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Elementos No. 100         Vol. 22 Octubre-Diciembre, 2015, Página 7

La literatura en la ciencia: 
un oscilante equilibrio

Carolina Depetris             Descargar versión PDF

Hay un momento en la historia del pensamiento moderno en que los sistemas de reflexión metafísica se abren hacia difíciles sistemas de reflexión epistemológica, un momento en que la filosofía enlaza metódicamente los cuestionamientos en torno al ser con preguntas sobre los alcances, los límites y modos posibles de conocer al mundo y también a nosotros mismos. La filosofía, consciente de la complejidad metódica de esta monumental empresa, se interna en sistemas meta-reflexivos que la conducen a pensar acerca del pensamiento y a conocer los mecanismos del conocimiento. Esta inquietud filosófica irradia con potencia hacia otras disciplinas. Las entonces llamadas “ciencias morales” y “ciencias naturales” seguirán, en los siglos XVIII y XIX, esta misma dirección analítica inmanente y comenzarán a preocuparse por precisar sus propias rutinas metodológicas y sus principios cognitivos. La historiografía, las ciencias naturales, la estética son algunos de los ejemplos de campos de saber que se delimitan o definen por esos años, saber que se expresa en grandes tratados, signo de esta enorme tarea epistemológica que acomete el pensamiento y que va de la mano de la Ilustración. La Histoire naturelle, por ejemplo, de Buffon, es en su impresionante estructura una metáfora de esta edificación sólidamente confiada en su capacidad de registro, análisis y conocimiento del mundo.
    En este momento de la modernidad que señalo, la literatura es concebida como un recurso útil para restar aridez a estos voluminosos y pesados discursos que conlleva el conocimiento. Aquellos que usaron esta herramienta que embellece, aligera, ameniza la palabra, contaron con una recepción más amplia por no demandar un ejercicio de estoica lectura. Sabemos que, en esta empresa cognitiva totalizadora, la Ilustración no solo procuró definir y aplicar el uso adecuado de la razón en los procesos de conocer: razonar adecuadamente (y con esto, conocer más y mejor) tenía como objetivo ulterior conducir a la humanidad a escalas de mayor progreso. Conllevaba, en consecuencia, una función pedagógica, función que retoma la máxima horaciana de prodesse et delectare, “enseñar deleitando”. Esta función recae, como ya recaía en Horacio, mayormente en la literatura.
    Un gran defensor por esos años de la importancia pedagógica de la amenidad literaria (y estética en general) aplicada a la ciencia fue Alexander von Humboldt, y es por ello que sus libros, que son el resultado de su minucioso registro de la realidad americana, pueden leerse, incluso hoy, con suficiente agilidad a pesar de consignar numerosos datos y contener gran cantidad de descripciones. Al deleitar, entonces, la literatura permite a la ciencia enseñar mejor porque, claro está, es más provechoso aprender solazándose que aburriéndose. Sin embargo, aunque podría percibirse aquí un pacto de escritura/lectura equilibrado entre ciencia y literatura, lo cierto es que esta última tiene, por esos años, una importancia auxiliar: lo sustancial no es reforzar lo agradable sino robustecer los diferentes campos del saber humano. Esta premisa aplica, incluso, para la misma literatura. Para el parnaso de literatos románticos (pienso aquí en Dumas, Chateaubriand, Scott, Sue, Cooper), una novela es, antes que una historia ficcional, un canal de transmisión de enseñanzas de orden moral. Lo mismo dice Choderlos de Laclos pocos años antes en sus conocidas Liaisons dangereuses, y lo mismo dirá pocos años después el abogado de Flaubert en su defensa por el juicio que le sigue el gobierno francés por Madame Bovary: no se trata de regodearnos en la pecaminosa conducta de una pequeñoburguesa tediosa sino de ver en su conducta las consecuencias del vicio. La exigencia moral aplasta la potencia literaria que encierra el sentir y el accionar de cualquier personaje novelesco.
    Más allá de esta clara función subsidiaria que tiene lo literario en este arco de tiempo, lo que quiero mostrar es que la convivencia entre ciencia y literatura no fue tan fija y estable como parece y que cuando rasgos literarios entran en discursos de estatuto diferente como puede ser el científico o el moral, pueden surgir problemas. ¿Qué clase de problemas? Problemas que, como veremos, ponen de relieve la reflexión epistemológica posmoderna en las ciencias humanas y sociales, pero que tienen su origen en plena modernidad. Sucede que cuando ciencia y literatura se cruzan para “enseñar deleitando”, se entrelazan dos órdenes de discurso y también las matrices epistemológicas que definen esos discursos en sus características específicas. Un caso emblemático de los problemas que puede acarrear la literatura cuando ingresa en discursos no literarios lo encontramos en los relatos de viajes, escritos muy de moda en los siglos XVIII y XIX.

