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Elementos No. 107               Vol. 24 Julio-Septiembre, 2017, Página 46

Cada cosa es sagrada:
una historia de monjas

María Villatoro, la Textoservidora
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Cada cosa es sagrada. Cada ser, un santo.
Cada lugar, el cielo”

Patti Smith


Las paredes del hoy Museo de Arte Religioso Santa Mónica guardan como secreto el origen de una cierta devoción que dio pie a que las monjas en Puebla sean, más que personajes poco frecuentados en las temáticas sociales contemporáneas, protagonistas, musas y estrellas de la obra de uno de los artistas plásticos más representativos de la ciudad: Antonio Álvarez Morán, quien en 1976, siendo adolescente, y en una extraña, pero muy eficiente, combinación “morbo-fascinamiento-curiosidad”, adquiere la misión, casi orden divina, de gestar la reinterpretación no solo del arte virreinal en México, sino de la iconografía sagrada y su concepto.

Las iglesias están llenas de arte y son lugares públicos donde la gente, quien quiera que sea, puede ir a vivir la experiencia del arte. Siendo así, el arte religioso es una verdadera aproximación al pueblo –comenta Álvarez Morán–.

Pensar en la vida conventual, lejos de ser una monotonía para Antonio y un pasar a viento suave, es un hervidero de tormentas en donde el arte se hace presente a cada momento, no ya exclusivamente en los inmuebles o los objetos que se pueden encontrar en ellos, sino en lo que ocurre dentro de los muros. Mujeres en enigmáticos hábitos autoflagelándose con cilicios, clavos y azotes; relicarios con restos de sangre, huesos y miembros humanos; historias de hazañas extraordinarias que incluyen bilocación, televidencia o figuras de yeso que cobran vida, parecieran escenas de un performance posmoderno o elementos de alguna instalación en el Museo de Arte Moderno, pero no, son también algunos de los motivos por los que Antonio Álvarez Morán decide que la temática conventual necesitaba ser exhibida desde una perspectiva más adecuada, o al menos desde una perspectiva donde su propio concepto de realismo mágico pudiera resaltar lo extraordinario que habita en los ambientes religiosos.


© Antonio Álvarez Morán. Retrato del retrato de Sor Joaquina del Señor San Rafael, 2012.



© Antonio Álvarez Morán. Monjápolis, 2013.


    En el año 2011, cuando se concibe su proyecto Engaño colorido, título retomado de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, Álvarez Morán llega a la conclusión formal de todas sus disertaciones y descubrimientos sobre el tema “monjístico”. En ella se muestran reinterpretaciones de retratos de monjas y monjas coronadas de la época virreinal (siglos XVII y XVIII), en donde aparece un punto determinante en la obra “monjística” del autor: los retratos de retratos.

En el retrato se puede expresar la atracción por la figura y el personaje representado. El retrato es capaz de captar la esencia del individuo, convierte a la figura en un ser animado. Veo a las monjas retratadas como seres vivos –acierta el artista–.


© Antonio Álvarez Morán. Retrato de la venerable hermana Amy Winehouse, 2014.

1. Grabado impreso en tela con forma de corazón que muestra una imagen de la Virgen de la Covadonga, quien ayudó a la expulsión definitiva de los moros en España.
2. Medalla que representa a Don Pelayo quien, a pesar del profundo amor que sentía hacia una joven mora, dirigió a los ejércitos cristianos en su lucha contra los musulmanes invasores impidiendo su avance al norte de España. Esta actitud mereció que le nombraran Rey.
3. Escapulario de la Virgen del Carmen, considerada patrona de la Armada Española, y de quien fuese sumisa devota Sor Marta Antonia durante su encierro en el convento de las Agustinas Recoletas de Puebla en el siglo XIX.
4. Medalla del Divino Rostro que hace referencia al sufrimiento y el dolor provocado por los horrores de las guerras.
5. Medalla de la Virgen que perteneciera al Rey Pelayo y que le acompañaba en todas sus batallas, excepto en la última, cuando perdió la vida trágicamente.
6. Cuatro misterios de un rosario azul que, en el significado litúrgico de los colores, simboliza el amor, la fidelidad y el afecto. Los cuatro misterios hacen alusión a las cuatro ocasiones en que, secretamente, se reunieron los amantes.
7. Fotografía de una escultura de San José de la Montaña rodeado de cartas. Era una costumbre, entre los militantes del ejército cristiano escribir sus peticiones en cartas que enviaban a su santuario. La petición de Pelayo fue que, a toda costa, su amada estuviera a salvo.
8. Corazón metálico con una espada atravesándole que encarna el sufrimiento que causó la separación definitiva entre el Rey Pelayo y la joven mora quien, 18 siglos, 33 años, 5 meses y un día después, se transportaría al nuevo continente, convirtiéndose al cristianismo y tomando el hábito.


