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Elementos No. 35, Vol. 6, Julio - Septiembre, 1999, Página 55
La señora de la calavera

Marcos Winocur                 Descargar versión PDF


Creo que en cierto sentido la muerte no necesita ser presentada. Puntualmente nos visitará un día, a nosotros y a cada uno de los organismos vivos. Así, como hecho biológico, la muerte es siempre la misma. Para el hombre, en cambio, asume otra dimensión, se trata de un hecho cultural sujeto al humor del tiempo; en épocas distintas se vive y se muere de maneras distintas, creando nuevos símbolos para vestir viejos miedos. No nos conformamos con verificar el colapso de las formas vitales, no: lo causarán, al venir por nosotros, los personajes que hemos dispuesto para la ocasión.

Así, el ser abstracto de la muerte ha cobrado cuerpo y personalidad en mitologías y religiones. Hace más de dos mil años su mensajero se encarnaba entre los griegos en un bello joven impúber llamado Tánatos, hijo de la Noche y hermano gemelo del Sueño. Ciertamente, el alado mensajero iba armado de una espada; algo iba a cortar y era la vida. Pero su figura lánguida y perfecta, su mirada sumergida, estaban lejos de infundir miedo sino más bien amor como su contrario y complementario, Eros.

Se diría que los griegos antiguos experimentaban un sentimiento más bien filosófico ante la muerte, recibiéndola como expresión de la armonía universal: "todo lo que nace merece perecer", escribirá Goethe en el Fausto, retomando un pensamiento de raíz griega. Así, Tánatos cerraba el círculo: al nacer se contrae una deuda, al morir se la paga. Y tal era el espíritu que flotaba en aquel universo de los griegos, al menos entre quienes la reflexión había sido incentivada por el tiempo libre.

Muy distinta fue la figura que, llegada la Edad Media, sucedió a Tánatos. Me refiero a la Señora de la Calavera, presente hasta nuestros días en ropas grises o negras, llevando una hoz en una mano y un reloj de arena en la otra. Ciertamente, el mensaje es el mismo de Tánatos, tanto corta una espada como una hoz. Pero la cuestión es otra: la Señora de la Calavera tiene por misión meter miedo antes de seccionar el hilo de la vida como parte de una advertencia: el más allá puede ser Cielo, Purgatorio o Infierno; y la imagen de la Señora de la Calavera no promete la mejor alternativa. Y así, conforme cambiaba la ideología en la Edad Media, sufría un vuelco tanto la figura como la personalidad de la muerte; porque otro era el sentimiento con el cual se la recibiría en adelante.

¿Qué se había hecho del dulce impúber de los griegos antiguos? Una vieja cadavérica ocupaba su lugar. ¿Cuál muerte, pues, presentar? ¿Y cuál corresponde al siglo xx?

La muerte que nos tocó vivir

El hombre se sabe destinado a desaparecer y no se resigna. Asoma entonces la angustia, que de poco sirve: la contradicción es irresoluble, la vacuna antimuerte aparece como la madre de las utopías; y, aun suponiéndola realizable según se ha planteado en Literatura, el hombre caería en otra trampa: la inmortalidad luce tan contradictoria como la muerte misma; un resbaladizo territorio donde tanto da hacer las cosas hoy como mañana, mañana como nunca.

Con frecuencia la metáfora se presta a los objetivos literarios y la muerte aparece distintamente personificada; en el teatro lorquiano una vez la representan unos jugadores (Así que pasen cinco años) y otra una mendiga (Bodas de sangre). O bien la muerte se cuela entre los estados de ánimo; típica resulta la nostalgia: de lo que no fue o de lo que fue y ya no es ni será. Cada pérdida experimenta el paso de la muerte, un segundo es algo que cae de nuestras manos y se pierde para siempre. No me creerán, abro El capital de Karl Marx y me doy con esta frase: "todo muere 24 horas al cabo del día". Así, la vida puede ser vista como el progreso hacia la tumba. ¿Qué de sorprendente hay entonces si nostalgia —y angustia— nos siguen de cerca? Claro, no sólo ellas, nos acompañan la euforia y la alegría de vivir. Pero, si nos ponemos trágicos, el sentimiendo de la finitud se anticipa, como lo escribiera hace dos mil años el poeta Lucrecio, atormentado por la muerte "hasta en las flores"... se anticipa y nos amarga la existencia porque todo un día perecerá y, rápidamente apuramos el antídoto, todo otro día renacerá.

¿Cómo se verifica la apropiación de la muerte? En el ceremonial de inhumación, según las tumbas descubiertas. Por primera vez el hombre repara en el hecho y le rinde culto, es el adiós a la condición animal. Allí donde se advierte que se es y que se dejará de ser. Las tumbas del hombre primitivo nada tienen que ver con las de nombre y apellido de nuestros cementerios. Tienen más bien parentesco con la del soldado desconocido: dado de baja en la batalla contra el medio hostil. Así, la muerte del otro involucra a todos por igual y la conciencia colectiva rinde el ceremonial de inhumación, esto es: no se resigna a la pérdida. Junto al muerto comienza a dejar adornos, armas, utensilios de que éste se valiera en vida.

