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Elementos No. 106               Vol. 24 Abril-Junio, 2017, Página 3

Sobre la memoria


Raúl Dorra
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0. INTRODUCCIÓN. LA MEMORIA COMO LENGUAJE

Desde la antigüedad y hasta nuestros días la memoria ha sido concebida básicamente como la facultad de registrar y almacenar los eventos vividos, sentidos y pensados, a la espera de ser recuperados por la conciencia convertidos en recuerdo. Esa concepción se presenta como obvia y por ello nos parece natural. Sin dejarla de lado, mi interés ha sido, por el contrario, extenderla y pensar la memoria como un proceso continuo de selección, clasificación y ordenamiento, un proceso que, anclado en el presente, se proyecta hacia atrás y hacia adelante. También, y por eso mismo, me ha interesado pensar la memoria en su relación con el lenguaje. En una entrega anterior publicada en el número 105 de esta revista, mencionábamos la teoría del lingüista ruso Roman Jakobson según la cual la puesta en actividad del lenguaje mediante el habla (que también hemos llamado discurso) es el resultado de dos procesos convergentes: selección y combinación. Un conjunto abierto de términos (léxico) y un conjunto cerrado de reglas de aplicación (sintaxis o gramática). Pues bien, ni un proceso ni otro podrían realizarse sin recurrir a la memoria ya que es ahí donde se depositan tanto los términos como las reglas. Pero hay más; una vez activado el lenguaje en un discurso, este no podría sostenerse ni desarrollarse sin otros dos tipos de actividad de la memoria que, empleando dos términos provenientes de la fenomenología, describiremos como retención y protensión, respectivamente. Sea en una breve charla, sea en una larga disertación, no podría seguirse el hilo temático de una o de otra sin operaciones de retención (lo pasado en el presente) y de protensión (lo futuro en el presente). Para garantizar que este hilo no ha sufrido interrupciones, se recurre a los llamados “marcadores de discurso” los cuales van pautando o anclando el desarrollo del tema en cuestión. Tales marcadores o bien recuerdan lo que ya se dijo (expresiones del tipo: “como ya te expliqué”, “según acabo de demostrar”, etc.), o bien anticipan lo que vendrá (expresiones del tipo: “en seguida mostraremos que”, “a lo que voy es que”), o bien reúnen lo ya expuesto y lo que queda por exponer (“una vez dicho esto, ahora diré que”, etc.). Es la memoria actuando, la memoria siempre presente y siempre proyectada hacia atrás y hacia adelante. Seguir el hilo de una conversación o de una exposición es hacer coincidir el recuerdo con la expectativa, pues sin esa coincidencia se pierde la coherencia. En ciertos discursos (por ejemplo en los relatos de suspenso), esta expectativa se resuelve como sorpresa, lo que quiere decir que se pasa de una línea de coherencia a otra.
    Pero las relaciones entre la memoria y el lenguaje son tan continuas y tan obvias que ya casi no reparamos en ellas. La memoria es como el suelo continuo, o el aura, donde se recorta el lenguaje. Podríamos decir que el lenguaje es una memoria articulada, o segmentada, o incluso pensar que se extiende más allá pues hay una memoria de lo inefable, de aquello que solo las expresiones artísticas pueden sugerir. Las palabras dan forma al mundo, nos ponen frente a él. Y para eso se valen de la memoria. Yo no necesito ver una casa desde todos sus ángulos para saber que estoy ante una casa, evocar lo que estoy viendo con la palabra que lo designa. Me basta con un solo aspecto pues mi memoria hace el resto. No necesito escuchar una pieza musical entera para reconocerla: me bastan unos compases. Incluso, y de manera más inmediata, para yo ser en el mundo debo reconocerme continuamente, tener conciencia de mí o recuperar esa conciencia cuando el sueño la desvanece. En el otro extremo, necesito reconocer continuamente los códigos del lenguaje de mi computadora para seguir operando con ella pues, como se sabe, mi computadora posee una memoria artificialmente construida. Así, las maneras en que, según mi opinión, se configura la memoria son continuas y diversas. Ante tal panorama, yo he pensado organizar esta vasta actividad distinguiendo tres clases principales: la memoria esencial o inmediata, la memoria natural o de uso, y la memoria artificial.1 He pensado proponer esta organización haciendo la salvedad de que no se trata de una compartimentación porque estas memorias se interpenetran y en consecuencia siempre encontraremos en cada una de ellas la presencia de las otras. Pero revisemos en orden esta propuesta.