EL RELATO DE VIAJE

Definir qué es un relato de viaje es, a la fecha, un problema críticamente complejo por tratarse de un género “polifacético”, “fronterizo”, “amorfo”. Todorov, por ejemplo, apunta esta tensión cuando dice que en un relato de viaje hay “una cierta tensión” o “cierto equilibrio” entre el viajero, lo que observa y su relato. De esta manera, señala Todorov, el relato de viaje es un género definido por una convivencia equilibrada entre ciencia y autobiografía y ese equilibrio se debe mantener en tensión como una balanza que pesa igual gramaje en cada platillo, porque si no sucede que nos salimos del género “relato de viaje” y caemos en mera ciencia o en mera literatura autobiográfica.
    Luis Alburquerque García señala este carácter fronterizo del relato de viaje pero, a diferencia de Todorov, sostiene el predominio de rasgos propios de la ciencia sobre los literarios: en ellos lo real se impone sobre lo ficcional, hay más descripciones que narraciones y lo objetivo prevalece sobre lo subjetivo. Esto es así porque son relatos anclados en hechos que han ocurrido en la realidad y con entidades que existen en la realidad (y por “realidad” me refiero a “fuera del discurso”); son descriptivos porque tienen como función básica mostrar algo e informar sobre ello de manera veraz y esto es, retóricamente, competencia de la descripción; y son “objetivos” porque la información que transmiten debe necesariamente responder a un ethos testimonial. Este orden de discurso responde a dos condiciones fundamentales de la ciencia moderna: la imparcialidad y la inducción de base empírica.
    Los problemas comienzan a aparecer cuando hacemos consciente el rasgo esencial de todo relato de viaje, y es que se trata de un viaje de base real pero hecho texto. La realidad allí expuesta, aunque pretende ser real, es resultado de una construcción verbal semejante, como señala Beatriz Colombi, a la que opera en todo relato: selección de secuencias de espacio y tiempo, una ordenación determinada de los acontecimientos, definición de focalizaciones y perspectivas, etcétera.
    Para mayor complicación, esta construcción verbal es producida por el “viajero-narrador”, que es a un mismo tiempo el que habla y de quien se habla. Así, el viajero, autor del relato y también personaje del relato, cuenta la historia “verdadera” (por factual) de su viaje y afirma una y otra vez la condición veraz de su testimonio pero lo hace en un texto, y esa mediación verbal nos impide, al cabo, verificar la verdad por él relatada en los hechos. Ante esta brecha insalvable entre la realidad y las palabras, lo que hace el viajero es lo que hace cualquier novelista: simula que lo verosímil es verdad por medio de ciertos índices de veracidad que siembra aquí y allá en su relato; por ejemplo, usa topónimos, fija latitudes, hace listados, describe con prolijidad, coloca fechas, hace glosarios, usa cartas, apela a testimonios de otros viajeros que lo antecedieron, etcétera. Con estos recursos paratextuales e intertextuales, consigue generar un sólido clima de autenticidad. El viajero acentúa así el “efecto de realidad” de su texto y hace creer a sus lectores que él no está estableciendo y fijando protocolos discursivos en su relato sino que la realidad se traslada directamente al papel, sin mediación.
    Mientras los relatos de viaje estuvieron muy estrictamente regidos por su funcionalidad informativa en términos de “saber” y funcionaron, en este sentido, apegados a ciertas disciplinas científicas y a sus respectivos órdenes de discurso, el género resignó su condición literaria y apuntaló su cualidad suplementaria, utilitaria, aditiva de estos discursos demandantes de rigor científico. Pero conforme fueron ingresando en el ámbito estético de la mano, entre otros, de personajes como Rousseau, Kant, Humboldt, Goethe, se abrió espacio para jugar con la flexibilidad discursiva que da, como sostiene Barthes, tener conciencia de que, aunque se trate de la misma persona, en un relato no son lo mismo el que habla, el que escribe y el que existe. Los sentidos de verdad, testimonio, conocimiento, información, objetividad, imparcialidad, realidad que armaban el andamiaje de los relatos de viaje científicos en la modernidad, se desestabilizan de manera crítica y, aunque persisten, darán pie, a partir de la segunda mitad del siglo XX, a la sospecha de que un relato factual es, al cabo, un relato que simula contar una historia real y verdadera por medio de ciertos artificios discursivos. 