He aquí que el muerto hará caso omiso de la deferencia; no por ello cesará el culto, esos objetos le continuarán sirviendo en un más allá inasequible a los del más acá. El aliado, el compañero desaparece de entre nos, en otro lugar lo recobraremos cuando a su turno sigamos tras sus huellas.

Y bien, ésa será en definitiva la muerte para el creyente. Ella, claro está, puede ser comprendida de otro modo, como de tránsito al no-ser. O, más precisamente: al inconcebible propio no-ser. Pues, bien visto, antes de nacer a la vida (esto es, de ser concebidos) ¿qué éramos? Lo mismo que seremos después de muertos: un no-ser. Así, la situación previa al nacer y la posterior al morir vienen a dar en lo mismo. Estábamos muertos y un día surgimos a la vida. Estamos vivos y un día surgiremos a la muerte.

Pero estas cosas no nos las decimos tan serenamente, domina la contradicción: repudiamos la muerte y no nos convence la inmortalidad. Ni una ni otra ¿qué, entonces? Esto: admitir que la vida carece de sentido y desde el punto de vista de la razón tanto de cortarla como prolongarla. Y, sin embargo, nos aferramos a ella. ¿Por qué? Porque la vida no es un sentido sino un disfrute. Finalmente, ese absurdo nos convence y todas las cosas que contiene la vida alternativamente las tomamos como sensualidad o como sinsentido. Y así vamos entre la depresión y la euforia, entre el deseo de suicidarnos y el de hacer cosas; cosas que sin falta deben emprenderse previo la visita de Tánatos. Todo —lo más insignificante y lo más sublime— es empresa para antes de la muerte —mía o de quienes supongo mis continuadores— puesto que en ese juego no hay después; y cada día que pasa es uno menos en la cuenta del antes. Y así, la presencia de la muerte resulta cotidiana.

Hace decenas de miles de años el hombre la descubrió y desde entonces la muerte no cesa de trabajar en su cabeza. ¿Con qué fin? Obsesión inútil, ahí está.

Siguiendo sus huellas hemos pasado por la Literatura, Antropología, Filosofía. Y no se ha dicho gran cosa. Una corriente de ideas afirma que de la muerte virtualmente nada se puede predicar. Como tampoco de la vida, tomados ambos conceptos en abstracto; o de la blancura ¿qué decir de ella? que es blanca. ¿Y de la muerte? que me mata. Y aquí surge el problema. No me interesa la muerte impredicable (y tampoco la anónima de las estadísticas) sino la que me ocurre. Y ésa precisamente me juega la mala pasada: es mi propio no-ser inconcebible. Oh, la muerte abstracta se me escapa; y la concreta de un hombre que soy yo, también se me escapa.

Pero no por ello dejo de tenerla cotidianamente junto a mí. De donde otra corriente de ideas afirma lo siguiente: el hombre en todos sus predicados no hace más que hablar del tema de los temas, su finitud; y con estrépito: quiere acallar el memento mori.

El siglo XX

Tal como antes lo hicimos respecto del pasado, yéndonos con la muerte lo más lejos que pudimos, hasta el hombre primitivo, ahora lo hacemos respecto del presente y nos venimos, siempre de la mano de la muerte, todo lo cerca que podamos, al siglo xx.

Y de inmediato nos damos con los dos "grandes aportes": los campos de exterminio y la bomba atómica, (y demás armas de destrucción masiva). En ambos casos la ciencia y alta tecnología alcanzadas por el hombre fueron puestas al servicio de la muerte.

En cuanto a los campos, el problema para los nazis consistía en cómo eliminar más gente en menos tiempo y el tope surgía en la ulterioridad de deshacerse de los cadáveres. Ya se ve, un problema tecnológico. Así fueron concentradas millones de personas en campos donde finalmente se instalaron hornos crematorios. Y todavía las generaciones se preguntan cómo todo ese horror fue posible, y más: cómo en plena guerra privó el fanatismo sobre la razón militar. Los generales alemanes clamaban por el transporte de armas y pertrechos al frente, mientras Hitler ordenaba convoyes de deportados a los campos. La muerte, golosa, trabajaba sin descanso durante la guerra: en el frente, en los bombardeos de la retaguardia y en los campos, obsesión patológica del líder.

Uno de los sobrevivientes de los campos, el escritor Primo Levi, cuenta cómo una frase era corriente entre los prisioneros: "de aquí sólo se sale por las chimeneas" (de los crematorios). ¿Cuál fue la sensación dominante entre estos seres subhumanizados? El hambre crónica. Pero alguna vez ésta cedía lugar al frío y la primavera era más ansiada que el alimento.

