. Estas actividades fueron deslizándose hacia la caza deportiva, el toreo, la riña de gallos, las peleas de perros, la cetrería, en las que la justificación de la necesidad alimenticia fue siendo suplantada lisa y llanamente por el morbo. Pero la necesidad de manejar animales para comer no dejó de suministrar excusas para la crueldad; algunas industrias de los alimentos continúan confinando a los pollos en jaulas exageradamente estrechas para restringir sus movimientos y conseguir que su carne no se endurezca; también recurre a recortarles o quemarles el pico para que en su desesperación no se lastimen y disminuyan su precio de mercado; es habitual que carencien de hierro a los vacunos para que su carne aparezca más blanca en el comercio, y que se los mate con procedimientos baratos pero chapuceros que, por no ser repentinos, ocasionan horribles sufrimientos. Peor aún, a veces se cuida que el animal no muera súbitamente, para que su lenta agonía permita drenar una cantidad mayor de sangre faenable. Luego claro, para evitar la repugnancia, la gente disimula el origen de su comida, reservando un nombre distinto para el animal vivo y el que ya ha sido transformado en alimento (guajolote y no pavo; pork y no pig).
Ya desde Cicerón y con auge en el Renacimiento, la caza fue denunciada por razones seculares y humanísticas, como cruel, tonta e inculta. Pero todavía quedan países que cometen toreo aunque se digan cristianos, ignorando que lo tienen estricta y específicamente prohibido. Así, Pio V, en su bula "De Salute Gregis" dada en Roma el día de Todos los Santos 1° de noviembre de 1567, estipula:
"…De manera semejante prohibimos a los clérigos, tanto regulares como seculares, a los que detentan beneficios eclesiásticos o estén constituidos en las sagradas órdenes, que asistan a tales espectáculos (se refiere a los taurinos), bajo pena de excomunión." Bien, ahora véase la figura 1. Esta es, precisamente, la cultura desde la que se juzga el uso de animales para la experimentación científica. Avencemos.
¿Qué dice la biología?
Científicamente hablando, resulta arbitrario definir qué es un organismo pues, en primer lugar, no es una "cosa" sino un "proceso", una estación efímera en la que coinciden los ciclos materiales y energéticos de la biosfera: agua, carbono, sodio, potasio, oxígeno, etc. En segundo lugar, los organismos son a veces verdaderos "ciudades" o "federaciones" conpuestas por una multitud de especies disímiles. Así, un simple pelícano es en realidad un complejo nicho ecológico en el que viven bacterias, hongos, artrópodos microscópicos -y no tan microscópicos- que habitan normalmente los resquicios de sus plumas, pliegues de su piel e intestinos. Cada pelícano individual, comporta una sociedad de más de 100 especies y, al menos en condiciones silvestres, si uno lo limpia y lo "libera" de ellas, se enferma y muere: el pelícano logra ser pelícano con ese centenar de especies.
Nosotros no podríamos digerir la comida sin nuestra flora intestinal, nuestros herbívoros morirían por la misma razón. Además, las células eucariontes (las que tienen núcleo bien definido: las de nuestro cuerpo por ejemplo) se formaron hace miles de millones de años a través de una asociación de células más simples, como las bacterias y espiroquetas, llamadas procariontes porque no tienen un núcleo bien definido. De modo que en más de un 10%, "nosotros" estamos compuestos por bacterias y espiroquetas que forman flagelos, mitocondrias, microtúbulos, centrosomas, etc. Si nos "curáramos de esas infecciones", por ejemplo ingiriendo cianuro de potasio pra matar a nuestras mitocondrias, moriríamos en segundos.
En resumen: no hay una frontera clara entre nosotros y los organismos no-humanos.
