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Elementos No. 36, Vol. 6, Noviembre - Enero, 2000, Página 47
El observador observado

Luisa Ruiz Moreno                 Descargar versión PDF


La figura del gato en una semiótica del mundo natural

Este ensayo de descripción dará cuenta del gato y sus comportamientos, pero el gato del que aquí se trata no es precisamente el animal, el ser biológico que comparte la vida cotidiana del hombre, sino más bien una figura que surge de la relación hombre/gato en el espacio de lo social determinado por la cultura. Esto quiere decir, necesariamente, que del hombre del que hablaremos es también una figura que emerge de esa relación. Así, hombre/gato serán el resultado de una solidaridad que establece sus diferencias y los instituye como valores. Claro está que de esa implicación mutua es el gato el que es aquí objeto de nuestras consideraciones, y no el hombre, pero en ellas el hombre será tocado por los efectos de sentido y referido, en última instancia, como la ausencia que se hace presente en el discurso por la figura protagónica del gato.
Las reflexiones que haremos sobre el gato no dejan de inscribirse en el ámbito de lo humano, en aquella parte del universo natural que es percibida por el hombre como un lugar de significación y que, esa parcela, así captada, se convierte por el mismo acto de percepción en el mundo de las cualidades sensibles o mundo natural. Es decir, el mundo natural, coextensivo de las lenguas naturales, es el mundo construido y descifrable por el hombre pero que, al igual que la lengua que habla, lo precede y lo sobredetermina. En este "medio natural" el hombre se desenvuelve categorizando el universo según operaciones de selección e integración, decidiendo qué pertenece a la naturaleza como orden de lo físico, lo químico y lo biológico y qué pertenece a la cultura como orden de lo imaginario, orden que reúne lo sensible con lo inteligible. Así, la naturaleza y la cultura son el resultado de tales operaciones más que magnitudes existentes fuera de ellas.

De manera que este mundo natural es el escenario donde el hombre se asume sujeto del universo e instaura a éste en su objeto de determinaciones. Y en esta relación discursiva, puesto que el mundo natural no es más que el amplio espectro de las predicaciones humanas, surgen los enunciados sobre el mundo mismo y los enunciados que hablan de la relación sujeto/objeto, de las inversiones de la relación (donde el mundo se vuelve sujeto y el hombre su objeto), de la relación del sujeto con otros sujetos, de la relación del sujeto consigo mismo y de las significaciones que tales relaciones adquieren. Evidentemente, estos enunciados o decires no son sólo verbalizaciones, son sí prácticas discursivas que se desenvuelven en el mundo natural pero ellas pueden ser comportamientos, gestos, silencios, acontecimientos rituales o festivos, estilos y formas de vida, espacializaciones diversas, etcétera.

En este ámbito de las prácticas discursivas tiene lugar la relación intersubjetiva del hombre con el gato, porque planteada la situación en términos de los lugares y las funciones que cada uno ocupa en la relación sujeto/objeto, el gato pasa, por un acto de percepción, del universo natural al mundo natural y deviene sujeto frente al hombre.
el testigo: del observador al contemplativo

Si hay un espacio que el gato ocupa y una función que realiza como un rasgo distintivo en la escena de la vida cotidiana, es el lugar y la función del observador. El gato define su lugar en el mundo y su sitio frente y con el hombre bajo el papel del que ejerce un hacer receptivo: mira, oye, huele, palpa y degusta. Evidentemente, el rol del observador no se define únicamente por una competencia interoceptiva, es necesario que ese rol se complete, además, con una acción cognoscitiva que transforme aquello que se recibe. Esa acción, en el caso del gato, es puramente interior puesto que no la verbaliza y permanece en un fondo de misterio para el hombre. Sin embargo, el gato manifesta el resultado de sus transformaciones interiores en actuaciones que van desde la dulzura hasta la violencia, del estar silencioso al maullido más impertinente. Extremos que pueden pasar, desde luego, por los estadios intermedios del juego travieso y del maullido conversacional, del brillo y de la intesidad de la mirada de sus ojos de agua.

