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Elementos No. 104       Vol. 23 Octubre-Diciembre, 2016, Página 41

Historias de la sierra

Leopoldo Noyola
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La mayoría de las veces no tenemos idea de dónde y cómo concluirán las historias humanas con las que nos topamos, sobre todo aquellas de vidas residentes en lugares lejanos e intricados como la sinuosa Sierra Madre que atraviesa la mitad de nuestro país; la mayor parte de esas historias quedan pendientes: no supimos lo que pasó con el campesino que recibiría un crédito en la Sierra Norte de Puebla; con la madre de familia que quería más hijos para tener más becas educativas; con las tejedoras amuzgas que intentaban crear una asociación para protegerse de los acaparadores. Este es el caso de una excepción, pues esta vez se me permitió ver la segunda parte de una perturbadora historia que recogí como integrante de un equipo multidisciplinario de investigadores de la marginalidad en la región de la Costa Chica guerrerense1 y, años después, en la región Costa de Hermosillo, Sonora, investigando sobre la educación indígena para la SEP.2


MARGINALIDADES

La marginación en Guerrero, que fue el pretexto que nos llevó a esa región de la Costa Chica, aunque evidente en los pueblos que circundan la cabecera municipal de Tlacoachistlahuaca, gobernada por amuzgos, como Metlatónoc, resalta con mayor intensidad en otros pueblos del propio municipio que se encuentran detrás de una enorme sierra de polvo y miseria retirados de todo, carentes de lo más elemental. Son los mixtecos de Pueblo Viejo, en el norte municipal, que viven en condiciones claramente distintas a las de los amuzgos, a cinco horas de distancia de su cabecera por un camino de sinuosa terracería que febrero, tacaño en aguas, nos permitió recorrer sin dificultades adicionales. Ellos también se sienten apartados de todo, los mixtecos vecinos son oaxaqueños, la comunicación con los amuzgos no es óptima, por ello insisten en la creación de su propio municipio.
    La creación de un municipio en la parte norte de Tlacoachistlahuaca, a pesar de ser una trama política que debe ser tratada con discreción, es un tema ineludible que, bien pensado, puede traer beneficios para todos. Están claras las distancias que hay entre las autoridades de la cabecera y los pueblos mixtecos de Pueblo Viejo, por lo que tampoco es difícil pronosticar que no podrían llegar a un buen acuerdo. La separación municipal ya existe en Tlacoachistlahuaca, ayudaría mucho que se hiciera a través de la ley y pudiera dar a esta población la dignidad que les ha sido arrebatada por la marginación y el abandono, que ha terminado redundando en un alcoholismo masivo de los hombres que, desde la mañana que los visitamos, mientras trabajaban en una zanja de drenaje, ya estaban alcoholizados; al despedirnos, seis horas después, todos y cada uno estaban inconscientes sobre la acumulación de tierra de la propia zanja, jaloneados por sus pequeños hijos.
    Ojalá, al menos, que en este municipio guerrerense los programas de ayuda a la pobreza hicieran algo adicional para mejorar las condiciones de vida (política, moral, cultural) de estos compatriotas mixtecos que habitan la región de Rancho Viejo, pues no siempre son pisos firmes y letrinas lo que necesitan, sino comprensión cultural, que deviene política y legislativa.



ALBERGUE SANTA MARÍA LA MAGNÍFICA

Mientras hacíamos el balance de nuestro viaje a la sierra leí una noticia sobre el asesinato de un sacerdote español en Brasil que me hizo pensar en Joan Armell Benavent, misionero en Rancho Viejo, a quien visitamos en su internado educativo. En Brasil, Ramiro Ludeño y Amigo, de 64 años, se dedicaba hacía 34 años a sacar los niños de la calle en Pernambuco de Recife, en el norte brasileño. Todos lo querían, por lo que no se explican las razones que pudiera tener un adolescente de 15 años para asesinarlo.
    Joan Armell también se dedica al trabajo social con niños y adolescentes en ese pueblo mixteco de la sierra guerrerense, en una de las regiones más pobres de México. Tiene un albergue llamado Santa María la Magnífica, en cuyo comedor lo entrevistamos después de cruzar una larga habitación en la que había literas para una buena cantidad de gente, quizás veinte personas. Joan es un hombre de la edad aproximada al sacerdote español asesinado, posee unos ojos interrogantes y habla con una fluidez casi nerviosa, acelerada. 

