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Elementos No. 108              Vol. 24 Octubre-Diciembre, 2017, Página 19

Los excusados del Che
Entrevista con el ingeniero Luis Méndez Izquierdo


Leopoldo Noyola
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En qué momento la memoria importa, cuándo dejan de ser interesantes los recuerdos para los lectores en la hambrienta dinámica cotidiana de las redes sociales y la expansiva multimedia que comunican lo pensable y lo impensable. Esta entrevista inédita fue realizada en abril de 1999 en la terraza de un enorme jardín de Cuernavaca perteneciente al ingeniero civil Luis Méndez Izquierdo, constructor de decenas de puentes y carreteras mexicanas en los años cuarenta, entre las que destacan las primeras vías modernas y puentes hacia el sureste mexicano.
    El ingeniero Méndez, en ese momento retirado, era una fuente inagotable de historias y vivencias de un México que, en efecto, ya no existe, pero cuya sustancia revela los detalles que los interesados en la historia y la memoria desconocemos porque no están escritos en ningún lado. En su enorme menú memorioso el ingeniero podía hablar de su familia, pues fue hijo de Federico Méndez Rivas Echenique, un militar porfirista condecorado de cadete por el mismísimo don Porfirio según cuenta la fotografía que Gustavo Casasola incluyó en su Historia gráfica de la Revolución Mexicana,1 misma persona que diseñó y construyó el edificio obregonista de la Secretaría de Educación Pública de la calle de República de Argentina,2 en la Ciudad de México, y también el mismo al que José Vasconcelos agradece por sus ayudas en su huida postelectoral de 1929, casi con el mismo entusiasmo con el que agradece a su amigo Joaquín Méndez Rivas, poeta, escritor, locutor y primer egresado de la Escuela de Derecho, hermano de Federico y tío del ingeniero. Otras sabrosas historias fueron sus andanzas con Lázaro Cárdenas del Río en obras michoacanas, ya como expresidente; o en la selva tabasqueña o en las interminables historias de ingenieros y peones, de ingenieros y políticos, de ingenieros y clientes singulares, como la historia elegida en esta ocasión.
    Es interesante también porque tiene que ver con ciertas cosas que han ocurrido recientemente en el mundo, como la muerte de Fidel Castro y la inevitable obsolescencia de su hermano Raúl que más pronto que tarde deberá abandonar el poder, escribiendo un punto y aparte a la revolución cubana. Los hechos que se narran aquí ocurrieron en los meses previos y posteriores a la revolución de ese país, circunstancias agridulces para sus actores que como accionistas de una fábrica de excusados en La Habana defendían sus intereses ante un gobierno empírico y desorientado. Una historia del Che, más que de Fidel, recordada por un hombre común sin otra intención que la de recordar, a pregunta expresa de un curioso.


Cuénteme la historia del Che Guevara, ingeniero ¿cómo empezó eso?