Un día afortunado para un grupo de prisioneros —relata Levi— sucedió cuando por azar llegó a ellos suficiente comida; además, el sol había entibiado desde temprano. Volaron entonces los pensamientos lejos, a las familias, a la libertad... cosa que de ordinario no ocurría, cegada la mente por las necesidades no satisfechas y por la necesidad de no autotorturarse mentalmente en vano. Aquel día un grupo de entre esos esclavos condenados a la muerte próxima recobraron calidad humana, pudieron —anota Levi— "ser desdichados a la manera de los hombres libres", lo cual significaba una ganancia infinita. Pero al mismo tiempo el autor, sumergido en el horror y queriendo con todas sus fuerzas alcanzar el milagro de salir por las puertas del campo y no por sus chimeneas, no se hacía demasiadas ilusiones. Era un joven de 24 años y no idealizaba: dentro era el Infierno pero afuera —ese afuera que había sido responsable del nazismo, la Europa capitalista de entreguerras— tampoco sería el Paraíso.

Los campos de exterminio significan uno de los "aportes" que la muerte hace al siglo xx. El otro, decía, consiste en la bomba atómica. Después de decenas de miles de años (o de varios millones, si se quiere) se anuncia la noticia más importante de toda la Historia: el hombre ha dado con la capacidad de suicidarse como especie, sin contar que podría arrastrar consigo a todo lo vivo sobre el planeta; antes podían morir muchos, ahora podemos morir todos. Esa capacidad resulta un conocimiento irrenunciable. Podrá llegarse —y es lo más deseable— a la destrucción total de los arsenales nucleares y prohibir la fabricación de la bomba; pero el conocimiento de cómo hacerlo es irrenunciable. Ya somos plenamente el Adán y Eva que probaron del fruto del árbol de la sabiduría. Ganarás el pan con el sudor de tu frente... y penderá sobre tu cabeza el apocalipsis.

Conclusiones

Nadie tiene el mal gusto de pronosticar el apocalipsis, sólo advertir el terreno minado que hemos entrado a pisar. Tampoco sabemos qué destino tendrá la obra del hombre; alguna vez nos llenó de orgullo, hoy mucho menos. Tal vez nuestras ciudades sean recorridas en el futuro por hombres del futuro, animados por curiosidad semejante a la que hoy nos lleva a caminar por las ruinas prehispánicas. No necesariamente a causa de un apocalipsis sobreviniente y las ciudades queden inhabitables, sino simplemente abandonadas por crueles y obsoletas.

El presente nos pesa ya como un pasado, pues sabemos que las cosas podrían ir mejor para todos; lo sabemos y pareciera que no lo queremos; a causa, tal vez, de una locura mayor donde la muerte sigue jugando su rol de Señora de la Calavera. Las cosas podrían ir mejor para todos... así, algunos creíamos en el socialismo real cuando era irreal al grado de utopía. Que es decir: lo concebíamos, a pesar de sus defectos, vivo y mirando al futuro; cuando el socialismo real estaba muerto y presto a contribuir, con el "aporte" de sus propias contradicciones, al estancamiento en este presente que nos pesa ya como un pasado.

Y al mismo tiempo nos encontramos en el umbral de los dioses, de prisioneros del planeta hemos pasado a habitantes de los cielos. Y hemos hecho pie en dos territorios: uno, la manipulación de la vida a punto para la fabricación de criaturas, esto es, la ingeniería genética; y el otro, la fuente inagotable de energía, la nuclear, cuyo empleo militar, o accidente, podría borrar la vida. Crear, destruir; bordeando los límites de la condición humana, prestos a volvernos dioses, nos dirigimos a quién sabe dónde.

Y nos acompaña la indiferencia de los dioses; además, adecuada a un mundo unipolar y de marginación donde nada hay en qué creer y poco por hacer. Indiferencia por un lado, soberbia por el otro. ¿El hombre se cree todopoderoso, capaz de imponer su voluntad a la naturaleza? Ya vamos recibiendo la respuesta, cada árbol derribado es un daño que el hombre se infringe por propia mano. Y las preguntas se suceden. ¿Se encuentra la especie en un callejón sin salida? ¿Ha cumplido su ciclo y da lugar a formas sociales aberrantes? A todo esto quisiéramos contestar negativamente. Pero no tenemos pruebas.

Y entonces sopla un aire de costado y creemos escuchar pasos en la azotea. Tal vez sea la imaginación. Y mientras se sepa qué va a hacer la humanidad de sí misma, queda, a pesar de todo, esperanza: que a la presentación de la muerte siglo xx siga la presentación de la vida siglo xxi; y que un día, si es posible del siglo xxii, la fría sabiduría propia de dioses me sirva para atender correctamente a Tánatos. Con la Señora de la Calavera no quiero tratos.


Marcos Winocur es investigador del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAP.



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