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Elementos No. 105               Vol. 24 Enero-Marzo, 2017, Página 3

Sobre el lenguaje


Raúl Dorra
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EL LENGUAJE EN PERSPECTIVA

Como quien despeja su campo de operación, comenzaré diciendo que estas reflexiones se situarán en el lenguaje en cuanto lenguaje. Por ello entiendo el conjunto de procedimientos mediante los cuales se constituye y socializa el sujeto humano; y de modo más específico entiendo el lenguaje verbal. Así, no me referiré a los soportes neurofisiológicos del lenguaje cuyo conocimiento ha crecido de modo exponencial aunque –y a pesar de que mi ignorancia a ese respecto es también muy cuantiosa– no podría dejar de tener en cuenta que el límite entre un campo y otro es una línea, si se quiere un espacio o intervalo, siempre problemático. Ese límite es –para mí y de eso me propongo hablar– un enigma fundamental.
    En 1956, en un ensayo titulado “Two aspects of language and two types of afasic  disturbances” (aparecido en 1973 como “Dos aspectos del lenguaje y dos tipos de trastornos afásicos”)1  el célebre lingüista ruso Roman Jakobson, apoyándose en pruebas con enfermos, postuló que existe un tipo de afasia que afecta la capacidad de selección (olvidos léxicos) y otro que afecta la capacidad de asociación (olvidos sintácticos) por lo cual las clasificó como afasia metafórica y afasia metonímica, respectivamente. Jakobson había observado que ciertos afásicos, ante una palabra dada (por ejemplo nombre o verbo), no podían encontrar otras que la reemplazaran mientras que ciertos otros afásicos no podían encontrar los nexos entre palabras (preposiciones) o acertar con las conjugaciones verbales adecuadas. Lo interesante de este estudio, para Jakobson, es que mostraba que se podía ver la afasia como un problema lingüístico. Desde luego, tal estudio de ningún modo significó para los lingüistas el descubrimiento de la incesante relación entre funciones cerebrales y funciones verbales. Hay una rica tradición al respecto. El impacto que causó el ensayo de Ja-kobson sobre la afasia se debió a la precisión con que incursionó en aquellas relaciones y correlaciones, y sobre todo al hecho de que le daba una base material, por decirlo así, a su propia teoría del lenguaje. En efecto, Jakobson, un lingüista y un filólogo “puro” atraído por la poesía folklórica rusa y preocupado por darle a los estudios literarios un estatuto científico, venía postulando que el lenguaje se asienta sobre dos ejes, precisamente el eje de la asociación y el de la combinación: que hablar es seleccionar y combinar. Para componer la frase El perro cojea porque está herido el hablante debe seleccionar cada término dentro del conjunto de opciones que le ofrece la lengua en que se desempeña. Así, en lugar de el pudo haber seleccionado este, ese, mi, etc., y en lugar de perro, can, animal, mascota, etc. Además debe combinar cada término con los otros. Así, si perro es un sustantivo masculino y singular, tienen que adecuarse a él las demás funciones verbales que expresan el género y el número como artículos, adjetivos, pronombres, verbos conjugados, etc. Por mi parte, si yo evoco este ensayo es porque, según mi modo de ver, al mostrar una íntima relación muestra también una íntima diferencia entre los procesos neuronales que soportan y condicionan el ejercicio del lenguaje, y los procesos verbales que constituyen el lenguaje en cuanto tal.
    Varios años menor pero de cualquier manera contemporáneo de Jakobson, Noam Chomski, discutiendo con los conductistas, incorporó la lingüística al conjunto de las ciencias cognitivas y consolidó la noción de mentalismo. De modo paralelo al desarrollo de las llamadas neurociencias, la lingüística, estudiada desde una cierta perspectiva, ha sido incorporada al espacio ocupado por disciplinas que se dedican a la cognición y se reclaman como ciencias positivas. Por cierto, parece fácil afirmar que la lingüística integra ese conjunto y por ello inferir que también su objeto de estudio, el lenguaje verbal, forma parte de una unidad de nivel superior y de capacidad englobante. ¿Pero desde dónde se realiza esta afirmación sino –obligadamente– desde, y solo desde, el lenguaje verbal, lenguaje en que, por otra parte, se expresan las demás ciencias?
    Si la lingüística como disciplina tiene límites, algo diferente ocurre con su objeto de estudio, el lenguaje verbal. A mediados del pasado siglo Émile Benveniste sostuvo que el lenguaje verbal es el único sistema que puede hablar de todos los demás y también de sí mismo. A esta propiedad la llamó Principio de Interpretancia. El lenguaje verbal interpreta a los demás lenguajes o sistemas y se vuelve sobre sí mismo para autoconocerse, como se muestra en las presentes reflexiones. Las ecuaciones aritméticas  o las frases musicales o los tejidos celulares no se refieren a algo diferente de ellos y no hablan, tampoco, de sí mismos, o lo hacen restringidamente. Son interpretados y estudiados por sus respectivas disciplinas –la matemática, la teoría musical, la fisiología– pero para ello deben recurrir al lenguaje. Curioso o sorprendente objeto de estudio, el lenguaje hace posible y aun engloba a la disciplina que da cuenta de él.
    El núcleo del lenguaje es una estructura pronominal que reúne a las personas expresadas en yo y en , y se extiende hasta el él, al que el mismo Benveniste caracterizó como la no-persona, digamos el referente, aquello de lo que se habla. Yo le habla a acerca de él, que se sitúa fuera de ambos. Lo que transita de yo a tú para hablar de él puede pensarse como un discurso, un discurrir de la palabra. A este tránsito o discurso se agrega el flexivo me, que es un pliegue que permite al yo volverse sobre sí mismo introyectándose: "yo me digo". En el momento en que digo "yo" me desdoblo, me hago consciente de mí, me oigo hablar, me veo mirándome. En el momento en que digo "me" me vuelvo hacia mí y cierro el ciclo dando pie a que se abra de nuevo de manera incesante. Continuamente expandida en el ejercicio discursivo de la palabra, esta estructura de base puede explicar la propiedad que tiene el lenguaje verbal para hablar de lo que se sitúa fuera de él y también de lo que sitúa en su propia interioridad. Eso que Benveniste llamó la Interpretancia, el Principio de Interpretancia.