Vamos a cumplir diez años desde que estoy aquí en la misión, pero la misión lleva trabajando ya cerca de veinte. La misión se llama Misión Católica de Rancho Viejo, pertenece a una misionera Ekumene, de España, es un movimiento de gente laica comprometida; somos gente laica, no clérigos, sino laicos comprometidos, yo pertenezco a misiones, por lo que lo mismo podría estar en África.

    Llegó con la ilusión de levantar el nivel cultural, es el cuarto misionero en este lugar. Ha estado solo los últimos cinco años.

El mixteco es como chino. Para hablarlo correcto, o naces aquí o se te tienen que dar muy bien las lenguas. Nosotros tuvimos un filólogo voluntario que estudió la lengua y se hizo el diccionario y el método para aprender mixteco.

    Pero reconoce que no entiende ni una sola palabra. Por el momento tiene albergados a 25 estudiantes y aclara que las literas no son de ellos, pues los jóvenes cuentan con habitaciones.
Llegó con la ilusión de levantar el nivel cultural, es el cuarto misionero en este lugar. Ha estado solo los últimos cinco años.

Las literas están para gente como ustedes, que tienen que dormir una noche o dos, los maestros que trabajan en los alrededores vienen aquí y duermen. Gente que sube y tiene que ir hasta los pueblos, duerme aquí hasta que llega “la ruta”. También tenemos servicio de baños con agua corriente, con sanidad.

    Joan nos explica cómo este tipo de misioneros están centrados en dos tareas, como obra ecuménica: una, ayudar en la alfabetización de jóvenes y adultos del pueblo. La otra es ayudar a que los jóvenes estudien la secundaria, para lo que los alberga y alimenta. Pero hace muchas otras cosas más:

[...] también en la cuestión de la ambulancia del pueblo, bajamos gente, que hay urgencia, que vamos al hospital, un picado de alacrán, aquí tenemos suero, vacunamos animales, gallinas, cerdos para que no se enfermen. A ese nivel nos movemos. Y como iglesia damos las catequesis que el párroco nos pide, catequesis para bautismo, para confirmación, para primeras comuniones, para matrimonio. Ahí nos movemos y nos ocupa totalmente el espacio para no dedicarnos a nada más.


ZONA DE REFUGIO

Las manos de Joan Armell Benavent, con los dedos juntos, definen un punto específico de la mesa, trata de explicarnos lo que entiende como zona de refugio, como si tratara de explicárselo a sí mismo:

Empecemos por distinguir esto como una zona de refugio. Ellos (los mixtecos guerrerenses) han venido huyendo para no contaminarse con otras culturas y preservar la suya. Empezando por ahí ellos se han cerrado mucho, no quieren que desde afuera vengan a decirles qué tienen que hacer y cómo lo tienen que hacer. Entonces, la gente de montaña es cerrada, como en todas partes del mundo, pero aquí un poquito más. Los amuzgos están más abiertos porque replegaron a la otra civilización, al blanco, a ciertas costumbres, y han evolucionado mucho más, limpios, etcétera, se les ve más educados. Sin embargo, el mixteco ha ido huyendo porque no quería que les llegaran otras culturas, que les dejasen sus costumbres, y tienen algunas tan ancestrales que te recuerdan la edad de piedra. Pero no han salido de ahí. Son gente que tiene que evolucionar y por eso nosotros estamos trabajando, no para evangelizar, sino para ayudar a que estas mismas generaciones jóvenes, al tener más cultura y sepan más del mundo, puedan comportarse de otro modo y dejar ciertas tradiciones que ya ellos mismos no le encuentran sentido.