Un contratista de las gentes de Fulgencio Batista era Mario Espino, que tenía nexos muy íntimos con Batista, me imagino que económicos y políticos, nos hizo llegar hasta la fábrica la idea de que en ese momento Cuba tenía la necesidad de entrar a la industria. Luego de consolidar el recurso de los cabaretes y con una producción de azúcar estable y acomodada en el mercado de Estados Unidos, como que empezó a tener cierta prosperidad y se vio que la industria era la solución para los países de Latinoamérica. Entonces, pues, claro, el cubano era en aquel momento afecto al mexicano, de alguna forma se estableció contacto con la gente de Mario Espino y se les comunicó que había interés nuestro en hacer una fábrica de muebles de baño basados en la experiencia de Sanitarios El Águila, que fue la primera fábrica de ce-
rámica industrial mexicana, fabricante de azulejo, y que era una opción para ellos, ya que Cuba no producía muebles y elementos de calidad para baños. Y aunque siempre ha existido la idea de que el cubano juega cubano, que también es transa como el mexicano, y más o menos así lo pensaron ellos, se hicieron los arreglos para avanzar en ese propósito.
    Sanitarios El Águila fue la primera fábrica de baños y azulejos en México, situada por el rumbo de la Merced, y a mí me había tocado hacerla para don Héctor Peralta (de la célebre familia Peralta, hermano de Carcho Peralta el de los toros y del hotel Regis; de Alejo Peralta el del béisbol y de la empresa IUSA; n. del r.). Entonces hubo un contacto y fui a La Habana donde, al cabo de unos días, se me ocurrió que la estructura de la fábrica no fuera de fierro, como se acostumbraba en esa época para las fábricas, sino de concreto, y las razones eran varias: La Habana es un puerto y había poco concreto armado en general; entonces la estructura de fierro requiere mucho mantenimiento, mucha pintura, puesto que la isla está sujeta a corrosión por los vientos marinos, altamente cargados de sulfatos y sustancias agresivas. Les convenía el concreto. Además, porque a mí siempre me ha gustado mucho el concreto, y cuando proyecté la fábrica de Cuba me dejó muy satisfecho, tiene ángulos muy bonitos, en su disposición tiene una estructura bellísima y me tocó hacer desde la idea, después el proyecto, hasta la construcción y la puesta en marcha. Mientras la hacíamos confirmé que el concreto era la solución para La Habana, porque todos estaban haciendo estructuras metálicas que tenían que importar de Estados Unidos, armazones de fierro que tenían que pintar cada año, pues los americanos les imponían todo. Y para el concreto había muy buen material, una caliza muy buena, dura y resistente, y una magnifica mano de obra. La mano de obra de Cuba era –y me imagino que es– superior a la mexicana. La razón es más o menos obvia: ahí, para ser albañil se estudia, para ser maestro carpintero se estudia, para ser maestro plomero se estudia; así era desde tiempos de Batista y antes, sí. En México no se estudia. Entonces, un albañil común y corriente sabe de ángulos, que a 35 grados, a 32 grados, y en el México de aquella época –y en la de ahora también– el albañil no sabe de qué le estás hablando, porque muchas veces no saben ni leer. Entonces era gente preparada. El cubano es más inteligente que el mexicano, pero menos profundo; el mexicano tiene más angustias, más problemas, más inquietudes.
    Se me ocurrió un diseño muy bonito, uno que se llama diente de fierro, donde también iban cuatro tipos de estructura, la cáscara tipo diente de fierro no la inventé yo, ya Noruega las hacía, con suficientes tragaluces es una estructura maravillosa.
    Cuando yo llegué a la Habana con el proyecto, una perspectiva con cálculos y todo, me fueron a esperar al aeropuerto los Espino, que eran los dueños, gente completamente de Batista. Cuando vio la perspectiva en el propio aeropuerto, el señor Espino hizo un escándalo que me avergonzó, pues nunca me ha gustado la notoriedad; en el restaurante a donde fuimos sacó la perspectiva, y que, miren, aquí, el ingeniero mexicano y esto y lo otro.
    Y la hicimos, quedó magnífica, no había en Cuba ninguna obra de concreto, ni hay ninguna todavía de esa calidad, no la hay. Completamos la obra y comenzamos a trabajar.


El ambiente político en Cuba era efervescente en 1958, la guerrilla crecía tanto en la ciudad como en la Sierra Maestra. ¿Qué recuerda usted de eso?