1. MEMORIA ESENCIAL

O memoria inmediata, la memoria de sostén. Es aquella con la que soy en mí mismo y reconozco el mundo. Es, pues, la memoria en la que persisto para que todo persista, la que me mantiene despierto. En el español todavía hay quienes usan la flexión verbal “recordarse” como sinónimo de despertarse: “Esta mañana me recordé muy temprano”. Pero es todavía común el uso de “acordar” con el sentido de tomar conciencia: “Cuando acordé, ya tenía la soga al cuello”. Y si esto es así, si recordarse es volver a la conciencia y acordar es persistir en ella, entonces es válido decir que vivimos en la memoria.
    Ciertamente, el recordar(me) después del sueño o de un desmayo, es no solo recordarme a mí mismo sino recordar los objetos del mundo. Este recuerdo es normalmente gradual, sobre todo cuando se trata de un sueño profundo al cabo del cual comienzo a instalarme en mi cuerpo, en mi cama, y voy recuperando las cosas que veo, los ruidos que me llegan. Es un progresivo re-conocimiento, pues si puedo ver las cosas y nombrarlas es porque ya las tenía en mi memoria. Esta memoria esencial, inmediata, avanza dando nombre y forma: lo confuso se segmenta, se articula en objetos que puedo reconocer y nombrar: silla, lámpara, espejo, automóvil que va pasando por la calle; también, poco a poco, las cosas que pensé hacer en el día. Y también de ese modo, al cabo de una unidad de vigilia, la conciencia regresa a su difusión y borradura. Cuando voy entrando en el sueño o en el desvanecimiento, las cosas pierden sus aristas, se desarticulan, se confunden en una progresiva esfumatura y ya no puedo nombrarlas.
    En términos generales, podemos decir que esta memoria se mueve entre el reconocimiento y el desconocimiento, entre lo articulado y lo desarticulado. Y que la vigilia y el sueño son a la vez como una metáfora de la vida mnémica de un individuo. Se diría que en la primera infancia (y recordemos que etimológicamente infancia se compone del privativo in y la raíz fans lo que supone que el in-fante es el que está privado de habla) se construye la memoria a medida que se va construyendo el lenguaje, y que hacia el final de la vida mnémica (lo que no necesariamente significa el final de la vida orgánica) la memoria se destruye, y con ella el lenguaje. Ahora bien; el reconocimiento fluye de lo confuso a lo claro, de lo general a lo particular. Reconozco un cuerpo, un torso, miembros, un rostro, una persona identificada con un nombre. Por su parte, el desconocimiento se mueve en sentido inverso: dejo de recordar un nombre, dejo de identificar un rostro, dejo de ver un cuerpo. Cuando una persona está gravemente enferma decimos que ya no reconoce. O más bien esa falta de reconocimiento nos revela la gravedad del mal. El no reconocer comienza por una confusión u olvido del nombre y se continúa con una borradura de los rasgos fisonómicos. Yo ya soy nombrado como Raúl y mi cuerpo no está en el lugar hacia donde esas manos avanzan. El mundo va convirtiéndose en una masa amorfa y sin espesor. Lo primero que se pierde, por desconocimiento, es la vida intelectiva, las formas elaboradas de la comunicación; lo que después se pierde o se oscurece, es la vida afectiva, la organización de las emociones y de las afecciones; lo que se pierde, al cabo, o se disuelve, es la vida sensitiva: la conciencia de los límites del propio cuerpo, lo que el cuerpo absorbe del exterior (aire, alimento) y lo que el cuerpo expulsa (flemas, sudor, deyecciones), lo que necesita para sobrevivir o lo que para sobrevivir le estorba. En un sentido profundo, se pierde, o se va perdiendo el lenguaje y nadie sabría decir si se pierde el yo, si se pierde el me; mejor dicho en qué momento esto ocurre.
    Así, en este sentido profundo se reúnen memoria y lenguaje. Una necesita del otro y este es condición de aquel.


