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Elementos No. 32, Vol. 5, Octubre - Diciembre, 1998, Página 56
Al desierto se viaja con corbata

Marcos Winocur                 


Un cuento trata sobre un viajero muerto de sed que atraviesa el desierto y a quien se le ha acabado el agua. A lo lejos divisa otra persona, corre hacia ella y ésta le ofrece corbatas en venta. Del agua, nada, ni aun pagando. "¿Para qué las quiero?" El viajero, perplejo, se queda mirando cómo la persona se aleja. La escena se repite con un segundo vendedor de corbatas. Furioso, el viajero se queda mirando cómo éste se aleja. La escena se repite con un tercer vendedor de corbatas. Desesperado, el viajero se queda mirando cómo éste se aleja. No, no es un espejismo, a lo lejos ve un hotel. Con las últimas fuerzas que le quedan, llega y ruega al portero: "¡Agua!, déjeme pasar, yo se la pagaré". Y éste le contesta: "No trae corbata, sin corbata no se puede pasar". El viajero muere.

Así, el cuento. Así, la naturaleza. Ella no se entrega fácilmente, y desde el comienzo, al conocimiento del hombre. Ninguno de los vendedores de corbatas informa al viajero que sin ellas no podrá entrar por agua al hotel.

Ante esta situación la regla es: sin corbata no se le franquea el paso. Pero eso se sabe después y, mientras tanto, nada más absurdo que ofrecerla en venta en el desierto. Sin embargo, la corbata es la respuesta al desesperado ruego por agua formulado por el viajero, sin que éste la advierta.

Un impulso clarividente podría haberlo llevado a comprar la corbata... o un último resto de sentido del humor, que en el ser humano rebrota en las situaciones trágicas.

Nuestro viajero, atacado por la sed, sólo tiene ojos para el agua, es decir, se aferra ciegamente a la racionalidad heredada, que le dicta: agua + corbatas = absurdo.

Esta historia en el desierto como primer acto, y clave develada en el segundo, me hace pensar en otra cosa, generalizo la anécdota y la llevo al nivel de la naturaleza. Me explico. Ella actúa a la manera de esos dos actos de la misma obra, y la actitud del viajero se parece a la de los hombres frente a la naturaleza: negando en primera instancia las evidencias en nombre de ideas anteriores para finalmente admitir lo que parecía absurdo o ridículo. Los ejemplos no faltan, elijo el del éter en el dominio de la física. ¿Qué soporta a la luz en el espacio para que ella pueda recorrerlo? Un éter, afirmaron los físicos durante largo tiempo, no puede ser de otra manera, es necesario concebir una suerte de malla universal destinada a soportar a todo viajero del espacio, comenzando por la luz. Así, luz + vacío = absurdo. Y a buscar el éter, a ver cómo detectarlo. Ningún experimento dio cuenta de él, al contrario, se llegaba a contradecir su existencia, como ocurrió al verificarse la constancia de la velocidad de la luz. ¿Cómo, el éter nunca llegaba a frenarla? Así, la naturaleza ofreció sus corbatas en venta y lo hizo a través del lenguaje de los experimentos, hasta que finalmente el portero del hotel reveló la clave: nada soporta a la luz, ella viaja en el vacío.

Las ideas, afirmaba el historiador Fernand Braudel, son cárceles de larga duración. En una palabra, aceptar lo nuevo sin preguntar el porqué. De todos modos la naturaleza no lo contesta, ella obra y no da explicaciones.

A nosotros, sólo nos queda decir: así es, qué bueno saberlo, al desierto se viaja con corbata. Porque a la naturaleza le es indiferente que muramos de sed a las puertas del agua, permanecerán cerradas si no conocemos el sésamo.



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