De manera que el gato, que es un actor que ejerce una acción pasiva, se hace sentir activamente en el ámbito de su otro, el hombre, y hace sentir los resultados de las transformaciones interiores de los datos que ha registrado. Y, sobre todo, manifiesta las transformaciones de aquellos elementos que hacen al espacio de relación que va de uno a otro sujeto: el gato y el hombre. Así el gato es un espacializador casi con absoluta prescindencia del tiempo. Su memoria, sus días y sus noches pasan por el espacio: los lugares y los sitios que él determina con el hombre. Si el hombre desaparece de la dimensión compartida, el gato duerme o huye y vuelve al mundo cuando el hombre da mínimos signos de presencia y regresa para significarle la extensión. Y el hombre sabe, así, que ha retornado a su espacio.
De lo anterior se desprende que la ausencia del gato desmorona para el hombre el lugar de la casa, la desespacializa. La casa sin el gato se vuelve un espacio sin aspecto, sin modalidad, es decir, un espacio sin mirada, lo que no es, pues, un espacio. Porque el espacio, como sabemos, es un trozo significante del mundo y la mirada del hombre sobre su casa no es suficiente para la construcción de sentido, él necesita ser observado por otro, otros ojos que le hagan ver, no tanto su imagen –función que cumple el espejo– sino, la relación que él tiene con las cosas. El hombre tiene que verse visto en su humanidad y el gato le presta su lugar.

El lugar del gato, decíamos, es el del observador pero esto no es del todo preciso puesto que ese rol, aparte del de perceptor, subsume otros dos: un rol cognoscitivo y un rol verbal; de los cuales, el segundo, no existe en el gato y, el primero, permanece como decíamos en lo arcano para el hombre y, por lo tanto, no podemos objetivarlo y decir que el gato es un cognoscitivo, aunque sí podemos afirmar con toda certeza que es un sabio.
O sea que, si no verbaliza, el gato es un observador que no describe ni narra; es, entonces, un testigo silencioso y necesario.
simulacros en acción
El gato es para el hombre la representación de lo salvaje en el interior de lo doméstico. Es el tigre, el puma, el león o el oso posible. Así como "el osito" de la infancia, símbolo de todos los animales de piel suave y atrayente para el tacto, el gato constituye la comunicación con ese recoveco sensible en el que los animales de la madriguera se miman unos con otros. La lejana infancia, así como la selva inaccesible se vuelven menos utópicas en la proximidad del gato.

El hombre se vuelve espectador cuando el gato escenifica para él simulacros de caza mayor en el jardín. El gato transforma su cuerpo en el de la fiera salvaje y hace como que oye ruidos de presas cercanas, se esconde tras una hoja a la que toma por árbol y se prepara con inusitado empeño para embestir sin miramientos a la que ha constituido en el símil de su objetivo: una abeja, posada apenas en la levedad de un pétalo. Disimula luego su fracaso con un salto invertido y una carrera hacia otro lado.

También el gato ensaya feroces peleas con sus congéneres amigos y se prepara para los verdaderos combates con otros gatos que no son de su hombre. En los simulacros de guerra los aullidos agudos preceden todo movimiento. Pero todavía antes que ellos se oyen los chasquidos sordos que acompañan al achatamiento del cuerpo y la cabeza. El gato se hace una materia plástica y aligerada de peso para combatir más bien en el aire que en la tierra. En el adelgazamiento estirado que lo vuelve un plano vertical, el gato basa el engaño que le hace al ojo del enemigo puesto que el contrincante no puede ya medir la anchura donde asestará el golpe. Así el gato hace creer que no es una corporeidad física en el espacio sino la ilusión visual de otro que no es él. De ese modo puede deslizarse rozando apenas el terreno para que sus huellas no delaten el peso de su cuerpo. El pelo erizado que se aúna a la levedad montante turba la vista del otro y le provoca una sensación de vacío.