Por qué experimentar con animales
Ya Galeno, dos siglos antes de Cristo, al disecar varios tipos de animales comprobó que son muy similares al hombre en vísceras, músculos, arterias, venas, nervios y huesos. Maimónides basaba sus portentosos conocimientos médicos, en la anatomía que había aprendido de niño, observado el trabajo de su abuelo materno que era carnicero. Siglos después, los fisiólogos constataron que la similitud anatómica se extiende a la fisiológica y a la bioquímica. Hoy la biología molecular nos muestra que compartimos más de 98% de nuestro programa genético con los monos antropoides. Esas similaridades permiten que hoy sepamos cómo funcionan nuestras neuronas por investigaciones hechas en el calamar, nuestro páncreas a través de la experimentación en el perro, nuestro corazón gracias al de la rata, nuestros pulmones gracias a los del cobayo, nuestro sistema olfativo gracias a los del gato, nuestras gónadas gracias a las del conejo, nuestra visión con base en la del sapo y la lechuza, y el conocimiento de nuestros genes gracias a trabajos con drosófilas, levaduras, bacterias y guisantes.
Como en el pasado no se contaba con anestésicos y no se atendía al bienestar de los animales, estos estudios producían sufrimientos inenarrables. Decía Voltaire "Hay bárbaros que toman este perro, que tanto supera al hombre en fidelidad y amistad, y lo clavan sobre una tabla y lo disecan vivo ¡para mostrarte las venas mesaraicas! […] Contéstenme, mecanicistas ¿ha dispuesto la Naturaleza todos los resortes de la sensibilidad de este animal, de modo que no pueda sufrir?" (Dictionnaire Philosophique, "Bêtes"). Eso llevó a que en el siglo siguiente se crearan sociedades protectoras de animales y de antiviviseccionistas.
Tal como lo veo, el uso de animales en la investigación es imprescindible, tanto en el plano científico como en el plano ético. En el plano científico porque no se puede estudiar la fisiología de la visión, la hemodinámica del hígado o la enfermedad de Parkinson, sin recurir a los animales. En el plano ético porque la ciencia no puede renunciar al uso de modelos animales y condenar así a quienes sufren de glaucoma, diabetes, lepra o hipertensión. Para que quede claro: en 1957, un año después de que se les diagnosticaba una leucemia, en el Primer Mundo morían 85 de cada 100 niños. Veinte años después y gracias a los conocimientos obtenidos estudiando animales, sólo moría un 15%.
¿Cuáles animales?
Los piojos y las pulgas que transmiten la peste, y los mosquitos Anopheles vectores de la malaria, son tan animales como los monos antropoides. Con todo, no le volaríamos de un balazo la cabeza a un chimpancé con la misma indiferencia que le daríamos un palmetazo a una mosca. Por eso, hoy los países promulgan leyes que van aflojando su rigor en la medida en que en vez de usar monos se usan perros, en vez de usar perros se usan gatos, y así se va deslizando a ratas, ratones e invertebrados. Al llegar a los unicelulares el rigor legal se ha devanecido totalmente. Por eso hoy los investigadores tienden a usar cultivos celulares, que no tienen neuronas y no pueden sufrir.
Pero hay campos en los que no se puede evitar el uso de animales, porque los cultivos celulares no tienen aorta, ni cerebelo, ni sistema extrapiramidal, ni hipotálamo. Los investigadores que utilizan animales para investigar estas cosas lo hacen con sumo cuidado, empleando anestésicos, antibióticos, granjas de animales confortables, con temperatura regulada, comidas balanceadas y evitan todo sufrimiento. Los científicos siguen el consejo de Jeremy Bentham quien, en 1780, tras asociar la caza con los derechos de los animales y también con la esclavitud, puntualizó que no se debe preguntar "¿Pueden hablar?" ni "¿Pueden razonar?", sino "¿Pueden sufrir?". Es bueno tener en cuenta además que los científicos no sólo evitan el sufrimiento con base en un sentimiento de piedad y diagnidad, sino además, porque el sufrimiento pondría en juego mecanismos que distorsionarían totalmente los resultados.