© Antonio Álvarez Morán. Sor Marta Antonia
Josefa de la Velocidad de la Luz, 2015.



    Con el fin de realizar un Engaño colorido que pudiera transmitir esta perspectiva animista, Antonio Álvarez tuvo que adentrarse al mundo de los conventos y penetrarlos, de manera literal, ya que, a base de visitas, entrevistas e interacciones con monjas dentro de los conventos, ha llegado a ser un experto conocedor de este restringido mundo “monjístico”.
    ¿Qué ocurriría si un retrato, además de presentarnos la figura de un personaje, nos mostrara su historia y su entorno? Tendríamos una obra que más allá de plasmar la esencia estética del individuo retratado, expone y manifiesta su biografía, resultando así en verdaderas reseñas históricas en forma de retratos-territorio. Álvarez Morán consolida esta técnica como ícono de sus historias de monjas que resulta única en Puebla, y quizá en todo México.
   Desde niño, Antonio tuvo la afición de coleccionar objetos secuestrados de los cajones de sus abuelos, desde envolturas de chicles hasta pequeños crucifijos, y todas aquellas cosas raras para un niño que resultarían objetos inservibles para algunos adultos, fueron haciendo una vasta colección de material para poder integrarlos a obras artísticas, a manera de ensamblajes, que bien sirvieron para reseñar las historias de monjas famosas universales que estuvieron involucradas con los conventos poblanos en los originales retratos-territorio.
    Siendo parte de una familia católica, un día Antonio dejó de ir a misa para escuchar rock and roll y, no obstante, esta aparente “ruptura” jamás pudo haber tenido éxito porque las monjas estarían ligadas a la vida del pintor; por ejemplo, es bien sabido, y documentado está, que parte de la familia paterna de Álvarez Morán, los Golzarri, resguardaron a monjas y clérigos durante el conflicto cristero. Incluso, la urna con los restos de una monja poblana venerable conocida como El Lirio de Puebla estuvo resguardada en casa de su familia. 
                                                                                                                   



                                                                                                                                        © Antonio Álvarez Morán.
Retrato-territorio del Lirio de Puebla, 2013.



Colección personal de objetos, Antonio Álvarez Morán.


© Antonio Álvarez Morán. Crónica capilar, 2010.