    No comparto su opinión, pero la comprendo. Por diez años ha enfrentado cotidianamente la resistencia de los mixtecos para asumir lo que generosamente llegó para otorgarles: catecismo y educación, ante la pasmosa indiferencia del gobierno. Pero los avances son tímidos, simbólicos, algunas generaciones de egresados de la secundaria que imparte en el albergue, algunas mujeres catequizadas. El resto de su obra se ha dispersado en el volátil calendario de la década, eso sí, día por día. Cuando no falta un herido o un enfermo de peritonitis que hay que llevar corriendo al hospital, a tres horas de distancia, hay que arreglar algún litigio entre familias. Los proyectos le brotan de la boca, pero no tienen eco, caen en la mesa como granos de maíz estéril y rebotan para morir sin la esperanza de un arado. Cuánto trabajo tiene y qué tan solo está Joan, con sus sesenta años a cuestas y una nostalgia bárbara por su querida España. Qué extraño el ecumenismo cristiano que practica Joan, luminoso y ciego a la vez.


MUJERES EN VENTA

Entre los mixtecos de Rancho Viejo, Guerrero, de acuerdo con el misionero español, es común que los litigios se resuelvan con el pago de una cuota de dinero. Sean lesiones físicas o morales, la gente paga y lo arregla en un convenio presuntamente tradicional. Así ocurre también con las jóvenes, a veces niñas, que son intercambiadas entre padres y yernos por una suma especulativa que siempre rebasa los 15 mil pesos y que llega a tasarse en 60 mil, la famosa dote, que se ha convertido en una tradición de venta infantil operada por sus propios padres. Esto ha golpeado hace décadas la situación de los jóvenes, de los novios de Rancho Viejo, que no pueden tener relaciones normales de muchacho a muchacha, pues los intereses en ellas depositados provocan una vigilancia extraordinaria que redunda en la falta de libertad, una implacable represión sexual de los jóvenes que, al casarse por fin, al comprar una buena esposa, actuarán igual con sus propias hijas que los adultos anteriores. Joan Armell Benavent, que ha observado al pueblo de Rancho Viejo con paciencia científica y voluntad religiosa, nos dice sobre esas transacciones:

Para mí es una compraventa aunque ellos dicen que no, pero el hecho es que es un trato de compraventa y los tasan, llegan a un acuerdo y la costumbre es que se vienen a vivir los dos a casa de los padres del muchacho, ella sale de la casa. Dicen que es una compensación a los papás y tal, yo desde afuera lo veo como transacción. Llegan a un acuerdo, tanto dinero por ella, cincuenta, sesenta mil, luego tienes que dar la fiesta para la familia, matan res y les sale muy caro.
    Aquí yo he tenido la experiencia con unos muchachos jóvenes que se casaron; la muchacha quería seguir estudiando y venía a la secundaria, pero acabó dejándola
cuando él se emborrachaba y hablaba lo que sentía, decía que se fuera a la casa, que había pagado por ella, que tenía que echar las tortillas, y al final lo abandonó. Entonces tienen ese sentido de propiedad, la quieren para que les sirva, para que sea su esclava, tener muchos hijos, disponibilidad absoluta y no la dejan salir de la casa más que para lo estrictamente necesario.

    Joan me mira con unos ojos resignados, frente a un asunto para el que nadie parece tener una solución

Creo que definitivamente no mejorará esta gente con este sistema. De hecho, cuando han empezado a cambiar y vivir un poco mejor ha sido las familias que se han ido al otro lado y regresan. Arreglan sus casas, se compran camionetas y comienzan con un negocio. Lo demás que les llega, claro que lo agarran, todo lo que les ofrezcas, pero eso no madura a la gente.