2. MEMORIA NATURAL

La llamo también memoria de uso porque se conecta con lo que usualmente evocamos cuando oímos la palabra memoria; es precisamente dicho uso el que crea el efecto de una naturalización. Esta memoria se constituye en la relación dialéctica recuerdo-olvido, relación en la que el segundo término se muestra inmediatamente como negación o borradura del primero. El recuerdo se presenta de tal modo como el término positivo que terminamos por pensar al recuerdo como sinónimo de memoria. Cuando le digo a alguien “haz memoria”, le quiero decir: “recuerda”. Hacer memoria o tener memoria equivale, en el uso, a recordar –o rememorar–, aunque sin duda guardamos en la memoria información que no recordamos en este momento por la simple razón de que no podemos estar recordando todo el tiempo todo lo que guardamos en la memoria. En este sentido puede decirse que mientras la memoria es simultánea (toda la información está disponible a la vez), el recuerdo es sucesivo (la conciencia solo procesa uno por vez). Etimológicamente, la palabra recuerdo (re-cordis) significa lo-que-vuelve-al-corazón, con la salvedad de que la palabra corazón tiene aquí el sentido que ahora damos a la palabra mente.2 Este volver supone un desplazamiento del pasado hacia el presente. Así, recordar es hacer presente lo que estaba en el pasado, esto es, re-presentar. El recuerdo (y en general la memoria) se encuentra naturalmente asociado al tiempo. Lo que se aloja en ese pasado que conserva la memoria es todo lo que en algún momento estuvo presente en la conciencia de un sujeto. Pero la forma y profundidad con que se aloja depende de lo que yo llamaría la sensibilidad mnémica de cada sujeto. En la antigüedad se comparó la memoria con una plancha de arcilla sobre la que se van fijando las impresiones dejadas por los sucesos; impresiones que luego podrán ser recuperadas por el recuerdo o la rememoración. Esa imagen resultaría útil si pensáramos que dicha plancha no es universalmente uniforme sino que tiene calidades y texturas diferenciadas en cada individuo. Tales calidades y texturas estarían determinadas por lo que aquí llamo la sensibilidad mnémica del sujeto, esto es su forma específica de recoger, seleccionar y procesar las impresiones. También deberíamos pensar que no se conservan las impresiones siempre del mismo modo sino que continuamente se modifican. Nunca recuperamos los eventos del pasado tal como ocurrieron o los vivimos. Siempre, y por múltiples causas, sufren un proceso de transformación. En muchos casos recordamos más el recuerdo –en todo caso el relato– de un evento, que el evento mismo. Las impresiones se fijan o alojan con distintos grados de pregnancia, unas son más vívidas otras más débiles, otras más se van debilitando; unas son motivo de agrado otras de desagrado o de rechazo; otras no tienen un interés especial para el sujeto, que termina desechándolas. Así, la memoria procesa las impresiones, las selecciona, las