EL LENGUAJE EN ABISMO

Pero avancemos otro poco. ¿En qué momento crea o inventa el hombre el lenguaje si es que lo crea o inventa? ¿Hay un sujeto humano antes del lenguaje? Preguntas como estas me hacen pensar en el libro XI de las Confesiones de San Agustín, donde su autor se dedica a responder a aquellos que preguntan qué hacía Dios antes de la creación de los cielos y la tierra. Tal pregunta, según San Agustín, carece de sentido. Y si hubiera que contestarla habría que decir que Dios no hacía nada. No se puede hablar de un “antes” del mundo, no se puede pensar así porque, según él, el tiempo, el antes y el después, fueron creados al crear el mundo pues el tiempo es propio de la naturaleza humana. ¿Cómo decir, también, que antes de la creación del mundo no había antes? Pensando en el lenguaje, hay aspectos importantes de la respuesta de San Agustín que se podrían recoger y otros en los que se podría diferir. La relación de Dios con el mundo, no solo para San Agustín sino para cualquier creyente, es la de creador a creatura y por lo tanto de anterioridad. Pero para los lingüistas modernos, sobre todo los que se ubican en la tradición inaugurada a comienzos del siglo pasado por Ferdinand de Saussure, la relación sería de simultaneidad: el hombre y el lenguaje forman una estructura dialéctica, la relación no se mueve en una sola dirección sino entre ida y retorno: ambos son a la vez productor y producto.
   Saussure, por cierto, no se entregó a este tipo de especulaciones pero dejó la puerta abierta para que gentes como yo lo hiciera. Él no habló de lenguaje sino de lengua, entendiendo con ese término lo que aquí estamos llamando lenguaje. Así, definió a la lengua como un sistema de signos, y al  signo como una estructura compuesta de dos elementos heterogéneos por su naturaleza e interdependientes por su función: el significante, de naturaleza acústica y el significado, de naturaleza intelectiva (en francés, el trazo sonoro “cheval”, se reúne con el concepto “caballo”, según ejemplifica el lingüista de Ginebra). Esta teoría de tipo estructuralista lo llevó a oponerse a la corriente historicista que tenía como objeto de estudio el cambio lingüístico, es decir, las transformaciones operadas a lo largo del tiempo por uno o varios elementos verbales. Saussure, por su parte, comparó la lengua con el juego de ajedrez: no importa que las piezas sean de marfil o de madera, lo que importa son las relaciones que mantienen entre sí, las reglas de juego. Así, el cambio o la desaparición de un elemento modifica al conjunto, esto es, al sistema. No se trata, pues, de estudiar cambios parciales sino el funcionamiento de todo el sistema en un determinado estado o en un proceso de transformación. En cualquier estado los elementos guardan entre sí relaciones sincrónicas. El sistema siempre está completo porque algo significa si, y sólo si, se opone a otro elemento significante con el que mantiene una relación de contrariedad solidaria. El sí no adquiere sentido sino en tanto se opone al no; aquí estamos ante una oposición fuerte; entre ambos términos podemos situar el quizá que se opone a ambos según una oposición débil. Así, tenemos dos grados de oposiciones en una figura que es a la vez binaria y triádica. Esta figura, en acción, permite que el sistema, aun en sus transformaciones, se autorregule y se complete sin cesar; se mueva entre la diacronía y la sincronía.