Finalmente, estos juegos de guerra no dejan de ser semejantes a las guerras mismas, porque la lucha verdadera consiste en gran parte en montarle al otro juegos ópticos de eficiente credibilidad. La única diferencia entre la guerra y su simulacro es la apertura de la garra y la intensidad con la que ella cae sobre el cuerpo del otro. Todo lo cual va regido por la intención del gato, según que sea ejercicio lúdico u odio mortal. Sólo el amigo o el enemigo lo saben. Pero lo que ni uno ni otro pueden saber es cuándo la lucha cuerpo a cuerpo tendrá lugar, ya que el tiempo de lidia es muy amplio y desproporcionado con respecto a los momentos y a la cantidad de los encuentros corporales. Y tampoco ninguno puede calcular si esos escasos encuentros, cuando se dan, se realizan con materias o con formas figuradas en el aire.

Por lo tanto, el vencimiento del otro depende de la eficacia simbólica de la guerra. La victoria se logra cuando un gato ha convencido a otro de que es inasible. Para tal efecto, sólo una mirada puede bastar. Con los ojos, un gato puede enfurecer a otro gato y obligarlo –no tanto por la amenaza de agresión como por herir su orgullo con la altanería de haberlo mirado de ese modo– a dejar para él un lugar que ha decidido suyo y de mayor privilegio junto al hombre.

Tensiones y pasiones

Con lo anterior hemos dicho que el gato es celoso de sus lugares. Y celoso, sobre todo, de su lugar junto al hombre que constituye su más alto valor. La configuración de la personalidad celosa del gato le hubiera merecido un capítulo en la Semiótica de las pasiones de Greimas & Fontanille, pero los autores lo han tenido a menos. Asimismo, bien podría haber ingresado en la zoo-socio-semiótica de Eric Landowski, pero el autor no lo incluye. Quizás sirvan, entonces, estas páginas para enmendar esas omisiones, las cuales, seguramente, ofenderían la susceptibilidad de cualquier gato.
En efecto, la pasión que llamamos "celos" tiene un gran exponente cuando el gato se coloca en rival de otro gato y le disputa su lugar de preferencia junto al hombre y se establece así un drama intersubjetivo de tres actores: el gato celoso, el gato rival y el objeto de valor en discordia, el hombre, objeto que funciona como un desafío para lo contrincantes. Los tres actores están regidos por la perspectiva que impone "el celoso" y que es fundamentalmente la del desamparo. El celoso tiene temor a quedarse sin la protección y el afecto del hombre y por eso, ante la amenaza, instituye en antagonista a cualquier otro actor (puede ser gato, otro animal u otro hombre) que ocupe el rol del posesivo exclusivista del hombre. Así, entre el gato celoso y el rival se instaura un sistema de tensiones que sólo el hombre en cuestión es capaz de distender. Y ello ocurre con gran facilidad puesto que el gato es plástico en su corporalidad total: orgánica y afectiva; y, además, el mismo principio generativo de sus celos es también el mismo que los disipa: por temor al desamparo el gato es muy dócil a la voluntad y al mandato del hombre. Si el hombre le asegura al gato celoso que nunca será eclipsado por su rival, éste se convierte en su amigo y copartícipe del espacio humano. Siendo así, "el celoso" deviene generoso y protector de su ex rival y puede, incluso, hacer causa con él frente al enojo del hombre, quien ha establecido primeramente un mandato de solidaridad y de orden.
Sólo en pocos casos el gato mantiene enemistad con los amigos del hombre: cuando son hombres que introducen desorden en la casa o hacen ruidos perturbadores. De lo contrario, el gato disfruta de las visitas y se alegra con el hombre de recibir huéspedes, a los cuales espía, primero, para cerciorarse de que no han de desplazarlo y, observa, después, de manera minuciosa para manifestar sus signos de armoniosa aceptación. Cuando ello ocurre, el gato se duerme sobre las maletas del huésped, o sobre su cama o pertenencias personales.

Pero en cambio, sus celos se activan cuando se ve ganado por la fobia a causa de las maletas que el hombre prepara para un próximo viaje, la inquietud del abandono lo posee y lo conmina a hacer lo que sabe que el hombre detesta y que indefectiblemente lo irritará: orinar sobre el objeto que representa la inminente ausencia del hombre. La pasión de los celos le hace hacer al gato lo que menos desea y que es despertar la cólera del hombre y terminar siendo ahuyentado.

