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Elementos No. 35, Vol. 6, Julio - Septiembre, 1999, Página 29
Razones del corazón. Un breve ensayo sobre los orígenes del estado consciente.

José María Delgado García                 Descargar versión PDF


Cada vez que veo Pasión de los fuertes ("Oh! My Darling Clementine", de John Ford) el sheriff siempre termina por preguntarle al camarero: "Y ¿usted no ha estado nunca enamorado?", a lo que el camarero inevitablemente responde: "No, yo he sido barman toda mi vida". Siempre nos gusta oír que el corazón tiene razones que la razón no alcanza a comprender, suerte de diálogo imposible entre cigarra holgazana y hormiga hacendosa. A veces, cansado de lo razonable alguien se suelta la melena y comienza a funcionar de acuerdo con sus deseos internos; también puede ocurrir que se simule aquello que no se siente.

Lo dicho sugiere la existencia de una esquizofrenia básica entre sentimientos y razonamientos; al menos, siempre se ha pensado que es así. Pero curiosamente, ahora se empieza a aceptar en los ámbitos científicos dedicados al estudio de la función cerebral que el origen de la conciencia puede estar ligado precisamente al desarrollo de nuestro mundo interior emocional donde se rumian y deciden estrategias comportamentales según nos fue en situaciones anteriores. El fracaso en la realización de una tarea requiere una elaboración interna para que en el próximo intento todo salga mejor. Por su parte, el éxito nos llena de satisfacción, porque al tiempo nos indica el camino a seguir y eso confiere seguridad. Así, desde el punto de vista evolutivo, el nacimiento de la conciencia pudo estar ligado al uso por determinadas especies de primates de mecanismos cerebrales de elaboración de proyectos no inmediatos que tuviesen en cuenta el resultado (favorable o desfavorable) de enfrentamientos previos con congéneres, presas, o con el mundo físico que les rodeaba.

Además, nuestro yo interno no sólo sufre o se altera por circunstancias externas ("quiera el cielo que el hambre también se quite con sólo frotarse la barriga" parece que se lamentaba Diógenes), sino que necesita perentoriamente ser oído en su relato: "Me dice, con expresión de descontento, que no debo estarle preguntando siempre de dónde viene esto y esto otro, sino dejarla contar lo que tiene para decirme", cuenta Freud de una de sus pacientes. Es decir, nuestro cerebro no sólo genera su percepción particular del mundo, sino también la necesidad de contarla, aunque —¡qué más da!— no sea correcta del todo.

Apunta Schrödinger que "nuestra vida consciente es necesariamente una lucha continua contra nuestro ego primitivo". Lo que no está almacenado en estructuras y circuitos funcionalmente definidos (actos reflejos, patrones fijos de acción, generadores centrales de pautas, etcétera) está archivado en nuestro cerebro en forma de deseos, de motivos. Sabemos que nos gustan las fresas, la canción del mar, pero ya no sabemos por qué. Lo aprendieron nuestros antecesores y una vez aceptado como útil quedó como manantial de nuestro comportamiento, pero fuera de la esfera de lo consciente. Para Schrödinger, la tarea consciente, limitada como es, se concentra en los problemas por resolver. Es el punto de vista del que mira a la vez dentro y en los alrededores. Pero hay otros puntos de vista.

Sigmund Freud buceó en nuestro interior y encontró dos motivos cruciales para la acción: libido y agresividad. La libido mueve al individuo en formas más o menos enrevesadas hacia sus congéneres y, en circunstancias normales, tiene una satisfacción gratificante para el individuo y no lesiva para el resto. La agresividad es otro cantar, porque la única manera (civilizada) de satisfacerla es a través de la cultura. Aunque se produzca el choque anticipado por Schrödinger, no creo que nadie haya encontrado todavía mejor solución, por débil que ésta sea. Pero de ahí a la renuncia a pensar, a satisfacer nuestros deseos, a elaborar nuestra interpretación de la realidad, según esa debilidad consustancial con la cultura (más cuanto más limitada), va un enorme trecho. La hipótesis del pensamiento único hace innecesario el elevado número de participantes, a no ser que se les requiera para obtener algo de ellos (trabajo, presencia testimonial). Con poder pensar ligeramente distinto es suficiente para cada uno, ya que su carga genética y su realidad social a eso lo conducirán en condiciones normales. El concepto de neurona, el principio de indeterminación, la teoría de la relatividad fueron resultado de actividades ligeramente distintas en cerebros ligeramente distintos también. Sólo la libertad de pensar puede mejorar la situación cultural, puesto que el entendimiento parece el único medio irrebatible para dominar los deseos contrapuestos, algo que —a la vista está— nunca ha conseguido la represión física, moral o intelectual. Incluso suponiendo que en una sociedad se alcance el nivel de subsistencia, la falta de desarrollo intelectual hará que no tengan fácil reconducción los deseos insatisfechos. Puestos a enseñar Humanidades —nada más humano— habría que enseñar a pensar.

Las cosas han de ser claras. La hermenéutica puede ser útil para descifrar los elaborados códigos de los espías, para interceptar los mensajes que nos envían los astros, incluso para iluminar los oscuros libros de Jean Piaget o de Jacques Lacan, pero a los seres humanos, e incluso a diversas especies próximas, es más conveniente acercarse provisto de una erótica. El contacto será siempre más fácil y mayor la información relevante que se obtenga. Y es que nos gustaría vivir, de ser posible, en la mente de los demás. Como en la bella imagen propuesta por Pascal, estaríamos dispuestos a ser cobardes, incluso, a cambio de que los otros nos considerasen unos valientes. Con ello cobramos una ración, no por pequeña menos importante, de pervivencia, de eternidad: es otra importante aportación de la cultura. Pues, por más que somos limitados en espacio y en tiempo, soportamos peor la segunda limitación que la primera. Compensamos fácilmente nuestra pequeñez espacial con un saber desproporcionado; por eso —de nuevo Pascal— "aun en el caso de que el universo lo aniquilase, el hombre seguiría siendo mucho más grande que aquello que lo mata". Por el contrario, en el tiempo, todo se apiña entre el principio y el fin: "Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo", adivinaba César Vallejo.



José María Delgado García es catedrático de Fisiología de la Universidad de Sevilla, España. Texto publicado en el Diario de Sevilla, el 18 de Mayo de 1999. Se reproduce aquí con ligeras modificaciones.



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