LA LITERATURA EN LA CIENCIA

A la paratextualidad e intertextualidad hay que añadir, en los relatos de viaje, una interdiscursividad que los pone siempre en cercana relación con otros discursos que encierran, a su vez, estatutos y epistemologías propias. Entre ellos la geografía, la geología, la botánica, la antropología y la etnografía son los más presentes y, dentro de este conjunto, es esta última quizás la más cercana porque los viajes son constitutivos de su metodología y también lo es el carácter testimonial de la experiencia viajera. En la etnografía, al igual que en los relatos de viaje, contar lo que se ha visto “por vista de ojos” es un dictum. Esta cercanía es interesante para la línea expositiva que seguimos porque, si nos situamos en el horizonte crítico posmoderno que lleva a la mesa de discusión la condición narrativa de ciertas disciplinas como la historiografía o la antropología, veremos que la etnografía es una de las que más ha reflexionado sobre su posible carácter literario. En “Las etnografías como textos”, por ejemplo, Marcus y Cushman, ambos profesores representantes de lo que se bautizó como “meta-etnografía” o “meta-antropología” (y no olvidemos aquí el famoso texto Metahistory, de Hayden White), cuestionan la manera en que sus interpretaciones de “lo otro” se representan textualmente. “El mundo en un texto”, “la escena de la escritura”, el “autor como función” son expresiones típicas de la crítica literaria postestructural que aparecen en textos de etnografía como, por ejemplo, en El antropólogo como autor, de Clifford Geertz.
    Esta consideración escritural de la etnografía, que no hace sino recuperar el valor etimológico del término, esto es: etno y grafía, “escritura de los pueblos, de las razas, de las culturas”, analiza críticamente la configuración del saber que la define a través de los recursos retóricos que la disciplina utiliza. En un juego especulativo, si radicalizamos esta propuesta veremos que la etnografía es una ciencia y es también un determinado género literario. No es casual, entonces, que un libro como el de François Laplantine, La description ethnographique, que sigue esta línea narrativa que encierra la disciplina, toque temas como “descripción y narración”, “descripción y representación”, “literatura, poética y etnografía” e incluso tome como modelo de escritura etnográfica a Gustave Flaubert. No creo, en lo particular, que la etnografía sea literatura ni la literatura etnografía, pero lo interesante es que, en su relación con la ciencia, la literatura abandona en la segunda mitad del siglo XX su valor subsidiario, permea algunos discursos científicos y los convierte en discursos “oscilantes”, “híbridos”, como sostiene Geertz en el texto mencionado. Este hecho obliga a ciertas disciplinas a revisar sus sentidos de “evidencia” y a tomar conciencia de las construcciones discursivas que, en definitiva, las soportan en lo que son.