    Saussure, dije, comparó a la lengua –lo que aquí vengo llamando lenguaje– con el juego de ajedrez. Sin embargo a la semejanza podría oponérsele una diferencia también fundamental. El ajedrez, así como todos los juegos, ha sido inventado por el hombre. Sus reglas fueron creadas y siempre pueden ser modificadas tras una deliberación. Es un sistema operado desde afuera. El lenguaje no fue creado ni inventado y no tiene un afuera. Es una institución social que no depende de deliberaciones particulares sino de su propio ejercicio, una convención autoinstituida y en la que el individuo está de hecho inmerso como en su medio natural. Más que inmerso, podríamos decir que está constituido por el lenguaje. Desde luego el lenguaje no es estático sino que está siempre transformándose. Pero aquí hace falta una aclaración que incide en la selección terminológica. Saussure pensó en términos de lengua y yo opté por lenguaje. Digamos ahora que el lenguaje es una propiedad abstracta y general que se especifica en lenguas nacionales o en familias de lenguas. Ferdinand de Saussure, como gran conocedor de lenguas antiguas y modernas por su erudición de comparatista, prefirió hablar en términos de lengua para sustentar su teoría lingüística. Prefirió ir de lo particular a lo general y, más específicamente, recurrir a su propia lengua, el francés, para hallar los ejemplos que necesitaba. El francés, como el español, forma parte de la familia de las lenguas neolatinas. Son pues, resultado de una larga transformación. (Dicho sea de paso, esto es lo que ha inclinado a generaciones de lingüistas a pensar que el estudio de una lengua debe ser histórico). Sin embargo, si se examinara cualquier estado en que se encuentre una lengua, se observará que su carácter de sistema no se ha alterado. La lengua se transforma pero permanece el sistema y por eso Saussure prefiere pensar la transformación como diacronía, no como historia. Para los propósitos de esta reflexión, podríamos postular, ahora, que el lenguaje es la propiedad general y la lengua un resultado específico; que la lengua se modifica y el lenguaje se conserva; y aun: que la lengua se modifica porque necesita mantenerse en los límites fijados por el lenguaje, esto es, se modifica para preservar su propio sistema.
    ¿Qué hay antes del lenguaje? ¿Es admisible decir que nada? Decir que nada no es sugerir que todo lo que no sea lenguaje es irreal o imaginario. Decir nada significa decir que eso que hay, que hay afuera, es algo que no podemos comprender porque para comprenderlo necesitaríamos el socorro del lenguaje. (Mi propio cuerpo, por ejemplo, aunque persiste allá toma su forma aquí; claro que también es un puente, un continuo  pasaje entre mi yo y el mundo). Entonces postular, como aquí postulamos, que hombre y lenguaje son a la vez productor y producto supone aceptar que ambos están en el origen, y que ese origen es un desprendimiento, un salto, una quiebra o, si se quiere, una discontinuidad. Se suele hablar de una discontinuidad entre el hombre y la naturaleza. Pero hablar de naturaleza (pájaro, árbol, roca; o reino animal, vegetal y mineral; o tejidos, células) es recurrir a nombres y hacer clasificaciones operadas en general por el lenguaje y especificadas en una lengua; es, en suma, encontrar nuevamente lo que creíamos haber dejado atrás. En rigor, pensadas así las cosas no habría más que asumir la paradoja y decir que todo es naturaleza; naturaleza humana, humanizada por el lenguaje.
    Una lengua es, entre otras cosas y como acabamos de ver, un sistema de clasificaciones: árbol, hoja, nido o flor son objetos y a la vez clases de objetos. Hablamos distinguiendo clases, estableciendo cuadrículas para ver, y también analizar, los objetos del mundo. El mundo es eso que nos muestra el lenguaje. La realidad, que no lo real. Así, el lenguaje es el reino del hombre pero también su exilio. La consciencia que nos crea la palabra es también la consciencia de nuestro límite. Una consciencia, se diría, trágica. No podemos ver sino lo que él nos muestra, lo que quiere decir que posee una fuerza centrípeta que nos mantiene siempre en su órbita.