EXISTEN LOS FINALES FELICES

Una solución tangencial al desesperado panorama encontrado en el norte de Tlacoachistlahuaca, Guerrero, culminó en mi caso algunos años después con una historia feliz, contrastante con las anteriores. Me la contó el profesor Jesús Adán Méndez Gastélum, asesor escolar de diez escuelas en la región Costa de Hermosillo, Pesqueira y Carbó, Sonora, en medio de una nube de moscas y un calor infernal de 42 grados centígrados.
    Es la historia de una familia de la zona mixteca de Tlacoachistlahuaca, la región de Pueblo Viejo, que terminó en los campos de cultivo de Sonora bajo el resguardo autoritario de un abuelo que hacía funcionar a la familia como clan. Pero algo ocurrió, una feliz coincidencia de varios hechos que el maestro Méndez Gastélum me platicó a detalle:

Había una familia muy numerosa, era un patriarcado en esa familia, el abuelo se hacía cargo de todo, de todo; del sustento familiar, del equilibrio emocional y de la estructura familiar; él era juez, él era todo ahí. Juan Ponce se llamaba el señor y provenían todos de un municipio guerrerense llamado Tlacoachistlahuaca. Eran mixtecos. Nunca se me van a olvidar.

    Los días de raya él se presentaba en ventanilla y exigía el pago de todos sus hijos y de todas sus nueras que habían estado trabajando, entonces él administraba económicamente y el día sábado salían a comprar la despensa de toda la familia.

Llenaba una camioneta de materiales y de alimentos y el mismo sábado en la tarde preparaban una comida grande, carne, huesos, una comida típica de por allá de su tierra. Rentaba un taxi e iban por eso. Todos los sábados eran día de fiesta para ellos, porque era una alegría grande, un premio después de tantas jornadas de trabajo de toda la semana, porque la gente viene a gozar de un rayito de sol y a ganar dinero. Entonces me sorprendió la economía que tenían, porque lograban mantener cierto nivel, guardaban su dinero y tenían lo suficiente para subsistir; no ambicionaban lujos de ningún tipo, no se compraban ropa cada ratito, pero comían bien.

    Todos estaban conformes, menos tres niñas que estudiaban con el profesor Méndez Gastélum:

Las niñas no se mostraban conformes, porque en la escuela se dieron cuenta de que hay otras formas de vivir, hay otras formas de pensar; una maestra que compartía un grupo conmigo les fue inculcando ideas más modernas, las niñas se dieron cuenta de que tienen derecho a disfrutar de lo que ganan, y que si necesitaban algo también tenían derecho a exigirlo. Las tres niñas aprendieron a hablar español en mi grupo, pero eso fue lo interesante de ellas, que lo hicieron en forma de un intercambio. No hablaban casi en el grupo, pero cuando les propuse que me enseñaran ellas su idioma y yo les enseñaba el español, ellas se mostraron muy interesadas. Les pareció correcto, un buen trato. Y lo hicieron muy bien, aprendieron. Yo no puedo decir lo mismo, porque tenía entrelazados otros idiomas, entonces me era difícil aprender todos, pero sí las instrucciones básicas, las sabía comunicar. Me comunicaba con ellas y me ayudaba con el diccionario. Ya, después, para las niñas no fue suficiente el español, ellas querían aprender inglés también. Y ahí entra el compromiso de uno ¿no?, porque, pues, había que investigar también.

    La mayoría de estos niños, hijos de los migrantes que circulan por los campos de cultivo de nuestro país, “son muy inteligentes” y tienen una gran facilidad de adaptación, a donde vayan se adaptan rápidamente porque han estado en tantos lugares que han aprendido a adaptarse, a incluirse dentro de los ambientes y contextos:

No quedan ya relegados como en años anteriores, se agregan  a la comunidad, el hecho de poder hablar ya en español les abre las puertas. Antes no era así, cuando yo inicié era muy frecuente ver a muchos niños que solamente hablaban lengua indígena, ahorita la mayoría desarrolló la habilidad de comunicarse en su lengua originaria, aparte en español y otros en inglés.
Las niñas que le comento, a estas alturas ya tienen 18, 19 años, ya hablan inglés también y cruzan la frontera, van y vienen, nos visitan donde estemos, van y nos buscan y nos comentan sus anécdotas de por allá. Esas niñas, gracias al desarrollo que tuvieron en la escuela, a la visión que lograron ampliar, evitaron ser parte de esa tradición, muy de allá de Guerrero, en la que venden a las hijas. De hecho ellas ya estaban negociadas, ya estaban tratadas, pero un día sucedió algo muy especial que le abrió los ojos al abuelo y dijo: “no, yo no vendo a mis hijas, no vendo a mis nietas”.