asocia, y por ello quedan tanto a disposición del recuerdo como del olvido, más de este que de aquel. Si recordáramos todo lo que hemos vivido seríamos como el personaje de “Funes el memorioso”, aquel cuento de Jorge Luis Borges cuyo protagonista necesitaba todo un día para recordar lo vivido el día anterior; esto es, viviríamos solo para recordar y, en consecuencia por dedicarnos a recordar no viviríamos y a la postre tampoco tendríamos qué recordar.
    De modo que, dado que se modifican, las representaciones a las que aludíamos no son verdaderas re-presentaciones sino más bien reacomodos de la memoria natural. También dijimos –hablando de las representaciones– que el recuerdo, y en general la memoria, se asocia con el tiempo. En su inagotable reflexión sobre el tiempo, San Agustín3 sostiene que no hay más tiempo que el presente pues el pasado ya fue y el futuro aún no es. Por lo tanto, dice, tendríamos tres modos del presente: un presente de lo pasado (el recuerdo o la rememoración), un presente de lo presente (la atención) y un presente de lo futuro (la espera o expectación). Tenemos un conocimiento de lo pasado por las huellas que deja y una prefiguración de lo futuro por los indicios que encontramos en el presente. A partir de esto, y para nuestra reflexión, yo observaría además la existencia de un tipo de recuerdos que, anclados en el presente, reúnen el pasado con el futuro. Me refiero a los sentimientos y las expresiones del deseo así como a los de la voluntad. Tanto el uno como la otra refieren una espera. Yo recuerdo mis deseos sobre todo si no fueron cumplidos. Recuerdo igualmente las promesas que hice o me hice. Un deseo crea una expectativa y también la crea una decisión de la voluntad. Ambos se proyectan hacia adelante y pueden mantenerse como espera, aunque también pueden dar motivo a la satisfacción, a la sorpresa o a la frustración.
    Los modos del recuerdo son, pues, diversos. Y téngase en cuenta que hasta aquí solo nos hemos referido a los recuerdos en los que el sujeto es activo. Pero hay recuerdos que el sujeto no busca sino que vienen a él e incluso le crean la sensación de que lo asaltan o lo persiguen. El recuerdo, por ello, y no pocas veces, llega a ser un agente mórbido como en los casos de la obsesión o la melancolía. Por su parte, los modos del olvido son igualmente diversos, pues el olvido no es solo borradura o atenuación de la huella mnémica sino que también se relaciona con las afecciones y las voliciones. Hay un olvido afectivo y un olvido moral, un olvido político e incluso un olvido legal. También hay un modo de la memoria que se realiza como olvido. Mucho se ha dicho –sobre todo en las canciones de amor, que son casi todas las canciones– sobre el infaltable olvido. El olvido es al recuerdo como el silencio a la palabra. Pero, por su especial interés, prefiero dejar este tema para una próxima nota, y dedicarme ahora al tercer punto de nuestra clasificación.