Ritos, afectos y fidelidad

El gato tiene experiencias rituales y ceremoniales que puede compartir o no con el hombre y que en todo caso regulan la relación entre ambos.
El rito del amor gatuno, por ejemplo, se cumple pasando primero por la ruptura de las normas de silencio –diurno o nocturno– que el mismo gato ha establecido en acuerdo con el hombre. Ya dijimos que se siente enemigo de los hombres que provocan ruidos porque él actúa en silencio y, cuando de sonidos se trata, escoge la música, el murmullo de la conversación y la risa. Consecuentemente con estas preferencias, el gato no soporta ni los gritos, ni el llanto, ni los quejidos.
Pero cuando la sed sexual le sobreviene, el gato quiebra los contratos de silencio, rompe con todos sus hábitos y se vuelve ostentoso de su animalidad en pleno, lo cual provoca una separación con el hombre. Se tensa la relación hombre/gato y ambos quedan colocados en los extremos de una oposición categórica. El gato que entra en el proceso transformador del ritual amoroso debe cumplir seria y hasta se diría trágicamente las leyes del juego sexual: llantos, gritos y otras formas de la histeria. Leyes a las que lo obliga la especie y las que lo inducen a poner en escena los simulacros de guerra.
Por su parte, el hombre responsable de un gato en cumplimiento de este ritual amoroso, a causa del escándalo y los chillidos impertinentes, se vuelve despreciable para los miembros de su grupo de conviviencia más próximo y arriesga así su reputación de buen vecino. Pero los juegos de atracción y repulsión entre los gatos enamorados cumplen su ciclo y el gato, gozoso y cansado, regresa finalmente junto al hombre a la empresa social.
Distintas son, en cambio, las ceremonias placenteras de la comida, de la siesta, de los baños de sol o de tierra y muchas otras, porque el gato es un ceremonioso por antonomasia. Así, la vida del hombre junto al gato se ve confirmada en su orden doméstico y social a causa de las ceremonias que el gato le impone. Por esta razón, el hombre desordenado no puede convivir con el gato y, por esa misma razón, el hombre descentrado busca la proximidad del gato. Pero hay otras dos razones: por fidelidad, el gato emula a su hombre y, por un natural esteticismo, en todas sus actuaciones no hace más que producirle estrategias de distanciamiento con el mundo. La emulación tiene una consecuencia ética. En la emulación, el hombre puede soportar, o no, verse visto. Mientras que en el distanciamiento surge la belleza de las cosas que exige una disposición sensorial y perceptual para ser aprehendida.

La presencia del gato, y quizás la de todo animal, en el espacio del hombre es una demanda de afecto y una puesta en cuestión de su competencia para ejercitarlo. A la vez, es la afirmación de que el placer reside en la conjunción –en el estar con– y que tanto el hombre como el gato son dignos de "el placer de estar contigo".
Había pensado dedicar estas páginas a mis tres gatos con quienes las redacté, luego pensé en todos los gatos de mi vida. Pero se las dedico finalmente a Pelusa, el primer gato de nuestra infancia, que vivió 18 años y que mi hermano Pablo trajo a la casa durante el estado de sitio de 1955, cuando el peronismo tocaba a su fin, y también las dedico a Mutsi que, cuando Silvia decidió partir antes de tiempo, venía todas las mañanas a preguntarme por ella y me acompañó fiel en el vacío de su casa mientras yo me ocupaba de sus cosas.
Bibliografía



Greimas, A. J. y Fontanille, J., Semótica de las pasiones, Siglo XXI, México, 1994.
Fontanille, J., Les espaces subjectifs, Hachette, Paris, 1989.
Landowski, E., "Formas de alteridad y estilos de vida", Morphé Nº 13/14, UAP, Puebla, 1997.
Ruiz Moreno, L., "Procesos de perceptivización", Tópicos del seminario, Nº 2, aparece en diciembre de 1999.
Turner, V., ""Passages, margins, and poverty: religious symbols of comunitas", Dramas, fields, and methaphors. Symbolic action in human society, Cornell University Press, Ithaca y Londres, 1974.



Luisa Ruiz Moreno es investigadora del Programa de Semiótica y Estudios de la Significación de la Universidad Autónoma de Puebla.



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