En la Habana se hablaba de los guerrilleros, de que los ricos les daban dinero, pero como que estaban quietos; se decía que había 800 levantados en armas; el más peligroso era el que estaba en Santa Clara, a 200 kilómetros de La Habana, uno que por cierto desapareció de la escena rápidamente, de apellido como de francés. Fue uno de los que realmente le dieron el triunfo a Fidel.
    El problema era sencillo, para el pueblo de Cuba el rey era Fidel, pero en las noches ellos entraban y los soldados de Batista, que eran inteligentes, no se iban a dejar matar así como así; entonces lo que ocurría era una especie de aceptación, los ricos sí le mandaban dinero a Fidel Castro, me lo dijo Mario Espino, que era el socio principal, varias veces lo platiqué con él.
    El gobierno de Batista, que también había llegado al poder con un golpe de estado, compra en Inglaterra unos tanques, un montón de armas y cosas por el estilo y se pone a batirse con Fidel a 800 kilómetros de la Habana, en Santiago de Cuba, como en las películas, con grandes despliegues y carros llegando, muy espectaculares. El que les pegó no fue Fidel, sino el que estaba levantado en Santa Clara, fue él quien realmente dio el golpe bueno. (El ingeniero Méndez probablemente se refiera a Pedro Luis Boitel, participante en Santa Clara, detenido y acusado de conspiración contra el Estado revolucionario en 1961, que muere en 1972 en la cárcel tras una larga huelga de hambre; n. del r.).
    Inmediatamente, con los mismos tanques con los que iban a combatir a Fidel en la Sierra Maestra, los guerrilleros los agarran y les dan la vuelta, los dirigen hacia La Habana y en un rato ya estaban llegando. Lo sabe Batista en aquella famosa fiesta de fin de año y, como siempre tenía un avión listo, pues vámonos. Los ricos, como jugaban con los dos bandos, pues les daban dinero a los dos, en un primer momento se quedaron.


¿En dónde estaba usted en ese momento?

Yo estaba en Cuba cuando Batista tuvo que huir. La Habana cae, pero lo hace de inmediato, cosa que a todos nos agarró por sorpresa. Fueron momentos de mucha incertidumbre. Como quiera que sea había un convenio, un contrato. En el contrato nosotros teníamos derecho al 25 % y ellos ponían toda la lana, era nuestra utilidad; vamos, éramos accionistas al 25 %.
    Nosotros teníamos un departamento en el centro de La Habana, ahí estaba yo esa noche. No fue algo trágico, fue más bien cómico, no fue agresivo. Hubo un muerto y fue por atropellamiento. Entonces Fidel sí se aventó y agarró las riendas. Se asoció con el de Santa Clara. Pero todos recibieron bien a Fidel, no tanto por convencimiento, sino por conveniencia. Todos que: ¡Fidel, Fidel, Fidel!


¿Le tocan los primeros días de la revolución?

Sí, cuando empezaron a hacer una serie de leyes muy tontas, por ejemplo: nadie puede hacer edificios de departamentos porque el gobierno de Fidel va a hacer casas para todos; luego, como se paralizó el comercio, otra ley: nadie puede correr a un empleado. Entonces empezaron con leyes que cambiaban al tercer día, cuando veían que no funcionaban. Al suspender los edificios de departamentos y todo eso se paró la construcción; usted no podía quitar en una zapatería al personal porque lo acusaban de contrarrevolucionario; o sea, llegó un momento en que era pura inercia, y eran puras leyes y contra-leyes, y el perico aquel hablando y hablando y pa´aquí y pa´allá; pronto agarraron las casas de los ricos y los coches de los ricos, a los pocos días veía usted Lincolns, Cadillacs y coches europeos hechos garras saliendo de las borracheras. La revolución estaba, por ejemplo, en El Sierra, un cabaret, ahí íbamos don Héctor y yo, y las mujeres muy guapas se empezaron a vestir de revolucionarias, con sus gorritas muy lindas, porque lo que sea de cada quien las cubanas son muy bonitas, muy lindas, con su gorrita, su pistola sin balas, eso se convirtió en un teatro. Entonces en el Tropicana y sobre todo en El Sierra, que era un lugar donde se bailaba y todo, las muchachas vestidas de verde olivo, ahora eran las “compañeras”; nos íbamos don Héctor, el ingeniero Eduardo Fuentes y yo todas las noches a festejar la revolución. Fuentes era el encargado de las obras que venía trabajando conmigo desde Córdoba (Veracruz), un muchacho inteligente que tuvo ahí oportunidades maravillosas ¿no?

Tenían que pactar con el nuevo gobierno el destino de la fábrica. Platíqueme cuáles fueron sus primeros pasos, ingeniero.