OSCILANTES DESEQUILIBRIOS

Este problema tan propio de la posmodernidad lo vemos ya esbozado en los relatos de viaje modernos. No puedo afirmar que en todos, pero sí en muchos testimonios de viaje modernos, en algún momento el viajero defiende explícitamente la autenticidad y validez cognitiva de su escrito apelando a las necesarias marcas de factualidad (objetividad e inducción) que demanda el sesgo cientificista de su testimonio. Pero ocurre también que, en numerosas ocasiones, estas reglas del buen hacer científico entran en franca contradicción con la construcción discursiva del escrito, y esto gracias al uso de recursos discursivos cercanos a la literatura, cuando no directamente literarios. Quiero mostrarles tres ejemplos.
    El primer caso es Frédéric de Waldeck, quien visitó Palenque y Uxmal y escribió Voyage pittoresque et archéologique dans la Province d’Yucatan pendant les années 1834 et 1836. Waldeck sostiene que se ha “dedicado a exponer fielmente lo que ha estudiado”, que “no se puede razonar más que por inducción” y que si todos los viajeros que lo antecedieron hubiesen escrito después de “imparcial y madura observación” como es la suya, no habría tanta noticia falsa ni tantas “obras mentirosas y ridículas” sobre la región mayanse. A pesar de tener en claro cuáles son las cláusulas epistemológicas que debe respetar, declara que lo observado ha sido volcado de forma desordenada en sus diarios, y que todo ese material fue coordinado por Federico Lacroix, quien revistió su trabajo “de la forma literaria que le faltaba”. Luego vuelve a excusarse por el carácter desordenado e inconexo de las noticias que aporta pero, sostiene, esto refleja la inmediatez de sus observaciones en el terreno:

[...] yo arrojaba mis impresiones y mis pensamientos desordenadamente sobre el papel [...] No puedo más que transcribir el contenido de mi diario tal como está. La obra ganará con ello en claridad y verdad y es ante todo lo que debo desear.

    Pero lo cierto es que la obra, ni por el supuesto orden atribuido al tratamiento literario de las noticias del viaje, ni por respetar el desorden en aras de la verdad del testimonio, alcanza calidad literaria ni cognitiva sostenidas. No obstante, hay en Waldeck una conciencia literaria y esto, a mi juicio, se manifiesta especialmente en las primeras páginas de su escrito. Su testimonio no comienza, como podría esperarse de un texto de ese tipo, con la exposición del estado de la cuestión en el conocimiento del mundo maya, sino con el relato de una serie de acontecimientos que lo tienen a él como protagonista, todos marcados por un fuerte sentido de aventura que convergen en el motivo del héroe que vence a la muerte en tierras extrañas. Waldeck es consciente de esta licencia poética cuando afirma:

Se me excusará por haberme extendido sobre esta pequeña campaña nocturna: todo viajero gusta de recordar las circunstancias en las cuales ha dado pruebas de sangre fría.


    Pero la Sociedad de Geografía de París, instancia legitimante del saber científico de las exploraciones en la región mayanse a la que Waldeck responde, parece estar esperando menos pruebas de sangre fría y más pruebas veraces sobre el origen de esa civilización misteriosa para Europa, y el libro de Waldeck, que se edita en forma hermosa, no tiene realmente importancia relevante y pronto será superado por el testimonio de otros dos viajeros: John L. Stephens y Désiré de Charnay.
    También por Yucatán anduvo, unos pocos años más tarde y por encargo de la Academia de Ciencias de Francia, Arthur Morelet, naturalista que escribe
Voyage dans l’Amérique Centrale, l’île de Cuba et le Yucatan en 1857. Refrenda Morelet los tópicos del saber:

[...] yo visité Cuba sin prevenciones, libre de toda influencia y no buscando más que instrucción, llevé en mi examen el espíritu de imparcialidad que es el primer deber del viajero.

    y poco más adelante apela al tópico del testigo de vista de la realidad americana que observó con sus “propios ojos”. El testimonio de Morelet es ameno, coherente y claro, y su lectura discurre de manera agradable. Se percibe en él un escritor hábil y sensible a las potencias del discurso literario. Sin embargo, frena la contaminación literaria de su testimonio cuando se niega al desarrollo de ciertos personajes o episodios “novelescos” porque “una digresión por este estilo me arrastraría lejos de mi objeto, y por otra parte no me es permitida”. Si el propósito de su viaje es conocer el mundo natural de una región de América Central y exponer ese conocimiento, no le está permitido novelizar sobre el asunto porque eso lo apartaría de la descripción, modo discursivo adecuado para transmitir información, función, en definitiva, de su testimonio. Consciente de las reglas del decir, usa fórmulas como las arriba citadas para consolidar la condición informativa de su escrito. No obstante, se desvía continuamente de la descripción escueta a través del uso de metáforas, símiles y ricas adjetivaciones, en la exposición de sus profusiones anímicas e incluso en la exposición de arrebatos pasionales de índole religiosa que teñirán finalmente su vivencia de la naturaleza americana de vivo sentido místico. Unos años más tarde reconfigurará su viaje en una novela de corte realista: Les incohérences de la vie.
    El último caso del que aquí hablaré es Lucio V. Mansilla, quien realizó una excursión militar al sur de la provincia de Córdoba, en Argentina, en 1870, experiencia que publicó por entregas ese mismo año y que, ya compilada, lleva por título Una excursión a los indios ranqueles. El relato del viaje de Mansilla es, ante todo, un relato cuidado formalmente y tiene una clara estructura literaria, aunque lo allí volcado no son hechos ficcionales sino factuales y su autor refuerza en lo dicho su validez cognitiva porque lo que nos cuenta es lo que ha visto con sus propios ojos:


[No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay un monte, no hay un médano, donde no haya estado personalmente para determinar yo mismo su posición aproximada y hacerme baquiano.

    Destaca también el tópico del descubrimiento, muy asociado a un orden de razonamiento inductivo que no admite premisas a priori:

Voy a penetrar, al fin, en el recinto vedado. Los ecos de la civilización van a resonar pacíficamente por primera vez, donde jamás asentara su planta un hombre del coturno mío. 

    Hay un orden de saber que parece imponerse a un orden de discurso, pero lo cierto es que en el escrito de Mansilla la función poética se impone a la referencial: las descripciones del paisaje están sobrecargadas de adjetivaciones, el relato lo está de peripecias, los actantes evolucionan como verdaderos personajes con voz y psicología propias y el narrador-descriptor deja muy atrás las marcas discursivas de objetividad para asumir con autoridad explícita el decurso de su relato y ser él mismo personaje de la historia que lo tiene como enunciador y objeto de su enunciado. El viaje y su relato se convierten, finalmente, en un relato de viaje al interior de sí mismo que nos muestra cómo Mansilla llega a las tierras ranquelinas convencido del beneficio de llevar hasta allí la “civilización” y parte de allí cuestionando los valores de esa empresa y los de la tan reiterada fórmula “civilización/barbarie” del programa de construcción nacional de Argentina. Su viaje fracasa en su objetivo pero su libro es hoy una de las obras fundamentales de la literatura argentina.
    La literatura de viajes moderna nos ofrece un rico campo de estudio para comprender los problemas epistemológicos que pone bajo la lupa la epistemología posmoderna: que hay discursos científicos susceptibles de tener una base narrativa y que son, por eso, resultado de una interpenetración de dos discursos de estatuto diferente. Este híbrido, no obstante, necesita de un delicado equilibrio, oscilante y a la vez preciso, entre ciencia y literatura. En los relatos de viaje, algunos viajeros como estos que vimos, lo procuran pero no lo consiguen y cuando esto sucede quizás pierde la ciencia pero gana, sin dudas, la literatura.

NOTAS

i        Este trabajo es producto del Proyecto UNAM-Papiit IG400113

Bibliografía

Alburquerque García L (2011). El relato de viajes: hitos y formas en la evolución del género. Revista de Literatura LXXIII, 145: 15-34.
Barthes R (1970). Análisis estructural del relato. Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires. Colombi B (2006). El viaje y su relato. Latinoamérica 43: 11-35.
Geertz C (2008). El antropólogo como autor. Paidós, Barcelona.
Laplantine F (2005). La description ethnographique. Armand Colin, Barcelona.
Mansilla LV. (1870). Una excursión a los indios ranqueles. Imprenta litográfica y fundición de tipos de Belgrano, Buenos Aires.
Marcus G y Cushman D (2003). Las etnografías como textos. En James Clifford et al., El surgimiento de la antropología posmoderna (pp. 171-213). Gedisa, Barcelona.
Morelet A (1857). Voyage dans l’Amérique Centrale, l’Île de Cuba et le Yucatan. Vols. I y II. Gide et J. Baudry, Paris.
Todorov T (1993). Las morales de la historia. Paidós, Barcelona.
Waldeck F de (1838). Voyage pittoresque et archéologique dans la province d’Yucatan (Amérique Centrale), pendant les années 1834 et 1836. Bellizard Dufour et Co., Paris.
Carolina Depetris
Centro Peninsular en Humanidades
y en Ciencias Sociales (UNAM)
carolina.depetris@gmail.com