    También podemos mencionar que figuras católicas como el Santo Niño Cieguecito han marcado desde la infancia la conexión que el artista tiene con el tema religioso, al punto de haber donado su castaña cabellera para la elaboración de una peluca que luciera la imagen de dicho niño en el convento capuchino de Puebla.
    De todo este bagaje surge Monjápolis, una gran instalación hecha con dibujos en tinta china de monjas que fue conociendo a través de pinturas y grabados de autores de siglos pasados y que, por alguna razón, decidió ir guardando en forma de dibujos propios. Quizá el acercamiento más entrañable e íntimo que ha vivido Antonio Álvarez al respecto, fue cuando un 10 de agosto, único día en que abren el convento de las capuchinas, conoce a la hermana Socorro, monja de aquel claustro que gustaba de la pintura y a quien habían encomendado la elaboración de un gran cuadro de la Virgen de la Medalla Milagrosa. Tras haber establecido una conversación con el artista, y motivada por la historia de El Lirio de Puebla, la hermana Socorro acepta las asesorías de Antonio Álvarez Morán para realizar la pintura encargada. De manera casi clandestina, Antonio acudía semanalmente a asesorar a la religiosa, situación que le obligaba a adentrarse, literalmente hasta la cocina del convento, cosa casi impensable para cualquier persona y sumamente difícil para un varón.
    Instalaciones como La monja enjaulada o actividades como La monja del mes (en Facebook desde el 2012) siguieron avivando la fructífera relación Álvarez-Monja. Ya para 2016, el tema “monjístico” de Álvarez Morán le había caracterizado y, dicho en un término que seguramente aceptará de buena gana, le había estigmatizado, haciendo irrefutable su enorme aporte en el tema de la reinterpretación del arte religioso con su inconfundible temática.

Hoy en día todo lleva la palabra “santo”, desde el nombre de un bar hasta el de un libro. En tiempos donde lo trivial y lo vano imperan, siempre será una buena fórmula para hacer tendencia el hablar de temas que rediman el desamparo en el que vive el hombre. Los temas religiosos y espirituales son una excelente alternativa. Yo marqué esta tendencia –comenta–.


                                                                                                    © Antonio Álvarez Morán. Retrato de Sor Patti Smith, 2011.

    De Antonio Álvarez Morán ya se ha dicho que es una “monja reencarnada” y yo, a consideración personal, refutaría este título.
    Su mente inquieta y creativa, su tendencia al hedonismo y esa forma tan particular de expresar su espíritu libre, jamás podrían conformarse al ambiente conventual, y, sin embargo, lo que es innegable es la admiración, con su pertinente envidia, que este artista manifiesta por la vida devocional, ascé-
tica y contemplativa, así como el reconocimiento al respecto de que las monjas (al menos claramente las del siglo XVII y XVIII que son eje central en su obra) fueron personajes femeninos pertenecientes a una minoría que se rehusaba a aceptar los patrones sociales convencionales de la época colonial, apareciendo también como figuras pertenecientes a una contracultura que se gestaba tras las puertas de un claustro.
    Considero que, dentro o fuera del convento, la obra “monjística” de Álvarez Morán es tan contundente y alentadora debido a que justo recorre el camino, pocas veces transitable, de los límites. A cualquier ser humano nos parecería atractivo vivir en la frontera entre lo permitido y lo prohibido, la pretensión y el sacrificio, lo correcto y lo incierto, etcétera. Esta obra va caminando en la estrecha vereda donde nos encontramos de frente con Eros y en el otro sentido con Tanatos, en ese lugar donde lo místico y lo profano se contemplan y, en pleno uso de la dialéctica, generan un nuevo lenguaje, un lenguaje incluyente en el que la sobriedad de una monja coronada puede estar representada por una Patti Smith afirmando que Jesús murió por los pecados de alguien que no son los de ella. “Estar en el límite sin afán de transgredir” –diría el propio Antonio–.

    ¿Es esta historia de monjas una historia terminada? Definitivamente no. Actualmente, los proyectos con la temática “monjística” han alcanzado el mundo cinematográfico con la creación de una serie de cortometrajes bajo el título de Los misterios de las monjas vampiras, que conjugan la ficción y el terror en un ambiente surrealista enmarcado en hechos históricos. Este proyecto, que comenzó a desarrollarse desde el 2016, ha arrojado ya el primer misterio de la serie: Las monjas vampiras contra el hijo de Benito Juárez, título que próximamente será presentado en la XIII Bienal del Congreso de la Asociación Gótica Internacional en la UDLAP de la Ciudad de Puebla.




© Antonio Álvarez Morán.
 Santo Niño Turista, 2012.


© Antonio Álvarez Morán. Fotograma de Las monjas vampiras contra el hijo de Benito Júarez, 2016.



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