Es imprescindible que se promuevan campañas de esclarecimiento como la que ahora plantea Elementos, pues la necesidad del uso de animales de la ciencia moderna está trascendiendo en mucho la antigua vivisección y la actual experimentación sin sufrimiento. Así, ante la falta de donantes de órganos y la frecuente incompatibilidad inmunológica, se está recurriendo a modificar genéticamente a los animales para que sean ellos quienes provean de órganos. Más aún: ya se está desarrollando la capacidad de producir fetos y niños anencefálicos que podrían ser donantes de órganos verdaderamente humanos. De modo que la sociedad debe capacitarse para entender el planteo técnico, las consecuencias morales y la base sobre la cual se va a legislar. De lo contrario, quienes tengan un hijo a punto de perder la vida por carecer de donantes, comenzarán a viajar a lugares del planeta en que esas técnicas sean toleradas.
La inconsistencia de quienes se oponen a la experimentación.
La mayoría lo hace porque conocen casos extremos, que por regla general son antiguos, o actuales pero a cargo de investigadores chapuceros y, con toda razón, quieren que esas repugnancias se prohiban. Así y todo, no suelen tener objeción alguna a que se le salve la vida a su hijo inyectándole un suero antiofídico, o la suya propia con una inyección antitetánica, ambas perfeccionadas y preparadas en animales. Esta inconsistencia se prolonga cuando acaso esa misma persona venera a un Dios "todopoderoso y todo-amor-y-bondad" que, según la mitología, permitió que su hijo fuera clavado en una cruz. Luego otorgan derecho a la vida a un embrión de un mes (y por lo tanto se oponen a que la madre decida qué hacer con su propio cuerpo y su destino) pero no le reconocen un derecho similar a un toro cuando es perversamente torturado a la vista de miles de fanáticos que solo buscan una diversión morbosa. De modo que el análisis debe trascender "las prácticas de laboratorio" y enfocarse inevitablemente sobre las bases de nuestra cultura.
El antropocentrismo: Esopo, Perrault y Disney
La información que acabamos de discutir nos hace claro que, a finales del Siglo XX, para hablar del "honor" que siente un toro de lidia y "su preferencia" a no morir como un "villano granjero" sino "como un guerrero" se necesita algo más que una ignorancia supina: se requiere tener una moral que permita adorar dioses filicidas. Pero debemos reconocer que quienes tuvieron mayor éxito en disuadir el trato cruel con los animales no fueron los educadores ni los sacerdotes, sino autores como Esopo y Perrault, que en sus fábulas hicieron "hablar" a osos, monos, perros y lobos e hicieron que la gente los sintiera "humanos". La situación mejoró enormemente en las décadas del 30 y del 40 cuando gente como Walt Disney produjo al Ratón Mikey y luego a Bambi, basado en la novela de Felix Salten de 1924. También mejoró enormemente cuando los parques zoológicos comenzaron a contar con instalaciones infantiles, en las que los niños pueden acariciar y alzar en brazos cachorros de animales y bichos adultos inofensivos. La conjunción con estos sentimientos, con la labor esclarecedora de la ciencia, puede llevarnos a disminuir la carga de prejuicios ancestrales y prácticas degradantes, y el bienestar de los animales y la salud habrán de mejorar.
En resumen
No tenemos una razón biológica para distinguirnos de los animales, ni podemos excluirlos ni excluirnos de las cadenas tróficas mucho más antiguas que el nacimiento de la ética. Pero eso no nos da derecho a provocarles sufrimiento, aunque tengamos una religión que los sataniza y sacerdotes que no consiguen que su feligrecía abandone esas prácticas degradantes. La ciencia actual necesita estudiar a los animales, pero lo hace recurriendo a recursos que les evitan todo sufrimiento. Es más, puesto que existe una ciencia veterinaria, ellos mismos se benefician de los conocimientos conseguidos.
Los científicos deben señalarle a su sociedad la tremenda hipocresía involucrada en promulgar leyes que traban o impiden el desarrollo de la ciencia, mientras que excluyen de la legislación al toreo, las riñas de gallo, el boxeo y las peleas de perros. Realmente se necesita un nivel muy grande de estupidez, para "justificar" esas perversiones sobre la base que así es nuestra cultura, sin darnos cuenta de que, precisamente, eso demuestra que hay que cambiarla para no caer en la ignorancia y la indignidad.



BIBLIOGRAFÍA

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