Nosotros intentamos hablar con Fidel, pero no fue sencillo. Héctor Peralta figuraba como el principal accionista mexicano, un accionista importante de la nueva industria llamada Industria Sanitarios Nacional. Entonces apareció una persona pues, según esto, a nuestro negocio le correspondía revisarlo al Ministerio de Bienes Malversados, ja ja, cosas muy cómicas. Nombraron ahí de secretario a un jovencito muy simpático cuyo nombre se me olvida y al cual vimos en forma verdaderamente increíble. Empezaron a ocupar las mejores casas para ubicar algunos ministerios como el de bienes malversados. El mexicano tiene en Cuba –y tenía más en aquellos tiempos– una posición muy particular, el mexicano era el ídolo de los cubanos, por ejemplo Pedro Vargas era un ídolo, borraba a cualquier artista americano; Pedro Infante y Jorge Negrete; Cantinflas era lo máximo que ha habido en la Tierra, el general Cárdenas también. O sea, hay una admiración para el mexicano y un odio histórico hacia los americanos.
    Nos dieron la dirección de bienes malversados y ahí vamos, estaba en una residencia muy bonita, con escaleras de mármol, que habían agarrado de uno de los ricos y supimos que el secretario se apellidaba... X, no me acuerdo, un muchacho por cierto, lo vimos de inmediato, porque usted en La Habana como mexicano tenía charola. Queremos ver al Ministro de Bienes Malversados. ¿Son mexicanos, verdad? Sí. Pasen, pasen. Soldados por aquí y por allá. En diez minutos estábamos con él; ah, mexicanos, conocí a Carcho Peralta en el Regis, don Héctor, una plática magnífica; sí, sí, estamos preocupados por nuestra fábrica; no se preocupen, hombre, ustedes los mexicanos ya saben que aquí son los meros meros y que esto y que lo otro, voy a hablar con Fidel. Y así estuvimos dos o tres días. Buscamos a Celia (Sánchez; n. del r.) a través de un distribuidor, Capote, cubano que compraba muebles de baño y azulejos de la fábrica de don Héctor en México. Fuimos con ella y le planteamos el problema; una chica inteligente, práctica, fue la que nos hizo una cita con Fidel. Platicamos dos horas con él, pensábamos decir que estábamos cansados de tanta vuelta, que no se resolvía nada. Pero fue un fracaso.
    Vimos a Fidel en un café del hotel Capri, me acuerdo que llegó y habló todo el tiempo, de todo, habló hasta de los switch, como allá les llaman, y luego quiso explicar en la televisión qué cosa eran los switch. Una serie de cosas inconcebibles. Decía cosas sin sentido. No se le veía sustancia a la revolución absolutamente, un merolico, un tipo que, como él, había muchos en San Juan de Letrán, hablaba puras babosadas, duraba 16 horas hablando por televisión. Con Fidel no pudimos ni hablar, él habló de él, de la revolución. Era afectuoso y agradable, pero a la hora se daba usted cuenta de que estaba perdiendo el tiempo. Le pesqué algunas cosas más o menos brillantes, astutas, dijo que nuestra fábrica era innecesaria, pero después que quería comprarla. O sea, no era tonto ¿verdad?, hablaba de un montón de cosas, afectuoso, te enredaba con tanta palabra. Al salir de ahí don Héctor y yo comentamos: aquí no hacemos nada, este hombre está en la Luna, completamente fuera de toda posibilidad, concluimos que era una gente inconsistente, simpático, pero luego de dos horas de estar escuchando puntadas, pues no.
