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Elementos No. 35, Vol. 6, Julio - Septiembre, 1999, Página 59
El doctor y su curriculum

Laru Darro                 Descargar versión PDF


Leopoldo Lugones era un gran escritor y un hombre pedante que presumía de su formación universitaria. Jorge Luis Borges había observado que, en el fragor de una polémica, cuando sus adversarios, desbordada toda consideración se disponían a asestarle los golpes más bajos, comenzaban a llamarlo "El Doctor Lugones", y ese detalle lo convenció de que la palabra doctor merecía una entrada en el Diccionario de Injurias o quizá, agrego yo, un largo comentario en un Instructivo para Provocadores. El propio Borges aprovechó esta capacidad peyorativa del vocablo en un artículo titulado "Las alarmas del doctor Américo Castro" con el que trataba de reducir al ridículo ciertos temores que el famoso filológo español había expresado en relación al uso que los hispanoamericanos hacemos del idioma. Aunque tal vez se trate de una exageración de Borges y de un exceso de suceptibilidad de mi parte, yo —que estudié en la misma universidad donde se graduó Lugones—, cuando siento que alguien me llama doctor, me doy vuelta pensando: ¿y éste qué trae contra mí?

La verdad es que el tratamiento de doctor resulta un arma de doble filo y, en la república del conocimiento, un reparto del prestigio a favor de los que cultivan la ignorancia con aplicada solemnidad. Si quisiéramos ver el asunto con ojos de optimista, podríamos pensar que este tratamiento, puesto en boga con tanta diligencia por los neoliberales, promueve un reparto de utilidades que más bien se parece al que promovería un régimen socialista: da más al que menos tiene y quita al que más tiene. Así, si por ejemplo Pito Panduro puede razonablemente pavonearse cuando oye que alguien se refiere a él como el "Doctor Panduro", llamarle a Américo Castro el "Doctor Castro", es, como hemos visto, hacerle un favor envenenado. En orden creciente de acuerdo con la talla intelectual de las personalidades, referirse a René Descartes como "El Doctor Descartes" es provocar a Francia y llamarle a Aristóteles "El Doctor Aristóteles" es ofender a la Filosofía entera. Claro que los franceses, amantes del equilibrio, podrían conformarse pensando que esta sinuosa manera de aludir a su ilustre matemático compensaría en cierto modo el confianzudo trato de Cristina de Suecia quien, reina como era, tenía la soberana obligación de abstenerse de llamarlo "Monsieur Renato", por lo menos en público. Que alguien, entonces, lo llamara "Docteur Descartes", como si se tratara de un fabricante de ungüentos para las verrugas o de pócimas que tanto pueden detener el cólico como volverlo a uno invisible ante la mirada del asombrado auditorio, no era después de todo peor que llamarlo "Monsieur Renato" con un gestito vacilón casi como si estuviera a punto de decirle "Signore Renato", sugiriendo de ese modo que, en vez de ser el dueño de la inteligencia más aguda de Europa, ese hombre de ceja alzada y aguzado bigote era algo así como un tocador de mandolina llegado desde la Baja Italia a embolsarse unas coronas. En cuanto a la Filosofía, ofendida por la injuria deparada al insigne fundador de la Lógica, la Física, la Metafísica, la Gramática, la Zoología y cuanta otra disciplina se difundió en Occidente, a ella le quedaría la posibilidad de sacarse de bajo la manga el argumento de que su verdadero padre, el padre de la Filosofía entera, Sócrates, nunca se tomó el trabajo de escribir una línea lo cual quiere decir que nunca pudo haber presentado tesis para ningún grado y que, obligado por la línea del silogismo, nadie podría llamar a Sócrates "Doctor" y ni siquiera "Licenciado". En consecuencia, este célebre conversador que tanto se esforzó por distinguir al ser del parecer quedaría a salvo de esos dudosos homenajes que reclaman para sí los Acomplejados o los Pomposos que hoy hacen lo posible para persuadirnos de que todo lo que brilla es oro.