    Un día, uno de sus nietos andaba jugando arriba de un esquite, al bajarse cayó de rodillas y se lastimó. En la noche tenía inflamada una rodilla, por lo que al día siguiente lo llevaron al hospital. Ahí le tomaron radiografías y le hicieron algunas pruebas pero no le encontraron nada. La hinchazón de la rodilla cada vez estaba peor. Finalmente le encontraron una pequeña  espina en el cartílago que con los días le provocó una tremenda infección. Los doctores tenían la idea de amputarle la pierna al niño, pero no sabían cómo comunicarles la noticia a sus atribulados familiares.

La mamá era indígena, no hablaba español, el abuelo hablaba muy poquito el español, fue ahí donde entró en funcionamiento lo aprendido en la escuela, las niñas se convirtieron en el principal intérprete entre el doctor, el abuelo y la mamá. Después el doctor dijo: yo ya no quiero hablar ni con la mamá ni con el abuelo, con ustedes. Entonces ellas se encargaban de la receta, de darle la dosis de medicina, y ya cositas que no entendían me involucraban a mí, como maestro, para saberlo.
Entonces eso le abrió la mente al señor y dijo: “no, mis hijas valen mucho más, no las vendo, valen tanto que no las vendo”. Y eso a mí me dio muchísimo gusto y a las niñas también, porque de ahí

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en adelante se les dio otro trato, se dio un estrato más alto para ellas, uno que quizás no se les dio ni a sus hermanitos y sus hermanos mayores, que ya las miraban con respeto, como quien mira un licenciado que va cruzando una calle, así las miraban y a partir de entonces ellas tenían voz y voto en la familia, estaban a la altura del abuelo y ellas se encargaban ahora de la despensa, de hacer la ración; lo que uno les explicaba en la escuela lo estaban aplicando ya en la familia, ellas hacían el presupuesto, decían cuánto iban a gastar, decían cuándo iban a rayar y cuánto les iba a quedar.

    Lo sorprendente de esa familia es que tenían un autocontrol, no exageraban en los gastos y siempre tenían una manera de ahorrar, una reserva, recordó finalmente el profesor. “Pero las niñas, a partir de entonces, fueron otra cosa”.
    No quiero exagerar en la felicidad de esa enorme familia que sobrevive a duras penas en las difíciles labores de la agricultura a destajo, a las que se agregan cada tanto los niños cuando alcanzan la adolescencia. Pero su historia fue reconfortante para la desazón con la que bajamos la empobrecida montaña de Guerrero. Una excepción, sí, pero de esas que nos ilustran que las salidas a problemas tan complicados como las tradiciones de usos y costumbres no siempre están en manos de sus ejecutores, de los gobiernos o los organismos de derechos humanos que tan poca acción e interés demuestran en casos como estos, sino de las presuntas víctimas que, al menos en este memorable caso, decidieron mirar sobre los hombros de la tradición.

Notas

1    El grupo de investigación pertenecía a la Fundación para la Investigación Social y Ambiental de México y sus Regiones, dirigida por Sergio Mastretta y compuesta por el autor, Carlos Montero Pantoja, Yesenia Hernández, Miguel Ángel Domínguez y el fotógrafo Rafael Bonilla, entre otros.
2    Trabajo de campo para la Dirección General de Educación Indígena de la SEP del que resultó el libro colectivo: Los saberes itinerantes, 30 años de PRONIM, Educación para familias de Migrantes, SEP/DGEI-Artes de México, 2012.


Leopoldo Noyola
Antropólogo
Revista Elementos
polo.noyola@gmail.com

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