    Lo único bueno que salió de ahí fue la relación con esa mujer, Celia, la compañera Celia, que fue la que nos hizo la cita y nos explicó por dónde debíamos movernos para arreglar nuestro negocio. Nosotros seguíamos teniendo el 25 % de las acciones de la fábrica por el know how, que representaban 300,000 dólares, entonces lo que queríamos era recuperarlos. Si se van a quedar con la fábrica quédensela, pero paguen. Ya no fabricábamos, salieron al final algunas piezas mal hechas, defectuosas. Unos personeros de los que andaban con ellos querían que don Héctor y yo firmáramos un acta en la cual renunciábamos totalmente a nuestros derechos, que no firmamos. Pues no, cómo vamos a firmar eso, es absurdo. “No, chico, pero es que la única manera que funcione”. No, no, mira, aquí nos vamos hasta donde sea, dijo don Héctor, trataremos de ver al Che.
    Nos costó trabajo, no fue tan fácil, pero tuvimos el primer contacto con el comandante Guevara, que fue agrio y desagradable. Para esa entrevista consideramos que era oportuno reportarse con otra persona para que nos acompañara, Mondragón, que había trabajado como auditor en el gobierno del DDF y era muy hábil como contador, porque ahora la única realidad era que nos debían dinero. Entonces fuimos a ver al Che Guevara, en el despacho había como cinco grupos de mexicanos; unos que eran contratistas de petróleos, otros que mineros, y estuvimos ahí hasta que nos tocó pasar. Entramos don Héctor, Mondragón y yo. Pasen, pasen. ¿Quién de ustedes es el ingeniero?, preguntó el Che ni bondadoso, ni agresivo. Yo, respondí. Explíqueme usted por qué están saliendo fisurados los azulejos y los muebles de baño. Le dije: es difícil una explicación simple, porque hay muchas razones, pero voy a tratar de explicarle exactamente en qué consiste, comandante. Empiezo por comentarle la verdad, mire, el mueble de baño, el excusado, ya ve que tiene un bache con una como lengüeta, que es donde cae el excremento, esa lengüeta se tiene que pegar después, porque si no, no se podría vaciar, y luego se sella, pero para eso tiene que mover el mueble de baño, lo tiene que girar, si no, lo pega usted con el borde de arriba; entonces hubo un error ahí, negligente, de huevón, pues por no darle la vuelta comenzaron a salir cuarteados. A estas alturas ya había en la fábrica un grupo que estaba en contra de nosotros, no les faltaban razones, pues nuestros técnicos y especialistas, encabezados por Fuentes, lo único que hacían bien era estar con un montón de cubanas.
    La explicación era esa, desafortunadamente la persona que habíamos dejado había descuidado ese aspecto; entonces, al meter la temperatura había impedido el pegado y eso ocasionaba la fisura. Y luego, que los azulejos estaban saliendo pandos. Ese es un error increíble de la persona que mandamos ¡y que era un especialista!, que había estado en la fábrica tanto tiempo. Mire, muy sencillo, el esmalte, lo que se llama el azulejo, se hacía por el cocimiento de dos fuegos; en el primer fuego se hacía lo que se llama el bizcocho, lo que es la pasta, y en el segundo se le metía el esmalte, queda muy bonito. Claro que hay un problema entre el esmalte y la pasta, tienen diferencias cuando viene la temperatura, por lo que hay que poner la temperatura de acuerdo con las características de uno y de otro. Por eso se cuecen aparte,
al ingeniero este que se llamaba Flores, que no era ingeniero pero que era competente, le pasó una cosa muy curiosa, él me dio la explicación cuando le pregunté cómo es posible que nos estuviera pasando esto. ¿Cuánto le dio usted al gramil?, que es la medida de milésimas. No, pues le di 24. No, pues, altísimo. Es que, sabe ingeniero, debe ser un poquito más grueso porque la pasta no es muy blanca. Pues sí, pero es peor que le ponga usted esa temperatura, cuando lleva 18, 16. Esto es un error de temperatura, es una metida de pata. Para mañana hacemos esto y esto. Así lo ha hecho usted siempre, por qué lo hace usted ahora así.