Pero la condición de doctor —o, ya de perdida, de licenciado— es indispensable para dar inicio a un curriculum que uno quisiera respetable y convincente. Como se sabe, el curriculum es un listado de relumbrones con el que cada quien tapa como puede sus miserias. Recuerdo mi primera batalla para formar uno de esos artefactos. Convencido de que mi falta de verdadero mérito era casi completa, pero con la temeridad del tímido y la astucia del indigente, logré que en aquel artefacto fuera deslizándose todo: un curso sobre "El placer de la lectura" para invidentes de la tercera edad, un proyecto de adaptación radial (lamentablemente rechazado por falta de presupuesto) de la "Vida de Santa Teresita del Niño Jesús" para ser incorporado a los programas de las Escuelas de Policías, una serie de encuestas destinadas a un estudio contrastivo sobre la pronunciación de sonidos sibilantes en pacientes con y sin dentadura postiza para el proyecto (éste sí aprobado aunque nunca llevado a la práctica): "Interferencias y métodos correctivos en la comunicación interpersonal", el premio al "Elogio de la soya", un poema en coplas de pie quebrado compuesto para la campaña delgado pero bien alimentado, (en el curriculum se adjuntó la constancia correspondiente más la fotografía de un servidor —con el pergamino en la mano y en el interior de un restaurante vegetariano—aparecida en un periódico local y en cuyo epígrafe podía leerse claramente: "Desde hoy una nueva estrella luce en el firmamento de nuestras letras"), el diseño de una "Antología de consuelos" para estudiantes reprobados y otras chácharas de parecido calibre. Recuerdo que el resultado fueron unas quince dudosísimas cuartillas, y sobre todo una teoría del curriculum que nunca me abandona porque desde entonces es una especie de ambición para mi vida intelectual. Si se trata del curriculum, me dije, hay que ir de lo largo a lo corto; en este negocio también lo malo, si largo, resulta dos veces malo. Quince cuartillas sólo son perdonables si apenas se comienza la carrera. Un profesional o un científico de mediano valor debería necesitar de cinco a tres cuartillas para quedar en paz con sus jueces mientras uno de valor completo tendría suficiente con una cuartilla, quizá incluso media. Media cuartilla que incluyera la mención de dos o tres obras decisivas, la de una vida que alguna de esas obras transformó, la de un colega de verdadero mérito cuyas tesis refutó con pasión igualmente verdadera: ¿qué otra cosa faltaría? Porque los muy grandes, aquellos cuya obra justifica todos nuestros efímeros ensayos, ellos, me dije, no necesitan sino de un papelito donde anotar un breve nombre: Einstein, Darwin, Juana Inés. Pero el curriculum de una sola palabra —concluí— es algo que nadie puede proponerse pues sólo Dios sabe sobre quién descenderá tamaña gracia.

Muchos están enterados de que el afán de brevedad también se encuentra difundido entre los buscadores de la obra literaria. Un día en que, urgido por su editor, Gustave Flaubert debió terminar unas cuartillas que lo habían dejado insatisfecho, se las entregó con esta disculpa: "he escrito mucho porque usted no me dio tiempo para escribir poco". Los creadores son así. Aunque no se sabe exactamente en qué estado se encontraba la lengua hebrea cuando Yavé decidió separar la luz de las tinieblas, es seguro que dos vocablos le habrán sido suficientes. Más ambiciosos que Yavé, los poetas hicieron circular una tabla de calificaciones según la cual la perfección sólo se consigue en el poema de una sola palabra. Dos palabras, dicen, es una claudicación; tres palabras, un verdadero fárrago.

Uno ha vivido lo necesario para saber que esas ambiciones —el poema o el curriculum de una sola palabra— ya no le corresponden. Que ni siquiera el de media cuartilla. Que la gracia mayor que uno puede prometerse es ver llegado el día en que ya no necesite que otros anden por ahí llamándolo doctor.



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