    Varias líneas más arriba habíamos dicho que la estructura de base del lenguaje nos permite movernos entre lo que se sitúa fuera de él y lo que está instalado en su interioridad; ahora debemos corregir o modificar diciendo que esos lugares de referencia (lo que está fuera vs lo que está dentro) o bien han sido establecidos por el propio lenguaje o bien representan un modo de hablar; estrictamente, el lenguaje conforma un espacio móvil que funciona como una cinta de moebius; esto es, nos posibilita una perspectiva que permite observarlo sin salirse de él. Ahora mismo estoy haciendo eso (y corriendo el riesgo de que no sea sino un ejercicio ilusorio). El afuera no es un afuera absoluto sino un pliegue, eso que opera un retorno cuando se pone en actividad la función metalingüística, función que pertenece al lenguaje y a la vez permite observarlo.
    Las manifestaciones artísticas, y en especial las de ruptura, diversas formas de la afectividad, estados como la locura o la desesperación son muchas veces intentos por romper el límite y situarse, como pensó Roland Barthes de la literatura, verdaderamente en las afueras del lenguaje. Decir lo indecible, ir más allá, expresar lo inexpresable. Hasta ahí, hasta ese desborde, se puede quizá llegar pero no permanecer. O permanecer al precio de perder la consciencia. Mientras esas expresiones tiran hacia allá, abren y disgregan, el lenguaje nos trae hacia aquí, nos reúne, nos hace gregarios. Organizado sobre estructuras sintácticas, lo que más tiene la facultad de congregar es el lenguaje en su modalidad lógica. A esta modalidad recurrimos para establecer acuerdos, para explicarnos y explicar, para despejar dudas y suspender caprichos. Es la modalidad de estas reflexiones, la modalidad de los discursos científicos, filosóficos, académicos; el lenguaje, también, del buen vecino, el que no quiere exaltaciones ni pleitos. Quisiéramos, tal vez, otra cosa, la palabra del poeta, la del vidente o la del enamorado. Este que ahora habla, yo, que soy lo que soy porque he sido formado en la poesía, habituado a sentir que con ella se llega siempre más allá, no puedo sin embargo más que reconocer que también siempre debo volver a la modalidad lógica. Dicho en términos gramáticales, la modalidad lógica es transitiva, mientras las otras modalidades de la expresión verbal son –unas menos y otras más– intransitivas. Así, regresa a mi memoria un verso final de César Vallejo: “...entonces...claro...
entonces...¡ni palabra!”
    Última observación: frente a posturas tan radicales como la que aquí expongo se pueden esperar objeciones que encarezcan la vigencia expresiva de los lenguajes no verbales, especialmente el lenguaje visual, tan característico de nuestra cultura y con tanto protagonismo en la comunicación, esto es, en la socialización. No faltará quien vuelva sobre una frase que afirma, al parecer, una verdad que se quiere irrefutable: una sola imagen vale más que mil palabras. Afirmación, claro está, contundente y ruidosa. Afirmación sin embargo construida sobre el esquema sintáctico de la frase, es decir, tomada de la verbalidad. Con el riesgo de ser reiterativo, uno pregunta, se pregunta: ¿cuánto puede hablar una imagen de sí misma y de la palabra, cuánto puede argumentar en su defensa sin recurrir al lenguaje verbal?

NOTAS

1     En: Roman Jakobson and Morris Halle, Fundamentals of Language, Mouton, La Haya, 1956. En español: Fundamentos del lenguaje, Madrid, Ciencia Nueva, 1967

Raúl Dorra
Programa de Semiótica y Estudios de la Significación
BUAP
rauldorra@yahoo.com.mx


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