3. MEMORIA ARTIFICIAL

En su diálogo Fedro, Platón sostiene que la invención de la escritura no ha hecho sino degradar la memoria –la memoria natural– pues no solo la ha expulsado fuera del alma exponiéndola a la curiosidad de cualquiera, sino que también la ha vuelto perezosa, reemplazable. Exteriorizada, inerte, resultado de una abusiva codificación, la escritura sería sin embargo, para hablar en términos actuales, la primera manifestación contundente de la memoria artificial, y la que abrió las puertas a una vasta e incesante descendencia. El principio de la escritura (sobre todo de la escritura alfabética, que es en la que pensaba Platón) consiste en la reducción de los proliferantes sonidos del habla a un corto número de fonemas susceptibles de ser evocados por grafías –letras o más exactamente grafemas– para componer con ellos un número infinito de palabras –lexemas. Se trata de una tecnología en la que los sonidos reales son objeto de una transcripción codificada que los habilita para ingresar –transformados– en un mundo virtual donde las palabras se graban sobre una superficie. Es verdad que también en las culturas arcaicas puede rastrearse la construcción de realidades virtuales y por ello hay investigadores que sostienen que no existen sociedades sin escritura, entendida esta en sentido amplio. Contar, por ejemplo, el ganado teniendo no ya ante los ojos cada animal sino el animal representado por una semilla o una piedra, ver en cada piedra, según su color o su tamaño, la representación de una determinada cantidad de animales (cinco o diez, como los dedos de las manos), realizar transacciones comerciales siguiendo ese principio de economía es de hecho virtualizar lo actual para facilitar tanto las operaciones como la memoria de lo que se tiene o de lo que se ha enajenado. Si la escritura es una tecnología para producir y retener enunciados, estos otros métodos permiten producir y retener signos en una memoria externa.
    Claro que las sociedades arcaicas no por ello dejan de ser sociedades esencialmente orales. Por esta razón construyen una memoria colectiva en la que se deposita el saber teórico y práctico de toda la comunidad, con vistas a su transmisión. Tal transmisión se asegura mediante mecanismos de regulación que reúnen el sentido con el sonido en los mensajes hablados. Frases encantatorias, plegarias, conjuros, salmodias, enigmas verbales, fórmulas para manifestar la amenaza o la sumisión, el poder o la dependencia, integran el conjunto de recursos que una comunidad se da a sí misma para preservar su cohesión y asegurar su permanencia. Se trata de recursos que combinan la espontaneidad con el artificio y se expresan en conductas ritualizadas. Incluso esto se repite, y aun se amplía, en culturas que disponen de la escritura en sentido estricto, dado que en ellas la escritura es patrimonio reservado a una casta y el grueso de la comunidad la desconoce. Se asegura que el más antiguo tratado de buen gobierno del que se tiene registro histórico, el Código babilónico de Hammurabí, está escrito en lenguaje simple y recurre a técnicas que facilitan la memorización. Este código, grabado sobre piedra en caracteres cuneiformes y que se suele datar hacia el siglo XVII antes de nuestra era, contiene prescripciones jurídicas, penales, rituales, morales, higiénicas y todo lo que cada hombre o cada grupo humano requiere para regular su conducta y administrar la justicia. Esta tendencia redaccional, según es fama, se repite en los libros sagrados de las culturas antiguas, y ello no tiene nada de extraño porque dichos textos eran sobre todo una guía para los pueblos que recibían y dependían de su mensaje. Podríamos decir que, vistas las cosas de ese modo, esta memoria artificial es también una memoria esencial. En el libro del Deuteronomio se lee: “Oye, Israel, Adonai es nuestro Dios, Adonai es Uno”(6,4); y en los siguientes versículos continúa:

Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón / y las repetirás a tus hijos y las recordarás estando en tu casa y andando por el camino y al acostarte y cuando te levantes (6, 6-7).