    El Che se me quedaba viendo circunspecto, pero no hostil. Mire comandante, con toda franqueza, yo sugeriría que lo primero que usted debe hacer es conocer la planta, para que se familiarice con los equipos. Todas las plantas, al arrancar, tienen ciertos problemas; nos estamos ocupando, como debe ser, con personal eminentemente cubano; si no, no sería ningún beneficio la industria que hemos instalado. Y hemos tenido algunas personas que, probablemente, el medio, el ambiente, los han hecho un poquito... desentendidos. Mal, pero estamos tratando de resolverlo. Qué le parece si para nivelar cuentas nos hace una visita a la planta. Me dijo sí, sí, me parece razonable. Ya verá usted ahí cómo es. Además, ya había cubanos que nos estaban echando para quedarse en posiciones dentro de la fábrica; pero realmente el ingeniero Eduardo Fuentes, hay que reconocerlo, nos falló, porque tantas oportunidades de mujeres, vino y eso, realmente no estaba pensando en cómo hacer bien el azulejo. Flores era el especialista en el azulejo, pero el que estaba encargado de todo era Fuentes. Su hermano Yeyo borracho, él borracho; el mejor elemento era Benito Vargas, que también era borracho, pero él era activo, él hacía cosas, los otros no.
    Fuentes fue muy afortunado ahí, ganaba muy buen sueldo, era simpático, muy agradable, y eso lo perdió bastante. Anduvo borracho. Benito era muy trabajador y era muy brillante como maniobrista, pero no conocía la industria, ¿me entiende? No era de la fábrica, era del personal mío de construcción, vamos. Muy inteligente, muy hábil, pero tampoco se metía mucho a la fabricación. Y finalmente, también ellos avizoraron la posibilidad de que los mexicanos eran un lastre, fue cuando apareció en la fábrica un letrero que decía “Mexicanos go home”, como a los gringos, nos lo llegaron a poner.
    Cuando me reuní con el comandante Guevara en la fábrica me pareció un muchacho completamente ignorante de lo que era la cosa industrial, fuimos a la parte alta y se le ocurrió preguntarme por un tinaco: ingeniero, ¿y eso qué es? Es un tinaco, para el almacenamiento de agua. Ni idea. Le expliqué todo el proceso, por qué hacíamos dos juegos y que eso podría ser un poco más caro, pero de mejor calidad y a la larga más económico. En el mueble de baño le expliqué por qué había que darle la vuelta, es molesto, pasa esto y así. Se mostró más receptivo, era una persona inteligente y lo entendió muy bien. Después hicimos una buena amistad. Cuando llegaba yo a La Habana iba a verlo y me decía: aquí está mi programa de reforestación. Sí, comandante, muy buen programa. Era de 100 mil eucaliptos. Lástima que no escogieron la planta adecuada. Yo, con mi experiencia, sabía que el eucalipto no sirve para nada, es un árbol que daña su entorno, que chupa mucha agua. Pero lo dejé así, no era mi especialidad.
    Un día me pidió que fuera a ver una fábrica de tabiques con ciertos problemas. Sí, como no, comandante. Ese sí era mi ámbito, escudriñar los problemas que se presentan durante la fabricación, fui aprendiendo lo que se debe aprender, porque cometí todos los errores y luego para superarlos y hacer tubos de alta calidad tuve que hacer muchas rectificaciones, entonces llegué a tener un buen criterio. La fábrica era de tubos de vaso, pero ¡apagaban los hornos! (ja ja); obviamente los tubos se les cuarteaban, el horno no debe apagarse nunca. Qué es lo que mata una cosa térmica: el enfriamiento brusco. Nomás le apagas y le arruinas la vida, pues todavía no ha alcanzado la solidez, es un proceso.