    Incluso en esta seguramente lejana traducción se percibe que los versículos prolongan las palabras como un eco. La identidad del pueblo israelita, a través de los siglos y de las diásporas, se edificó en palabras como estas. ¿Memoria artificial o memoria esencial?
    Pero volviendo al Fedro, hay que tener en cuenta que es un texto escrito en el siglo V, cuando ya estaba en auge la retórica entendida como oratoria persuasiva, una poderosa institución a la que Platón también criticó. Pues bien, en retórica la memoria era concebida como una programación técnica –una tejné– que permitía al orador tanto preparar como retener su discurso. Así, se concibió una “memoria de lugares” que consistía en imaginar un vasto edificio con pasillos y habitaciones en donde se almacenara toda la información distribuida por materias. Estas memorias de lugares eran bibliotecas virtuales en las que el visitante recibía orientación mediante indicaciones fijadas en los pasillos –imágenes pregnantes– que mostraban el emplazamiento de la habitación requerida.
    La memoria de lugares tomó el modelo de las bibliotecas históricas que la precedieron –más bien espacios protegidos que resguardaban tabletas de arcilla o de metal y rollos de papiro– pero sobre todo prefiguraron las que le sucedieron. También esta memoria se emparentó con otros artefactos diseñados para retener y recuperar información sobre diversas materias o sobre un conjunto: mapas geográficos y astrales, árboles de la ciencia, esquemas analógicos, tablas logarítmicas, lógicas combinatorias o sinopsis de las doctrinas teológicas. También sobre el modelo de la biblioteca se concibieron y ejecutaron obras enciclopédicas para compendiar el saber. Tanto en lugares imaginarios como sobre las páginas de los libros, de lo que se trataba era de recoger y distribuir información para dejarla disponible. En el siglo VIII, Isidoro de Sevilla escribió sus célebres Etimologías, un volumen compuesto de veinte libros en los que este autor quiso reunir y poner al alcance de los hombres no solo todas las artes y las ciencias –sagradas y profanas– sino incluso todo lo que era dable observar en el universo físico y social. En esa obra pasmosa hay lugar para la teología y la jurisprudencia, la matemática y la música, la retórica y la gramática, la medicina y la historia, las artes marciales y el comercio, así como también se registra una incesante información sobre la velocidad del cielo, el trueno, el abismo, los gusanos, las piedras, los metales, los sepulcros, las naves, los edificios, los juegos, las comidas, las señales hechas con los dedos, los días de la semana, las telas de los vestidos, los utensilios domésticos, los aperos de labranza, en suma, todo lo que a un curioso llegara a interesar por grande o pequeño que esto fuera.
    Podríamos recoger los párrafos precedentes diciendo que los tratados sobre memoria artificial dieron lugar a los varios ejercicios de mnemotecnia que persisten actualmente y también dieron lugar a la instalación de museos.4 Por su parte, esfuerzos como los de Isidoro de Sevilla han continuado desarrollándose en estudios enciclopédicos más sistematizados, así como en la confección de índices o de atlas. De cualquier modo hoy nos resulta difícil imaginar un prodigio de memoria como la de Pedro de Rávena quien publicó, en 1491, un muy influyente tratado sobre la materia. Pedro de Rávena era un profesor de derecho que se jactaba de dar sus clases sin ayuda de los libros pues los llevaba consigo y, acudiendo a su memoria, sabía encontrar al momento la página que necesitaba. Podía recitar sin vacilación y en cualquier orden todo el derecho civil y repetir literalmente los sermones que había oído una sola vez. Su memoria era un vasto edificio en el cual siempre había espacio disponible y por lo tanto siempre estaba creciendo. Prodigios como este fueron desapareciendo con el desarrollo de las ciencias modernas, las cuales construyeron sus propios métodos para la memorización.
    Creo que con estas escasas sugerencias bastará para pensar que las modalidades de memoria artificial, imprescindible para el desarrollo de cualquier cultura, son siempre más de las que cualquier ciudadano del mundo puede concebir. Las memorias que hoy ponen a nuestra disposición las tecnologías globalizadas, tecnologías a las que asumimos ya como una segunda naturaleza del hombre contemporáneo, son básicamente otro avatar de la invención de la escritura. De estas memorias –o de esta Memoria– depende de manera creciente nuestra actividad cotidiana, tanto que podría decirse que el hombre contemporáneo ha instalado su actividad productiva y recreativa en la memoria artificial. Tal vez pronto empecemos a alimentar un temor opuesto al de Platón: no ya de que el hombre haya expulsado a la memoria sino de que la memoria expulse al hombre. Esto no sería ciencia ficción sino cumplimiento de la ley de los contrarios.

NOTAS

1    Habría también una memoria biológica que comparten todos los seres vivientes. Pero más que de una memoria propiamente dicha, se trata de una ley de la repetición encaminada a asegurar la supervivencia.
2     En la antigüedad se tendía a creer que la sede del pensar y del sentir era un mismo órgano localizado a la altura del pecho. De ahí que pervivan las locuciones "guardar in mente" y "guardar in petore", ambas con el sentido de conservar algo para recordar.
3     Confesiones, Libro XI; por cierto, el Libro X está dedicado a la memoria; se trata de una reflexión cuya riqueza es siempre iluminadora, y que resulta imprescindible para quien se interese en este tema.
4     Originalmente, el museo era un templo dedicado a las musas, hijas de Zeus y de Mnemosine, diosa de la memoria.

Raúl Dorra
Programa de Semiótica y Estudios de la Significación
BUAP
rauldorra@yahoo.com.mx


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