Descríbame un poco al comandante Guevara, ingeniero, ¿cómo era él?


El Che andaba vestido muy sencillamente, con su boina, su puro, muy agradable, muy joven. Hablaba muy quedito. Tenía unos 28 años (en realidad, en 1960 tenía 32 años, frente a 41 del ingeniero Méndez; n. del r.). Y hubo pláticas interesantes. La plática final, en la que llegamos al acuerdo en que nos pagaban todo, fue muy bonita, muy brillante por parte de él cuando dijo algunas cosas sobre la cooperación. Lo manejamos muy bien.

¿Ustedes arreglaron lo que iban a arreglar?

El acuerdo fue muy bueno para todos, porque nos quedaban a deber una cantidad considerable de dinero, algo así como 300,000 dólares, y el comandante fue bastante agresivo con mi socio, don Héctor, mientras conmigo fue prudente. Ya habíamos detectado que yo le caía muy bien al comandante Guevara, que me hacía mucho caso. Y a don Héctor Peralta lo veía como el capitalista, que lo era, de corazón. Yo era el técnico y él era el de la lana que tenía que ponderar. Por otra parte, don Héctor tenía una personalidad... muy agradable, no cabe duda, pero decía cosas, de repente, medio fuertes; o fuertes, medio peladonas y hacía que el comandante levantara las cejas. Entonces el Che y yo lo hacíamos pedazos porque realmente no le caía simpático. Cuando llegó la hora de la liquidación el comandante nos encontró a don Héctor y a mí para decirnos: quisiera seguir contando con la asesoría del ingeniero y usted, que vinieran con cierta frecuencia, hay ciertas cosas que ustedes saben. Ah, sí, cómo no, comandante, por supuesto. Claro que les vamos a poner un coche, dijo. No, coche ya tenemos, comandante. Bueno, pues les damos un departamento. No, también tenemos departamento. Bueno, para los viáticos. Sí, eso sí. Y cuánto necesitarían para los viáticos al día. Pues, hombre, respondió don Héctor, con unos 60 dólares diarios sería suficiente. El comandante Guevara por poco se cae de su silla. Es mucho dinero, dijo, yo saco tres dólares diarios. ¿Y qué cree que le dijo don Héctor? No sea pendejo, comandante, haga sus ahorritos, ja ja. Y volteó el comandante a verme. ¡Don Héctor!, le dije, qué pasa, hombre, más respeto, por favor. Pero él decía este tipo de cosas de manera muy tranquila, muy suavecita.
    Cuando llegamos al acuerdo final no fue nada más el Che Guevara, que era el director del banco nacional; estuvo un señor que decía ser secretario de Hacienda, un señor flaquito así como yo, del mismo porte que yo, estaba el licenciado Santiesteban, que era el secretario particular del comandante en la oficina del Banco de Cuba, y llegamos a una de las pláticas importantes en las que se lograron varios acuerdos. Y estaba un señor que había sido funcionario de Hacienda en los tiempos de Batista y que ahora trabajaba en el banco, era de los importantes, pero con grandes temores. Cada vez que le preguntaba algo el comandante, como estábamos pegaditos los tres, sentía yo cómo temblaba. Me acuerdo que dijo: No, comandante, a estas alturas no respondo de mi criterio. Ja ja. Eran como las doce de la noche. El comandante vivía ahí, ¿eh? tenía un departamentito. Se explicaba lo de los tres dólares diarios.
    Sacamos de la negociación lo que valía nuestra inversión, los 300,000 dólares. Hicimos don Héctor Peralta y yo una mancuerna muy buena, era magnífica, siempre planeábamos lo que íbamos a decir. Fue como nos hizo justicia la Revolución.


Muchas gracias por su recuerdo, ingeniero.

notas

1    Casasola G (1992), Historia Gráfica de la Revolución Mexicana, Tomo 1, p. 142, Editorial Trillas, México.
2    “...busqué un hombre de acción y lo encontré en la persona del señor ingeniero don Federico Méndez Rivas, autor de este edificio desde sus cimientos, y de cuyos méritos da fe la obra misma; no pudiendo menos de agregar que, alguna vez, mirándolo trabajar con ímpetu ordenado y certero al frente de setecientos hombres que a diario cumplían con puntualidad y eficacia su labor, me acordé del general Joffre, que cuando contemplaba el acierto tenaz de algún oficial competente se llenaba de júbilo y le enviaba un beso de entusiasmo.”, José Vasconcelos (1922), http://www.sep.gob.mx/es/sep1/sep1_Discurso_inaugural1#.WTrMIOs182w.

Leopoldo Noyola
Antropólogo
Revista Elementos
polo.noyola@gmail.com



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